De las lecciones de botánica

Lo que quiero, lo que me sale, lo que me gusta.
Estas tres instancias parecen controlar y definir la realización de cada uno de mis trabajos.
Se comienza por el primer ítem, sobrado es decirlo, por aquello que pretendemos hacer. Parece una obviedad, pero no es tan sencillo. El manantial de las ideas brota a capricho, de nada sirve sentarse a esperarlo. Pero cuando la idea surge, hay que correr a plasmarla.

Empezamos a dibujar, y caramba, muy pronto comprobamos que aquello que trazamos no se parece mucho a nuestro plan. Si estamos con suerte igual el trabajo nos gusta, y por eso miramos atrás y modificamos un poco aquella idea original. Un poco nomás.

Ante estos casos lo mejor es marcharse, darse el día libre, no tentar a las musas. Pero como se habrá sospechado, esto rara vez pasa, lo normal es que no nos guste lo que dibujamos. Y desde esa frustración es mucho más difícil corregir y enmendar el punto de origen.
Claro que el artista es muy insistidor, y además el artista es muy ladino.
Cambiamos de plan, decidimos hacer otra cosa. Nos juramos que queríamos hacer otra cosa.
Y eso me recuerda la lección que pretendió darnos, allá en el Bellas Artes, uno de sus tantos profesores. Un fulano de manos relamidas y actitud petulante, pañuelito al cuello, perfume francés. El tipo había armado una mesa larga, ubicándose en el justo medio como amo y señor. Tenía un hablar un poco altanero, y solía pavonearse frente al sempiterno corro de alumnos, ante su imaginaria orquesta de señoritas. Ahora esgrimía el pincel en el aire, decidiendo por dónde comenzar la tan cacareada lección de acuarela. “Vamos a hacer un rostro”, nos dijo a todos muy ufano, muy solemne. Y a eso procedió. Garabateó un poco, mojó el pincel, hizo acopio de algún color. Tal vez su propio boato terminó por jugarle en contra, porque todos vimos claro que el boceto no marchaba, que la cara no aparecía. Al buen hombre se le ranció el perfume, el pañuelito le dio calor. “Mejor hagamos un árbol”, decidió tajante. Total para qué complicarse.

Y bueno, algo de eso hago yo ahora, tantos años más tarde. Eso sí, por suerte no tengo testigos. (O eso quisiera. Ya lo he dicho en algún apartado, aquí en el taller uno convive con su bromista, con su propio bufón. Él se encarga de derribar nuestras torres de marfil, moler a carcajadas la obra de turno, señalar los piolines de nuestras pueriles intenciones).
Hay que volver a empezar, me digo, enmendar el error.
Como no nos gusta el resultado, pretendemos querer otra cosa. Y así vamos barajando ideas hasta encontrar una que case con nuestras limitaciones.
Hacemos palotes y garabatos, esquivamos el bulto. A veces la idea hay que asediarla de forma sesga, nos juramos, nos mentimos. El que la persigue la consigue, decía Vargas Llosa. Cosas así.

Seinfeld suele imaginar que los doctores, encerrados en su despacho, pasan revista al vademécum hasta dar con una respuesta para el caso desconcertante que los espera del otro lado de la puerta.
Así de extraviado me siento a veces ante lo hecho. Y dejo el trabajo a sus aires y me pongo a recorrer la biblioteca, para encontrar un hilo en el laberinto.

Luego, insuflados con tanta imagen, volvemos al ruedo con entusiasmo, el yelmo de Mambrino reluciente, dispuestos a hacerle frente a las temibles aspas del arte.
Y de a poco aparece fulgurante el trabajo ideal, aquel con el equilibrio exacto de lirismo y lógica, narración y misterio.
Muy lindo, sí. Lo malo es que ya lo hizo Fulano, nos susurra al oído nuestro aguafiestas.
Ufa.

Así que, resumiendo, si un buen día entran a ver árboles en mi obra, sospechen otros motivos.

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