De la verdad sobre los mitos

El artista, haciéndose eco de la engorrosa situación en la que estamos inmersos, propone una muestra virtual de sus trabajos, agrupados por afinidad al texto que aquí comienza. (Eso sí, siendo este blog, como bien dice su título, un anexo del sitio web, las imágenes deberán buscarse allá).

A veces lo hago con los ojos abiertos, y otras veces sólo sueño que escribo.
Al comienzo puede ser una línea el concepto esbozado, una anécdota, un destello fugaz. Pero luego de muchas vueltas le vamos encontrando la forma, el rabo a la idea, y así vamos tirando de ella, hasta traerla a este lado de las cosas.
Ayer el desafío estribaba en poner en palabras la misma certeza que a veces atisbo en mis trabajos más ambiciosos, esos donde uno o varios personajes se asoman sobre un ruido en forma de manchas, borrones y brochazos, despliegue que es para mí la puesta en acto del sustrato abisal donde anida nuestro perfil verdadero, el enigma que somos todos.
Y así como Todorov nos explica que la novela intenta decir con palabras lo que las palabras no pueden decir, en la pintura pasa otro tanto, pasa lo mismo, y el menjunje de los colores y el mareo de los brochazos vienen a contar eso que de otro modo siempre vamos callando.

Pero si al escribir me vence el sueño, tal vez desde un trasfondo negro se alce la voz de un discurso distinto, donde se dice lo mismo, pero se dice oblicuo, se dice en un sesgo.
Son las menos, pero las que valen, las ocasiones donde la intuición no se deja vestir a gusto con el traje gris de lo racional, y pese a mi naturaleza estructurada la poesía gana la partida y me deja el discurso un poco más allá de lo convencional y estipulado. Para mí es ahí donde se esconde el mensaje, porque así como el cuadro se nutre de un fondo enigmático, también la escritura puede flotar y moverse sobre aguas que, a la postre, se descorren un instante, al amparo de los renglones, la ortografía y lo rutinario, para que la manta de lo cotidiano deje asomar ese magma secreto sobre el cual construimos nuestro lenguaje. Ese transfondo atávico, mitológico y trascendente no tiene por qué ser grandilocuente ni ominoso, le basta con ser auténtico, y esa realidad sospechada por sobre la que flota la nuestra puede al fin ser tímida y sigilosa, como una presa huidiza y saltarina, que un segundo está aquí y parece comer de nuestra mano, y al segundo siguiente se escabulle y desaparece.
Como esas efímeras visiones, danzantes y caleidoscópicas, que nos queman la retina tras fijar la atención en objetos brillantes, la memoria de nuestros ojos internos nos ofrece por algunos instantes la visión de ese submundo de pulsiones, y la sed de captura nos lleva al engaño, al extremo cruel de dejarnos montar la utilería completa de nuestro juego de atril, paleta y colores, para caer luego en la cuenta de que la visión se ha desvanecido.
Así y todo no perdemos la fe ni la calma, bueno, la calma un poco sí, y confiamos algo embobados en que claro, más adelante, seguro que sí, tendremos la suerte que ahora nos elude.
Por eso esperamos ansiosos el próximo desvelo, confiando que, aturdidos por la falta de sueño, por una vez el sempiterno censor del Yo caerá en descuido y ahora sí, amanuenses de Orfeo, podremos anotar minuciosos las doradas migajas de la visión adquirida.
Desfila entonces ante los ojos dormidos de nuestra afiebrada fantasía la panoplia entera de los mitos difuntos, la geografía lunar de esos seres ancestrales, la botella al mar con la misma historia de otros tantos Minotauros, Esfinges y elegías.
Un ruido de fondo que cuando tiene rostro es un rumor de lejanías, y sus metáforas son serpientes y tienen alas.

No mucho después, ensoberbecidos de tan despiertos, nos juramos que esa sima de espejismos y misterio podrá llevarse a la tela como relato fidedigno y la llenamos de carbón y la llenamos de máscaras, palacios rotos, vórtices, huevos primigenios.
Pero luego desconfiamos de tanto argumento, y volvemos a la certeza de que eso puede contarse también como fuerza y pulsión, y que la mejor forma de expresarlo, qué digo la mejor, la única que nos sale -ojalá fuera la mejor-, es en una batalla de borrones y brochazos y salpicaduras y cortes y sucesivas capas de pintura que acaso vienen a emular, pobremente, esa arqueología atisbada, esa mazmorra donde enterramos vivos nuestros oscuros sentimientos, que son los de todos y son eternos, ese ruido sin fin que nos tiembla a veces en la voz, un océano sin orillas que precisa del salvataje de la silueta y de la trama, de la estructura del título y el tema, o a veces solo necesita de esa fiebre de colores, para que el descenso en el maelstrom no se nos quede en el intento.
Y de repente esos tres o cuatro peldaños entrevistos, que descienden más y más, nos colocan por debajo de nuestra línea de apoyo, y esa sorpresa nos enseña que nuestra conocida, repetida, aturdida y aun así abrumadora realidad era, miren ustedes, mucho menos segura, y mucho más compleja.

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