De algunos materiales (2)

Parece que debemos agradecer al señor Winsor (o al señor Newton) el poder contar con los colores correctamente embutidos en su conveniente funda de metal.
La innovación en realidad es de un tal Rand, pero al cabo de un año, allá por 1841, vendió su patente y fueron los antes citados quienes mejor y más pronto explotaron el producto que vino a cambiar drásticamente el panorama de la plástica.
Desde entonces las cosas no han cambiado mucho, sospecho. Los problemas son los mismos. He aquí dos:

A) Queremos abrir el pomo y la tapa está pegada. Bah, pegada es poco: está fundida al metal, prendida con alma y vida. Y no hay fuerza humana capaz de extraer esta espada en la piedra, verdadera Excalibur que resiste todas nuestras argucias y tretas y nos mira triunfal mientras jadeamos exhaustos, las manos llagadas de tanto forcejeo, tatuada en las palmas la trama del contorno plástico del engendro.
Nos serenamos, tratamos de usar la lógica, el poder de la razón. Primates superiores como somos, arribamos triunfales a la herramienta esencial: la tenaza. Ponemos entonces la cabeza del pomo entre las bisagras de la puerta, la cerramos poco a poco hasta lograr el agarre necesario y luego con delicadeza, pero firmes, giramos en sentido antihorario. Nos quedamos con algo que remeda una columna salomónica. Y desde ya que el plástico de la tapa, diabólico, se nos quiebra a medida que lo forzamos, se pulveriza. Pero aflojar, no afloja.
El mono piensa y decide usar el fuego. Nos quemamos los dedos tratando de calentar el pomito. Se nos chamusca la tapa, la bendita tapa. Se derrite un poco. ¡Sucumbe! ¡Cede!
Lástima grande que el triunfo se vea relegado por cosas mas urgentes como correr a la farmacia a comprar gasa, platsul, caladril, cualquier cosa que calme este dolor.

B) El pomo lo apretamos y en lugar de color lo que sale es aceite, un montón de aceite. Tanto que parece un chasco, no es posible que de tan pequeño envase brote tanto líquido. Yo no sé a qué se debe, si es que hay una razón lógica que se pueda aventurar -y por ende permita en el futuro evitar el trance-, o todo es obra del azar, otra voltereta de este universo fortuito y caótico que nos empeñamos en creer ordenado y se nos ríe en la cara.
Uno no puede estar jamás seguro de cuándo le tocará este premio, el del pomo piñata que parece contener solo líquido y ningún color. Será cuestión de determinados pigmentos, digo yo. O tal vez sea una crueldad de la misma casa matriz, donde un perverso Willy Wonka se divierte anticipando y paladeando la negra desazón que despierta en nosotros el fiasco.
Lo malo es que pasa el tiempo y nos sigue tomando por sorpresa. Incluso cuando el pomo lo tenemos comenzado hace rato, es volver a usarlo y reanudar el ciclo de asombro y disgusto -incrementado, en cada ocasión, por nuestra insistencia en olvidarlo. Porque el asunto no parece agotarse en los primeros escarceos, no. Yo tengo pomos -reconozco que poco usados-, que una y otra vez me sumergen en la ignominia, al esperar color y recibir aceite. Aceite que, ahora sí por inflexibles leyes universales, una vez en la paleta corre presuroso a mezclarse entre los colores restantes, los colores previos e inmediatos, agigantando el accidente, el desconcierto, el descalabro. Un verdadero efecto dominó. Ahí es donde maldigo la hora en que incorporé el color a la nómina, y me juro recordar la marca, el pigmento, la artística misma donde lo adquirí -cuando no al vendedor-, para no incurrir en nuevos disgustos, por el amor de Dios. Pero sé que será en vano, porque el pomo volverá al cajón, se mezclará con los otros colores e inmediatamente quedará camuflado, esperando insidioso nuestro próximo encuentro, donde mi naturaleza candorosa me expondrá de nuevo a este rito que comienza con un acto banal y termina en los resoplidos del disgusto.
Cosas, en fin, que nos quitan, nos ponen lejos el trance tan ansiado, ese que buscamos una y otra vez: el ensimismamiento, el rapto que debe ser la sesión de pintura.

Muchos textos atrás hablé de algo semejante, el desconcierto que sentimos cuando se nos rompe la carbonilla o el grato hallazgo de esos mandalas que entramos a ver en la paleta. A esas intromisiones externas les otorgaba una lectura optimista. Hoy diría que les forzaba una lectura optimista. A esto en cambio ya no. ¿Serán justamente los años, que nos avinagran?
Supongo que no, porque a poco de indagar en el disgusto uno descubre que parte del malestar, buena parte de él, se debe a sentirse estafado: hemos comprado de buena fe un producto que resultó defectuoso. Para cuando nos dimos cuenta, ya la artística estaba en otro barrio, en otro mes, en otro planeta.
Los casos de la carbonilla y la paleta son los verdaderos gajes del oficio y está bien destacarles su lado bueno. Habla bien de nosotros.
Esto, en cambio, habla mal de Winsor, de Newton y del universo también.

De ciertos matices de añil

No sé si a todos les habrá pasado, pero sin duda me ocurre a mí.
A esta provecta edad de 46 años cualquier situación me dispara hacia otra época, hacia algún rincón de la memoria, recordando situaciones inconexas, en cierto modo reviviéndolas. A veces un sonido, un aroma, una pequeña anomalía en el tejido temporal y me encuentro paladeando algún hecho pretérito.
Los alumnos tratan de traerme de nuevo al orden, pero es en vano, yo sigo trepado a los árboles de mi pasado.
Como la pintura se nutre del espectro completo de nuestro perfil, entiendo si cada tanto le toca a la nostalgia, a ese nebuloso ayer, servir de acicate para pintar, incluso de borrador, hasta de idea, por qué no.
Lo malo viene cuando el rapto acontece en el momento menos propicio, por ejemplo cuando estamos a mitad de una obra, concentrados en nuestro dilema usual de colores. En la paleta nos falta azul. Lo buscamos y de repente estamos en una noche de verano del año 2001. A la vuelta de una esquina encontramos con mi pareja de entonces, tirado en un volquete, una suerte de biblioteca, un mueble antiguo, gigante, todo madera, cajones y persianas. Tomamos cuantos cajones podemos. Y no mucho mas tarde, en mi primer arrebato de carpintero, son esos mismos cajones los que terminan incorporados a mi actual mesa de trabajo, este simple carrito de televisor que tras tanto trajín parece más bien una navaja suiza: estantes rebatibles y plegables, rueditas, frascos, broches multifunción. En ese tumulto descansan mi paleta y mis pinceles. Y en los cajones guardo los óleos. El tercero es para los azules: ftalo, cobalto, ultramar, prusia, manganeso, indantreno… Ahora es el año 1998. Al terminar el Bellas Artes emprendí un viaje por algunos museos europeos. El llamado viaje de estudios. En una artística de Amsterdam, con el periplo concluyendo, me decidí a cargar con algunos implementos, entre ellos ese pomo de azul indantreno. Un poco por curiosidad -no conocía el pigmento-, y otro tanto por simple anhelo. La compra era una suerte de promesa. Ya lo tengo dicho, los materiales que nos miran en las artísticas terminan encarnando nuestras aspiraciones. “Con ese pincel bellísimo sólo pueden salir maravillas” y otras expectativas así.
En ese respecto aquella compra fue ejemplar.
El viaje había comenzado desde la decepción. Por circunstancias largas de explicar, a pesar de estar recién recibido (¿o debido a eso?), el horizonte no me parecía promisorio. Yo diría que lucía incierto, casi negro. La frase de Marguerite Duras me hubiera ido al dedillo: “Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde”. Así me sentía yo. Inconmensurable mi abatimiento. Infinita la tristeza. Adiós Pampa mía.
De modo que el viaje tenía cierto gusto a despedida, el romántico adiós a una profesión con más de sueño irrealizable que de meta prometida.
Por fortuna en las peripecias del recorrido había recuperado buena parte del optimismo (una muestra en Santiago de Compostela del grabador José Hernández merece los laudos) y para cuando llegué a Holanda y sus canales las ganas de pintar habían retornado. Por eso la compra de aquel azul era importante, porque era la puesta en acto de mi renovada motivación, de mi fe.
O algo así.
Y aunque nunca tuve el dichoso pomo en un marquito ni en un pedestal, no deja de ser cierto que no hubo ocasión, al usarlo, en que no sintiera un estremecimiento, el de mis viejas expectativas retorciéndose, pujando por salir y haciendo preguntas.
Pintar, lo tengo dicho, es campo fecundo para todo tipo de reflexiones que poco tienen que ver con el trabajo de turno. De modo que era exprimir aquel tubo y sentir ansiedad, incertidumbre.
Como esas cajitas de música, cuya melodía nos evoca un pasado ficticio, así parecía sonar ese color azul. Cargaba de melodrama mis pinceles. Pero eso no era todo, o era lo de menos. El pomo era también como un reloj de arena que va desgranando sus promesas, un talismán que va perdiendo sus virtudes, una suerte de lámpara de Aladino, pero en lugar de un genio, el que asomaba era ese enano aguafiestas y negativo que se nos instala al hombro y nos susurra al oído: “¿Están saliendo bien los trabajitos? ¿No te estarás achanchando?” Cosas así. Una delicia.

Que nadie se extrañe si fui escatimando el azul. Yo creo que me mareaba.
Luego temí que ocurriera lo mismo con los otros colores, y dejé de usarlo.

Pero sigue ahí.

De los detalles

Cada cierto tiempo compruebo que mi modo de obrar alterna entre dos tipos de cuadros, incluso dos maneras de verlos: con detalle o sin él. Digamos que el trabajo oscila entre una labor más minuciosa y una más sintética, donde la pincelada no parece preocupada por capturar los matices diminutos y se contenta con grandes brochazos, corrimientos y distorsiones.

A veces me pregunto por qué, a veces no. Pero es una constante. Mis últimos trabajos, por ejemplo, están realizados en una sana alternancias de esas miras. Igual creo que para la terminación más violenta tengo que estar muy concentrado -o perturbado, quién sabe. Y lo digo así porque de verdad creo que el cuadro es como un espejo de nuestros estados de ánimo. Y si bien a fuerza de repeticiones cualquier gesto se torna automático, una estrategia más que una expresión, lo cierto es que por lo bajo, inconsciente, nuestras pulsiones van mandando el código morse de sus urgencias.

La terminación detallista solo necesita paciencia, me digo, es un camino seguro. Entonces no sé si lo transito porque quiero evitar los pantanos y arenas movedizas de la creatividad, o es el descanso obligado tras esas pruebas más inciertas del borrón y la mancha. No lo sé.

A veces me da por creer que en el detalle descansa el secreto del trabajo, ese acercarse a la obra para descubrir nuevos significados. En otras , sin embargo, me digo que es el panorama total lo que importa.

Supongo que en el fondo es una confrontación entre lo racional y lo lírico. Alternar entre esas dos posturas. Así me juro que la construcción de la obra debe realizarse desde el primer ángulo, pero luego la realidad me demuestra que si uno se deja llevar por las pulsiones el trabajo sale igual de realizado.
Otra manera de decirlo es que los ingredientes que componen el trabajo, aunque los racionalicemos, terminan siempre obedeciendo a mandatos soterrados.
Lo que producen en el espectador los borrones, las manchas, el temblor de la línea, son variables tan nítidas aunque menos medibles que las reglas de ortografía, por eso es casi seguro que su buena utilización producirá buenos trabajos.
Hay que convencerse de que el uso de esos recursos es bienvenido, porque no son maneras efectistas de asegurar resultados, no: son los caminos de la expresión. Y la expresión es lo que prima.
Claro que muchas veces lo único que expresamos son nuestras limitaciones.

Y hablando de ellas, compruebo que las tibias certezas que parezco alcanzar poniendo en palabras la búsqueda plástica, debería usarlas también para construir el tinglado verbal de estos mismos textos. Y de otros también.

Yo siempre quise escribir una novela. Ya voy por el tercer intento.
La primera vez trataba de ser pintoresca, tradicionalista, con algo de Bioy y mucho de torpeza. La segunda tenía mayores atisbos de lucidez, pero era demasiado pretenciosa y quedó atorada ya no sé en qué capítulo.
La tercera siempre la estoy empezando. Mañana hablaré del quinto, del sexto borrador.
Entiendo que jamás habré de terminarla porque es el comienzo de cualquier historia lo que me cautiva. Y me gustan los comienzos porque uno puede percibir allí el aroma del estilo o dejarse llevar por lo que parezca prometer la trama. Luego llega el torpor usual y no queda más que aburrirse.
Pero lo que me atrapa es el cuadro inicial, porque allí estan las pautas, las cartas sobre la mesa. Sólo resta figurarse a dónde puede conducir el juego.

Cuando era chico, en mis primeras lecturas, le pedía por favor al libro que fuera al grano, que no se demorara en digresiones. Quería acción, la quería ya mismo. Que el muerto estuviera en el primer capítulo. Claro, rara vez es así. Andando el tiempo uno se va resignando a encontrar las cosas mucho más adelante, al adentrarnos en la historia.
Ahora bien, a la hora de pintar se ve que no soy tan paciente, y a mis historias no les hago rodeos ni distracciones, las someto inmediatamente a lo que me importa, que es la figura. Lo demás me parece tan anecdótico que pierde sentido, que pierde sentido hacerlo. Encuentro la figura tan llena, tan profunda, que no tiene fondo.

Me animo a decir que hay cierta afinidad entre mi visión de pintor y mis predilecciones de lector. Porque un cuadro no puede ser más que esa pauta inicial, la presentacion de los personajes, el color de la atmósfera. El desenvolverse queda para las disciplinas artísticas que trabajan en el tiempo, que se dejan atravesar por él. Para la pintura, en cambio, sólo es posible el panorama inicial, la escena congelada para siempre.
Eso obliga a cierta parquedad, capacidad de resumen, elegir las mejores escenas y resolverlas en una sola, valerse de los detalles de los que hablaba al principio, o de los brochazos.
Porque hay una única oportunidad para hacer las cosas bien, podríamos decir.
Como en la vida.

De los botones y cuántos bastan

Pese a que año tras año las circunstancias me demuestran la escasa idoneidad de realizar obras que no caben bajo el brazo, o en un taxi, o en un auto, persisto en la realización de engendros desmedidos y frágiles que me obligan al uso de terceros para su transporte.
Sí, mis alas de mariposa requieren vehículos amplios, cojines de terciopelo, manos atentas, paredes acolchadas.
Pero es muy caro.
El flete de la vuelta de casa, en cambio, es una ganga, aunque hay que hacer la vista gorda ante un par de detalles: óxidos, mugre, manijas faltantes, loneta penosa. Y no hablemos del chofer.
El fletero promedio, seamos francos, siempre quiso ser camionero, y ve todo bulto por igual, sean cajones de verdura o candelabros de cristal. Si no fuera por el aspecto desvalido del artista y los repetidos clamores de delicadeza que solicita para sus trastos, el fletero arrojaría al voleo los cuadros que le dejamos.
De allí que no quitamos un segundo los ojos de nuestras obras cuando partimos con el motorista en su bólido.
El viaje es toda una experiencia.
La camioneta traquetea, tiembla, se encabrita y amenaza con apagarse para siempre en cada frenada y semáforo. En las curvas, mientras tanto, incluso en las más abiertas y benignas, la caja y su jaula de lona insisten con seguir el rumbo previo, escorándose cual velero en vendaval, nueva torre de Pisa. Yo miro horrorizado, pero Fangio no se inmuta, escucha mensajes de audio, masculla imprecaciones y mira con el rabillo del ojo el volante y el camino, mientras su atencion la vuelca en las mujeres que le cruzan y le gustan, que son todas.
Eso sí, nunca pasamos de los 30 kilometros por hora.

¿Por qué someterse a tanto vértigo, dirán ustedes?
Porque estamos por hacer una muestra.
Y hacer una muestra, está visto, requiere de unas profundas reservas de energía y recursos que tornan al artista en un verdadero hombre orquesta, ejemplo de versatilidad y paciencia.
Resulta que la postrer instancia de la realización plástica no es el cristalino barniz de la cobertura final, o los datos al reverso, los pitones y el alambre, no; para muchos, casi todos, la cereza de la torta creativa es la ansiada muestra individual, pero para dar con ella todavía nos aguarda, insidiosa y ladina, esta suerte de ordalía, este calvario donde sólo los valientes salen ilesos.
Los demás, claro está, perdemos la salud en el intento.

Porque además del flete…
Hay que pensar en un texto que acompañe a las obras. Se sabe, las obras no bailan bien solas. Ya es un tópico corriente, todo el mundo espera que al llegar a la muestra haya un texto. Dios nos libre y nos guarde si no fuera así. Yo creo que la gente correría espantada, como si hubieran soltado a Godzilla.
De modo que hay que tener un texto. ¿Pero de dónde lo sacamos? Debo confesar que probé en varios lados y por distintos autores, y ya cansado de molestar a la gente pidiendo esa suerte de limosna verbal, me lancé a escribir yo mismo mis líneas. Creo estar autorizado para hacerlo, conozco bastante bien al artista. De modo que un buen día dije Basta, de ahora en más los textos los escribo yo. Y así estamos.
Pero la odisea no terminá ahí, no. Hay que pensar también en el folleto pertinente, llámese tríptico, díptico, tarjetón o postal. Llamesé como se quiera, pero hay que hacerlo. Porque si no lo hacemos ya se sabe, otra vez la gente corriendo despavorida, lo más lejos posible de esos cuadros.
De modo que hay que diseñar la tarjeta.
A fuerza de disgustos, con no pocas frustraciones, el artista también se ha forjado cierta opinión sobre cómo deben lucir esas tarjetas.
Encontrar a la persona idónea para realizar esos trabajos tampoco es moco de pavo. Pero dí con esa persona. Merezco la medalla.
De modo que ya tenemos el texto y el papel donde presentarlo.
Llega el momento de pensar en la ingesta, en las bebidas del evento. Que son, bien se sabe, lo que de verdad mueve al público. Nadie va a prestar atención a las obras, de eso hay que olvidarse, lo que la gente quiere es tomar algo, abanicarse con la postal y charlar con el espectador más cercano.
No sé de dónde saqué otra idea.
De modo que hay que peinar el mercado en busca de esa botella preciada, la que ostente el precio justo y todavía sepa a vino. Un punto por arriba del vinagre, sí señor, pero con etiqueta sofisticada.

Así que ya ven, son muchas las instancias de lucha, muchos los obstáculos a sortear.
Y por si eso fuera poco, cuando al fin tenemos los cuadros embalados, las cajas de vino y los panfletos pertinentes, no va que me dicen que hay que mantener la distancia, no sacarse el barbijo, y entrar de a uno a la galería.

En fin, nadie va a ver los cuadros.
Pero quien sabe, capaz eso sea bueno.

De las recompensas

“Todos se equivocan como se equivoca uno. Pero nadie acierta como yo”.
Eso se lo escuché decir el otro día a mi Alter ego, ese que llevamos al hombro y nos susurra al oído aforismos de Narosky y eslóganes publicitarios. Un personaje agrandado, petulante, insoportable en pocas palabras.
Todos lo tenemos.
Pero hay que saber esconderlo.
Porque espanta, no lo vamos a negar.
Dibujamos un retrato más duro que un turrón, y el tipo se las arregla para destacar un detalle insospechado. La pintura no convence, el color sale chato, pero él alaba esa misma chatura, evocando a Kenneth Noland, a Still, a Barnett Newman. Es encantador cuando quiere.
Este mismo fulano es el que, si lo dejan, toma las riendas y da directivas. Siempre tuvo alma de jefe. A veces se apiada y me da terroncitos de azúcar, palmaditas en el hombro, frases de superación personal. Un caso típico es que tras dos o tres pinceladas acertadas, con alma, se da por satisfecho y me deja el día libre. “Eso es todo por hoy”, me dice magnánimo. Y yo le hago caso, para qué discutirle.

La verdad es que me gusta recompensarme tras esa pincelada justa, ese color atinado, ese gesto que por unas horas nos dejará un gusto a victoria, que es una sensación muy agradable, sí.
Digo, hay que disfrutarlo porque dura poco y es lo opuesto a lo usual, cuando las cosas nos salen horribles. Ahí te quiero ver.

Leía ayer un texto de César Aira, donde comparaba -o pensaba que era posible hacerlo- a los artistas con los deportistas de alto rendimiento. Lo que decía es curioso y es cierto: en la actualidad del hacer la vara está muy alta, y hay que estar en guardia permanente. El artista necesita entrenarse día a día, como el deportista de quilate, que debe controlar su dieta y saltar la soga, hacer lagartijas y saltar la soga, correr de acá para allá y saltar la soga.
Bueno, yo me compré una bicicleta fija.
Y pedaleo como un hámster.
Me puse una fotocopia de un cuadro de Sorolla (“Triste herencia”) a modo de zanahoria, pero no pasa nada. Solo termino cansado y sin ganas de pintar. Es entonces cuando me pongo a escribir. Claro que en ese estado lo que nos sale es lastimero:

“Muchas veces notamos cierto rechazo hacia la obra figurativa. Digamos que uno confiesa que pinta gente y llueven los huevazos. No sé si sigue viva la agorera noción de que la pintura es una lengua muerta, pero lo indudable es que la quieren matar. O que no la dejan vivir.
A la pintura que se vale de imágenes del mundo que nos rodea se la cataloga con desdén, mientras las visiones de la abstracción ganan adeptos y simpatía.
Y eso es una injusticia, hay que decirlo…”

Presiento que tal desazón es un síntoma muy actual, como el monopatín y las selfies.

Pintar fue siempre así, se comienza por algo tangencial, urgente, actualísimo, la novedad de un color, una técnica, un recurso que acaba de ocurrírsenos, y ya después nos vamos deslizando hacia el pasado, el de nuestras emociones, nuestros gustos, nuestras limitaciones. Por eso salen así las cosas.

No quiero pecar de falsa humildad, pero con el tiempo uno comprueba que tras la ejecución de un cuadro ponderable, esos raros trabajos que nos dejan un alto grado de optimismo ante la vida, la mejor recompensa que acompaña al cuadro del milagro es las ganas de hacer otro.
Y así vivimos en la eterna fantasía de pasar alegres de obra en obra, como caminando sobre el agua, todo sonrisas.
Y aforismos de Narosky.

Del trabajo que da el juego

En la época del vapor la fuerza de una máquina comenzaron a medirla con caballos, porque hasta entonces era el caballo quien hacía los trabajos pesados. Al reemplazarlo, se lo transformó en unidad de referencia. Ahora bien, de un tiempo a esta parte la inteligencia artificial la miden con niños. Aquí la ecuación es más compleja, porque no es de orden sumatorio. No nos dicen que la computadora tenga la inteligencia de 3 niños, sino de niños de 3 años. ¿Se entiende?
Además, en una extraña vuelta de tuerca, a algunos animales también los miden así. Se ve que gustó la fórmula. Claro que con los caballos definitivamente relegados a lo muscular, han tenido que buscar otra clase de fauna. Los loros, por ejemplo. Dicen que tienen la inteligencia de un niño de 4 años. Los delfines, la de un niño de 6. A los caballos ya no los consideran inteligentes, pero en cambio un buen pulpo, una buena urraca…
Yo todavía distingo a un delfín de un loro, pero ¿a un niño de 4 de uno de 6? ¿Y eso aplicado a una computadora? ¿Ya pide ir al baño, la computadora? ¿Dice mamá y papá?
Como fuere, A “Deep blue” y demás ordenadores los han catalogado así: “tiene la inteligencia de un niño de 6 años, de 8 años”, etc. ¿Hasta cuándo van a contar? Llega un punto donde ya no tenemos un niño y pasamos a los adolescentes. Supongo será cuando la compu nos pida un pucho. O volver tarde.
Dudas, dudas.
En todo caso algunos personajes -mediáticos, políticos, algún vecino-, parecen tener la inteligencia de un loro de 2 años.
Y yo a veces creo que tengo la inteligencia de un niño de 45: duermo con la luz apagada, no creo en los Reyes Magos, pero los conceptos abstractos, el valor del dinero o el sentido de la responsabilidad…

El juego en cambio es mi terreno, piedra angular en el proceso creativo.
Muchas veces me divierto con los cuadros como si fueran un entretenimiento, y otras tantas me dan ganas de llorar a la más infantil usanza, con hipos y jadeos. Para esos casos sería bueno tener un comodín, una especie de bandera blanca que nos permita dejar todo en suspenso e irnos lo más panchos. Como de pequeños, cuando ante un percance nos salíamos del juego al grito de “pido”.

Para los pesimistas como yo, a los cuadros siempre les falta una instancia: si están bien dibujados les falta el color, y una vez puesto este, capaz falta una idea, y una vez encontrada, al cuadro todavía le falta un buen título, y con eso resuelto, queda aún por encontrar la expresividad en el gesto, y con eso listo, hay que buscar la tan mentada frescura, etc., etc. Cuestión que uno anda siempre rengo, porque al cuadro siempre habrá de faltarle algo. Llegamos a un punto muerto, donde la obra no camina. Y pensamos en esas canciones infantiles…
“Hay que llamar al gesto para que salve el cuadro”.
Pero el gesto no quiere salvar al cuadro y el cuadro no quiere salir de ahí.

Es un enlace muy sencillo el de asociar el juego a la infancia. Y al hacer trabajos con un claro tinte lúdico, es de cajón que sus protagonistas sean muchas veces los niños. Como si se redondeara así una idea. O se le diera énfasis. Es que las ideas, cuando van encarnadas por niños, son digeridas por el espectador con mayor candor también. Uno se pone en el lugar del querubín y ve la situación con ojos desprejuiciados.
Desde ya que nadie supone que un niño no tenga prejuicios -ahí está “El señor de las moscas”-, pero es verdad que es más fácil tragar la píldora cuando la narra un niño; disculpamos las faltas de dicción, la torpeza en las palabras. Y otro tanto puede hacerse desde la pintura, imagino que es más fácil soportar los errores, porque somos más indulgentes. Paladeamos con mayor paciencia, podríamos decir.

Hay que ser muy caballo para no verlo así.

De las muñecas

Una vez, hace mucho tiempo, le oficié de chaperón o escolta a una amiga que estaba como un tren. Bellísima, quiero decir.
Fuimos a un café. Creo que había un espectáculo, alguien tocando el piano o la guitarra. Para muchos, de todos modos, el espectáculo era mi amiga. Entre pieza y pieza, con cualquier excusa, se acercaban los festejantes, haciendo todo tipo de galanteos y ceremonias, un despliegue de cortejos que intentaba romper el hielo y solamente estorbaba. A mí se entiende que me veían inofensivo, un amigo sin posibilidades, nunca un contrincante. Pero esa es otra historia -la de mi vida.
Cuestión que entre las frases célebres que escuché esa noche hubo una que se repitió varias veces.
Sos como una muñeca, le decían. Te tendría en mi mesita de luz…

!?

A ver. No sé ustedes, pero yo no tengo muñecas en mi mesita de luz. Estos señores tan viriles, sin embargo, hete aquí que soñaban con muñecas en la mesita de luz.
Desde ya que la frase es un eufemismo para el juguete sexual y barrunta todo un horizonte de cosificación de la mujer que… pero para qué meternos en ese berenjenal.

El suceso al que hago referencia, claro, tiene más de 20 años de antiguo y 20 años, miren ustedes, parece que es mucho tiempo… no voy a decir que a los coches los tiraban caballos, pero lo cierto es que en algunas materias el reloj atrasaba más que ahora.
Es muy probable que esos mismos caballeros, de haber sido en la noche de ayer el encuentro, hubieran medido sus palabras, y acaso el acoso hubiera sido menos verborrágico.

En fin, sí, se me ocurre que hubiera sido todo distinto. Y aun así muy similar.

San Camilo, siempre tan ardiente, nos habla de su muñeca hinchable Jacqueline, cosa que encuentro risible, desde ya, pero bastante más lógica en lo que a muñecas se refiere.
Lo que estoy seguro, hablando de Jacqueline, es que su zona de descanso no era la mesita de luz. Tal vez, como el personaje de “Juego sucio”, estuviera escondida en un armario, en un aparador. Porque un aparador resulta mejor destino para esa suerte de lascivia neumática, llámese Jacqueline, Marta, La del tercero o cualquier otro nombre.
Lo interesante es la ubicación de las cosas.
Y aquí en mi taller la muñeca está en el baño.

Hace varios lustros (¿luego de acompañar a mi amiga?) tuve la peregrina idea de construir un maniquí articulado, el clásico figurín de venta en artísticas, pero esta vez en tamaño natural. Pensaba que sería un buen punto de partida para realizar una serie de trabajos en carbonilla, serie que tendría al maniquí como protagonista excluyente, al punto que a la hora de presentar los trabajos, lo harían acompañados de la propia modelo/maniquí, que miraría las obras desde alguna vitrina, sentada en un rincón, o de pie en medio de la sala, en fin, algo por el estilo.
Cuestión que nunca hice los trabajos. Es más, no he hecho ni un solo boceto a partir del dichoso muñeco.
Y eso porque mi único interés, evidentemente, estaba en la construcción del engendro y no en sus terceros disfrutes. A veces dibujar intenta ser la gestación de un universo y en este caso, puestos a crear, se ve que me sentí realizado con el serrucho y la caladora y no con la goma y la carbonilla. Así que una vez hecho el maniquí, ¿para qué dibujarlo?
Cuestión que el armatoste, para deleite de alumnos y visitas, se paseó por todos los rincones del taller, como un pariente lejano o un testigo obsesivo e impertinente hasta encontrar su destino final, algo triste, parado arriba del bidet.

Cosa mucho menos romántica que la mesita de luz, eso lo concedo.

De las pipas

El cuadro es como un espejo, dicen algunos.
Otros, más agresivos, los corrigen y afirman que el cuadro es un martillo.
Queda bien la enmienda: “El cuadro no es un espejo, es un martillo”. Funciona, tiene mucha miga.
Pero hay más, hay quienes dicen que el cuadro es una ventana.
Siempre es otra cosa el cuadro. Y eso es raro.
“La interpretación esconde la voluntad de suplantar la obra por otra cosa”, señalaba Sontag. Algo de eso habrá, no tengo duda.

Pero todas esas interpretaciones las despierta el cuadro terminado. Mientras lo pintamos el cuadro todavía es un cuadro, y eso siempre tranquiliza. Que no se cambie mientras lo estamos haciendo, por favor. Creemos tener un cuadro delante y resulta que tenemos una ventana, tenemos un espejo, tenemos un martillo.

Más allá de la fantasía y la suplantación, en general lo que tenemos delante es un cuadro que no está saliendo bien, un mero fantasma de aquella obra que pensábamos hacer, fantasma que aún así funciona como norte y como guía, una visión que se delata y que se aleja con cada pincelada.
Claro que tarde o temprano dejamos de ver el espejismo y nos confrontamos con la realidad. La desazón se adueña de nosotros. Pero sacamos fuerzas de la flaqueza. Nos juramos rescatar el engendro. Prestar atención al programa, si lo hubo, de líneas y planos y color y tratar de entender dónde se nos torció el rigor, por qué lo que tenemos delante es tan horrible. Habíamos empezado con un plan, eso es seguro, y ahora es un mamarracho.

¿Qué dice de nosotros este fracaso?
Podemos tirar la toalla y gritar que no nos sale nada, que estamos meados por los perros y demás ocurrencias fatalistas. Pero no es así. O no es tan así. Algo de verdad esconde el desahucio, sí. Y el lloriqueo también. Es una constante, nunca estamos haciendo la obra soñada, siempre nos resignamos ante lo que suplanta nuestro plan. Y eso porque no sabemos muy bien cómo debería ser la obra. En realidad no sabemos nada, ni siquiera sabemos cómo somos. Eso sí, todos juran que la obra tiene algo autobiográfico, lo que de algún modo es volver al principio y decir que el cuadro es un espejo.

Habría que hacer un poco de análisis introspectivo con los cuadros, confesarse un poco ante la obra, gracias a la obra.
Yo podría decir que tengo un tema con las responsabilidades, que esa es mi confesión. Las evado, a las responsabilidades, para qué decirlo de otro modo. Tal vez por eso tengo la sana costumbre de no tomarme muy en serio las cosas. Ni siquiera los cuadros, que son de lo más importante para mí. Y una manera de hacer esto, bastante patente diría yo, es apelando al humor, forma esencial de tomarse en solfa cualquier asunto. Con ese recurso el cuadro pierde un poco de su solemnidad, no hay duda. Da menos miedo encararlo. Hasta ya no lo vemos como un cuadro.
Y luego hay otra forma de no verlo así, más evidente tal vez, y es recortándolo.
Sí señor, lo que tenemos delante ya no es cuadro, porque lo hemos recortado.

Otro método eficaz es evitar los materiales santificados por la costumbre: dibujar en papeles berretas, en materiales rescatados, en el reverso de viejos dibujos y pinturas. Porque encarar un dibujo en un papel de calidad, con el gramaje requerido, puede ser un poco intimidante también.
Tal vez por eso me resultan inconvenientes los libros de bocetos: no puedo llenarlos. Garabateo un poco en uno, luego en otro, y no termino ninguno.

(Tienen algo paradojal ese tipo de cuadernos. Hoy se los suele presentar casi como libros de artista, válidos por sí mismos, autónomos. Como obra terminada. Cosa que contradice su mismo propósito.
Creo que hay algo muy contemporáneo en esa “validación del andamiaje”).

En fin, en otra época (dijo Diderot), esos bocetos sólo demostraban los que al artista le faltaban por hacer.
Pero un libro de bocetos no deja de ser un libro, y está visto que cualquier cosa encuadernada tiene carácter sagrado para mí. Me los tomo demasiado en serio a los libros. Incluso los que son para bocetar.

Hasta aquí las confesiones.

Pero yo no creo que el cuadro sea un espejo.

De las lecciones de botánica

Lo que quiero, lo que me sale, lo que me gusta.
Estas tres instancias parecen controlar y definir la realización de cada uno de mis trabajos.
Se comienza por el primer ítem, sobrado es decirlo, por aquello que pretendemos hacer. Parece una obviedad, pero no es tan sencillo. El manantial de las ideas brota a capricho, de nada sirve sentarse a esperarlo. Por eso cuando la idea surge, hay que correr a plasmarla.

Empezamos a dibujar, y caramba, muy pronto comprobamos que aquello que trazamos no se parece mucho a nuestro plan. Si estamos con suerte igual el trabajo nos gusta, y por eso miramos atrás y modificamos un poco aquella idea original. Un poco nomás.

Ante estos casos lo mejor es marcharse, darse el día libre, no tentar a las musas. Pero como se habrá sospechado, esto rara vez pasa, lo normal es que no nos guste lo que dibujamos. Y desde esa frustración es mucho más difícil corregir y enmendar el punto de origen.
Claro que el artista es muy insistidor, y además el artista es muy ladino.
Cambiamos de plan, decidimos hacer otra cosa. Nos juramos que queríamos hacer otra cosa.
Y eso me recuerda la lección que pretendió darnos, allá en el Bellas Artes, uno de sus tantos profesores. Un fulano de manos relamidas y actitud petulante, pañuelito al cuello, perfume francés. El tipo había armado una mesa larga, ubicándose en el justo medio como amo y señor. Tenía un hablar un poco altanero, y solía pavonearse frente al sempiterno corro de alumnos, ante su imaginaria orquesta de señoritas. Ahora esgrimía el pincel en el aire, decidiendo por dónde comenzar la tan cacareada lección de acuarela. “Vamos a hacer un rostro”, nos dijo a todos muy ufano, muy solemne. Y a eso procedió. Garabateó un poco, mojó el pincel, hizo acopio de algún color. Tal vez su propio boato terminó por jugarle en contra, porque todos vimos claro que el boceto no marchaba, que la cara no aparecía. Al buen hombre se le ranció el perfume, el pañuelito le dio calor. “Mejor hagamos un árbol”, decidió tajante. Total para qué complicarse.

Y bueno, algo de eso hago yo ahora, tantos años más tarde. Eso sí, por suerte no tengo testigos. (O eso quisiera. Ya lo he dicho en algún apartado, aquí en el taller uno convive con su bromista, con su propio bufón. Él se encarga de derribar nuestras torres de marfil, moler a carcajadas la obra de turno, señalar los piolines de nuestras pueriles intenciones).
Hay que volver a empezar, me digo, enmendar el error.
Como no nos gusta el resultado, pretendemos querer otra cosa. Y así vamos barajando ideas hasta encontrar una que case con nuestras limitaciones.
Hacemos palotes y garabatos, esquivamos el bulto. A veces la idea hay que asediarla de forma sesga, nos juramos, nos mentimos. El que la persigue la consigue, decía Vargas Llosa. Cosas así.

Seinfeld suele imaginar que los doctores, encerrados en su despacho, pasan revista al vademécum hasta dar con una respuesta para el caso desconcertante que los espera del otro lado de la puerta.
Así de extraviado me siento a veces ante lo hecho. Y dejo el trabajo a sus aires y me pongo a recorrer la biblioteca, para encontrar un hilo en el laberinto.

Luego, insuflados con tanta imagen, volvemos al ruedo con entusiasmo, el yelmo de Mambrino reluciente, dispuestos a hacerle frente a las temibles aspas del arte.
Y de a poco aparece fulgurante el trabajo ideal, aquel con el equilibrio exacto de lirismo y lógica, narración y misterio.
Muy lindo, sí. Lo malo es que ya lo hizo Fulano, nos susurra al oído nuestro aguafiestas.
Ufa.

Así que, resumiendo, si un buen día entran a ver árboles en mi obra, sospechen otros motivos.

De la verdad sobre los mitos

A veces lo hago con los ojos abiertos, y otras veces sólo sueño que escribo.
Al comienzo puede ser una línea el concepto esbozado, una anécdota, un destello fugaz. Pero luego de muchas vueltas le vamos encontrando la forma, el rabo a la idea, y así vamos tirando de ella, hasta traerla a este lado de las cosas.
Ayer el desafío estribaba en poner en palabras la misma certeza que a veces atisbo en mis trabajos más ambiciosos, esos donde uno o varios personajes se asoman sobre un ruido en forma de manchas, borrones y brochazos, despliegue que es para mí la puesta en acto del sustrato abisal donde anida nuestro perfil verdadero, el enigma que somos todos.
Y así como Todorov nos explica que la novela intenta decir con palabras lo que las palabras no pueden decir, en la pintura pasa otro tanto, pasa lo mismo, y el menjunje de los colores y el mareo de los brochazos vienen a contar eso que de otro modo siempre vamos callando.

Pero si al escribir me vence el sueño, tal vez desde un trasfondo negro se alce la voz de un discurso distinto, donde se dice lo mismo, pero se dice oblicuo, se dice en un sesgo.
Son las menos, pero las que valen, las ocasiones donde la intuición no se deja vestir a gusto con el traje gris de lo racional, y pese a mi naturaleza estructurada la poesía gana la partida y me deja el discurso un poco más allá de lo convencional y estipulado. Para mí es ahí donde se esconde el mensaje, porque así como el cuadro se nutre de un fondo enigmático, también la escritura puede flotar y moverse sobre aguas que, a la postre, se descorren un instante, al amparo de los renglones, la ortografía y lo rutinario, para que la manta de lo cotidiano deje asomar ese magma secreto sobre el cual construimos nuestro lenguaje. Ese transfondo atávico, mitológico y trascendente no tiene por qué ser grandilocuente ni ominoso, le basta con ser auténtico, y esa realidad sospechada por sobre la que flota la nuestra puede al fin ser tímida y sigilosa, como una presa huidiza y saltarina, que un segundo está aquí y parece comer de nuestra mano, y al segundo siguiente se escabulle y desaparece.
Como esas efímeras visiones, danzantes y caleidoscópicas, que nos queman la retina tras fijar la atención en objetos brillantes, la memoria de nuestros ojos internos nos ofrece por algunos instantes la visión de ese submundo de pulsiones, y la sed de captura nos lleva al engaño, al extremo cruel de dejarnos montar la utilería completa de nuestro juego de atril, paleta y colores, para caer luego en la cuenta de que la visión se ha desvanecido.
Así y todo no perdemos la fe ni la calma, bueno, la calma un poco sí, y confiamos algo embobados en que claro, más adelante, seguro que sí, tendremos la suerte que ahora nos elude.
Por eso esperamos ansiosos el próximo desvelo, confiando que, aturdidos por la falta de sueño, por una vez el sempiterno censor del Yo caerá en descuido y ahora sí, amanuenses de Orfeo, podremos anotar minuciosos las doradas migajas de la visión adquirida.
Desfila entonces ante los ojos dormidos de nuestra afiebrada fantasía la panoplia entera de los mitos difuntos, la geografía lunar de esos seres ancestrales, la botella al mar con la misma historia de otros tantos Minotauros, Esfinges y elegías.
Un ruido de fondo que cuando tiene rostro es un rumor de lejanías, y sus metáforas son serpientes y tienen alas.

No mucho después, ensoberbecidos de tan despiertos, nos juramos que esa sima de espejismos y misterio podrá llevarse a la tela como relato fidedigno y la llenamos de carbón y la llenamos de máscaras, palacios rotos, vórtices, huevos primigenios.
Pero luego desconfiamos de tanto argumento, y volvemos a la certeza de que eso puede contarse también como fuerza y pulsión, y que la mejor forma de expresarlo, qué digo la mejor, la única que nos sale -ojalá fuera la mejor-, es en una batalla de borrones y brochazos y salpicaduras y cortes y sucesivas capas de pintura que acaso vienen a emular, pobremente, esa arqueología atisbada, esa mazmorra donde enterramos vivos nuestros oscuros sentimientos, que son los de todos y son eternos, ese ruido sin fin que nos tiembla a veces en la voz, un océano sin orillas que precisa del salvataje de la silueta y de la trama, de la estructura del título y el tema, o a veces solo necesita de esa fiebre de colores, para que el descenso en el maelstrom no se nos quede en el intento.
Y de repente esos tres o cuatro peldaños entrevistos, que descienden más y más, nos colocan por debajo de nuestra línea de apoyo, y esa sorpresa nos enseña que nuestra conocida, repetida, aturdida y aun así abrumadora realidad era, miren ustedes, mucho menos segura, y mucho más compleja.