De las teorías

Leemos a García Montero y queremos que nuestros trabajos tengan la elegancia de las ruinas clásicas.

Después leemos a Todorov y deseamos que nuestras pinturas oscilen entre lo extraño y lo maravilloso.

Luego leemos a Huizinga y queremos que el juego gobierne nuestro trabajo.

Por fin nos cansamos de leer y es entonces cuando la obra crece…

Algo contradictorio anida en nosotros; las cosas parecen salir mejor cuando menos lo esperamos.

Yo vivo en la fantasía de que esos órdenes, leer y pintar, resulten compatibles, pero una y otra vez salta a la vista que en realidad son excluyentes: cuando hacemos uno, no hacemos el otro.

Escribir, en cambio, parece un remedo de ambos, un tibio consuelo. Porque los consuelos, claro, siempre esconden una tristeza. Crear o contemplar. Hacer o soñar.

Según parece, tanto Hemingway como Dos Passos reconocían en la pintura una importante influencia sobre su devenir de escritores.

Lo traigo a cuento porque siempre es bueno contar con alguien de bien ganada reputación para dar una pizca de respeto a lo que se intenta decir.

A mí me gusta tomar prestadas de la literatura cosas que adaptar a la pintura, de allí que descubrir que el camino puede ser inverso, que algunos escritores encontraron en la pintura un campo fecundo, resulta invaluable.

Mencionaba antes a Todorov…

La definición sobre literatura fantástica que él brinda siempre me ha interesado. La literatura fantástica se mueve en un filo, nos dice, en la estrechez de dos posibilidades. El relato pende de un hilo, oscilando entre lo extraño y lo maravilloso.

Esa presentida alternancia, mientras permanece, sostiene el relato y genera ese tercer ingrediente, lo “fantástico”.

Y aunque el hechizo se desvanece porque el tiempo en la literatura es sucesivo y tarde o temprano llega el desenlace, mientras dura la magia es manifiesta esa presencia.

En la pintura no existe tal cosa como un desenlace, el tiempo es estático, un eterno presente.

Habria que ver cuáles podrían ser los ingredientes que, en su oscilar, generen el tercero y mayor. Lo maravilloso y lo extraño como garantes del Arte.

Una pintura suspendida entre opciones, frágiles instancias que propicien esa tercera, elusiva e intangible, que es el Arte.

Resulta que el todo es mayor a la suma de sus partes.

Tras tanto cavilar, naturalmente, tomamos la caladora, los tornillos, las carbonillas. Ansiamos poner en obra esas ideas.

Nos sale mal, qué duda cabe. El trabajo es confuso, pretencioso, tibio. Un engendro, o lo que en términos plásticos se conoce como mamarracho.

Aun así, me evado pensando que si fuera este un retrato como la gente me interesaría llevarlo a un punto semejante al del planteo de Todorov, y que la obra oscile entre la identidad y la expresión plástica, soñando con que ese pivote genere lo artístico, el Arte.

Pero hay más. En algún apartado previo consigné mi idea de que el borrón y los tachados pueden tener también una lectura temporal. Si el borrón es el presente (o el presente como un borrón), la cara que se adivina detrás sería el pasado. La obra oscila en el tiempo.

Yo miro el cuadro, que no refleja nada de esto. Tal vez lo único fantástico es mi incapacidad para sacar adelante el trabajo.

En fin, volviendo a aquello de pedir a la literatura definiciones e ideas, hay un tipo de pintura que, como las novelas, parece una pieza de ficción, es narrativa. Hay una pintura novelada, novelesca. Pinturas donde vemos personajes, hasta una trama.

Yo tengo la eterna tentación de caer en ellas.

De la novela contemporánea me interesan las voces que la narran, ese coro de voces que muchas veces es difícil identificar, porque en ese trabajo que se le pide al lector está el meollo, el asunto, la mucha miga. La novela nos confronta una y otra vez con su propia estructura. Y es en ese andamiaje donde parece estar la aventura y el deleite, ya no en las peripecias y avatares de sus protagonistas.

No es raro entonces que tras tantas novelas al artista le apasionen más los ropajes que el retratado.

Y agarramos más fuerte la caladora, nos auguramos éxito y le damos duro al pobre trabajo, poniendo el énfasis en las zonas huecas, en el vacío, en lo imposible que son esos retratos. Cualquier retrato.

Y este más que ninguno.

Ahora nos preguntamos dónde se ha ido la identidad. O si esa identidad es la expresión plástica.

Las siluetas hablan de la ausencia. Ausencia de tiempo, de identidad, de entorno (¿de norte, de propósito?).

Un esquema semejante, bajo un matíz lúdico, podría sugerir que el cuadro es un juego permanente y simultáneo, que no necesita de comienzo alguno y que está allí, eterno, jugándose a sí mismo…

Estamos cada vez más extraviados. Parece que ya no hay autor, solo hay personajes, o que la autoría es un trabajo mancomunado entre el hacedor, el público y la obra.

Cualquiera diría que no sabemos qué hacer.

Cansado, vuelvo a pensar en García Montero, que pedía para sus poemas la elegancia de las ruinas clásicas.

Yo miro el cuadro…

No sé si será clásico, pero sin duda es una ruina.

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De los caminos posibles (2)

Es llamativo cómo andando el tiempo comprendemos, pese a la decepción constante y el acumulado escepticismo, que uno a ha vivido muchas vidas. Lo sabemos cuando por asomo recordamos algo que en el pasado nos tuvo obsesionados, que capturó nuestro horizonte de forma completa durante un buen lapso de tiempo y sin embargo cayó luego en el olvido. En mi caso lo primero que recuerdo es que durante mi infancia y hasta que despuntó mi adolescencia yo estaba obsesionado con la naturaleza. Quería ser guardaparque, naturalista, algo por el estilo. El rapto me duró sus buenos años.

Ahora, a la distancia, reconozco que la inmersión era completa, y supongo que clara muestra de ello es que soñaba con hacer de ese afán una profesión.

(De adolescentes somos tan “millonarios de tiempo” -como decía Marechal- que no sabemos muy bien qué hacer con él, y todo lo importante lo medimos con esa cuota. Le adjudicamos una promesa de tiempo a las otras promesas, y así las sentimos más reales).

La madre de Mafalda, haciendo orden en la casa, encuentra sus viejas partituras de piano y recuerda los ejercicios que hacía con su profesora, que le decía que tenía futuro, que debía dedicarle tiempo al piano. Aquella ilusión de la profesora le vale un suspiro. “Pobre”, masculla. Y luego, ya más pesimista: “¿Pobre ella?”.

Con esto sucede algo semejante. Logro entrever que en caso de haber continuado por aquel sendero de vocaciones hoy mi presente sería otro, y esa hipotética realidad paralela me hace proferir ayes y exclamaciones, para preguntarme por último yo también: “¿Pobre él?”.

Y aunque el aguafiestas que llevo dentro me jura que todo sería lo mismo, idéntico horizonte de inquietudes, disgustos y frustraciones, aún así las preguntas acuden. ¿Estaba pautado que este de hoy era mi camino ineludible?, la pregunta no sé si es filosófica o trascendente, si toca el manido tema del libre albedrío o simplemente es muy tarde y cuando me pongo a escribir a esta hora me salen preguntas incómodas.

La verdad entonces sospechamos que se asemeja un poco a la observación de Umbral, cuando caminando por Madrid descubría, ante el espectáculo de una mujer hermosa, cuánto puede cambiarnos la vida una mujer, en caso de seguir uno con ella. Bueno, es indudable que la compañía nos cambia la vida, la persona que elegimos nos cambia la vida, nos la cambia tanto como la profesión.

Y yo hace mucho que elegí la pintura. Supongo que me habrá cambiado. Lo que no sé es si para bien.

Claro, los pintores, los artistas, suelen ser tildados de egocéntricos, megalómanos y demás delicias. Mi consuelo es que tales perfiles no son privativos del arte, porque crápulas hay en todos los rubros.

Eso sí, nos quieren hacer creer que el personaje es importante, que es tan importante como el arte que realiza.

Si me permiten, traigo a cuento una frase de Félix de Azúa, que lo dice mucho mejor que yo:

“(…) tendemos a pensar en el artista como alguien autónomo, independiente, libre y genial. Una especie de self-made man. Este error, frecuente y dañino, conduce al desastre a miles de jóvenes bien intencionados que creen poder ser tanto más artistas cuanto más autónomos, independientes, libres y geniales. De resultas de este patinazo una notable cantidad de gente pintoresca es incapaz de hacer aparecer ante el público absolutamente nada que sea ella misma. Pero la contemplación de alguien libre y genial es insuficiente como obra de arte y una lata como obra de caridad.”

En fin, a veces creo que ya estoy viejo para andar pensando en lo que me gustaría ser cuando sea grande, pero en alguna parte leí que Gauguin comenzó a pintar cuando tenía 40 años, o que Rothko encontró su manera de pintar a los 45. ¿Será cierto? Si es así yo todavía puedo mandar al diablo los pinceles, elegir la naturaleza y hacerme guardaparque…

De los sueños

A Borges parecía gustarle la posibilidad de recibir mientras dormimos las pautas de una obra.

Al respecto destacaba, por ejemplo, los casos del “Vathek” de William Beckford y el poema de Coleridge, “Kubla Khan”.

En mi opinión, yo creo más bien que esos autores adjudicaban a los sueños la autoría de sus obras porque así ahondaban la pátina romántica del perfil que se habían creado.

Veleidades del artista. Qué le vamos a hacer.

Pero bajemos de las alturas…

Si bien yo he soñado muchas veces con la realización de ciertas pinturas, nunca las llevé a cabo porque siempre, al despertar, podía discernir que el dictamen de la almohada era más bien malo, incluso malísimo.

Será cosa de orientar mejor los muebles, me digo, me decía. Fengshui y todo eso.

Como fuere, he soñado demasiadas veces con trabajos muy felices que a la luz del día no pasaban de ridículos.

Es curioso cómo podemos dorarnos la píldora, cuánto candor podemos cargar al dormir.

Claro que a veces no hace falta despertar para comprender el error. Llevamos la frustración hasta el mismo terreno de Orfeo, porque incluso en el sueño nos damos cuenta de que tanto la idea como la obra son horribles.

A esa hora de la noche donde todos los pensamientos se agrandan (diría Martín Kohan), soñamos disparates, pero unos disparates tan pedestres y transitados que ni siquiera entonces logra la fantasía levantar vuelo.

O sea que ni en sueños se nos ocurre algo digno.

A lo sumo en el limbo onírico me desahogo, y confieso mis frustraciones ante esa obra que no sale.

Sí, tengo un tema con las musas. No parecen darme bola.

Yo me consuelo pensando que bueno, que Grecia queda muy lejos, que estarán de vacaciones las pobres, cosas así.

Y miren que he probado de todo para llamarlas.

Lo último y desesperado fue comprar una tabla “ouija”. Ustedes saben, ese adminículo para las sesiones espiritistas.

Diré que el encuentro salió muy bien, más allá del jabón que tales conciliábulos despiertan.

Mis amigos llegaron puntuales. Conseguimos una mesa redonda, medianoche, velas. Nos tomamos de las manos.

El problema es que no estoy seguro de haber invocado al ser correcto.

Tras los golpes en la mesa y las luces parpadeantes, todos sentimos que algo nos rozaba las piernas… nadie quizo confesar pavura, pero la sesión se levantó en el acto, los presentes se despidieron, y yo quedé solo.

Bueno, solo, no.

Como dije antes, para mí que estamos muy lejos del Olimpo, porque lo que tengo viviendo ahora en el taller es algo de la mitología local, no me jodan.

Tal vez un híbrido entre Pombero y ‘Chancha con cadenas’: un ser bajito y jorobado, de gran pilosidad, casi diría un carpincho. La mar de simpático, no hay duda. Los alumnos contentísimos.

Pero de Musa no tiene nada, vamos: si me ve pintar y bosteza.

Por lo general lo dejo en el patio, tomando sol.

Lo manguereo a diario, le doy medialunas, le acaricio la panza. Nos llevamos bien, no hay duda…

Ayer, mientras retozaba entre las plantas, me pidió un cigarrillo.

Y en ese momento desperté.

Me pregunto qué querrá decir el sueño.

Según Artemidoro, según Sinesio, según Freud -depende el caso-, tendré que rever mi pasado, mi presente o mi futuro.

Según la quiniela le tengo que jugar al 90 o al 72.

Pero no se extrañen si el día de mañana me ven pintando carpinchos.

Y además citando a Borges, para autorizar el engendro.

De las búsquedas

Me crié en un tiempo donde la sensibilidad masculina, o mejor dicho, la sensibilidad del niño varón (lindo nombre para un cuadro), era un tanto convencional y estereotipada. Como tantos otros, crecí convencido de que llorar no era cosa de hombres, y que cualquier tipo de manifestación semejante debía sofocarse, relegada como simple “mariconada”. El espectro de gustos e inclinaciones que se nos consideraban propicias no iba mucho más allá de la pelota y las trompadas. Cosas que eran y son, se sabe, de lo más sanas y sensatas… Sobra decir que una parte de mí fue creciendo con el ánimo replegado bajo un disfraz endurecido, de miradas torvas y bigotes imaginarios. Si mi otro yo quería seguir las telenovelas y escribir sonetos, la verdad que ni me enteraba, a tal punto era completo el adoctrinamiento. Y creo que hubiera seguido así, en la ignorancia más cabal, si la suerte no me hubiera acompañado: justo antes de que la coraza se consolidara en callo inextirpable, entré en la Escuela Nacional de Bellas Artes. El cambio operó como un bálsamo. Desde el principio estuvo claro que allí dentro los códigos eran otros y que el grupo de mis compañeros, a primera vista tan homogéneo y compacto, estaba en realidad compuesto por dos tipos de sujetos ligeramente desclasados: moscas blancas y ovejas negras. Así las cosas, poco a poco se me fue ablandando el carácter, perdiendo el pulido granítico de los años previos, dejando crecer primero el pelo, luego la voluntad, finalmente la poesía.

Como es natural, allí conocí varias almas gemelas, e incluso a una media naranja. Ella fue quien me reveló la “Elegía a Ramón Sijé”, de Miguel Hernández.

Y aquí quería llegar, porque ese fue un verdadero momento de ruptura.

Si hablamos de la propia sensibilidad, una cosa es cuánto la notan los demás, y otra muy distinta es cuándo la notamos nosotros. Para muchos habrá sido clarísimo que desde mi más tierna infancia lo mío era la delicadeza y el arte, y que si no crecía para bailarín lo haría para peluquero, pero para mí, cegato e ingenuo, lo único claro era la incomodidad constante ante los ritos brutales de mis amigos del colegio, la incomprensión estólida frente a los códigos marciales de la virilidad incipiente, y las pulseadas constantes de esa fraterna contienda que es la vida diaria del niño varón (otro título para un cuadro).

Sacando dos o tres excepciones, no me sentía a gusto con ningún compañero porque todos, tarde o temprano, caían en la tentación de hacerse el gallito y medir su valía a base de tortazos.

Pero como digo, había siempre alguno que miraba esos comportamientos con la misma distancia en que lo hacía yo -aunque no sé si con la misma aversión.

Esas excepciones fueron las que lograron mantenerme de este lado del optimismo.

Las amistades femeninas también ayudaban, desde luego. Las mujeres de mi infancia parecían mucho más sensatas que mis amigos (las de ahora lo son, no sólo lo parecen). Pero quién sabe si parte del adoctrinamiento inicial era no tomarse muy en serio dichas amistades. Claro que llegaba un punto donde descubríamos que la tendencia usual a hacer de cada mujer una amiga tenía gusto a poco. Lo terrible es que no podíamos romper el hechizo y hacer de la amiga una novia. Cuando lo intentábamos lo hacíamos mal, nos veían de lejos el plan y huían despavoridas.

Por suerte en el Bellas Artes las mujeres eran mucho más pacientes, nosotros dábamos vueltas como un palomo y ellas no se echaban a volar al instante.

(Será también que de tan cansado terminé por perder mis propios remilgos. Uno reconoce, tras tanto diván, que en buena medida las trabas son todas internas).

Pero hablaba de Ramón Sijé y el año de la epifanía.

Podría decir que la lectura de aquella poesía terminó de romper los diques y a partir de ahí llegaron las carilinas.

Desde entonces, por diversión y porque es didáctico, desentierro cada tanto al que fui, desempolvo su noble calavera y le cuento algunas cosas.

Eso sí, no lamento que se haya ido. Creo que estoy mucho mejor sin él. Y en todo caso siempre ronda su fantasma, haciendo el trabajo de todo fantasma, que es asustarnos.

El fantasma del artista varón… (que es el título que andaba buscando. Perdón por tanto rodeo).

De la elegancia al pintar

El tapete afelpado y sordo donde hacen carambola nuestras ideas es una maquinaria perfecta, ingrávida, donde la sucesión y la sinapsis siempre tienen final feliz. El batir y chocar de las esferas es mudo pero elocuente, y en nuestro fuero íntimo nos parecen fulgurantes, sí señor. Nuestras ideas se merecen un aplauso, una ovación. Es la pólvora, es la rueda… es un retrato.

Creo que nunca dejamos de ser niños, y ahora en lugar de correr a mostrarle a mamá el resultado, lo subimos a las redes. Vivimos en la fantasía de la propia película.

No sé a ustedes, pero a mí me pasa que en las películas nunca les creo a los actores cuando se hacen los que pintan. No importa si es de forma furiosa u ordenada, a grandes brochazos o meticulosamente. Siempre veo la impostura, y me digo, No, no es así. Ni siquiera la forma en que toman el pincel me resulta creíble… No sé, será una deformación profesional la que me impide desprenderme de ciertos pruritos, dejarme de joder y mirar la película tranquilo.

Yo creo que la culpa la tiene mi mujer (conmigo la culpa siempre la tiene otro, voy avisando). Ella, que es médica, está harta de ver en las películas errores concernientes a su profesión. La más grosera, la más burda, una escena donde se discutía una radiografía que ostentaba el corazón a la derecha. Detalles, detalles.

Pero no hay caso, yo veo a un actor pintando y no dejo de notar una fluidez ficticia, una cadencia que no es veraz.

¿De dónde salió esa idea de que el pintor pinta del mismo armonioso modo en que el director mueve su batuta?

¿O que lo hace como Van Helsing clavando estacas?

En fin, el cine y las publicidades están destinadas a ganar la batalla. Y llega el día donde nos vemos en un espejo imaginario y ponderamos esa manera única en que esgrimimos el pincel, esa coreografía grácil y dinámica.

Sí, vivimos inmersos en un mundo donde lo que impera es la publicidad. Son las publicidades las que nos hacen reflexionar en medio de la jornada, Caramba qué bien luce ese corpiño y cosas así.

Pero luego vamos a una muestra de arte y pretendemos que el cuadro nos sacuda del mismo modo, como ese corpiño, y no le perdonamos al artista tanta chatura.

A veces pareciera que hay más ideas y creatividad en una muestra de publicidad que en una de Arte. Hasta más oficio e ingenio.

Probablemente sea una suerte de uroboros; ustedes saben, ese ser fabuloso que mordía su propia cola.

Terminamos midiendo el arte desde patrones publicitarios y de diseño, y de allí que la reflexión sosegada e intimista que suele proponer el arte ya no nos parece adecuada. En cambio cuando surge un artista que se vale de los mismos recursos que las publicidades aplaudimos y pataleamos porque claro, ¡este tipo sabe! (y en realidad lo que festejamos es nuestra propia tranquilidad; la de reconocer terrenos familiares).

Pero para qué mentir… Muchas veces he cedido a la tentación de hacer trabajos que se valgan de lo publicitario, sabiendo que es un gancho perfecto para capturar la atención del espectador.

Si no puedes contra ellos, úneteles, dicen. Ya llegará el día donde me vean fingiendo la pose, duro como un yeso, el pincel en alto, haciendo de cuenta que pinto. “Ahí lo tenés al artista”, dirá el epígrafe, emulando la frase de “Esperando la carroza”…

Del desfacer entuertos

Hay muchos estereotipos de artista. Supongo que no sorprendo a nadie al decirlo. Algún día hablaremos de ellos, porque la mayoría merece cierto análisis. Suele haber mucha miga en las respuestas. Y parejas dosis de indignación.

Con el correr de los años uno comprende que el abanico de posibilidades que nutría la fauna de la escuela de Bellas Artes era la más cabal representación de lo que acontecía en el tablero de lo real. Y a pesar del pavoneo y de que mamá nos juraba que éramos únicos, lo cierto es que apenas si encarnábamos una de tantas piezas, otro trebejo del mismo y viejo juego.

Aun así, no deja de ser cierto que en mis épocas de estudiante me maravillaba ante ese repertorio de lo posible, esa variedad de opciones para acometer lo mismo, la obra plástica.

Bueno, maravillarme no es exactamente la palabra. En general el espectáculo me sacaba de quicio. Porque si bien todos nos habíamos creado por entonces cierto personaje para apuntalar la obra, a mí me generaba un rechazo visceral cuando veía que la obra era el personaje, cuando el personaje no dejaba ver la obra.

Si la postura era impostura me olía a pantalla de humo, y sospechaba que la actuación era para disimular un vacío, el vacío de la obra que no estaba, porque ahí detrás no había nada, ni pintura, ni instalación, ni objeto. Nada. Solo palabras. Muchas palabras. Que a mis oídos hacían un ruidito irritante.

Y era correr por los pasillos como si me siguieran los zombis. Mamá, mamá.

Claro que hay artistas que de la nada y su circunstancia sacan adelante una obra, eso no lo discuto. Pero son los menos, y yo no los he conocido.

A mí, ya digo, el histrionismo en lo plástico me hace sospechar. Al cabo que es requisito indispensable del buen embaucador la personalidad arrolladora, el perfil simpatiquísimo.

Más temprano que tarde uno siempre se topa con alguno.

Los hay que para hablar de su labor, o de la labor ajena (porque cuando no hay obra propia es mejor hablar de la ajena), se zambullen en un despliegue de lirismo técnico, un puntilloso lenguaje específico que camufla, a mi entender, la esencia banal del discurso. Como si al decirlas con florituras y engoladas esas mismas frases vacías pasaran por sentencias y aforismos.

De vuelta, para mí eso es un intento por rellenar el vacío.

Y hablo del registro oral, no del escrito. En estos últimos, tal vez, lo único a tener presente es aquello de no confundir elevado con retorcido. Saura utiliza un lenguaje a veces árido cuando escribe sobre su obra, no necesariamente complicado en contenidos pero sí de un fraseo que pide oxigeno al lector. En cambio en sus reportajes se expresa de forma llana, nada intrincada.

Lo que ocurre es que a mí ese estilo conversado y coloquial es el que me gusta para la escritura. Y creo que en el fondo lo que nos impulsa a hacer la obra es una pulsión que está muy lejos de las palabras, que se encabrita cuando queremos encasillarla en algún discurso, y siempre se las arregla para desmentir la definición que acabamos de estamparle.

Por eso uno queda medio perdido y asombrado, porque lo que decimos con carbonillas y pinceles no se parece mucho a lo anunciado previamente. Como un mago berreta que nunca sabe del todo qué va a salir de su galera.

Trabajamos con imágenes que parecen corrientes, pero que a fin de cuentas no provienen de la fuente racional que ordena nuestros discursos.

Ese es el cortocircuito esencial.

Creo que por aquel entonces lo presentíamos, todo esto. Y tal vez nos indignaba reconocer que aquellos con facilidad de palabra se perdían de todos modos en un vano intento por sonar más serios de lo que eran. El personaje se me caía en pedazos al descubrir la comodidad del estereotipo. Y no hablo sólo de alumnos, no.

Por eso hoy, cuando pretendemos una obra que se nutra de las mismas fuentes y transite un campo que no sea el aburrido sector de pared que le adjudica la costumbre, creamos objetos que están a medio camino de la pintura de caballete y el caballete propiamente dicho, valiéndonos de objetos cotidianos que traigan nuestro trabajo un palmo más acá de la pared asignada.

Un poco como Pigmalión, luchamos para insuflarle vida a la materia, y cuando los colores no alcanzan nos valemos de la ferretería.

Por eso, bien mirado, podríamos decir que las rueditas en mis cuadros son un gesto de impotencia, ante una obra que a la postre demuestra ser, como todas las demás, un objeto inerte.

Pero ya digo, todo esto es más intuido que explicable.

En alguna entrada previa hablé de las múltiples personalidades que parecen necesarias para llevar adelante una obra. Hoy agregaría al repertorio este locutor frustrado, este remedo de crítico que las circunstancias parecen exigir.

De los aquelarres

Ayer fui a ver una muestra…

Todos los que alguna vez han incurrido en el error de tener una discusión en materia de arte habrán comprobado que allí ocurre lo mismo que en todas las demás discusiones: No importa de qué lado se tome partido, la parte opuesta esquiva cualquier bala. Los argumentos se rebaten como reveses de tenis y no hay finta que haga mella.

Hasta hace poco lo usual, lo característico, era una oposicion entre los partidarios de lo clásico (y entiéndase por esto cualquier cosa anterior a las vanguardias) y los empujadores de lo moderno, sea esto lo que fuere.

Disculpe el estimable la burda generalización, pero la intención es hacer un injusto resumen, meter en una misma bolsa las cosas, manga por hombro. Al cabo de lo que hablamos es de una charla de café. Una discusión de café.

De ser sincero, por más que ahora me haga el tolerante y pretenda bogar por una postura de amplitud de miras, lo cierto es que en esa guerra de trincheras solían encontrarme parapetado entre los partidarios de los más rancios abolengos, enarbolando enloquecido el estandarte de los paladines del pasado. Qué se le va a hacer. Hay tiempo para todo, incluso para cambiar de bando.

El punto igual es que no importa de qué lado uno se sitúe, es más o menos lo mismo lo que puede observarse.

Y lo que se observa es lo siguiente: que los argumentos en pro y en contra son intercambiables, nadie escucha a nadie, todos a sí mismos.

Si me empujan un poco, les diré que hay un parangón entre la antigua caza de brujas y las actuales estrategias en esta discusión.

Claro que la equivalencia es intelectual, de estructura. Y el orden es inverso.

Por aquel entonces a la pobre infortunada no le cabía subterfugio para librarse de la condena, porque cualquier palabra era desvirtuada hasta tornarla incriminatoria.

Pues bien, en sus manifestaciones contemporáneas los malos artistas suelen presentar o defender su obra con sofismas equivalentes a los esgrimidos antes por los jueces inquisitoriales, pero con el ardid y la astucia de hacerse primero los acusados de brujería.

Claro que el problema con las brujas, como sagazmente señaló Baroja, no es la convicción de las susodichas, si no la credulidad de sus acusadores.

Y con el artista pasa igual. La culpa no es del chancho, qué va. ¡Qué culpa tiene él si le creen todo lo que dice!

De allí que un fragmento de plástico deviene en alegato de la sociedad de consumo, una mata de pelo se torna en la más cabal representación de la cosificación sexual, etc, etc.

(Hace tiempo le pasaron la pelota al espectador, y ahora todo el trabajo lo tiene que hacer él).

Y al que señala la impostura se lo descarta con el “usté no entendió la obra”, cosa que oblitera cualquier reproche.

En los viejos tiempos el artista tenía algo de brujo. Hoy en cambio, más gordo y más astuto, ha aprendido del juez sus estrategias.

Es Baroja también, el que cuenta de ese pueblo en la vascongada, donde una niña juraba tener un ojo capaz de reconocer a las brujas. Y pasaba revista, tapándose el otro, señalando a las culpables.

Yo creo que hoy, muchas veces, dan ganas de taparse los ojos a la hora de ir a una muestra.

Y que se cuide el artista si en un descuido lo reconocen.

En fin, parece que uno ya no cree en los artistas.

Pero que los hay, los hay.

De la descripción de las islas

Me invitaron a dar una charla. A veces pasa. La gente imagina que los artistas tenemos algo para decir.

Bueno, no lo voy a negar, yo tengo cosas para decir. Pero son mayormente olvidables.

Cuestión que entre el público estaba mi madre. Y a veces mi madre no es el mejor público.

Al día siguiente le pregunté su parecer sobre la famosa charla.

Me dijo que muy bien, pero que había revelado demasiadas cosas sobre mi hacer, disipando el velo de misterio que debe llevar el trabajo.

La frase me sirvió para entenderla más a ella que a mi obra.

Por sus silencios, digo, por su mutismo. Mi madre es un misterio.

La cosa es que a mí me tiran de la lengua y después quedo con ganas de seguir andando, o por lo menos de pulir lo expuesto, decirlo mejor. Y para decirlo mejor hay que hacerlo por escrito, claro, con tiempo para considerar cada una de nuestras palabras, pulirlas hasta que se rompan o nos queden brillantes -brillantes de gastadas, se entiende.

Por eso yo comenzaría diciendo lo mismo que intenté decir en la charla, esto es, aclarando que no hago casi nunca bocetos de mis obras porque creo que ese cálculo previo le resta frescura al trabajo final. Una de las tantas manías personales, no lo voy a discutir, porque las dos o tres veces que realicé bocetos el trabajo igual tomó las usuales desviaciones sobre la marcha que me hacen disfrutar el recorrido. O sea que puedo equivocarme, lo reconozco.

Otra manera de comenzar esta versión de la charla sería repitiendo a Stephen King, quien ante la pregunta sobre el origen de sus ideas aclaró, con total franqueza, que no lo sabía. Y si me permiten el pretencioso parangón, diré que yo tampoco, y que además no hago ningún esfuerzo por averiguarlo. Como el Lucas de Cortázar, yo cada tanto pongo una idea. Y eso es todo.

Creo que era Borges (¿o era Bioy?) quien comparaba la gestación de ciertos cuentos con la aparición de islas en el horizonte, que se van acercando y perfilando. En ocasiones es así, no hay duda, pero la mayor parte de las veces la isla se nos aparece de pronto, y contundente. Es como si nos tiraran la isla encima, con todo y arena y palmeras. ”La idea es tal, y para hacerla necesito esto y lo de más allá”.

Lo malo es cuando esa aparición nos llega envuelta en tinieblas, como si encalláramos en la isla de noche. Sabemos que está ahí, sentimos su presencia. Lo malo es que no sabemos su aspecto.

Ese tipo de isla es una pulsión, un afán de hacer, de dibujar, de pintar, de cortar y de ponerle rueditas. Pero no sabemos a qué.

Entonces, para encontrar ese cuadro, para entender su contorno, me pongo a ver fotos. Como si fuera un identikit que uno tiene que repasar hasta que aparece la figura que sospechamos, que nos ronda por la mente aun sin definir. Vamos pasando revista al sinfín de imágenes que tenemos guardadas, recortes, capturas de pantalla, cuanta cosa nos llamó la atención, sospenchando que el día de mañana haríamos esto que hacemos ahora, mirarlas hasta encontrar la que encastra con esa idea que nos ronda la mente pero no podemos definir.

Más o menos así.

(Y no digo más, mamá).

De los errores afortunados

Tal vez el único aprendizaje que nos deja la temible experiencia de pintar bajo encargo es valorar la propia libertad creativa. Al fin y al cabo, como con tantas otras cosas, hace falta que nos birlen algo para comprender su importancia…

Pero olvidemos los disgustos y hablemos un poco de la labor usual, la tranquila rutina donde nuestro capricho se solaza a su antojo sobre el horizonte de lo posible y lo imposible.

En esos casos lo común es comenzar la pintura enamorados de la imagen que tenemos en mente. Para aquellos que trabajamos con referencias del mundo tangible, en buena medida el flechazo es previo a la obra… digamos que nos fascina determinada postura y queremos plasmarla en la tela. Lo digo por experiencia: durante mucho tiempo una simple figura sentada me bastaba como estimulante punto de partida. Y si era en un sillón ni hablar, el arrebato era completo ¡Denme ya mismo un bastidor! El sillón era mi tema predilecto, sí. Luego uno le encuentra asidero verbal y hasta conceptual al asunto, pero vamos, al principio, bien al principio, lo que debe haber es una obsesión, una urgencia por capturar una pose, un encuadre, algunos colores. Y no mucho más.

Esas posturas nos parecían la mejor excusa para disparar la plasticidad, creíamos que las posibilidades de la forma y el color se encontraban más a gusto bajo esos ropajes. Como dice Saura, eran el anclaje necesario o indispensable para probar nuestras herramientas.

Claro que el trabajo tiene otros planes para nosotros, planes que suelen implicar parejas dosis de sufrimiento y espejismos. Tras lo cual sobreviene la desazón.

Eso sí, con el tiempo nos habituamos, porque uno se acostumbra a todo -hasta a lo malo, diría Inodoro.

No sé en el otro, pero en el mundo del arte las cosas rara vez terminan bien. El secreto está en apañárselas, en dejarse llevar por la ola, en ver hasta dónde nos lleva.

Hoy por hoy, a mi juicio, mis trabajos más logrados son aquellos en los que no me reconozco.

Lo he mencionado en algún texto previo. Y al respecto leía hace poco unas reflexiones de Juan Villoro:

”No hay garantía de que lo que escribimos tenga calidad certificada. Recuerdo una conversación con Roberto Bolaño en la que llegamos a la siguiente conclusión: la única prueba confiable de que un texto «estaba bien» ocurría cuando nos parecía escrito por otro. Esta repentina despersonalización permite la autonomía necesaria para que una obra respire por cuenta propia. Al mismo tiempo, nos priva de la posibilidad de sentirnos orgullosos de ella, pues su mayor virtud consiste en parecer ajena. Escribir significa suplantarse, ser en una voz distinta.»

Capaz ocurre lo mismo en la pintura. Lo de la voz ajena. Pero no es lo primero que me viene a la cabeza, no. Yo tiendo a ser pragmático. Y ese extrañamiento que nos ocurre sirve, creemos, para juzgar más fríos el resultado. Imaginarnos imparciales. Lo cual es una ilusión, desde luego. Pero uno vive de ellas.

En mi experiencia, ese extrañamiento ocurre en la medida en que las dificultades inherentes al trabajo fueron sorteadas con mucho más azar que habilidad.

Ocurre que al trabajar bajo encargo le cerramos la puerta al azar. En esos casos es contraproducente despegarse de la propuesta previa, del boceto inicial, de lo ya acordado. Y el azar siempre quiere alejarnos de lo pautado.

Para mí el trabajo es un recorrido que comienza en A y no sabemos dónde concluye. De modo que deshacer cada una de las sorpresas que nos depara la marcha, para llevar una y otra vez el trabajo a los cauces acordados… la verdad que me aburre.

En algún lado leí que el estilo no es más que la muy personal forma de equivocarse. A lo que habría que agregar la frase de Quino, último consuelo: “Y si errar es humano, nadie podrá negarnos un nivel de humanidad realmente asombroso”.

De los rebusques

Como suele suceder, de golpe y porrazo tenemos las fiestas encima y con ello la vorágine de compras de fin de año.

En ascensores y demás espacios de tertulia las acres observaciones sobre el clima se han visto reemplazadas por los lloriqueos ante la falta de tiempo y la abundancia de precios.

Quien suscribe no es ajeno al revuelo ni al lamento, pero dado su ánimo soñador y evasivo, tiende a imaginar que otros mundos son posibles.

Por todo esto, tras mucha cavilación y dos o tres disgustos, se propone aquí una humilde alternativa, una tibia solución al entuerto: lanzar una línea de juguetes.

20 muñecos 20 donde estén representados los diferentes estamentos que conforman este bello mundo del arte. Perfectamente articulados y en variedad de sexos.

Piénsenlo… Todos tenemos un amigo que pinta, u otro que no lo hace pero su hija sí, o la clásica tía que aburre a media familia con sus fotos por museos y galerías.

Imaginemos entonces qué lindo sería para cada caso contar con un regio juguete alusivo. Para nuestro amigo, el muñeco del “Estudiante de arte”, para la tía el del “Diletante” y para la criatura… para la criatura una pelota (que tome aire, se está poniendo verde).

Pero esto recién empieza. Además de los personajes ya citados estarían los muy simpáticos muñecos del curador, del coleccionista, del crítico, del galerista, y hasta el del mozo que sirve bebidas en las inauguraciones.

En pocas palabras, el universo entero del arte.

Sin olvidar al marquero, la secretaria de la galería, la modelo, el fotógrafo de obras, el vendedor de la artística.

Y desde luego el público en general, y hasta en tres versiones: el colado de las inauguraciones, el que colecciona folletos y la tía antes mencionada.

Cada muñeco deberá incluir un par de accesorios, atuendo correspondiente y por supuesto dos o tres líneas de texto que suenen presionando un botón.

Tal vez lo difícil sea decidir frases y prendas, porque en esos atributos se define el personaje.

El artículo principal, el Artista propiamente dicho, podría venir en diferentes perfiles, por ejemplo el conceptual, el bohemio, el depresivo. Y por supuesto el Artista a secas. Tal vez de jeans y remera blanca, los pantalones plagados de manchas y salpicaduras, para que quede claro que es la versión de fajina y taller la que estamos viendo (ya habrá tiempo para lanzar el modelo “vernissage”: las mismas prendas, una copa en la mano).

En lo que a frases se refiere, lo ideal es que fuera más de una, pero convengamos que esto no es fácil. Nadie imagina al galerista diciendo algo memorable, ni al curador algo interesante, ni al artista algo coherente.

El crítico sólo haría preguntas, al estilo “¿Dónde están las bebidas?”.

El galerista probablemente no diga otra cosa que el ya clásico “no se vendió nada; me voy al campo”.

Y el artista por su parte podría emitir un balbuceo o repetir en bucle “¡La belleza!”.

Luego estarían los accesorios, que en muchos casos vendrán a reforzar o propiciar las líneas de cada muñeco.

Al artista lo veremos con su atril y su bastidor, a la modelo con su kimono (“¿dónde lo dejo?”), al mozo con la bandeja (“¿tinto o blanco?”), al galerista con su barriga.

Y todos con una palanquita escondida en la espalda para accionar el brazo, ponerlo en alto y sacarse una selfie.

El set completo de personajes estará disponible en kioscos, artísticas y jugueterías lo antes posible, en material hipoalergénico y a precios módicos.

Reserve el suyo.