Del trabajo que da el juego

En la época del vapor la fuerza de una máquina comenzaron a medirla con caballos, porque hasta entonces era el caballo quien hacía los trabajos pesados. Al reemplazarlo, se lo transformó en unidad de referencia. Ahora bien, de un tiempo a esta parte la inteligencia artificial la miden con niños. Aquí la ecuación es más compleja, porque no es de orden sumatorio. No nos dicen que la computadora tenga la inteligencia de 3 niños, sino de niños de 3 años. ¿Se entiende? Yo a veces no.
Además, en una extraña vuelta de tuerca, a algunos animales también los miden así. Se ve que gustó la fórmula. Claro que con los caballos definitivamente relegados a lo muscular, han tenido que buscar otra clase de fauna. Los loros, por ejemplo. Dicen que tienen la inteligencia de un niño de 4 años. Los delfines, la de un niño de 6. A los caballos ya no los consideran inteligentes, pero en cambio un buen pulpo, una buena urraca…
Yo todavía distingo a un delfín de un loro, pero ¿a un niño de 4 de uno de 6? ¿Y eso aplicado a una computadora? ¿Ya pide ir al baño, la computadora? ¿Dice mamá y papá?
Como fuere, A “Deep blue” y demás ordenadores los han catalogado así: “tiene la inteligencia de un niño de 6 años, de 8 años”, etc. ¿Hasta cuándo van a contar? Llega un punto donde ya no tenemos un niño y pasamos a los adolescentes. Supongo será cuando la compu nos pida un pucho. O volver tarde.
Dudas, dudas.
En todo caso algunos personajes -mediáticos, políticos, algún vecino-, parecen tener la inteligencia de un loro de 2 años.
Y yo a veces creo que tengo la inteligencia de un niño de 45: duermo con la luz apagada, no creo en los Reyes Magos, pero los conceptos abstractos, el valor del dinero o el sentido de la responsabilidad…

El juego en cambio es mi terreno, piedra angular en el proceso creativo.
Muchas veces me divierto con los cuadros como si fueran un entretenimiento, y otras tantas me dan ganas de llorar a la más infantil usanza, con hipos y jadeos. Para esos casos sería bueno tener un comodín, una especie de bandera blanca que nos permita dejar todo en suspenso e irnos lo más panchos. Como de pequeños, cuando ante un percance nos salíamos del juego al grito de “pido”.

Para los pesimistas como yo, a los cuadros siempre les falta una instancia: si están bien dibujados les falta el color, y una vez puesto este, capaz falta una idea, y una vez encontrada, al cuadro todavía le falta un buen título, y con eso resuelto, queda aún por encontrar la expresividad en el gesto, y con eso listo, hay que buscar la tan mentada frescura, etc., etc. Cuestión que uno anda siempre rengo, porque al cuadro siempre habrá de faltarle algo. Llegamos a un punto muerto, donde la obra no camina. Y pensamos en esas canciones infantiles…
“Hay que llamar al gesto para que salve el cuadro”.
Pero el gesto no quiere salvar al cuadro y el cuadro no quiere salir de ahí.

Es un enlace muy sencillo el de asociar el juego a la infancia. Y al hacer trabajos con un claro tinte lúdico, es de cajón que sus protagonistas sean muchas veces los niños. Como si se redondeara así una idea. O se le diera énfasis. Es que las ideas, cuando van encarnadas por niños, son digeridas por el espectador con mayor candor también. Uno se pone en el lugar del querubín y ve la situación con ojos desprejuiciados.
Desde ya que nadie supone que un niño no tenga prejuicios -ahí está “El señor de las moscas”-, pero es verdad que es más fácil tragar la píldora cuando la narra un niño; disculpamos las faltas de dicción, la torpeza en las palabras. Y otro tanto puede hacerse desde la pintura, imagino que es más fácil soportar los errores, porque somos más indulgentes. Paladeamos con mayor paciencia, podríamos decir.

Hay que ser muy caballo para no verlo así.

De las muñecas

Una vez, hace mucho tiempo, le oficié de chaperón o escolta a una amiga que estaba como un tren. Bellísima, quiero decir.
Fuimos a un café. Creo que había un espectáculo, alguien tocando el piano o la guitarra. Para muchos, de todos modos, el espectáculo era mi amiga. Entre pieza y pieza, con cualquier excusa, se acercaban los festejantes, haciendo todo tipo de galanteos y ceremonias, un despliegue de cortejos que intentaba romper el hielo y solamente estorbaba. A mí se entiende que me veían inofensivo, un amigo sin posibilidades, nunca un contrincante. Pero esa es otra historia -la de mi vida.
Cuestión que entre las frases célebres que escuché esa noche hubo una que se repitió varias veces.
Sos como una muñeca, le decían. Te tendría en mi mesita de luz…

!?

A ver. No sé ustedes, pero yo no tengo muñecas en mi mesita de luz. Estos señores tan viriles, sin embargo, hete aquí que soñaban con muñecas en la mesita de luz.
Desde ya que la frase es un eufemismo para el juguete sexual y barrunta todo un horizonte de cosificación de la mujer que… pero para qué meternos en ese berenjenal.

El suceso al que hago referencia, claro, tiene más de 20 años de antiguo y 20 años, miren ustedes, parece que es mucho tiempo… no voy a decir que a los coches los tiraban caballos, pero lo cierto es que en algunas materias el reloj atrasaba más que ahora.
Es muy probable que esos mismos caballeros, de haber sido en la noche de ayer el encuentro, hubieran medido sus palabras, y acaso el acoso hubiera sido menos verborrágico.

En fin, sí, se me ocurre que hubiera sido todo distinto. Y aun así muy similar.

San Camilo, siempre tan ardiente, nos habla de su muñeca hinchable Jacqueline, cosa que encuentro risible, desde ya, pero bastante más lógica en lo que a muñecas se refiere.
Lo que estoy seguro, hablando de Jacqueline, es que su zona de descanso no era la mesita de luz. Tal vez, como el personaje de “Juego sucio”, estuviera escondida en un armario, en un aparador. Porque un aparador resulta mejor destino para esa suerte de lascivia neumática, llámese Jacqueline, Marta, La del tercero o cualquier otro nombre.
Lo interesante es la ubicación de las cosas.
Y aquí en mi taller la muñeca está en el baño.

Hace varios lustros (¿luego de acompañar a mi amiga?) tuve la peregrina idea de construir un maniquí articulado, el clásico figurín de venta en artísticas, pero esta vez en tamaño natural. Pensaba que sería un buen punto de partida para realizar una serie de trabajos en carbonilla, serie que tendría al maniquí como protagonista excluyente, al punto que a la hora de presentar los trabajos, lo harían acompañados de la propia modelo/maniquí, que miraría las obras desde alguna vitrina, sentada en un rincón, o de pie en medio de la sala, en fin, algo por el estilo.
Cuestión que nunca hice los trabajos. Es más, no he hecho ni un solo boceto a partir del dichoso muñeco.
Y eso porque mi único interés, evidentemente, estaba en la construcción del engendro y no en sus terceros disfrutes. A veces dibujar intenta ser la gestación de un universo y en este caso, puestos a crear, se ve que me sentí realizado con el serrucho y la caladora y no con la goma y la carbonilla. Así que una vez hecho el maniquí, ¿para qué dibujarlo?
Cuestión que el armatoste, para deleite de alumnos y visitas, se paseó por todos los rincones del taller, como un pariente lejano o un testigo obsesivo e impertinente hasta encontrar su destino final, algo triste, parado arriba del bidet.

Cosa mucho menos romántica que la mesita de luz, eso lo concedo.

De las pipas

El cuadro es como un espejo, dicen algunos.
Otros, más agresivos, los corrigen y afirman que el cuadro es un martillo.
Queda bien la enmienda: “El cuadro no es un espejo, es un martillo”. Funciona, tiene mucha miga.
Pero hay más, hay quienes dicen que el cuadro es una ventana.
Siempre es otra cosa el cuadro. Y eso es raro.
“La interpretación esconde la voluntad de suplantar la obra por otra cosa”, señalaba Sontag. Algo de eso habrá, no tengo duda.

Pero todas esas interpretaciones las despierta el cuadro terminado. Mientras lo pintamos el cuadro todavía es un cuadro, y eso siempre tranquiliza. Que no se cambie mientras lo estamos haciendo, por favor. Creemos tener un cuadro delante y resulta que tenemos una ventana, tenemos un espejo, tenemos un martillo.

Más allá de la fantasía y la suplantación, en general lo que tenemos delante es un cuadro que no está saliendo bien, un mero fantasma de aquella obra que pensábamos hacer, fantasma que aún así funciona como norte y como guía, una visión que se delata y que se aleja con cada pincelada.
Claro que tarde o temprano dejamos de ver el espejismo y nos confrontamos con la realidad. La desazón se adueña de nosotros. Pero sacamos fuerzas de la flaqueza. Nos juramos rescatar el engendro. Prestar atención al programa, si lo hubo, de líneas y planos y color y tratar de entender dónde se nos torció el rigor, por qué lo que tenemos delante es tan horrible. Habíamos empezado con un plan, eso es seguro, y ahora es un mamarracho.

¿Qué dice de nosotros este fracaso?
Podemos tirar la toalla y gritar que no nos sale nada, que estamos meados por los perros y demás ocurrencias fatalistas. Pero no es así. O no es tan así. Algo de verdad esconde el desahucio, sí. Y el lloriqueo también. Es una constante, nunca estamos haciendo la obra soñada, siempre nos resignamos ante lo que suplanta nuestro plan. Y eso porque no sabemos muy bien cómo debería ser la obra. En realidad no sabemos nada, ni siquiera sabemos cómo somos. Eso sí, todos juran que la obra tiene algo autobiográfico, lo que de algún modo es volver al principio y decir que el cuadro es un espejo.

Habría que hacer un poco de análisis introspectivo con los cuadros, confesarse un poco ante la obra, gracias a la obra.
Yo podría decir que tengo un tema con las responsabilidades, que esa es mi confesión. Las evado, a las responsabilidades, para qué decirlo de otro modo. Tal vez por eso tengo la sana costumbre de no tomarme muy en serio las cosas. Ni siquiera los cuadros, que son de lo más importante para mí. Y una manera de hacer esto, bastante patente diría yo, es apelando al humor, forma esencial de tomarse en solfa cualquier asunto. Con ese recurso el cuadro pierde un poco de su solemnidad, no hay duda. Da menos miedo encararlo. Hasta ya no lo vemos como un cuadro.
Y luego hay otra forma de no verlo así, más evidente tal vez, y es recortándolo.
Sí señor, lo que tenemos delante ya no es cuadro, porque lo hemos recortado.

Otro método eficaz es evitar los materiales santificados por la costumbre: dibujar en papeles berretas, en materiales rescatados, en el reverso de viejos dibujos y pinturas. Porque encarar un dibujo en un papel de calidad, con el gramaje requerido, puede ser un poco intimidante también.
Tal vez por eso me resultan inconvenientes los libros de bocetos: no puedo llenarlos. Garabateo un poco en uno, luego en otro, y no termino ninguno.

(Tienen algo paradojal ese tipo de cuadernos. Hoy se los suele presentar casi como libros de artista, válidos por sí mismos, autónomos. Como obra terminada. Cosa que contradice su mismo propósito.
Creo que hay algo muy contemporáneo en esa “validación del andamiaje”.
Y permítanme la observación: aquellos artistas con más talento para llenar cuadernos casi no tienen obra final. Como si su obra fueran los cuadernos, los bocetos).

En fin, en otra época (dijo Diderot), esos bocetos sólo demostraban los que al artista le faltaban por hacer.
Pero un libro de bocetos no deja de ser un libro, y está visto que cualquier cosa encuadernada tiene carácter sagrado para mí. Me los tomo demasiado en serio, a los libros. Incluso los que son para bocetar.

Hasta aquí las confesiones.

Pero yo no creo que el cuadro sea un espejo.

De las lecciones de botánica

Lo que quiero, lo que me sale, lo que me gusta.
Estas tres instancias parecen controlar y definir la realización de cada uno de mis trabajos.
Se comienza por el primer ítem, sobrado es decirlo, por aquello que pretendemos hacer. Parece una obviedad, pero no es tan sencillo. El manantial de las ideas brota a capricho, de nada sirve sentarse a esperarlo. Pero cuando la idea surge, hay que correr a plasmarla.

Empezamos a dibujar, y caramba, muy pronto comprobamos que aquello que trazamos no se parece mucho a nuestro plan. Si estamos con suerte igual el trabajo nos gusta, y por eso miramos atrás y modificamos un poco aquella idea original. Un poco nomás.

Ante estos casos lo mejor es marcharse, darse el día libre, no tentar a las musas. Pero como se habrá sospechado, esto rara vez pasa, lo normal es que no nos guste lo que dibujamos. Y desde esa frustración es mucho más difícil corregir y enmendar el punto de origen.
Claro que el artista es muy insistidor, y además el artista es muy ladino.
Cambiamos de plan, decidimos hacer otra cosa. Nos juramos que queríamos hacer otra cosa.
Y eso me recuerda la lección que pretendió darnos, allá en el Bellas Artes, uno de sus tantos profesores. Un fulano de manos relamidas y actitud petulante, pañuelito al cuello, perfume francés. El tipo había armado una mesa larga, ubicándose en el justo medio como amo y señor. Tenía un hablar un poco altanero, y solía pavonearse frente al sempiterno corro de alumnos, ante su imaginaria orquesta de señoritas. Ahora esgrimía el pincel en el aire, decidiendo por dónde comenzar la tan cacareada lección de acuarela. “Vamos a hacer un rostro”, nos dijo a todos muy ufano, muy solemne. Y a eso procedió. Garabateó un poco, mojó el pincel, hizo acopio de algún color. Tal vez su propio boato terminó por jugarle en contra, porque todos vimos claro que el boceto no marchaba, que la cara no aparecía. Al buen hombre se le ranció el perfume, el pañuelito le dio calor. “Mejor hagamos un árbol”, decidió tajante. Total para qué complicarse.

Y bueno, algo de eso hago yo ahora, tantos años más tarde. Eso sí, por suerte no tengo testigos. (O eso quisiera. Ya lo he dicho en algún apartado, aquí en el taller uno convive con su bromista, con su propio bufón. Él se encarga de derribar nuestras torres de marfil, moler a carcajadas la obra de turno, señalar los piolines de nuestras pueriles intenciones).
Hay que volver a empezar, me digo, enmendar el error.
Como no nos gusta el resultado, pretendemos querer otra cosa. Y así vamos barajando ideas hasta encontrar una que case con nuestras limitaciones.
Hacemos palotes y garabatos, esquivamos el bulto. A veces la idea hay que asediarla de forma sesga, nos juramos, nos mentimos. El que la persigue la consigue, decía Vargas Llosa. Cosas así.

Seinfeld suele imaginar que los doctores, encerrados en su despacho, pasan revista al vademécum hasta dar con una respuesta para el caso desconcertante que los espera del otro lado de la puerta.
Así de extraviado me siento a veces ante lo hecho. Y dejo el trabajo a sus aires y me pongo a recorrer la biblioteca, para encontrar un hilo en el laberinto.

Luego, insuflados con tanta imagen, volvemos al ruedo con entusiasmo, el yelmo de Mambrino reluciente, dispuestos a hacerle frente a las temibles aspas del arte.
Y de a poco aparece fulgurante el trabajo ideal, aquel con el equilibrio exacto de lirismo y lógica, narración y misterio.
Muy lindo, sí. Lo malo es que ya lo hizo Fulano, nos susurra al oído nuestro aguafiestas.
Ufa.

Así que, resumiendo, si un buen día entran a ver árboles en mi obra, sospechen otros motivos.

De la verdad sobre los mitos

A veces lo hago con los ojos abiertos, y otras veces sólo sueño que escribo.
Al comienzo puede ser una línea el concepto esbozado, una anécdota, un destello fugaz. Pero luego de muchas vueltas le vamos encontrando la forma, el rabo a la idea, y así vamos tirando de ella, hasta traerla a este lado de las cosas.
Ayer el desafío estribaba en poner en palabras la misma certeza que a veces atisbo en mis trabajos más ambiciosos, esos donde uno o varios personajes se asoman sobre un ruido en forma de manchas, borrones y brochazos, despliegue que es para mí la puesta en acto del sustrato abisal donde anida nuestro perfil verdadero, el enigma que somos todos.
Y así como Todorov nos explica que la novela intenta decir con palabras lo que las palabras no pueden decir, en la pintura pasa otro tanto, pasa lo mismo, y el menjunje de los colores y el mareo de los brochazos vienen a contar eso que de otro modo siempre vamos callando.

Pero si al escribir me vence el sueño, tal vez desde un trasfondo negro se alce la voz de un discurso distinto, donde se dice lo mismo, pero se dice oblicuo, se dice en un sesgo.
Son las menos, pero las que valen, las ocasiones donde la intuición no se deja vestir a gusto con el traje gris de lo racional, y pese a mi naturaleza estructurada la poesía gana la partida y me deja el discurso un poco más allá de lo convencional y estipulado. Para mí es ahí donde se esconde el mensaje, porque así como el cuadro se nutre de un fondo enigmático, también la escritura puede flotar y moverse sobre aguas que, a la postre, se descorren un instante, al amparo de los renglones, la ortografía y lo rutinario, para que la manta de lo cotidiano deje asomar ese magma secreto sobre el cual construimos nuestro lenguaje. Ese transfondo atávico, mitológico y trascendente no tiene por qué ser grandilocuente ni ominoso, le basta con ser auténtico, y esa realidad sospechada por sobre la que flota la nuestra puede al fin ser tímida y sigilosa, como una presa huidiza y saltarina, que un segundo está aquí y parece comer de nuestra mano, y al segundo siguiente se escabulle y desaparece.
Como esas efímeras visiones, danzantes y caleidoscópicas, que nos queman la retina tras fijar la atención en objetos brillantes, la memoria de nuestros ojos internos nos ofrece por algunos instantes la visión de ese submundo de pulsiones, y la sed de captura nos lleva al engaño, al extremo cruel de dejarnos montar la utilería completa de nuestro juego de atril, paleta y colores, para caer luego en la cuenta de que la visión se ha desvanecido.
Así y todo no perdemos la fe ni la calma, bueno, la calma un poco sí, y confiamos algo embobados en que claro, más adelante, seguro que sí, tendremos la suerte que ahora nos elude.
Por eso esperamos ansiosos el próximo desvelo, confiando que, aturdidos por la falta de sueño, por una vez el sempiterno censor del Yo caerá en descuido y ahora sí, amanuenses de Orfeo, podremos anotar minuciosos las doradas migajas de la visión adquirida.
Desfila entonces ante los ojos dormidos de nuestra afiebrada fantasía la panoplia entera de los mitos difuntos, la geografía lunar de esos seres ancestrales, la botella al mar con la misma historia de otros tantos Minotauros, Esfinges y elegías.
Un ruido de fondo que cuando tiene rostro es un rumor de lejanías, y sus metáforas son serpientes y tienen alas.

No mucho después, ensoberbecidos de tan despiertos, nos juramos que esa sima de espejismos y misterio podrá llevarse a la tela como relato fidedigno y la llenamos de carbón y la llenamos de máscaras, palacios rotos, vórtices, huevos primigenios.
Pero luego desconfiamos de tanto argumento, y volvemos a la certeza de que eso puede contarse también como fuerza y pulsión, y que la mejor forma de expresarlo, qué digo la mejor, la única que nos sale -ojalá fuera la mejor-, es en una batalla de borrones y brochazos y salpicaduras y cortes y sucesivas capas de pintura que acaso vienen a emular, pobremente, esa arqueología atisbada, esa mazmorra donde enterramos vivos nuestros oscuros sentimientos, que son los de todos y son eternos, ese ruido sin fin que nos tiembla a veces en la voz, un océano sin orillas que precisa del salvataje de la silueta y de la trama, de la estructura del título y el tema, o a veces solo necesita de esa fiebre de colores, para que el descenso en el maelstrom no se nos quede en el intento.
Y de repente esos tres o cuatro peldaños entrevistos, que descienden más y más, nos colocan por debajo de nuestra línea de apoyo, y esa sorpresa nos enseña que nuestra conocida, repetida, aturdida y aun así abrumadora realidad era, miren ustedes, mucho menos segura, y mucho más compleja.

De otros peligros más

Supongo que no se sorprenderá nadie si ahora vengo a declarar que nosotros, los seres humanos, estamos mal hechos.

-¿Yo señor?
-Sí, usté también.

Lo veo a diario en multitud de detalles. Y no me refiero a lo coyuntural, animada mi sentencia en la liviana observación de que no podemos sortear un insidioso resfrío. No, no, me refiero a cosas de otro orden.
Pongamos dos casos emblemáticos: no sabemos ni comer ni criar a nuestros hijos.
Y disculpen que lo sostenga de forma tan rotunda pero es así.

Cada cierto tiempo surge una teoría nueva que viene a poner de cabeza los supuestos previos. Se cierra un ciclo y ya no sabemos si hay que comer o no huevos, si dar o no el pecho, si esto, si lo otro.

Pensemos en nuestros hábitos alimenticios. Naturista, vegetariano, vegano, etc.
Yo sospecho que en más de un caso la adopción de estas facetas, de estas reglas del buen comer, obedecen a meros caprichos, a pseudo razonamientos. Para algunos incluso a una extraña sed de pertenecer al redil. Como decía Borges de los comunistas de Recoleta, lo hacen porque “les da reputación y un grupo de amigos”.
En materia de ingesta, para muchos la adopción precede a la edad racional, y cuando el amigo no acepta un plato de chinchulines es en realidad una criatura de 5 años la que nos habla, por más bigotes y calvicie que ostente hoy.
Para qué negarlo, a veces esas decisiones vienen de tan atrás que sólo la arqueología de un buen terapeuta podría desentrañarlas.
No me cuesta nada imaginar a esa pobre criatura a la mesa, con tanta suerte que por comensal inmediato le toca el “tío” Julián, eufemismo bajo el cual los padres de la criatura evitan la larga explicación sobre los intrincados mecanismos de selección afectiva que aquejan a la -ahora sí verdadera-, tía Amalia, y por ende ya que la tía está de vacaciones por qué no invitarlo al pobre Julián que está de vuelta soltero. Al tío Julián. Ese fulano con los mil achaques y la visión más variopinta sobre cualquier tema (faceta que con los años correrá en su contra, al punto que donde vaya será la ultima vez que lo inviten, pobre hombre). Y justamente es este personaje estrambótico el que deja fascinado al querubín, que admira y festeja cada humorada y gesto como si viniera de un clown. En determinado momento, al recibir de la anfitriona la ensalada, el señor Julián, muy solemne, la rechaza mientras decreta que él “no come verde”. Y claro, el experimento de persona que tiene al lado confunde esa negación enfática con un envidiable rasgo de carácter y decide emularlo, para eterno deleite de su madre y abuela, que aunque lo amenacen con la excomunión o la ausencia de postres, no habrá lechuga ni acelga que pase la barrera decretada. Barrera que será defendida con ahínco hasta la edad adulta, donde a costa de proverbiales estreñimientos y largas temporadas en el baño se verá forzado a claudicar en pos de la buena digestión y así pasar al extremo opuesto, a masticar 23 veces de cada lado cada pedazo de apio, con el consiguiente y alarmante “desgaste de las piezas dentales”, según dictaminará apesadumbrado el odontólogo de turno.
Y podríamos seguir así largamente, para qué negarlo.

El otro caso señalado es el de la crianza de los niños. Ahí también surgen parejas y contradictorias visiones sobre el modo correcto de encarar esa larga transformación del infante en un señor de galera y bufanda.

Ahora resulta que el tortazo a tiempo no sirve para nada, que los castigos y prohibiciones mucho menos y que si el niño quiere hablar cuando lo hacen los mayores, hay que callarse y escucharlo.
¡Es la caída de todos los valores, hay que decirlo!
En este caso los tíos Julianes nos atacan de todos los flancos, una catarata de Socolinskys y Borocotós, verdadera fauna de opinólogos destemplados que quieren meterse en su casa, señora, ¡en su casa!, y decirle de qué lado tiene que poner los tenedores.
Apague la tele, hágame el favor.

Lo que nos abruma es el bagaje cultural, que no tiene brújula ni aprende de los errores, sino que flota a la deriva y a capricho de los vientos.

Y todo este preámbulo es para confesar que con esto del encierro estuve leyendo demasiada teoría e historia del arte y cuando vuelva al taller no sé cómo voy a deshacerme de tanta sabiduría.

De los peligros dentro del palacio

Yo creía ser un experto en esto de no hacer nada. Tan orgulloso estaba de mi manejo del ocio que hubiera podido escribir volúmenes al respecto, detallando mis rutinas.

Ya lo decía Rothko: “El artista debe disponer de mucho tiempo, tiempo libre, para no hacer nada, simplemente sentarse y dejar que las ideas sobrevengan”.

A mí lo de sentarse y dejar que las cosas acudan siempre se me dio con facilidad, es un don que tengo, no me cuesta nada seguir el precepto. Las ideas no sé si llegan, pero yo las espero. Todo el día si hace falta.
Así y todo, últimamente me aburro de chequear la hora del microondas, de comprobar su sincronía con la del teléfono, de mirar al vecino, de espiar al portero.
Es entonces cuando descubro azorado que soy una víctima más de este encierro forzado.
Seguro que a Rothko no le pasaba.

Convencido de poder hacer algo al respecto, me voy al balcón con un libro, a matar unas cuantas horas, a batir un récord.
Y entonces escucho un golpecito en la puerta ventana.
Claro, no estoy solo. En esta casa ahora somos dos los presos, y de allí que mis ocios han quedado en evidencia.
“¿Esto hacés todos los días?” me dicen cuando me ven todavía en la cama, todavía en el balcón, todavía en el sofá. Es una frase que viene sonando mucho acá, y hasta con un retintín de reproche, les diré.
El bendito encierro me está dejando expuesto, estoy revelando mi modus operandi.

Mi madre me cuenta que allá por su barrio se escucha un megáfono que les anuncia a todos que se aburre.
Yo no tengo megáfono.
Yo pinto, yo dibujo. O lo hacía.
Y cuando no me queda otra, también escribo.

Pero es más difícil de lo que parece, esto del ocio.

El punto, claro, la parte amarga, está en la obligatoriedad. Eso es lo que torna ríspido el asunto. Y no me refiero a la obligación de quedarnos adentro, eh, no. Eso es una orden impuesta, no cuesta tanto seguirla. El drama viene cuando cerramos la puerta.
Lo usual es que las circunstancias nos obliguen a realizar algo puntual (trabajar incluso) y que no tengamos demasiadas opciones. Tan acostumbrados estamos a esto que no sabemos para qué lado correr cuando se trata de “no hacer nada”.
Por eso en cierto modo el desafío actual es como el de la tela en blanco: Un espacio definido, y mil soluciones para atacarlo, soluciones que obedecerán todas a nuestro propio mandato. Ante este dilema muchos sucumben, porque lo que intoxica y nubla el entendimiento es la amplitud de caminos posibles y la ausencia de coartadas. Es mirar al abismo de nuestro yo y darse cuenta de que nos aburrimos con él, y mucho.
“Decirme que puedo hacer lo que quiera es como sacar el tapón de la bañera y luego decirle al agua que vaya donde le plazca. Inténtenlo y vean qué ocurre”, decía Nick Hornby.
Por eso es normal que a mí me encuentren en el sofá, en el balcón, en la cama. Uno es presa de la debilidad y cae en los vórtices usuales. Luego vemos 6 veces la misma serie y paseamos los mismos libros por todos los ambientes de la casa, sin poder terminarlos, y se va tornando claro que no sabemos muy bien qué hacer. Para evadirnos miramos el celular -está nevando en algún lado-, le meamos la puerta al del tercero, incluso hacemos tareas domésticas, pero no hay caso, es la tela en blanco del aburrimiento la que se cierne ominosa sobre nosotros. (Eso sí, cuando me agarren ganas de hacer gimnasia es cuando de verdad empezaré a preocuparme).

En un arrebato de lirismo intento dibujar una figura y lo único que logro garabatear son campos y horizontes, porque las ganas de salir son acuciantes, impostergables, urgentísimas.
En una época decían que el arte, que el cuadro, era una ventana. Luego dijeron que no, que era un martillo. Ojalá fuera una ventana, pienso actualmente. Me vendría bien una ventana más.

Yo creo que tal vez esta inclinación sedentaria y soñadora es hereditaria. Ya dije que conmigo la culpa siempre la tiene otro.
Empiezo a sospechar que la anécdota de mi madre es un disfraz.
Recuerdo que en casa había un megáfono.

De las quimeras

A primera vista el almacén “Alegría” no parece diferenciarse de los demás. Tiene las mismas góndolas atestadas de productos importados y el mismo tufo inclasificable que emanan también los otros locales del llamado “Barrio chino”. Incluso tiene un par de curiosos que parecen los mismos de los otros sitios, y hasta la cajera es como un clon.

La única diferencia está en las enormes peceras del fondo del local: la de la izquierda con cangrejos, la de la derecha con sirenas.

La verdad es que me cansé de buscar excusas para ir a verlas, y ya no simulo revolver artículos o comparar precios, paseando alrededor de las góndolas, haciendo círculos que se van cerrando, que me acercan al final del pasillo central. No, ya ni siquiera tomo un carrito, simplemente voy al fondo y las miro. Son dos niñas de ojos verdes y cabellera ensortijada que se aburren de hacer piruetas en el agua salada.

No soy el único que pierde su tiempo contemplándolas. He visto a más de uno marcharse con media sonrisa, la cabeza muy lejos, pensando tal vez en aquellos sueños, los que vamos olvidando, ocupados en lo urgente.

Siempre viví a la vera del Barrio Chino, y a través de los años me he habituado a sus rarezas -por ejemplo la casa con el televisor oculto entre la hiedra, las 24 hs encendido en un canal propio, bucle de imágenes dispares (ovejas en un prado, elaboración de caramelos, todo en blanco y negro).

Pero el premio se lo llevan estas chicas escamadas, no hay duda. La sorpresa que generan. La fascinación que despiertan.

Desde hace unos días hay que codearse un poco para hacerse lugar, pero eso era esperable. El día menos pensado habrá que sacar número. Raro es que todavía no le encuentren una veta comercial. Gente no falta. En alguna charla con los curiosos ha salido el tema, qué harán con ellas, de dónde las habrán traído. Pero mayormente es una contemplación muda, la función se realiza en silencio.

Una vez alguien sacó una cámara. La idea me pareció buena, casi obvia, cómo no se me había ocurrido. A las sirenas, en cambio, no les gustó ni medio. El flash las espantó, se revolvieron bruscas hacía el lado más oscuro. Uno de los empleados fue a botonear adelante y vino el patrón, en ojotas. “No foto”, dijo. Eso fue todo.

Les dan de comer pescado dos veces por día. Y es un espectáculo aparte, porque uno jamas diría que tales encantos tuvieran un lado salvaje. Parece contradictorio. Como unicornios carnívoros. Tal vez demuestra que en este nuestro mundo todos están devorándose entre sí, incluso los seres de fábula.

Un buen día me iluminé y decidí que lo mejor era dibujarlas, tomar bocetos para un cuadro mayor.

Hablé brevemente con el dueño, que no quiso saber nada. Le expuse mis razones, le argumenté, le imploré, pero como toda respuesta recibí un movimiento rotundo de cabeza, una negación enfática que se entiende en cualquier idioma. El hombre no quería oírme, la respuesta era no.

Lo que terminé haciendo fue lo mismo que hacía antes, quedarme parado mirando a las niñas, esta vez munido de un pequeño bloc y un set de acuarelas. Que me echaran si querían. Después de media hora me compraba una gaseosa, un vaso con fideos secos, cualquier cosa. Y así estuve algunas semanas. Porque era difícil captar el movimiento ondulatorio, casi hipnótico, los brillos de las escamas, el perlado, la flotación ingrávida del cabello.

Creo que lo logré. Me costó lo suyo, pero lo logré. ¿O no?

Me sigue pareciendo que cierta magia quedó afuera.

Lo sospecho cuando la gente al ver el cuadro me dice, por compromiso, “lindas las anguilas”.

De la modelo

Trabajar con modelo tiene sus bemoles. Quienes lo hacen de forma regular van acumulando un rosario de anécdotas de lo más entrañables, qué duda cabe.

Resulta que los artistas, tras hablar de su propia obra, suelen recalar en la periferia que la acompaña. Ustedes saben, el clima, el alquiler del taller, la impertinencia de tal o cual alumno. Y la modelo, desde luego.

Hay quienes la eligen por su garbo, su estatura, su delgadez, su exuberancia o su turgencia. Pero eso sí, donde todos están de acuerdo, lo único que se le pide a la modelo, lo primero que se espera de ella, es que se quede quieta. Y en esa cualidad le va su reputación. Se intercambian teléfonos los artistas y les basta una mirada de entendimiento para saberlo. Hay una cabeza que asiente y otra que calla. Nada que agregar.

Lo paradójico es que la modelo, precisamente, está ahí para moverse, fingiendo que se queda quieta. Y se moverá como lo hacen todos los mortales, que cuando les pica se rascan.

Por eso, a menos que los movimientos deriven en convulsiones, nadie debería preocuparse. Todo lo contrario. Hay que dar la bienvenida a lo inestable. En ello radica parte de la dificultad, del desafío. No solo el operativo de pasar a dos dimensiones lo que acontece en tres, sino también el cambio constante del punto de mira y la sábana mutable de la piel al desnudo.

Claro que si frente al trabajo terminado nos reclaman mal desempeño, ausencia de gracia o falta de parecido, siempre podemos argumentar que la modelo se nos movió justo entonces.

Yo he tenido mis rachas de trabajo con modelo, pero siendo sincero diré que es una labor con más problemas que soluciones, y por una cuestión de comodidad sigo prefiriendo la sesión fotográfica. Me incomoda tener a alguien ejecutando torsiones, sosteniendo posturas. Me impide pintar tranquilo, la comunión íntima entre el pincel, los colores y yo. No necesito compañía para eso, muchas gracias.

La fotografía del modelo en cambio nos brinda lo indispensable y nos reduce al mínimo el contacto humano, que andando el tiempo, ustedes saben… Houellebecq lo resumió más o menos así: “Uno se conoce a sí mismo en el contacto con los demás, y por eso el contacto con los demás es insoportable”.

De forma que trabajar con modelo saca a la luz, en última instancia, nuestra cintura social, que siempre ha sido inexistente.

Por eso las fotos.

Vale aclarar también que yo no suelo trabajar el desnudo como tópico. Parece que me intrigan más los dobleces del vestido que los de la piel.

Pero como digo, si la confrontación con el otro afecta de alguna manera nuestros sentidos, hay algunas variantes para sortear el escollo, además de la fotografía. Y son alternativas que pueden resultar muy útiles. Hablo de la estatuaria, o del famoso maniquí. Un avatar de modelo, si se quiere.

Como mencioné en otro apartado, yo tengo un maniquí de confección propia, articulado, casi de dimensiones naturales. Me tomó sus buenos meses realizarlo, tornear la madera, esculpir el rostro, confeccionar las articulaciones. Pasado ese período el trabajo dejó de interesarme. Nunca realicé con él las pinturas imaginadas, los dibujos soñados. Todavía no será su momento, digo yo. Paciencia.

Ahora está en el baño, y me mira. Tiene algo siniestro, sin duda, esto del maniquí en tamaño natural. Por suerte ya estoy grande, y más me asustan otras cosas, como el contacto social.

De los deseos postergados (fuera de programa)

Dicen que es bueno reflexionar con la llegada del nuevo año.

Pero creo que conviene hacerlo tras un lapso de tiempo prudencial, despegándose un poco de la vorágine social y la comilona del 31.

Suele ser una noche memorable, la de fin de año. El vitel toné, la mesa larga, el calor, la televisión de fondo…

Cuando llegan las doce, ahora que nos han privado de la pirotecnia, lo único que queda para coronar la velada es descorchar el champán. Cosa que bien mirada hace un efecto similar a la dinamita, si la sumamos al vino, la cerveza, la sidra y todo lo que estuvimos tomando para tapar el ruido de los sobrinos, los ronquidos del tío que colapsó antes de tiempo, o el bodrio de las anécdotas de siempre, esas que se repiten año tras año en boca de los mayores.

(No dejamos de observar, pasmados, que estamos cada vez más parecidos a ellos. Luego sospechamos que la edad de los comensales es directamente proporcional a su permanencia en la mesa y para entonces la alarma roza el pánico).

Mi tío, extrañamente lúcido, me guiña un ojo y sonríe. Parece al tanto de mis cavilaciones. Le falta un diente.

Mi madre es proclive a la superchería. Cuanto rito prometa buenos augurios, ella lo incorpora. Así, con la medianoche, además de las copas flauta aparecen unos misteriosos puñados de uvas pasas. 12 uvas pasas, para ser exactos. Cada una representando un deseo.

La ingesta, claro está, se hace con premura, que nos corre el reloj y el año se nos acaba. Con tal prisa, a decir verdad, que no sabemos muy bien si prometimos cosas coherentes, si repetimos consignas, si son nuestros los deseos. Es que doce es mucho, y más con tanto alcohol en sangre. Lo bueno es que en ese estado, que tiende a ser lamentable, uno está en tren de prometerse cualquier cosa, y da lo mismo si el cuarto deseo se parece demasiado al décimo, que de por sí era similar al segundo, tras el tamiz del primero.

Y hablando de deseos, en el año 98 estuve en la famosa Fontana di Trevi tirando la clásica moneda por sobre el hombro. No recuerdo qué pedí. Han pasado más de veinte años, difícil sería que me acordara. Pero quien sabe, capaz la burocracia celestial lleva registro de todo ello.

Ahora bien, si la burocracia humana es lenta, la celestial imagino habrá de ser eterna.

Por eso a no asustarse si el día menos pensado el deseo se nos cumple.

Y pese a lo que cabría suponer, no sé si es tan malo no recordar cuál debía ser el premio.

Capaz era algo humilde, y se cumple en cosas sencillas y banales. Eso le da un tinte distinto a la jornada, y de allí que andamos en puntas de pie, para no espantar a la fortuna. Sonreímos un poco más. Ya no nos irrita el vecino. Los zorzales cantando a las 4 de la matina son bienvenidos. Los bocinazos, el tipo que se cuela en la fila, el billete falso, todo nos resbala.

Ese debería ser el deseo.

Pero capaz la rueda de la fortuna tiene un ciclo incluso más amplio, y recién ahora comienzan a cumplirse los deseos de la infancia.

Un chocolate Jack, los kalkitos.

Dios mío, estoy todavía en la mesa, contando las mismas anécdotas del año pasado, y del anterior, y el anterior. Solo la incontinencia logrará levantarme.

¿Cuántas pasas van? ¿Diez, once?