De las greguerías

Pese a la impresión que producen tantas muestras y exhibiciones, los artistas no andan escasos de ideas, no. Lo que ocurre es que al pobre espectador lo cansan primero con la cola para las entradas, con el guardarropa, con los textos dilucidantes y por qué no con la opinión nunca bienvenida del aspirante a crítico, en la fila, en el guardarropa, y por supuesto junto al cuadro en cuestión.

Así es que al confrontar la obra tan postergada no es raro que sólo veamos un montoncito de mugre, un barullo de alambres o un enchastre de colores, pero nunca la cumbre que nos han prometido en algún lado, alguien.

Yo tengo un amigo que haría un excelente crítico de arte. Escucharlo disertar es asistir a un evento único… Posee la sutileza de un cirujano, la persuasión de un barrabrava, la sensibilidad de un callo. Una rara mezcla de eminencia y guarango. Un caramelo.

Lo raro es que sus opiniones, casi siempre lapidarias, parecen la única cura posible contra el almíbar que nos quieren hacer beber, ese que de todas formas no logra tapar el miasma que impera en el ambiente.

Dice mi amigo:

Hay dos o tres mitos insidiosos que terminan por dar mal nombre al Arte. Uno es creer que el artista se maneja con reglas diferentes al resto de los mortales…

En algún lado escuché que los abogados tapan con papeles sus errores, y que los médicos los tapan con tierra.

El artista no, el artista es distinto.

El artista puede tildar de “experimental” su obra y que además lo feliciten, le quedó divino el bodrio, ¿nos sacamos una foto?

Pues no. Cuando el trabajo sale mal, se lo guarda en casa y a lo sumo que sirva, como decía Diderot, “para asustar a los nietos”.

Nuestro amigo va a una muestra.

Damos una vuelta, me dice, miramos la obra. Es lógico que nuestra atención se desplace de las paredes a la sala, para encontrar al culpable.

¿Será aquel de la remera fucsia con la cara del Che? ¿O la señora de la cartera dorada? ¿O el adolescente cuarentón con la copa de espumante?

Se podría aventurar una clasificación de los sospechosos, al mejor y más retrógrado estilo Lombrosiano, como si hubiera ciertas constantes ineludibles. Creo que el material es tan jugoso que amerita una reseña aparte.

-¿Le gustan los cuadros?

-Bueno, dicen que un chimpancé ante una máquina de escribir, con el tiempo suficiente, podría escribir un soneto…

-¿Perdón?

-También dicen que el asesino siempre comete algún error. Aquí yo veo 14, pero no estoy seguro; ¿ese interruptor cuenta como cuadro?

Ahora el arte es un guiño y una selfie. Y si tiene gusto a poco para eso está el prospecto. Página 3, o Cómo distinguir un Duchamp de otro (urinario).

El arte solía requerir tiempo y empeño, y hoy no estamos para esas cosas.

¿El Kemble está al revés?

Y por eso, repito, tanto trabajo que apela al mismo y breve asombro que produce una curiosidad, una anécdota.

Qué gracioso, sí, el Kemble está al revés.

¿Me explico?

Hasta la próxima.

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De los caminos posibles

Cuando miro las tantísimas imágenes que tengo de archivo y referencia, naturalmente llega el día donde la número 5 mil cobra relación con la 356.

Luego entro a ver la dupla como hermanos separados al nacer, aunque de genealogía más misteriosa.

Tal hermandad puede brotar del absurdo, de la contradicción o del asombro, pero lo importante es encontrar ese punto de contacto.

Por ejemplo un desnudo y una tabla de planchar.

Hoy día los objetos vienen cargados de bibliografía. Y la tabla de planchar en cuanto la vemos erguida adquiere un carácter totémico indiscutible, al punto que desaparece cualquier connotación de servidumbre doméstica y sólo su erecta naturaleza tribal prevalece.

El artista que aquí suscribe relaciona tótem con ciertos parajes del Pacífico, con algunos animales y con la plaza Canadá, en Retiro, frente a la cual partía el ómnibus a La Plata, cuando era niño -por citar algunas cosas.

Además quien dice tótem dice tabú y dice Freud.

Todo eso viene prendido en la imagen. Podríamos decir que se pasea para siempre con ella.

Esta técnica, esta costumbre de encontrar un parentesco fortuito entre dos elementos disímiles, siendo pretencioso podemos llamarla surrealista. Una suerte de cadaver exquisito. Pero eso es forzar un poco las cosas, darles una chapa de dignidad mediante lo santificado por la historia.

Supongo que en el fondo no es el caso. Además no llega a ser un verdadero método de trabajo, porque no alcanza la categoría de hábito. Sólo sucede de vez en cuando, y nunca deja de ser un evento afortunado.

Lo seguro es que una vez establecido el binomio resulta mucho más fácil buscarle otros ingredientes que refuercen o perturben la lectura. Esos aditamentos no siempre se mueven en la bidimensión, claro está, a veces también son otros objetos los que se le añaden: etiquetas, rueditas, etc.

Puede ocurrir igual que tanto bagaje incomode, se interponga, y volvemos atrás, quitamos el añadido, porque la lectura queda forzada hacia un rumbo que no nos interesa.

De modo que no siempre es un asunto de ejes o equilibrio lo que decide la inclusión o exclusión de los objetos, también puede tratarse de una economía de connotaciones, un ajuste de referencias.

Rothko dice que el artista necesita de mucho tiempo de reflexión o ensimismamiento para realizar la obra. Yo sigo al dedillo la técnica y paso horas y horas mirando el cielo raso. En general no se me ocurre nada. Me acuerdo de Serrat, desde ya, pero no mucho más. Lo que ocurre esencialmente es que después de andar por las nubes bajamos a tierra y lo que nos hacía ruido en la obra, aquello que molestaba y no podíamos puntualizar, de repente se delata y refulge como algo obvio. Rothko sabe.

Los trabajos que mayor confianza me despiertan a la hora de su realización son los que están apoyados o construidos mediante la utilización de más de un par de estos binomios a los que aludía al principio.

La lógica es que si una idea nos parecía buena, dos tienen que ser infalibles. (Algo así decía Fontanarrosa).

A partir de allí, francamente, la realización no es más que un juego de encastre, poner o sacar distintos ingredientes.

El corazón del asunto está en realidad en la primera elección, en esa hermandad que aludía al comienzo, donde ciertas imágenes se emparentan, y al hacerlo se manifiestan como la puesta en acto de un cuadro aún difuso, apenas intuido.

Desconozco qué decide mi preferencia, por qué la tabla de planchar y no otra cosa.

Incluso para mí es un misterio, y es lógico que así sea.

Porque hacer la obra es el intento por revelarlo.

De las artísticas

Yo suelo pintar sobre madera o mdf, y será por eso que a la hora de trabajar sobre papel prefiero mucho gramaje, casi cartones.

Cuando es en formato pequeño -y si no tengo algo mayor para fraccionar-, lo más seguro es papel para acuarela. Tiene el peso adecuado. Sólo es cuestión de encontrar la textura conveniente.

Me apersoné entonces en la artística y me puse a mirar los blocs. El empleado no se hizo esperar. ¿Te ayudo en algo? Me alcé de hombros y le dije que estaba buscando papeles, de 300 gramos o más. ¿Para qué técnica? “Dibujo” contesté y casi pude a adivinar la respuesta: Ah, pero esos no te van a servir. Son para acuarela.

Como no quería hacer una escena tipo Capusotto (agarrarlo de las solapas y sacudirlo, al grito de “¡¿y qué te importa a vos para qué quiero usar el papel, a ver?!”), le dije Está bien, lo llevo igual.

A todos nos ha pasado: vamos a comprar X y nos quieren vender Z. No importa lo que pensemos al respecto, acá el que sabe es el vendedor.

Yo me creía un comprador de propósitos claros, y pensaba que esas seguridades, aunque solapadas tras mi elegante mutismo, de todas formas se manifiestan en el lenguaje tácito de la mirada obsesiva y el dedo acusador. Pero no, resulta que no, para el ojo ajeno yo debo lucir como un idiota. “No sé qué hago acá” es el rótulo que llevo en la frente. Por suerte este noble muchacho me va a ilustrar con lo que de verdad necesito. Que no es ese papel, desde luego. Y mejor que la carbonilla es un marcador. Hoy los tenemos de oferta.

Perspicaz como soy, sospecho una estrategia comercial tras esa conveniencia, pero no digo nada, para no importunar.

Durante largo tiempo dejé de ir a una de las principales artísticas de la ciudad porque la suerte estaba en mi contra y siempre terminaba atendiéndome un fulano que tenía la mala costumbre de querer venderme muchas más cosas de las que yo venía a comprar. Este hombre tenía un propósito en la vida, sólo uno, y era que yo comprara más. Poseía una vehemencia que asustaba. O repelía. Y para no darle el gusto de ver el pánico en mis ojos arribé a la conclusión de buscar mis implementos en otro sitio.

Esas dos variantes, la del vendedor convencido de saber más que su cliente, y el que nos insiste con compras suplementarias, en el fondo hablan de lo mismo… pero no quiero indagar aquí en el delicado asunto de la idiosincrasia nacional y la atención al cliente, dupla que, como cualquiera habrá comprobado, suele ser dinamita. Eso quedará para otro artículo o para otro autor.

Hoy en cambio el sondeo pasa por otro lado: la fantasía de creer que teniendo la herramienta encontraremos el hacer. Esa ensoñación subyace y esplende como una promesa segura mientras examinamos colores, pomos, pinceles, cuadernos. Ya casi podemos imaginarnos la obra terminada, todo aciertos y sorpresas. Y eso explica un poco el aire estólido que uno adopta, maravillado ante el abanico de opciones, los ojos tras una neblina, la de la obra que ya se vislumbra, atronadora y feliz. Con esos colores carísimos y esos pinceles de lujo nada puede salir mal. Contienen la llave hacia el éxito rotundo.

(Algo así me pasa en las librerías. La fascinación de las opciones que se despliegan en nuestra mente nos hace olvidar lo que veníamos a buscar).

Muchos años atrás, frente a la casa de mis padres, un vecino se apareció con una flamante bicicleta de montaña, con todo y atuendo para el Giro d’Italia: ya saben, calzas, gorrita, botellín de plástico, remera 3 talles por debajo del recomendable. La ropa -el disfraz- iba llena de publicidades, aunque no de la parrilla de la esquina, como esa cintura hacía sospechar. Lo del muchacho no era el ciclismo, vamos. (Con ese porte y así vestido a lo sumo podía hacer de simpática mascota).

Pero lo traigo a cuento porque cualquiera de nosotros alguna vez ha sucumbido a la tentación de munirse de todo el bagaje posible. Y del imposible también.

Supongo que el imposible es el que nos permite soñar, el que nos delata como soñadores.

(Esto me dijo aquel vendedor, y yo me llevé los marcadores).

De las lecciones de la historia

Yo pregunté, ¿tiene usted ayudantes?

Y pensaron en una época legendaria donde esa ayuda era un aprendizaje y ser aprendiz era asunto serio y encomiable, una promesa de gloria que se regía por los más estrechos escalafones del sacrificio.

En aquel entonces hacer carrera de discípulo era sobrevivir a elusivos protocolos, oscuros ceremoniales y misteriosos abandonos. Un sendero tan plagado de claudicaciones como jalonado de esperanzas.

Cuando el maestro asentía, ¡cuanta emoción! El corazoncito del bisoño aleteaba de alborozo. Esa brizna de aprobación bien valía los cuantiosos esfuerzos, y ante el más sutil elogio el pequeño saltamontes caminaba por las nubes.

Se trataba de una vida de abnegación y estoicismo, a qué dudarlo. Cargando la renuncia en la solapa, viviendo en la zozobra del rechazo.

El aprendiz transitaba los interminables pasillos del besamanos y la paciencia, confiando que tras la empinada escalera del aprendizaje técnico un fragmento escueto de la dignidad del maestro le estaría reservado.

Y aunque tantos y tan seguros sinsabores le arrinconaran y amenazaran desde todos los flancos, el sendero estaba, a decir verdad, alfombrado de certezas, como así lo estaba también el horizonte entero de la existencia. (En aquel entonces Dios todavía flameaba en lo alto y nada podía salir mal).

Había, por supuesto, que demostrar aptitudes, hacer alarde de virtuosismo, incluso pavonearse.

Y así y todo muchas veces las aptitudes no bastaban, opacadas por otras figuras de talento.

Por eso, si tras tanto empeño el horizonte continuaba incierto, el aprendiz debía deslumbrar con el engaño, demostrarse taimado y ladino, ensuciar el terreno de los contrincantes, sembrar cizaña, malediciente y viperino.

Porque el título de discípulo se ganaba a dentelladas y codazos, palmo a palmo, cuidando la baldosa, cortando de raíz las promesas ajenas, todas aquellas sombras que amenazaran con empañar la lejana y ansiada victoria.

Claro que además había que preparar muchos bastidores, lustrar paletas, limpiar pinceles, mezclar colores, destilar aceites y sobre todo, principalmente, apuntalarle muy bien el ánimo al maestro, porque esa pátina de bronce de la posteridad todos sabían que era muy fina, apenas un polvillo decantado casi al azar sobre la figura, y por ende siempre a punto de esfumarse ante los usuales movimientos bruscos de cualquier existencia.

El maestro de entonces era un ser de gloria, sí, una torre ejemplar, un cúmulo de saber y erudición, pero frágil y delicado, una rara avis. Respiraba un éter más sutil que el ventarrón donde andaban envueltos, en desorden y tumulto, aquellos por fuera de su gloria, pero ese mismo vendaval era el que ponía perpetuamente en riesgo su enclenque casilla de mimbre.

Por eso sus palabras, ¡sus sentencias! eran siempre paladeadas y aguardadas con fervor, la puesta en acto de una visión suprema.

Emularlo era el desafío, la búsqueda y la razón de ser.

Sorteadas todas las instancias, y cuando tras tanta zalema el reconocimiento por fin ocurría, el ayudante recibía como maná del cielo la gloria inmarcesible de su mentor.

Veía abrirse ante sí el abanico indiscutible del edén prometido, la fanfarria ensordecedora del parnaso del arte.

Todo servido, y al alcance de su mano.

Hoy en cambio… ahí lo tenemos al maestro, cansado, arrastrando los pies, desdeñado, con caspa y maldormido, siempre fuera de foco.

En las tertulias del ambiente se le nombra con cabeceos reprobadores y se bisbisea por lo bajo, se sospecha, ya casi se asegura, que el discípulo es el verdadero autor de las obras del tan cacareado maestro.

¿Maestro de qué, me quieren decir?

Ya podemos oír el estruendo de la fractura, el estallido de las añosas maderas del milenario árbol del arte. Un baluarte más, echado por tierra, otra victoria del desparpajo y la improvisación. ¡O tempora, o mores!

-No, no tengo ayudantes.

De la mano izquierda

Según parece, hoy 13 de agosto es el día internacional del zurdo, por extraño que eso suene.

Alguna vez leímos que sólo el 10 por ciento de la humanidad es zurda. Esa exclusividad nos daba cierta alcurnia, creíamos de jóvenes, acaso porque a esa edad se busca furiosamente algo que nos destaque, que nos haga olvidar por un rato al fulano del espejo, ese que de tan esmirriado daba pena. Claro que después levantábamos la vista, prestábamos atención, y los ejemplos que nos salían al encuentro, los animales zurdos que uno iba conociendo, desmentían cualquier barrunto de excelencia.

Como diría César Vallejo, uno no era más que un mamífero que tosía, y luego se complacía de su pecho colorado.

Aún así, bastaba que alguien señalara la gastada filiación de la mano izquierda con el lado creativo del cerebro y nos esponjábamos de orgullo, machacando frenéticos la hoja hasta dejar el marcador al rojo vivo, con la punta mocha -que como todos saben es la única manera de dar por terminado un garabato.

En etapas inciciales pareciera que la desteridad, según el clásico dualismo, se trajera a cuento como pronóstico de seguros dones y no como corroboración de hechos comprobables. Hoy por hoy a lo sumo nos ocurre que alguna herramienta o algún objeto nos resulta incómodo, y lo único que comprobamos es que el mundo está construido para los demás, que son todos diestros.

Nada que hacer, de nuevo es henchirse y saberse un héroe difuso. No tenemos remedio.

En mi época de estudiante me sentía misteriosamente halagado cuando me enteraba que tal o cual artista era zurdo. Como si esa similitud -lo dicho- brindara jerarquía o augurara talento.

(“A mí las cosas me van a salir mejor, porque la birome la agarro con esta mano”).

Como ven, es una atávica añoranza del redil, la sed de pertenecer a un grupo, contradicha de inmediato por esa absurda voluntad de distinción.

Sarah Gallardo decía que “no hay adulación que halague tanto como aquella que nos atribuye habilidades de las que carecemos”.

Resulta que la mano izquierda es algo así. Es un consuelo magro, un espejismo. Y de todas formas, a decir verdad, ni zurdo auténtico me siento. Las tijeras y los cubiertos me demuestran tan diestro como los demás. Para peor, luego nos enteramos que Leonardo era ambidiestro, que es una cualidad “muy común en los zurdos”…

¡A mí no me pasa! ¡¿Qué clase de zurdo a medias soy, entonces?!

Una estafa es esto, a qué dudarlo.

Y eso que ni siquiera nos han hecho padecer los rigores de antaño, donde al zurdo se lo boicoteaba, se le llegaba a atar la mano para aplacarle tanta zurdera. (Por suerte hoy ser zurdo es un derecho).

No hay caso. No somos especiales. Miramos con desdén la mano culpable y un retintín de reproche nos tuerce la boca y nos marca el ceño. Pse!

Sólo nos queda el cobijo de los signos del zodíaco. Buscar amparo en esa hermandad y creer por un instante en el determinismo, porque nuestro color es el celeste, nuestra piedra la amatista.

Pero el pensamiento científico nos trae de nuevo al orden, y por eso sostenemos, muy democráticos, que diestra o siniestra poco importa: somos todos igual de inútiles. Es más, a muchos de nosotros casi no pueden distinguirnos de un mono. (He visto monos tomar herramientas con mayor gracia que yo, sí señor).

Ahora bien, si la diferencia hombre/mono está en el famoso pulgar oponible (derecho o izquierdo), lo que destaca al artista del resto de los antropoides es el mejor uso de esos pulgares.

En ninguna otra profesión se usa con tal distinción el pulgar, si vamos a creer en las películas.

Ahí lo vemos al pintor: boina ladeada, una sola oreja y el pulgar en alto, como un César.

Creemos que mide a la modelo, pero no, es su vaticinio a la posteridad.

Y hablando de posteridades, según recientes estudios, el 77% de los pintores rupestres eran diestros.

La misma cantidad que ahora.

Del por qué de los retratos

Uno espera que pintar sea tan sencillo como trazar una línea, comenzar y terminar sin tropiezos y que el resultado final sea de pasmo y orgullo. ¡Ni más ni menos!

Pero el retrato que estamos haciendo, el rostro de turno, se empeña en lucir todos los lugares comunes y ningún acierto.

Tal vez por eso perdemos la compostura. Y dudamos de todo. Hasta de pintar.

La verdad es que demasiadas veces me he preguntado qué me impulsa a pintar. La explicación de la sed de captura y la magia simpatética está muy bien para los bisontes y las cavernas, pero a mí ya dejó de cautivarme.

En esta era de pragmatismo y soluciones, trabajar en un rubro que apela a pulsiones irracionales presenta sus obstáculos. El primero y principal: que uno se mueve contra la corriente, contra el orden establecido, contra los mandatos sociales (Caloi lo resumió muy bien: “Mi padre me dijo: «¡O estudias o trabajás!». Entonces me hice artista”). Ante estas nimiedades el espiritu de rebeldía se siente a sus anchas, claro, pero cada tanto los mandatos ganan la pulseada y nos vemos obligados a brindarnos una respuesta.

Y cuando esa respuesta no aparece, el mejor paliativo es trabajar bajo consigna, que es la única dosis de planificación y responsabilidad que podemos permitirnos.

El problema está en que venimos tan acostumbrados a la anarquía de los caprichos que es casi imposible trabajar bajo consigna.

Según Jung esto ocurre porque la energía creativa es ingobernable, y se obstina en desobedecer el cauce propuesto.

(En mi caso es siempre así, doy fe).

Por eso aquellos artistas metódicos, cuyos trabajos corren prolijos tras su propia teoría, me producen asombro, como mínimo.

Desde la impotencia, vemos como un lastre lo de embarazar de teoría la obra plástica, por aquello de poner el carro antes que los bueyes, o porque sencillamente tan incómodos nos sentimos al pintar tratando de obedecer preceptos que no podemos creer que a los demás no les ocurra lo mismo. (Uno tiende a creer que todos se equivocan como se equivoca uno -pero que nadie acierta como yo).

Así y todo, para evitar la cerrazón y el dogmatismo, hacemos el intento, no vaya a ser que los demás estén en lo cierto. Y claro, nos sale un trabajo derechito como una publicidad, y si tratamos de camuflarlo nos queda aún peor, porque la fórmula de embarrar de ambigüedad las cosas nos huele a truco.

De allí que a pesar de tanto empeño racional uno termina cediendo el timón a las pulsiones. Es el único modo en que nos sentimos sinceros. Y en la sinceridad está el asunto. Podemos adornar las cosas de mil modos, recargarlas con cualquier cobertura, pero si falta ese ingrediente la píldora no la traga nadie.

Claro que nunca cesa el sueño de la obra perfecta.

Lo que ocurre es que la obra perfecta no aparece. Se sospecha que tras la esquina más inane puede pastar el unicornio de la sorpresa. Y aunque no sabemos dónde está el secreto para la acertada combinación de la pócima, mezclamos y mezclamos soñando con encontrar la pólvora -porque en el mejor de los casos haremos algo de humo…

Pero el retrato de turno, desde luego, sigue sin salir.

Eso sí, tras tanto borrón y cuenta nueva, tras tanto espatulazo y pincelada, persiste la idea, la esperanza, de que un rostro, con todos sus vaivenes, con toda su psicología -tácita o evidente-, puede ser la mejor metáfora de la misma pintura, un eterno punto de partida para hacer una y otra vez las mismas preguntas.

Del orden

Uno tiene la fantasía de un orden futuro, de una pulcritud alcanzable -como una zanahoria distante-, y nos prometemos que alguna vez vamos a comprar frasquitos donde poner esos sobrantes de color que nos van quedando. Da pena desperdiciar los óleos. Pero somos de otra madera y el asunto queda en veremos. Los sobrantes se nos secan, las paletas se tiran.

Ahora vamos a usar un poco de azul para cerrar el teorema excelso que trazamos sobre la tela, esa solución extraordinaria que una vez más hemos encontrado… Uno vive de ilusiones, se entiende. Total ya vendrán los desengaños. Ahora lo inmediato. Y lo inmediato requiere azul de Prusia. Lo malo es que el azul de Prusia se nos ha secado. ¿Qué hacer entonces? Por fortuna en nuestro auxilio acude la tecnología, la más precaria, que es siempre la mejor: una prensa de mano con dos rodillos pequeños entre los que se coloca el pomo problemático y se lo exprime. No hay mucho más.

Pero funciona de mil amores.

Ojalá pintar fuera así de fácil, pensamos por un instante.

El artista además de romántico es soñador, y vive en la perenne ilusión de que el trabajo será un patinaje, un paseo, y que todo saldrá a pedir de boca.

Aunque nos demos la crisma contra el fracaso constante no se nos quita la sonrisa boba. Y miramos estólidos la tela, esperando un milagro.

Entre nuestras fantasías recurrentes se destaca la de imaginar una receta infalible para el trabajo rotundo. Algo tan seguro como los libros para colorear, esos que ahora proponen para adultos (una moda pasajera, pero con su dosis de enseñanza -y una muestra cabal de la regresión e infantilismo en que vivimos. Desde el anuncio nos auguran un efecto terapéutico, relajante… Y ya bordeamos el error: el de suponer que la pintura quita el estrés. A mí no me pasa, la verdad. Yo camino torcido de tanta contractura que me deja esto de pintar. Pero colorear casilleros, mansamente, quita muchas incertidumbres del horizonte, no hay duda).

Pero colorear casilleros, mansamente, quita muchas incertidumbres del horizonte, no hay duda.

Lo malo es que la automatización y la rutina parecen un oasis, pero son sólo un espejismo.

A mí me late que en la repetición muchos artistas buscan una tranquilidad que la labor no tiene. O que no debería tener.

Acaso se busca esa receta que mencioné antes.

Y hablando de recetas, a mí me gustaría dictar un cuadro mediante instrucciones. Una enumeración prolija, burocrática.

Retratos a distancia, podríamos llamarlo.

Supongamos que fuera algo que se recibiera por correo. Un lindo paquete con los implementos indispensables, bastidor, paleta, pinceles, trementina, más un muestrario de colores. Todo acompañado de la papelería pertinente.

El folleto diría más o menos así:

1) Tome Ud la paleta.

Es ese recorte de madera con forma de oreja.

Como podrá ver, tiene un orificio. Es para introducir el pulgar de la mano que no tiene el pincel. (Vuelva a probar, debe ser la otra mano).

Ahora sí.

2) Ponga un poco de color en la paleta -cualquier color sirve.

Coloque otro color más. Y otro. Mézclelos vigorosamente.

Esa suciedad que ha logrado se llama gris de color. En general no sirve para nada, pero hoy estamos de oferta, y con eso podemos empezar:

3) Vamos a trazar un círculo en el bastidor.

Vamos, anímese…

(!!)

Remítase por favor al apartado 9, “Errores”, que dice así:

“Para borrar o corregir puede ud embeber un paño en trementina y frotarlo sobre la parte en entredicho”. En este caso, TODO.

Volvamos a empezar…

Ahora bien, si nota usted que repite en bucle los pasos 1 a 3, le recomendamos dirigirse al anexo, donde se brinda asistencia para sobrellevar las frustraciones. Es ese libro de 500 páginas que acompaña al folleto…