De las palabras mágicas

Así como para muchas personas la orientación de los muebles la dicta el televisor, para otras tantas un cuadro no está terminado hasta que no tiene la firma.
A mí ese punto me incomoda.
En algún momento del remoto pasado tomé la determinación de usar como firma mis iniciales: una sigla de apenas tres letras y demasiadas líneas rectas. Yo no nací para letrista, y mi pulso me lo demuestra cada vez más fuerte cuando llega la hora de firmar.
Bien mirado, esas tres letras equivalen al “fin” que puede leerse en algunos filmes de antaño: Colorín colorado, este cuadro se ha acabado.
Sí, las palabras pueden tener un innegable retintín mágico.
Por eso hay que usarlas con mucho tacto.
A mí por ejemplo me basta con decir lo que planeo hacer para no hacerlo, en lo que a cuadros se refiere. Como si el hecho de poner esa idea pictórica en palabras la tornara real y por ende menos atractiva. Porque la única manera válida de traerla de este lado de las cosas es pintándola, no invocándola verbalmente.
Por eso las preguntas que nos hacemos entre nosotros y el cuadro tienen que ser algo sesgadas, quién sabe si retorcidas. Y formularse con la obra ya en curso, nunca antes.

Hay un excelente episodio de “Seinfeld” donde Kramer rescata de la basura y el olvido la escenografía de un “talk show”(fn) del pasado, un aparatoso tinglado que con gran estrépito monta en el propio living de su casa. Poco después, armado de tarjetas con preguntas y una casera grabación de risas y aplausos, invita a sus amigos a que pasen y sean entrevistados frente a un público fingido, sólo por él imaginado, llevando la realidad de la ficción al cuadrado de su propia representación, introduciendo una trama ya de por sí afiebrada en un mundo paralelo y “carrolliano”.
El cuento dentro del cuento, esquema borgeano, tiene algo vertiginoso y fascinante.
A mí el recurso siempre me gustó, y lo emparento con lo que ocurre en varias escenas del film “All that jazz”, donde la teatralización del propio inconsciente del protagonista se torna en una manera efectiva de hacer visible lo que de otro modo siempre corre sospechado, a veces sobreentendido.

Y aunque ya quisiéramos que nuestra vida cotidiana tuviera esa dosis de magia, es bien cierto que uno vive dialogando con sí mismo, uno oficia de su propio anfitrión, y hasta no son pocas las veces, seamos sinceros, en que quisiéramos imaginar aplausos tras algunos discursos que nos damos, y ni hablar cuando ponemos la firma final de ciertos trabajos.
Por eso en general el entrevistado es el mismo cuadro, que bombardeamos a preguntas y no contesta ninguna. (Lo que demuestra una inseguridad galopante -no digan nada, que esto quede entre nosotros).

Pero si no es el cuadro el blanco de nuestras pesquisas, tratamos entonces de pulir algo, cualquier cosa, una frase que dijimos poco antes -tal vez ayer- frente a un tercero, un alumno, un amigo.
Aquel pensamiento balbuceado y vacilante lo vamos convirtiendo en una sentencia con carácter de aforismo, lista para enmarcar. La paladeamos como un caramelo, a la frase, la repetimos como un mantra. Y hasta que no llegamos a esa condición dorada de la letra justa no paramos de darle vueltas en la cabeza a la pavada que alguna vez dijimos y que el alumno o el amigo, qué duda cabe, ni siquiera escuchó.
En realidad, constatamos luego, lo que estamos haciendo en nuestra cabeza es un espejo de lo que hacemos frente a la obra. Una búsqueda incansable de perfeccionamiento. Y al menos en palabras creemos darnos una respuesta ganadora.

La realidad se nos torna en una cinta de Moebius, vamos y venimos, dentro y fuera de la tela, dentro y fuera de lo verbal. Nos asomamos como un topo o un minero, olisqueamos en derredor, y volvemos a la excavación.
Pero como todos saben, los topos son casi ciegos, y por eso cada tanto hay que sacudirse la purpurina de la fantasía y alejarse del cuadro para verlo de cuerpo presente, fuera de la escenografía que nos montamos (tan necesaria), para poder trabajar en él.
La pregunta del millón, claro está, es si trabajamos en el cuadro justamente para alejarnos de esa otra escenografía y trampantojo, la de la realidad.
Así resulta que estas obras no son otra cosa que unas “Puertitas del señor Lepez”, una muy necesaria válvula de escape.
Es que la realidad es tan sólida y abrumadora, y tan rosada y acolchada nuestra fantasía. ¿O ésta es así por efecto de contraste, como alivio y compensación?

Con tanto trajín no es raro que las preguntas se nos confundan, que no sepamos dónde estamos, si somos el mero boceto de un cuadro mayor, si algo tiene sentido.
Pero miramos al cielo y no encontramos respuesta. Estamos desorientados.
Será que Dios no firma sus cuadros.

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