De la modelo

Trabajar con modelo tiene sus bemoles. Quienes lo hacen de forma regular van acumulando un rosario de anécdotas de lo más entrañables, qué duda cabe.

Resulta que los artistas, tras hablar de su propia obra, suelen recalar en la periferia que la acompaña. Ustedes saben, el clima, el alquiler del taller, la impertinencia de tal o cual alumno. Y la modelo, desde luego.

Hay quienes la eligen por su garbo, su estatura, su delgadez, su exuberancia o su turgencia. Pero eso sí, donde todos están de acuerdo, lo único que se le pide a la modelo, lo primero que se espera de ella, es que se quede quieta. Y en esa cualidad le va su reputación. Se intercambian teléfonos los artistas y les basta una mirada de entendimiento para saberlo. Hay una cabeza que asiente y otra que calla. Nada que agregar.

Lo paradójico es que la modelo, precisamente, está ahí para moverse, fingiendo que se queda quieta. Y se moverá como lo hacen todos los mortales, que cuando les pica se rascan.

Por eso, a menos que los movimientos deriven en convulsiones, nadie debería preocuparse. Todo lo contrario. Hay que dar la bienvenida a lo inestable. En ello radica parte de la dificultad, del desafío. No solo el operativo de pasar a dos dimensiones lo que acontece en tres, sino también el cambio constante del punto de mira y la sábana mutable de la piel al desnudo.

Claro que si frente al trabajo terminado nos reclaman mal desempeño, ausencia de gracia o falta de parecido, siempre podemos argumentar que la modelo se nos movió justo entonces.

Yo he tenido mis rachas de trabajo con modelo, pero siendo sincero diré que es una labor con más problemas que soluciones, y por una cuestión de comodidad sigo prefiriendo la sesión fotográfica. Me incomoda tener a alguien ejecutando torsiones, sosteniendo posturas. Me impide pintar tranquilo, la comunión íntima entre el pincel, los colores y yo. No necesito compañía para eso, muchas gracias.

La fotografía del modelo en cambio nos brinda lo indispensable y nos reduce al mínimo el contacto humano, que andando el tiempo, ustedes saben… Houellebecq lo resumió más o menos así: “Uno se conoce a sí mismo en el contacto con los demás, y por eso el contacto con los demás es insoportable”.

De forma que trabajar con modelo saca a la luz, en última instancia, nuestra cintura social, que siempre ha sido inexistente.

Por eso las fotos.

Vale aclarar también que yo no suelo trabajar el desnudo como tópico. Parece que me intrigan más los dobleces del vestido que los de la piel.

Pero como digo, si la confrontación con el otro afecta de alguna manera nuestros sentidos, hay algunas variantes para sortear el escollo, además de la fotografía. Y son alternativas que pueden resultar muy útiles. Hablo de la estatuaria, o del famoso maniquí. Un avatar de modelo, si se quiere.

Como mencioné en otro apartado, yo tengo un maniquí de confección propia, articulado, casi de dimensiones naturales. Me tomó sus buenos meses realizarlo, tornear la madera, esculpir el rostro, confeccionar las articulaciones. Pasado ese período el trabajo dejó de interesarme. Nunca realicé con él las pinturas imaginadas, los dibujos soñados. Todavía no será su momento, digo yo. Paciencia.

Ahora está en el baño, y me mira. Tiene algo siniestro, sin duda, esto del maniquí en tamaño natural. Por suerte ya estoy grande, y más me asustan otras cosas, como el contacto social.

De los deseos postergados (fuera de programa)

Dicen que es bueno reflexionar con la llegada del nuevo año.

Pero creo que conviene hacerlo tras un lapso de tiempo prudencial, despegándose un poco de la vorágine social y la comilona del 31.

Suele ser una noche memorable, la de fin de año. El vitel toné, la mesa larga, el calor, la televisión de fondo…

Cuando llegan las doce, ahora que nos han privado de la pirotecnia, lo único que queda para coronar la velada es descorchar el champán. Cosa que bien mirada hace un efecto similar a la dinamita, si la sumamos al vino, la cerveza, la sidra y todo lo que estuvimos tomando para tapar el ruido de los sobrinos, los ronquidos del tío que colapsó antes de tiempo, o el bodrio de las anécdotas de siempre, esas que se repiten año tras año en boca de los mayores.

(No dejamos de observar, pasmados, que estamos cada vez más parecidos a ellos. Luego sospechamos que la edad de los comensales es directamente proporcional a su permanencia en la mesa y para entonces la alarma roza el pánico).

Mi tío, extrañamente lúcido, me guiña un ojo y sonríe. Parece al tanto de mis cavilaciones. Le falta un diente.

Mi madre es proclive a la superchería. Cuanto rito prometa buenos augurios, ella lo incorpora. Así, con la medianoche, además de las copas flauta aparecen unos misteriosos puñados de uvas pasas. 12 uvas pasas, para ser exactos. Cada una representando un deseo.

La ingesta, claro está, se hace con premura, que nos corre el reloj y el año se nos acaba. Con tal prisa, a decir verdad, que no sabemos muy bien si prometimos cosas coherentes, si repetimos consignas, si son nuestros los deseos. Es que doce es mucho, y más con tanto alcohol en sangre. Lo bueno es que en ese estado, que tiende a ser lamentable, uno está en tren de prometerse cualquier cosa, y da lo mismo si el cuarto deseo se parece demasiado al décimo, que de por sí era similar al segundo, tras el tamiz del primero.

Y hablando de deseos, en el año 98 estuve en la famosa Fontana di Trevi tirando la clásica moneda por sobre el hombro. No recuerdo qué pedí. Han pasado más de veinte años, difícil sería que me acordara. Pero quien sabe, capaz la burocracia celestial lleva registro de todo ello.

Ahora bien, si la burocracia humana es lenta, la celestial imagino habrá de ser eterna.

Por eso a no asustarse si el día menos pensado el deseo se nos cumple.

Y pese a lo que cabría suponer, no sé si es tan malo no recordar cuál debía ser el premio.

Capaz era algo humilde, y se cumple en cosas sencillas y banales. Eso le da un tinte distinto a la jornada, y de allí que andamos en puntas de pie, para no espantar a la fortuna. Sonreímos un poco más. Ya no nos irrita el vecino. Los zorzales cantando a las 4 de la matina son bienvenidos. Los bocinazos, el tipo que se cuela en la fila, el billete falso, todo nos resbala.

Ese debería ser el deseo.

Pero capaz la rueda de la fortuna tiene un ciclo incluso más amplio, y recién ahora comienzan a cumplirse los deseos de la infancia.

Un chocolate Jack, los kalkitos.

Dios mío, estoy todavía en la mesa, contando las mismas anécdotas del año pasado, y del anterior, y el anterior. Solo la incontinencia logrará levantarme.

¿Cuántas pasas van? ¿Diez, once?

De las carilinas

Lo primero que me molesta en las películas que veo sobre artistas plásticos es que casi siempre se trata de un prócer en la materia, nunca es la historia de un perfecto desconocido y su rutinario oficio de pintar, los descubrimientos que ello implica, la vida que elige. No, en esta época eso no vende. Hoy el personaje nos muestra más temprano que tarde su escalada al éxito, un éxito que siempre se mide en billetes y nunca en obra. Se ilumina la pantalla y ya podemos adivinar que seremos testigos de mil tropiezos, escollos y un sinnúmero de botellas vacías, frustraciones que de todas formas no lograrán disipar el prometido horizonte de gloria y redención social que son las ventas arrolladoras y el resonante aplauso del público.

En esos casos, a pesar de la pintura en la cara, el artista no puede esconder al superhombre que es, bien lo sabe, y por eso precisa todos esos primeros planos. Lo que se nos cuenta con tanto metraje suele ser un redescubrimiento, alguna arista no menos emblemática del ya aclamado astro de los pinceles. Resulta que era diabético. Resulta que era negro. Resulta que era manco.

Un bodrio, en pocas palabras.

Y hablando de palabras, no faltan las de elogio. Usualmente en boca de personajes secundarios que estudian al protagonista no sabemos si con desdén o con envidia, y en ese espejo de miradas comprendemos que estamos ante la estatua viva de un prócer esencial. El pintor es un valiente, nos quieren hacer creer. Mezcla trementina con su whisky. Y además fuma. Pero es una valentía que a nosotros nos deprime, seamos francos. Yo preferiría que fuera menos valiente y más pintor, el fulano.

Es el desarrollo del personaje lo que debería llevarnos a la conclusión de que se trata de alguien genial, y no el camino inverso, donde al minuto se nos advierte que el señor es extraordinario y luego todo lo que vemos son matices del gris más pedestre y rutinario porque el perfil nunca levanta vuelo, nunca deja de ser chato. A pesar de tanta advertencia de genialidad, la genialidad no aparece por ningún lado.

Por eso mismo, si me permiten, si lo mediocre es el parámetro, yo me postulo como excelente candidato para un film.

Y olvídense de la pintura, a mí lo que me destaca del resto de los artistas, sin duda alguna, son mis alergias. En eso tendría que centrarse la trama. Ver al artista luchando ya no contra la bebida o contra el fisco, sino contra ese flagelo que son los sarpullidos, el pecho que nos silba. He allí una lucha despiadada y desigual.

Ser alérgico es algo tan demandante como el arte, no es joda. Hay que serlo a tiempo completo.

Yo por ejemplo mido las estaciones por la gravedad de mis alergias. Hay quienes las miden por otros parámetros, pero a mí no me sirven, no me atan a la realidad. A mí me basta con recordar la intensidad de mis estornudos y ya me sitúo en el calendario. Ese abril de la gripe, aquel junio de la fiebre, etc.

A veces creo que si me curara de mis brotes ni la familia me reconocería. Algo así confesó Stephen Hawkins: “No me reconozco sin mis gafas y mi corte de pelo. La silla de ruedas la puedo regalar”.

En fin, imagino que aquellos que apenas me conocen suelen suponer que me comunico mediante estornudos, pataletas y otros guiños crípticos, pero no es tan así. Si bien mi estado gripal tiende a ser perpetuo, la verdad es que hay días donde las nubes se disipan y logro hilar una frase sin sonarme la nariz. Eso no quiere decir que lo que se diga entonces sea memorable o tenga carácter de sentencia, no. Es igual de insípido que el resto de los días, sucede que lo digo con voz menos nasal. Digamos que compensa en sonoridad lo que escatima en trascendencia.

Munido entonces con mi sempiterna caja de carilinas, mi paleta, mis colores, el espectador me vería partir a la aventura. Y lo que sigue es un desparramo, porque los estornudos no me dejan en paz y se arma la de San Quintín, la de San Pollock. Un ataque de patinazos y salpicaduras.

Lógico que la película debería tener otros guiños, otros giros, otros momentos estelares. Las primeras ventas, la difícil relación con los galeristas, la modelo que se nos mueve. Cosas así. Y pastillas, y carilinas.

Yo creo que la gente se iría muy contenta, sí.

O se iría, simplemente.

Del combustible creativo

Cuando tendría 9 años me pasé un verano entero armando una casa en el ciruelo de mi abuela.

Estoy seguro de que a ojos adultos aquello debía lucir de lo más enclenque. Para mí era una fortaleza y allí arriba todo era aventura.

Aquí abajo, en cambio…

Qué increíble era esa época donde perdíamos todo rastro del tiempo y ya no sabíamos en qué día de la semana nos encontrábamos.

Creo que es parte imborrable del bagaje que torna la infancia en terreno soñado, y añorado también.

De adulto sólo durante un corto lapso de tiempo he vuelto a vivir tal estado de excepción. Y siempre lo tomo como clara muestra de felicidad.

Será por eso que persiste la fantasía de alcanzar más a menudo tal rapto. A fin de lograrlo ya no miro televisión ni leo los diarios, pero el trance me elude. Ya no sé qué probar. Siempre he sospechado, o casi diría comprobado, que a fin de trabajar a gusto debo aislarme un poco del entorno. No sé si tan lejos y arriba como la famosa torre de marfil, pero sí por lo menos a cierta distancia de lo corriente y cotidiano. Se genera así un estado diferente del usual, donde parece anidar más a gusto la creación, nombre al que adhiero a falta de uno mejor; me molestan las connotaciones que asocio a la palabra, que la tornan, a mis ojos, algo pretenciosa y grandilocuente. Cuando se la usa así, la referencia a Adán y al séptimo día me deja un poco pasmado. Creo que prefiero asociarla a la infancia, o en todo caso asociarla a la infancia la desprende de otras connotaciones más pesadas, porque más allá de los lugares comunes, es cierto que la niñez es el terreno más fértil para la invención despreocupada y lúdica, que es la que siempre me ha interesado.

En fin, perder toda referencia de cronogramas y almanaques suele ser la más clara muestra del grado de inmersión logrado, y por eso no es raro que lo ponga como norte y, a hecho consumado, como parámetro del disfrute que me generó la gestación de tal o cual obra.

Dentro del hacer cotidiano, considero una suerte cuando el trabajo logra abstraerme de ese modo, liberándome de los vaivenes terrenales y exigiéndome una concentración y goce que elimina el entorno y lo torna borroso. Cada tanto, y esto es más raro aún, me ocurre que alguna pintura me coloca durante varias jornadas en ese trance, y el resultado es que nos tornamos algo etéreos, comprobamos que levitar es posible, y abandonamos el lenguaje usual para comunicarnos mediante parábolas. De noche emanamos luz.

Pero como digo, son raras esas ocasiones.

Este anhelo de abstraerse, de sumergirse de tal modo en la concentración del trabajo que borre todo registro de lo circundante, me deja pensando…

A veces me gustaría ser como esos artistas que se sientan horas de horas frente a sus cuadernos y dibujan y dibujan, y en base a esas pocas opciones van construyendo un mundo propio y coherente.

Lo mío, según he comprobado demasiadas veces, va por otro lado, pero no cejan las frustraciones, por no poder hacerlo, por no poder tomar aquella dirección, no importa cuánto empeño le pongamos.

Y si por uno de esos reveses tenemos suerte, el hechizo dura un par de obras como mucho, porque tarde o temprano volvemos a nuestra natural manera de trabajar, que es cediendo el timón al capricho y las pulsiones, para ser víctimas de nuestras ocurrencias, aplaudirlas si cabe, e irnos a la cama ilusionados, soñando que mañana al fin comenzaremos ese trabajo redentor.

En diálogo con la almohada, por un rato mirará hacia otro lado el censor que llevamos dentro. Ese que no descansa nunca, el único en fin que parece trabajar en serio, el adulto que habita en mí, que me patea los juguetes siempre que puede y me obliga a llevar la cuenta de los días.

De las teorías

Leemos a García Montero y queremos que nuestros trabajos tengan la elegancia de las ruinas clásicas.

Después leemos a Todorov y deseamos que nuestras pinturas oscilen entre lo extraño y lo maravilloso.

Luego leemos a Huizinga y queremos que el juego gobierne nuestro trabajo.

Por fin nos cansamos de leer y es entonces cuando la obra crece…

Algo contradictorio anida en nosotros; las cosas parecen salir mejor cuando menos lo esperamos.

Yo vivo en la fantasía de que esos órdenes, leer y pintar, resulten compatibles, pero una y otra vez salta a la vista que en realidad son excluyentes: cuando hacemos uno, no hacemos el otro.

Escribir, en cambio, parece un remedo de ambos, un tibio consuelo. Porque los consuelos, claro, siempre esconden una tristeza. Crear o contemplar. Hacer o soñar.

Según parece, tanto Hemingway como Dos Passos reconocían en la pintura una importante influencia sobre su devenir de escritores.

Lo traigo a cuento porque siempre es bueno contar con alguien de bien ganada reputación para dar una pizca de respeto a lo que se intenta decir.

A mí me gusta tomar prestadas de la literatura cosas que adaptar a la pintura, de allí que descubrir que el camino puede ser inverso, que algunos escritores encontraron en la pintura un campo fecundo, resulta invaluable.

Mencionaba antes a Todorov…

La definición sobre literatura fantástica que él brinda siempre me ha interesado. La literatura fantástica se mueve en un filo, nos dice, en la estrechez de dos posibilidades. El relato pende de un hilo, oscilando entre lo extraño y lo maravilloso.

Esa presentida alternancia, mientras permanece, sostiene el relato y genera ese tercer ingrediente, lo “fantástico”.

Y aunque el hechizo se desvanece porque el tiempo en la literatura es sucesivo y tarde o temprano llega el desenlace, mientras dura la magia es manifiesta esa presencia.

En la pintura no existe tal cosa como un desenlace, el tiempo es estático, un eterno presente.

Habria que ver cuáles podrían ser los ingredientes que, en su oscilar, generen el tercero y mayor. Lo maravilloso y lo extraño como garantes del Arte.

Una pintura suspendida entre opciones, frágiles instancias que propicien esa tercera, elusiva e intangible, que es el Arte.

Resulta que el todo es mayor a la suma de sus partes.

Tras tanto cavilar, naturalmente, tomamos la caladora, los tornillos, las carbonillas. Ansiamos poner en obra esas ideas.

Nos sale mal, qué duda cabe. El trabajo es confuso, pretencioso, tibio. Un engendro, o lo que en términos plásticos se conoce como mamarracho.

Aun así, me evado pensando que si fuera este un retrato como la gente me interesaría llevarlo a un punto semejante al del planteo de Todorov, y que la obra oscile entre la identidad y la expresión plástica, soñando con que ese pivote genere lo artístico, el Arte.

Pero hay más. En algún apartado previo consigné mi idea de que el borrón y los tachados pueden tener también una lectura temporal. Si el borrón es el presente (o el presente como un borrón), la cara que se adivina detrás sería el pasado. La obra oscila en el tiempo.

Yo miro el cuadro, que no refleja nada de esto. Tal vez lo único fantástico es mi incapacidad para sacar adelante el trabajo.

En fin, volviendo a aquello de pedir a la literatura definiciones e ideas, hay un tipo de pintura que, como las novelas, parece una pieza de ficción, es narrativa. Hay una pintura novelada, novelesca. Pinturas donde vemos personajes, hasta una trama.

Yo tengo la eterna tentación de caer en ellas.

De la novela contemporánea me interesan las voces que la narran, ese coro de voces que muchas veces es difícil identificar, porque en ese trabajo que se le pide al lector está el meollo, el asunto, la mucha miga. La novela nos confronta una y otra vez con su propia estructura. Y es en ese andamiaje donde parece estar la aventura y el deleite, ya no en las peripecias y avatares de sus protagonistas.

No es raro entonces que tras tantas novelas al artista le apasionen más los ropajes que el retratado.

Y agarramos más fuerte la caladora, nos auguramos éxito y le damos duro al pobre trabajo, poniendo el énfasis en las zonas huecas, en el vacío, en lo imposible que son esos retratos. Cualquier retrato.

Y este más que ninguno.

Ahora nos preguntamos dónde se ha ido la identidad. O si esa identidad es la expresión plástica.

Las siluetas hablan de la ausencia. Ausencia de tiempo, de identidad, de entorno (¿de norte, de propósito?).

Un esquema semejante, bajo un matíz lúdico, podría sugerir que el cuadro es un juego permanente y simultáneo, que no necesita de comienzo alguno y que está allí, eterno, jugándose a sí mismo…

Estamos cada vez más extraviados. Parece que ya no hay autor, solo hay personajes, o que la autoría es un trabajo mancomunado entre el hacedor, el público y la obra.

Cualquiera diría que no sabemos qué hacer.

Cansado, vuelvo a pensar en García Montero, que pedía para sus poemas la elegancia de las ruinas clásicas.

Yo miro el cuadro…

No sé si será clásico, pero sin duda es una ruina.

De los caminos posibles (2)

Es llamativo cómo andando el tiempo comprendemos, pese a la decepción constante y el acumulado escepticismo, que uno a ha vivido muchas vidas. Lo sabemos cuando por asomo recordamos algo que en el pasado nos tuvo obsesionados, que capturó nuestro horizonte de forma completa durante un buen lapso de tiempo y sin embargo cayó luego en el olvido. En mi caso lo primero que recuerdo es que durante mi infancia y hasta que despuntó mi adolescencia yo estaba obsesionado con la naturaleza. Quería ser guardaparque, naturalista, algo por el estilo. El rapto me duró sus buenos años.

Ahora, a la distancia, reconozco que la inmersión era completa, y supongo que clara muestra de ello es que soñaba con hacer de ese afán una profesión.

(De adolescentes somos tan “millonarios de tiempo” -como decía Marechal- que no sabemos muy bien qué hacer con él, y todo lo importante lo medimos con esa cuota. Le adjudicamos una promesa de tiempo a las otras promesas, y así las sentimos más reales).

La madre de Mafalda, haciendo orden en la casa, encuentra sus viejas partituras de piano y recuerda los ejercicios que hacía con su profesora, que le decía que tenía futuro, que debía dedicarle tiempo al piano. Aquella ilusión de la profesora le vale un suspiro. “Pobre”, masculla. Y luego, ya más pesimista: “¿Pobre ella?”.

Con esto sucede algo semejante. Logro entrever que en caso de haber continuado por aquel sendero de vocaciones hoy mi presente sería otro, y esa hipotética realidad paralela me hace proferir ayes y exclamaciones, para preguntarme por último yo también: “¿Pobre él?”.

Y aunque el aguafiestas que llevo dentro me jura que todo sería lo mismo, idéntico horizonte de inquietudes, disgustos y frustraciones, aún así las preguntas acuden. ¿Estaba pautado que este de hoy era mi camino ineludible?, la pregunta no sé si es filosófica o trascendente, si toca el manido tema del libre albedrío o simplemente es muy tarde y cuando me pongo a escribir a esta hora me salen preguntas incómodas.

La verdad entonces sospechamos que se asemeja un poco a la observación de Umbral, cuando caminando por Madrid descubría, ante el espectáculo de una mujer hermosa, cuánto puede cambiarnos la vida una mujer, en caso de seguir uno con ella. Bueno, es indudable que la compañía nos cambia la vida, la persona que elegimos nos cambia la vida, nos la cambia tanto como la profesión.

Y yo hace mucho que elegí la pintura. Supongo que me habrá cambiado. Lo que no sé es si para bien.

Claro, los pintores, los artistas, suelen ser tildados de egocéntricos, megalómanos y demás delicias. Mi consuelo es que tales perfiles no son privativos del arte, porque crápulas hay en todos los rubros.

Eso sí, nos quieren hacer creer que el personaje es importante, que es tan importante como el arte que realiza.

Si me permiten, traigo a cuento una frase de Félix de Azúa, que lo dice mucho mejor que yo:

“(…) tendemos a pensar en el artista como alguien autónomo, independiente, libre y genial. Una especie de self-made man. Este error, frecuente y dañino, conduce al desastre a miles de jóvenes bien intencionados que creen poder ser tanto más artistas cuanto más autónomos, independientes, libres y geniales. De resultas de este patinazo una notable cantidad de gente pintoresca es incapaz de hacer aparecer ante el público absolutamente nada que sea ella misma. Pero la contemplación de alguien libre y genial es insuficiente como obra de arte y una lata como obra de caridad.”

En fin, a veces creo que ya estoy viejo para andar pensando en lo que me gustaría ser cuando sea grande, pero en alguna parte leí que Gauguin comenzó a pintar cuando tenía 40 años, o que Rothko encontró su manera de pintar a los 45. ¿Será cierto? Si es así yo todavía puedo mandar al diablo los pinceles, elegir la naturaleza y hacerme guardaparque…

De los sueños

A Borges parecía gustarle la posibilidad de recibir mientras dormimos las pautas de una obra.

Al respecto destacaba, por ejemplo, los casos del “Vathek” de William Beckford y el poema de Coleridge, “Kubla Khan”.

En mi opinión, yo creo más bien que esos autores adjudicaban a los sueños la autoría de sus obras porque así ahondaban la pátina romántica del perfil que se habían creado.

Veleidades del artista. Qué le vamos a hacer.

Pero bajemos de las alturas…

Si bien yo he soñado muchas veces con la realización de ciertas pinturas, nunca las llevé a cabo porque siempre, al despertar, podía discernir que el dictamen de la almohada era más bien malo, incluso malísimo.

Será cosa de orientar mejor los muebles, me digo, me decía. Fengshui y todo eso.

Como fuere, he soñado demasiadas veces con trabajos muy felices que a la luz del día no pasaban de ridículos.

Es curioso cómo podemos dorarnos la píldora, cuánto candor podemos cargar al dormir.

Claro que a veces no hace falta despertar para comprender el error. Llevamos la frustración hasta el mismo terreno de Orfeo, porque incluso en el sueño nos damos cuenta de que tanto la idea como la obra son horribles.

A esa hora de la noche donde todos los pensamientos se agrandan (diría Martín Kohan), soñamos disparates, pero unos disparates tan pedestres y transitados que ni siquiera entonces logra la fantasía levantar vuelo.

O sea que ni en sueños se nos ocurre algo digno.

A lo sumo en el limbo onírico me desahogo, y confieso mis frustraciones ante esa obra que no sale.

Sí, tengo un tema con las musas. No parecen darme bola.

Yo me consuelo pensando que bueno, que Grecia queda muy lejos, que estarán de vacaciones las pobres, cosas así.

Y miren que he probado de todo para llamarlas.

Lo último y desesperado fue comprar una tabla “ouija”. Ustedes saben, ese adminículo para las sesiones espiritistas.

Diré que el encuentro salió muy bien, más allá del jabón que tales conciliábulos despiertan.

Mis amigos llegaron puntuales. Conseguimos una mesa redonda, medianoche, velas. Nos tomamos de las manos.

El problema es que no estoy seguro de haber invocado al ser correcto.

Tras los golpes en la mesa y las luces parpadeantes, todos sentimos que algo nos rozaba las piernas… nadie quizo confesar pavura, pero la sesión se levantó en el acto, los presentes se despidieron, y yo quedé solo.

Bueno, solo, no.

Como dije antes, para mí que estamos muy lejos del Olimpo, porque lo que tengo viviendo ahora en el taller es algo de la mitología local, no me jodan.

Tal vez un híbrido entre Pombero y ‘Chancha con cadenas’: un ser bajito y jorobado, de gran pilosidad, casi diría un carpincho. La mar de simpático, no hay duda. Los alumnos contentísimos.

Pero de Musa no tiene nada, vamos: si me ve pintar y bosteza.

Por lo general lo dejo en el patio, tomando sol.

Lo manguereo a diario, le doy medialunas, le acaricio la panza. Nos llevamos bien, no hay duda…

Ayer, mientras retozaba entre las plantas, me pidió un cigarrillo.

Y en ese momento desperté.

Me pregunto qué querrá decir el sueño.

Según Artemidoro, según Sinesio, según Freud -depende el caso-, tendré que rever mi pasado, mi presente o mi futuro.

Según la quiniela le tengo que jugar al 90 o al 72.

Pero no se extrañen si el día de mañana me ven pintando carpinchos.

Y además citando a Borges, para autorizar el engendro.

De las búsquedas

Me crié en un tiempo donde la sensibilidad masculina, o mejor dicho, la sensibilidad del niño varón (lindo nombre para un cuadro), era un tanto convencional y estereotipada. Como tantos otros, crecí convencido de que llorar no era cosa de hombres, y que cualquier tipo de manifestación semejante debía sofocarse, relegada como simple “mariconada”. El espectro de gustos e inclinaciones que se nos consideraban propicias no iba mucho más allá de la pelota y las trompadas. Cosas que eran y son, se sabe, de lo más sanas y sensatas… Sobra decir que una parte de mí fue creciendo con el ánimo replegado bajo un disfraz endurecido, de miradas torvas y bigotes imaginarios. Si mi otro yo quería seguir las telenovelas y escribir sonetos, la verdad que ni me enteraba, a tal punto era completo el adoctrinamiento. Y creo que hubiera seguido así, en la ignorancia más cabal, si la suerte no me hubiera acompañado: justo antes de que la coraza se consolidara en callo inextirpable, entré en la Escuela Nacional de Bellas Artes. El cambio operó como un bálsamo. Desde el principio estuvo claro que allí dentro los códigos eran otros y que el grupo de mis compañeros, a primera vista tan homogéneo y compacto, estaba en realidad compuesto por dos tipos de sujetos ligeramente desclasados: moscas blancas y ovejas negras. Así las cosas, poco a poco se me fue ablandando el carácter, perdiendo el pulido granítico de los años previos, dejando crecer primero el pelo, luego la voluntad, finalmente la poesía.

Como es natural, allí conocí varias almas gemelas, e incluso a una media naranja. Ella fue quien me reveló la “Elegía a Ramón Sijé”, de Miguel Hernández.

Y aquí quería llegar, porque ese fue un verdadero momento de ruptura.

Si hablamos de la propia sensibilidad, una cosa es cuánto la notan los demás, y otra muy distinta es cuándo la notamos nosotros. Para muchos habrá sido clarísimo que desde mi más tierna infancia lo mío era la delicadeza y el arte, y que si no crecía para bailarín lo haría para peluquero, pero para mí, cegato e ingenuo, lo único claro era la incomodidad constante ante los ritos brutales de mis amigos del colegio, la incomprensión estólida frente a los códigos marciales de la virilidad incipiente, y las pulseadas constantes de esa fraterna contienda que es la vida diaria del niño varón (otro título para un cuadro).

Sacando dos o tres excepciones, no me sentía a gusto con ningún compañero porque todos, tarde o temprano, caían en la tentación de hacerse el gallito y medir su valía a base de tortazos.

Pero como digo, había siempre alguno que miraba esos comportamientos con la misma distancia en que lo hacía yo -aunque no sé si con la misma aversión.

Esas excepciones fueron las que lograron mantenerme de este lado del optimismo.

Las amistades femeninas también ayudaban, desde luego. Las mujeres de mi infancia parecían mucho más sensatas que mis amigos (las de ahora lo son, no sólo lo parecen). Pero quién sabe si parte del adoctrinamiento inicial era no tomarse muy en serio dichas amistades. Claro que llegaba un punto donde descubríamos que la tendencia usual a hacer de cada mujer una amiga tenía gusto a poco. Lo terrible es que no podíamos romper el hechizo y hacer de la amiga una novia. Cuando lo intentábamos lo hacíamos mal, nos veían de lejos el plan y huían despavoridas.

Por suerte en el Bellas Artes las mujeres eran mucho más pacientes, nosotros dábamos vueltas como un palomo y ellas no se echaban a volar al instante.

(Será también que de tan cansado terminé por perder mis propios remilgos. Uno reconoce, tras tanto diván, que en buena medida las trabas son todas internas).

Pero hablaba de Ramón Sijé y el año de la epifanía.

Podría decir que la lectura de aquella poesía terminó de romper los diques y a partir de ahí llegaron las carilinas.

Desde entonces, por diversión y porque es didáctico, desentierro cada tanto al que fui, desempolvo su noble calavera y le cuento algunas cosas.

Eso sí, no lamento que se haya ido. Creo que estoy mucho mejor sin él. Y en todo caso siempre ronda su fantasma, haciendo el trabajo de todo fantasma, que es asustarnos.

El fantasma del artista varón… (que es el título que andaba buscando. Perdón por tanto rodeo).

De la elegancia al pintar

El tapete afelpado y sordo donde hacen carambola nuestras ideas es una maquinaria perfecta, ingrávida, donde la sucesión y la sinapsis siempre tienen final feliz. El batir y chocar de las esferas es mudo pero elocuente, y en nuestro fuero íntimo nos parecen fulgurantes, sí señor. Nuestras ideas se merecen un aplauso, una ovación. Es la pólvora, es la rueda… es un retrato.

Creo que nunca dejamos de ser niños, y ahora en lugar de correr a mostrarle a mamá el resultado, lo subimos a las redes. Vivimos en la fantasía de la propia película.

No sé a ustedes, pero a mí me pasa que en las películas nunca les creo a los actores cuando se hacen los que pintan. No importa si es de forma furiosa u ordenada, a grandes brochazos o meticulosamente. Siempre veo la impostura, y me digo, No, no es así. Ni siquiera la forma en que toman el pincel me resulta creíble… No sé, será una deformación profesional la que me impide desprenderme de ciertos pruritos, dejarme de joder y mirar la película tranquilo.

Yo creo que la culpa la tiene mi mujer (conmigo la culpa siempre la tiene otro, voy avisando). Ella, que es médica, está harta de ver en las películas errores concernientes a su profesión. La más grosera, la más burda, una escena donde se discutía una radiografía que ostentaba el corazón a la derecha. Detalles, detalles.

Pero no hay caso, yo veo a un actor pintando y no dejo de notar una fluidez ficticia, una cadencia que no es veraz.

¿De dónde salió esa idea de que el pintor pinta del mismo armonioso modo en que el director mueve su batuta?

¿O que lo hace como Van Helsing clavando estacas?

En fin, el cine y las publicidades están destinadas a ganar la batalla. Y llega el día donde nos vemos en un espejo imaginario y ponderamos esa manera única en que esgrimimos el pincel, esa coreografía grácil y dinámica.

Sí, vivimos inmersos en un mundo donde lo que impera es la publicidad. Son las publicidades las que nos hacen reflexionar en medio de la jornada, Caramba qué bien luce ese corpiño y cosas así.

Pero luego vamos a una muestra de arte y pretendemos que el cuadro nos sacuda del mismo modo, como ese corpiño, y no le perdonamos al artista tanta chatura.

A veces pareciera que hay más ideas y creatividad en una muestra de publicidad que en una de Arte. Hasta más oficio e ingenio.

Probablemente sea una suerte de uroboros; ustedes saben, ese ser fabuloso que mordía su propia cola.

Terminamos midiendo el arte desde patrones publicitarios y de diseño, y de allí que la reflexión sosegada e intimista que suele proponer el arte ya no nos parece adecuada. En cambio cuando surge un artista que se vale de los mismos recursos que las publicidades aplaudimos y pataleamos porque claro, ¡este tipo sabe! (y en realidad lo que festejamos es nuestra propia tranquilidad; la de reconocer terrenos familiares).

Pero para qué mentir… Muchas veces he cedido a la tentación de hacer trabajos que se valgan de lo publicitario, sabiendo que es un gancho perfecto para capturar la atención del espectador.

Si no puedes contra ellos, úneteles, dicen. Ya llegará el día donde me vean fingiendo la pose, duro como un yeso, el pincel en alto, haciendo de cuenta que pinto. “Ahí lo tenés al artista”, dirá el epígrafe, emulando la frase de “Esperando la carroza”…

Del desfacer entuertos

Hay muchos estereotipos de artista. Supongo que no sorprendo a nadie al decirlo. Algún día hablaremos de ellos, porque la mayoría merece cierto análisis. Suele haber mucha miga en las respuestas. Y parejas dosis de indignación.

Con el correr de los años uno comprende que el abanico de posibilidades que nutría la fauna de la escuela de Bellas Artes era la más cabal representación de lo que acontecía en el tablero de lo real. Y a pesar del pavoneo y de que mamá nos juraba que éramos únicos, lo cierto es que apenas si encarnábamos una de tantas piezas, otro trebejo del mismo y viejo juego.

Aun así, no deja de ser cierto que en mis épocas de estudiante me maravillaba ante ese repertorio de lo posible, esa variedad de opciones para acometer lo mismo, la obra plástica.

Bueno, maravillarme no es exactamente la palabra. En general el espectáculo me sacaba de quicio. Porque si bien todos nos habíamos creado por entonces cierto personaje para apuntalar la obra, a mí me generaba un rechazo visceral cuando veía que la obra era el personaje, cuando el personaje no dejaba ver la obra.

Si la postura era impostura me olía a pantalla de humo, y sospechaba que la actuación era para disimular un vacío, el vacío de la obra que no estaba, porque ahí detrás no había nada, ni pintura, ni instalación, ni objeto. Nada. Solo palabras. Muchas palabras. Que a mis oídos hacían un ruidito irritante.

Y era correr por los pasillos como si me siguieran los zombis. Mamá, mamá.

Claro que hay artistas que de la nada y su circunstancia sacan adelante una obra, eso no lo discuto. Pero son los menos, y yo no los he conocido.

A mí, ya digo, el histrionismo en lo plástico me hace sospechar. Al cabo que es requisito indispensable del buen embaucador la personalidad arrolladora, el perfil simpatiquísimo.

Más temprano que tarde uno siempre se topa con alguno.

Los hay que para hablar de su labor, o de la labor ajena (porque cuando no hay obra propia es mejor hablar de la ajena), se zambullen en un despliegue de lirismo técnico, un puntilloso lenguaje específico que camufla, a mi entender, la esencia banal del discurso. Como si al decirlas con florituras y engoladas esas mismas frases vacías pasaran por sentencias y aforismos.

De vuelta, para mí eso es un intento por rellenar el vacío.

Y hablo del registro oral, no del escrito. En estos últimos, tal vez, lo único a tener presente es aquello de no confundir elevado con retorcido. Saura utiliza un lenguaje a veces árido cuando escribe sobre su obra, no necesariamente complicado en contenidos pero sí de un fraseo que pide oxigeno al lector. En cambio en sus reportajes se expresa de forma llana, nada intrincada.

Lo que ocurre es que a mí ese estilo conversado y coloquial es el que me gusta para la escritura. Y creo que en el fondo lo que nos impulsa a hacer la obra es una pulsión que está muy lejos de las palabras, que se encabrita cuando queremos encasillarla en algún discurso, y siempre se las arregla para desmentir la definición que acabamos de estamparle.

Por eso uno queda medio perdido y asombrado, porque lo que decimos con carbonillas y pinceles no se parece mucho a lo anunciado previamente. Como un mago berreta que nunca sabe del todo qué va a salir de su galera.

Trabajamos con imágenes que parecen corrientes, pero que a fin de cuentas no provienen de la fuente racional que ordena nuestros discursos.

Ese es el cortocircuito esencial.

Creo que por aquel entonces lo presentíamos, todo esto. Y tal vez nos indignaba reconocer que aquellos con facilidad de palabra se perdían de todos modos en un vano intento por sonar más serios de lo que eran. El personaje se me caía en pedazos al descubrir la comodidad del estereotipo. Y no hablo sólo de alumnos, no.

Por eso hoy, cuando pretendemos una obra que se nutra de las mismas fuentes y transite un campo que no sea el aburrido sector de pared que le adjudica la costumbre, creamos objetos que están a medio camino de la pintura de caballete y el caballete propiamente dicho, valiéndonos de objetos cotidianos que traigan nuestro trabajo un palmo más acá de la pared asignada.

Un poco como Pigmalión, luchamos para insuflarle vida a la materia, y cuando los colores no alcanzan nos valemos de la ferretería.

Por eso, bien mirado, podríamos decir que las rueditas en mis cuadros son un gesto de impotencia, ante una obra que a la postre demuestra ser, como todas las demás, un objeto inerte.

Pero ya digo, todo esto es más intuido que explicable.

En alguna entrada previa hablé de las múltiples personalidades que parecen necesarias para llevar adelante una obra. Hoy agregaría al repertorio este locutor frustrado, este remedo de crítico que las circunstancias parecen exigir.