De la verdad sobre los mitos

El artista, haciéndose eco de la engorrosa situación en la que estamos inmersos, propone una muestra virtual de sus trabajos, agrupados por afinidad al texto que aquí comienza. (Eso sí, siendo este blog, como bien dice su título, un anexo del sitio web, las imágenes deberán buscarse allá).

A veces lo hago con los ojos abiertos, y otras veces sólo sueño que escribo.
Al comienzo puede ser una línea el concepto esbozado, una anécdota, un destello fugaz. Pero luego de muchas vueltas le vamos encontrando la forma, el rabo a la idea, y así vamos tirando de ella, hasta traerla a este lado de las cosas.
Ayer el desafío estribaba en poner en palabras la misma certeza que a veces atisbo en mis trabajos más ambiciosos, esos donde uno o varios personajes se asoman sobre un ruido en forma de manchas, borrones y brochazos, despliegue que es para mí la puesta en acto del sustrato abisal donde anida nuestro perfil verdadero, el enigma que somos todos.
Y así como Todorov nos explica que la novela intenta decir con palabras lo que las palabras no pueden decir, en la pintura pasa otro tanto, pasa lo mismo, y el menjunje de los colores y el mareo de los brochazos vienen a contar eso que de otro modo siempre vamos callando.

Pero si al escribir me vence el sueño, tal vez desde un trasfondo negro se alce la voz de un discurso distinto, donde se dice lo mismo, pero se dice oblicuo, se dice en un sesgo.
Son las menos, pero las que valen, las ocasiones donde la intuición no se deja vestir a gusto con el traje gris de lo racional, y pese a mi naturaleza estructurada la poesía gana la partida y me deja el discurso un poco más allá de lo convencional y estipulado. Para mí es ahí donde se esconde el mensaje, porque así como el cuadro se nutre de un fondo enigmático, también la escritura puede flotar y moverse sobre aguas que, a la postre, se descorren un instante, al amparo de los renglones, la ortografía y lo rutinario, para que la manta de lo cotidiano deje asomar ese magma secreto sobre el cual construimos nuestro lenguaje. Ese transfondo atávico, mitológico y trascendente no tiene por qué ser grandilocuente ni ominoso, le basta con ser auténtico, y esa realidad sospechada por sobre la que flota la nuestra puede al fin ser tímida y sigilosa, como una presa huidiza y saltarina, que un segundo está aquí y parece comer de nuestra mano, y al segundo siguiente se escabulle y desaparece.
Como esas efímeras visiones, danzantes y caleidoscópicas, que nos queman la retina tras fijar la atención en objetos brillantes, la memoria de nuestros ojos internos nos ofrece por algunos instantes la visión de ese submundo de pulsiones, y la sed de captura nos lleva al engaño, al extremo cruel de dejarnos montar la utilería completa de nuestro juego de atril, paleta y colores, para caer luego en la cuenta de que la visión se ha desvanecido.
Así y todo no perdemos la fe ni la calma, bueno, la calma un poco sí, y confiamos algo embobados en que claro, más adelante, seguro que sí, tendremos la suerte que ahora nos elude.
Por eso esperamos ansiosos el próximo desvelo, confiando que, aturdidos por la falta de sueño, por una vez el sempiterno censor del Yo caerá en descuido y ahora sí, amanuenses de Orfeo, podremos anotar minuciosos las doradas migajas de la visión adquirida.
Desfila entonces ante los ojos dormidos de nuestra afiebrada fantasía la panoplia entera de los mitos difuntos, la geografía lunar de esos seres ancestrales, la botella al mar con la misma historia de otros tantos Minotauros, Esfinges y elegías.
Un ruido de fondo que cuando tiene rostro es un rumor de lejanías, y sus metáforas son serpientes y tienen alas.

No mucho después, ensoberbecidos de tan despiertos, nos juramos que esa sima de espejismos y misterio podrá llevarse a la tela como relato fidedigno y la llenamos de carbón y la llenamos de máscaras, palacios rotos, vórtices, huevos primigenios.
Pero luego desconfiamos de tanto argumento, y volvemos a la certeza de que eso puede contarse también como fuerza y pulsión, y que la mejor forma de expresarlo, qué digo la mejor, la única que nos sale -ojalá fuera la mejor-, es en una batalla de borrones y brochazos y salpicaduras y cortes y sucesivas capas de pintura que acaso vienen a emular, pobremente, esa arqueología atisbada, esa mazmorra donde enterramos vivos nuestros oscuros sentimientos, que son los de todos y son eternos, ese ruido sin fin que nos tiembla a veces en la voz, un océano sin orillas que precisa del salvataje de la silueta y de la trama, de la estructura del título y el tema, o a veces solo necesita de esa fiebre de colores, para que el descenso en el maelstrom no se nos quede en el intento.
Y de repente esos tres o cuatro peldaños entrevistos, que descienden más y más, nos colocan por debajo de nuestra línea de apoyo, y esa sorpresa nos enseña que nuestra conocida, repetida, aturdida y aun así abrumadora realidad era, miren ustedes, mucho menos segura, y mucho más compleja.

De otros peligros más

Supongo que no se sorprenderá nadie si ahora vengo a declarar que nosotros, los seres humanos, estamos mal hechos.

-¿Yo señor?
-Sí, usté también.

Lo veo a diario en multitud de detalles. Y no me refiero a lo coyuntural, animada mi sentencia en la liviana observación de que no podemos sortear un insidioso resfrío. No, no, me refiero a cosas de otro orden.
Pongamos dos casos emblemáticos: no sabemos ni comer ni criar a nuestros hijos.
Y disculpen que lo sostenga de forma tan rotunda pero es así.

Cada cierto tiempo surge una teoría nueva que viene a poner de cabeza los supuestos previos. Se cierra un ciclo y ya no sabemos si hay que comer o no huevos, si dar o no el pecho, si esto, si lo otro.

Pensemos en nuestros hábitos alimenticios. Naturista, vegetariano, vegano, etc.
Yo sospecho que en más de un caso la adopción de estas facetas, de estas reglas del buen comer, obedecen a meros caprichos, a pseudo razonamientos. Para algunos incluso a una extraña sed de pertenecer al redil. Como decía Borges de los comunistas de Recoleta, lo hacen porque “les da reputación y un grupo de amigos”.
En materia de ingesta, para muchos la adopción precede a la edad racional, y cuando el amigo no acepta un plato de chinchulines es en realidad una criatura de 5 años la que nos habla, por más bigotes y calvicie que ostente hoy.
Para qué negarlo, a veces esas decisiones vienen de tan atrás que sólo la arqueología de un buen terapeuta podría desentrañarlas.
No me cuesta nada imaginar a esa pobre criatura a la mesa, con tanta suerte que por comensal inmediato le toca el “tío” Julián, eufemismo bajo el cual los padres de la criatura evitan la larga explicación sobre los intrincados mecanismos de selección afectiva que aquejan a la -ahora sí verdadera-, tía Amalia, y por ende ya que la tía está de vacaciones por qué no invitarlo al pobre Julián que está de vuelta soltero. Al tío Julián. Ese fulano con los mil achaques y la visión más variopinta sobre cualquier tema (faceta que con los años correrá en su contra, al punto que donde vaya será la ultima vez que lo inviten, pobre hombre). Y justamente es este personaje estrambótico el que deja fascinado al querubín, que admira y festeja cada humorada y gesto como si viniera de un clown. En determinado momento, al recibir de la anfitriona la ensalada, el señor Julián, muy solemne, la rechaza mientras decreta que él “no come verde”. Y claro, el experimento de persona que tiene al lado confunde esa negación enfática con un envidiable rasgo de carácter y decide emularlo, para eterno deleite de su madre y abuela, que aunque lo amenacen con la excomunión o la ausencia de postres, no habrá lechuga ni acelga que pase la barrera decretada. Barrera que será defendida con ahínco hasta la edad adulta, donde a costa de proverbiales estreñimientos y largas temporadas en el baño se verá forzado a claudicar en pos de la buena digestión y así pasar al extremo opuesto, a masticar 23 veces de cada lado cada pedazo de apio, con el consiguiente y alarmante “desgaste de las piezas dentales”, según dictaminará apesadumbrado el odontólogo de turno.
Y podríamos seguir así largamente, para qué negarlo.

El otro caso señalado es el de la crianza de los niños. Ahí también surgen parejas y contradictorias visiones sobre el modo correcto de encarar esa larga transformación del infante en un señor de galera y bufanda.

Ahora resulta que el tortazo a tiempo no sirve para nada, que los castigos y prohibiciones mucho menos y que si el niño quiere hablar cuando lo hacen los mayores, hay que callarse y escucharlo.
¡Es la caída de todos los valores, hay que decirlo!
En este caso los tíos Julianes nos atacan de todos los flancos, una catarata de Socolinskys y Borocotós, verdadera fauna de opinólogos destemplados que quieren meterse en su casa, señora, ¡en su casa!, y decirle de qué lado tiene que poner los tenedores.
Apague la tele, hágame el favor.

Lo que nos abruma es el bagaje cultural, que no tiene brújula ni aprende de los errores, sino que flota a la deriva y a capricho de los vientos.

Y todo este preámbulo es para confesar que con esto del encierro estuve leyendo demasiada teoría e historia del arte y cuando vuelva al taller no sé cómo voy a deshacerme de tanta sabiduría.

De los peligros dentro del palacio

Yo creía ser un experto en esto de no hacer nada. Tan orgulloso estaba de mi manejo del ocio que hubiera podido escribir volúmenes al respecto, detallando mis rutinas.

Ya lo decía Rothko: “El artista debe disponer de mucho tiempo, tiempo libre, para no hacer nada, simplemente sentarse y dejar que las ideas sobrevengan”.

A mí lo de sentarse y dejar que las cosas acudan siempre se me dio con facilidad, es un don que tengo, no me cuesta nada seguir el precepto. Las ideas no sé si llegan, pero yo las espero. Todo el día si hace falta.
Así y todo, últimamente me aburro de chequear la hora del microondas, de comprobar su sincronía con la del teléfono, de mirar al vecino, de espiar al portero.
Es entonces cuando descubro azorado que soy una víctima más de este encierro forzado.
Seguro que a Rothko no le pasaba.

Convencido de poder hacer algo al respecto, me voy al balcón con un libro, a matar unas cuantas horas, a batir un récord.
Y entonces escucho un golpecito en la puerta ventana.
Claro, no estoy solo. En esta casa ahora somos dos los presos, y de allí que mis ocios han quedado en evidencia.
“¿Esto hacés todos los días?” me dicen cuando me ven todavía en la cama, todavía en el balcón, todavía en el sofá. Es una frase que viene sonando mucho acá, y hasta con un retintín de reproche, les diré.
El bendito encierro me está dejando expuesto, estoy revelando mi modus operandi.

Mi madre me cuenta que allá por su barrio se escucha un megáfono que les anuncia a todos que se aburre.
Yo no tengo megáfono.
Yo pinto, yo dibujo. O lo hacía.
Y cuando no me queda otra, también escribo.

Pero es más difícil de lo que parece, esto del ocio.

El punto, claro, la parte amarga, está en la obligatoriedad. Eso es lo que torna ríspido el asunto. Y no me refiero a la obligación de quedarnos adentro, eh, no. Eso es una orden impuesta, no cuesta tanto seguirla. El drama viene cuando cerramos la puerta.
Lo usual es que las circunstancias nos obliguen a realizar algo puntual (trabajar incluso) y que no tengamos demasiadas opciones. Tan acostumbrados estamos a esto que no sabemos para qué lado correr cuando se trata de “no hacer nada”.
Por eso en cierto modo el desafío actual es como el de la tela en blanco: Un espacio definido, y mil soluciones para atacarlo, soluciones que obedecerán todas a nuestro propio mandato. Ante este dilema muchos sucumben, porque lo que intoxica y nubla el entendimiento es la amplitud de caminos posibles y la ausencia de coartadas. Es mirar al abismo de nuestro yo y darse cuenta de que nos aburrimos con él, y mucho.
“Decirme que puedo hacer lo que quiera es como sacar el tapón de la bañera y luego decirle al agua que vaya donde le plazca. Inténtenlo y vean qué ocurre”, decía Nick Hornby.
Por eso es normal que a mí me encuentren en el sofá, en el balcón, en la cama. Uno es presa de la debilidad y cae en los vórtices usuales. Luego vemos 6 veces la misma serie y paseamos los mismos libros por todos los ambientes de la casa, sin poder terminarlos, y se va tornando claro que no sabemos muy bien qué hacer. Para evadirnos miramos el celular -está nevando en algún lado-, le meamos la puerta al del tercero, incluso hacemos tareas domésticas, pero no hay caso, es la tela en blanco del aburrimiento la que se cierne ominosa sobre nosotros. (Eso sí, cuando me agarren ganas de hacer gimnasia es cuando de verdad empezaré a preocuparme).

En un arrebato de lirismo intento dibujar una figura y lo único que logro garabatear son campos y horizontes, porque las ganas de salir son acuciantes, impostergables, urgentísimas.
En una época decían que el arte, que el cuadro, era una ventana. Luego dijeron que no, que era un martillo. Ojalá fuera una ventana, pienso actualmente. Me vendría bien una ventana más.

Yo creo que tal vez esta inclinación sedentaria y soñadora es hereditaria. Ya dije que conmigo la culpa siempre la tiene otro.
Empiezo a sospechar que la anécdota de mi madre es un disfraz.
Recuerdo que en casa había un megáfono.

De las quimeras

A primera vista el almacén “Alegría” no parece diferenciarse de los demás. Tiene las mismas góndolas atestadas de productos importados y el mismo tufo inclasificable que emanan también los otros locales del llamado “Barrio chino”. Incluso tiene un par de curiosos que parecen los mismos de los otros sitios, y hasta la cajera es como un clon.

La única diferencia está en las enormes peceras del fondo del local: la de la izquierda con cangrejos, la de la derecha con sirenas.

La verdad es que me cansé de buscar excusas para ir a verlas, y ya no simulo revolver artículos o comparar precios, paseando alrededor de las góndolas, haciendo círculos que se van cerrando, que me acercan al final del pasillo central. No, ya ni siquiera tomo un carrito, simplemente voy al fondo y las miro. Son dos niñas de ojos verdes y cabellera ensortijada que se aburren de hacer piruetas en el agua salada.

No soy el único que pierde su tiempo contemplándolas. He visto a más de uno marcharse con media sonrisa, la cabeza muy lejos, pensando tal vez en aquellos sueños, los que vamos olvidando, ocupados en lo urgente.

Siempre viví a la vera del Barrio Chino, y a través de los años me he habituado a sus rarezas -por ejemplo la casa con el televisor oculto entre la hiedra, las 24 hs encendido en un canal propio, bucle de imágenes dispares (ovejas en un prado, elaboración de caramelos, todo en blanco y negro).

Pero el premio se lo llevan estas chicas escamadas, no hay duda. La sorpresa que generan. La fascinación que despiertan.

Desde hace unos días hay que codearse un poco para hacerse lugar, pero eso era esperable. El día menos pensado habrá que sacar número. Raro es que todavía no le encuentren una veta comercial. Gente no falta. En alguna charla con los curiosos ha salido el tema, qué harán con ellas, de dónde las habrán traído. Pero mayormente es una contemplación muda, la función se realiza en silencio.

Una vez alguien sacó una cámara. La idea me pareció buena, casi obvia, cómo no se me había ocurrido. A las sirenas, en cambio, no les gustó ni medio. El flash las espantó, se revolvieron bruscas hacía el lado más oscuro. Uno de los empleados fue a botonear adelante y vino el patrón, en ojotas. “No foto”, dijo. Eso fue todo.

Les dan de comer pescado dos veces por día. Y es un espectáculo aparte, porque uno jamas diría que tales encantos tuvieran un lado salvaje. Parece contradictorio. Como unicornios carnívoros. Tal vez demuestra que en este nuestro mundo todos están devorándose entre sí, incluso los seres de fábula.

Un buen día me iluminé y decidí que lo mejor era dibujarlas, tomar bocetos para un cuadro mayor.

Hablé brevemente con el dueño, que no quiso saber nada. Le expuse mis razones, le argumenté, le imploré, pero como toda respuesta recibí un movimiento rotundo de cabeza, una negación enfática que se entiende en cualquier idioma. El hombre no quería oírme, la respuesta era no.

Lo que terminé haciendo fue lo mismo que hacía antes, quedarme parado mirando a las niñas, esta vez munido de un pequeño bloc y un set de acuarelas. Que me echaran si querían. Después de media hora me compraba una gaseosa, un vaso con fideos secos, cualquier cosa. Y así estuve algunas semanas. Porque era difícil captar el movimiento ondulatorio, casi hipnótico, los brillos de las escamas, el perlado, la flotación ingrávida del cabello.

Creo que lo logré. Me costó lo suyo, pero lo logré. ¿O no?

Me sigue pareciendo que cierta magia quedó afuera.

Lo sospecho cuando la gente al ver el cuadro me dice, por compromiso, “lindas las anguilas”.

De la modelo

Trabajar con modelo tiene sus bemoles. Quienes lo hacen de forma regular van acumulando un rosario de anécdotas de lo más entrañables, qué duda cabe.

Resulta que los artistas, tras hablar de su propia obra, suelen recalar en la periferia que la acompaña. Ustedes saben, el clima, el alquiler del taller, la impertinencia de tal o cual alumno. Y la modelo, desde luego.

Hay quienes la eligen por su garbo, su estatura, su delgadez, su exuberancia o su turgencia. Pero eso sí, donde todos están de acuerdo, lo único que se le pide a la modelo, lo primero que se espera de ella, es que se quede quieta. Y en esa cualidad le va su reputación. Se intercambian teléfonos los artistas y les basta una mirada de entendimiento para saberlo. Hay una cabeza que asiente y otra que calla. Nada que agregar.

Lo paradójico es que la modelo, precisamente, está ahí para moverse, fingiendo que se queda quieta. Y se moverá como lo hacen todos los mortales, que cuando les pica se rascan.

Por eso, a menos que los movimientos deriven en convulsiones, nadie debería preocuparse. Todo lo contrario. Hay que dar la bienvenida a lo inestable. En ello radica parte de la dificultad, del desafío. No solo el operativo de pasar a dos dimensiones lo que acontece en tres, sino también el cambio constante del punto de mira y la sábana mutable de la piel al desnudo.

Claro que si frente al trabajo terminado nos reclaman mal desempeño, ausencia de gracia o falta de parecido, siempre podemos argumentar que la modelo se nos movió justo entonces.

Yo he tenido mis rachas de trabajo con modelo, pero siendo sincero diré que es una labor con más problemas que soluciones, y por una cuestión de comodidad sigo prefiriendo la sesión fotográfica. Me incomoda tener a alguien ejecutando torsiones, sosteniendo posturas. Me impide pintar tranquilo, la comunión íntima entre el pincel, los colores y yo. No necesito compañía para eso, muchas gracias.

La fotografía del modelo en cambio nos brinda lo indispensable y nos reduce al mínimo el contacto humano, que andando el tiempo, ustedes saben… Houellebecq lo resumió más o menos así: “Uno se conoce a sí mismo en el contacto con los demás, y por eso el contacto con los demás es insoportable”.

De forma que trabajar con modelo saca a la luz, en última instancia, nuestra cintura social, que siempre ha sido inexistente.

Por eso las fotos.

Vale aclarar también que yo no suelo trabajar el desnudo como tópico. Parece que me intrigan más los dobleces del vestido que los de la piel.

Pero como digo, si la confrontación con el otro afecta de alguna manera nuestros sentidos, hay algunas variantes para sortear el escollo, además de la fotografía. Y son alternativas que pueden resultar muy útiles. Hablo de la estatuaria, o del famoso maniquí. Un avatar de modelo, si se quiere.

Como mencioné en otro apartado, yo tengo un maniquí de confección propia, articulado, casi de dimensiones naturales. Me tomó sus buenos meses realizarlo, tornear la madera, esculpir el rostro, confeccionar las articulaciones. Pasado ese período el trabajo dejó de interesarme. Nunca realicé con él las pinturas imaginadas, los dibujos soñados. Todavía no será su momento, digo yo. Paciencia.

Ahora está en el baño, y me mira. Tiene algo siniestro, sin duda, esto del maniquí en tamaño natural. Por suerte ya estoy grande, y más me asustan otras cosas, como el contacto social.

De los deseos postergados (fuera de programa)

Dicen que es bueno reflexionar con la llegada del nuevo año.

Pero creo que conviene hacerlo tras un lapso de tiempo prudencial, despegándose un poco de la vorágine social y la comilona del 31.

Suele ser una noche memorable, la de fin de año. El vitel toné, la mesa larga, el calor, la televisión de fondo…

Cuando llegan las doce, ahora que nos han privado de la pirotecnia, lo único que queda para coronar la velada es descorchar el champán. Cosa que bien mirada hace un efecto similar a la dinamita, si la sumamos al vino, la cerveza, la sidra y todo lo que estuvimos tomando para tapar el ruido de los sobrinos, los ronquidos del tío que colapsó antes de tiempo, o el bodrio de las anécdotas de siempre, esas que se repiten año tras año en boca de los mayores.

(No dejamos de observar, pasmados, que estamos cada vez más parecidos a ellos. Luego sospechamos que la edad de los comensales es directamente proporcional a su permanencia en la mesa y para entonces la alarma roza el pánico).

Mi tío, extrañamente lúcido, me guiña un ojo y sonríe. Parece al tanto de mis cavilaciones. Le falta un diente.

Mi madre es proclive a la superchería. Cuanto rito prometa buenos augurios, ella lo incorpora. Así, con la medianoche, además de las copas flauta aparecen unos misteriosos puñados de uvas pasas. 12 uvas pasas, para ser exactos. Cada una representando un deseo.

La ingesta, claro está, se hace con premura, que nos corre el reloj y el año se nos acaba. Con tal prisa, a decir verdad, que no sabemos muy bien si prometimos cosas coherentes, si repetimos consignas, si son nuestros los deseos. Es que doce es mucho, y más con tanto alcohol en sangre. Lo bueno es que en ese estado, que tiende a ser lamentable, uno está en tren de prometerse cualquier cosa, y da lo mismo si el cuarto deseo se parece demasiado al décimo, que de por sí era similar al segundo, tras el tamiz del primero.

Y hablando de deseos, en el año 98 estuve en la famosa Fontana di Trevi tirando la clásica moneda por sobre el hombro. No recuerdo qué pedí. Han pasado más de veinte años, difícil sería que me acordara. Pero quien sabe, capaz la burocracia celestial lleva registro de todo ello.

Ahora bien, si la burocracia humana es lenta, la celestial imagino habrá de ser eterna.

Por eso a no asustarse si el día menos pensado el deseo se nos cumple.

Y pese a lo que cabría suponer, no sé si es tan malo no recordar cuál debía ser el premio.

Capaz era algo humilde, y se cumple en cosas sencillas y banales. Eso le da un tinte distinto a la jornada, y de allí que andamos en puntas de pie, para no espantar a la fortuna. Sonreímos un poco más. Ya no nos irrita el vecino. Los zorzales cantando a las 4 de la matina son bienvenidos. Los bocinazos, el tipo que se cuela en la fila, el billete falso, todo nos resbala.

Ese debería ser el deseo.

Pero capaz la rueda de la fortuna tiene un ciclo incluso más amplio, y recién ahora comienzan a cumplirse los deseos de la infancia.

Un chocolate Jack, los kalkitos.

Dios mío, estoy todavía en la mesa, contando las mismas anécdotas del año pasado, y del anterior, y el anterior. Solo la incontinencia logrará levantarme.

¿Cuántas pasas van? ¿Diez, once?

De las carilinas

Lo primero que me molesta en las películas que veo sobre artistas plásticos es que casi siempre se trata de un prócer en la materia, nunca es la historia de un perfecto desconocido y su rutinario oficio de pintar, los descubrimientos que ello implica, la vida que elige. No, en esta época eso no vende. Hoy el personaje nos muestra más temprano que tarde su escalada al éxito, un éxito que siempre se mide en billetes y nunca en obra. Se ilumina la pantalla y ya podemos adivinar que seremos testigos de mil tropiezos, escollos y un sinnúmero de botellas vacías, frustraciones que de todas formas no lograrán disipar el prometido horizonte de gloria y redención social que son las ventas arrolladoras y el resonante aplauso del público.

En esos casos, a pesar de la pintura en la cara, el artista no puede esconder al superhombre que es, bien lo sabe, y por eso precisa todos esos primeros planos. Lo que se nos cuenta con tanto metraje suele ser un redescubrimiento, alguna arista no menos emblemática del ya aclamado astro de los pinceles. Resulta que era diabético. Resulta que era negro. Resulta que era manco.

Un bodrio, en pocas palabras.

Y hablando de palabras, no faltan las de elogio. Usualmente en boca de personajes secundarios que estudian al protagonista no sabemos si con desdén o con envidia, y en ese espejo de miradas comprendemos que estamos ante la estatua viva de un prócer esencial. El pintor es un valiente, nos quieren hacer creer. Mezcla trementina con su whisky. Y además fuma. Pero es una valentía que a nosotros nos deprime, seamos francos. Yo preferiría que fuera menos valiente y más pintor, el fulano.

Es el desarrollo del personaje lo que debería llevarnos a la conclusión de que se trata de alguien genial, y no el camino inverso, donde al minuto se nos advierte que el señor es extraordinario y luego todo lo que vemos son matices del gris más pedestre y rutinario porque el perfil nunca levanta vuelo, nunca deja de ser chato. A pesar de tanta advertencia de genialidad, la genialidad no aparece por ningún lado.

Por eso mismo, si me permiten, si lo mediocre es el parámetro, yo me postulo como excelente candidato para un film.

Y olvídense de la pintura, a mí lo que me destaca del resto de los artistas, sin duda alguna, son mis alergias. En eso tendría que centrarse la trama. Ver al artista luchando ya no contra la bebida o contra el fisco, sino contra ese flagelo que son los sarpullidos, el pecho que nos silba. He allí una lucha despiadada y desigual.

Ser alérgico es algo tan demandante como el arte, no es joda. Hay que serlo a tiempo completo.

Yo por ejemplo mido las estaciones por la gravedad de mis alergias. Hay quienes las miden por otros parámetros, pero a mí no me sirven, no me atan a la realidad. A mí me basta con recordar la intensidad de mis estornudos y ya me sitúo en el calendario. Ese abril de la gripe, aquel junio de la fiebre, etc.

A veces creo que si me curara de mis brotes ni la familia me reconocería. Algo así confesó Stephen Hawkins: “No me reconozco sin mis gafas y mi corte de pelo. La silla de ruedas la puedo regalar”.

En fin, imagino que aquellos que apenas me conocen suelen suponer que me comunico mediante estornudos, pataletas y otros guiños crípticos, pero no es tan así. Si bien mi estado gripal tiende a ser perpetuo, la verdad es que hay días donde las nubes se disipan y logro hilar una frase sin sonarme la nariz. Eso no quiere decir que lo que se diga entonces sea memorable o tenga carácter de sentencia, no. Es igual de insípido que el resto de los días, sucede que lo digo con voz menos nasal. Digamos que compensa en sonoridad lo que escatima en trascendencia.

Munido entonces con mi sempiterna caja de carilinas, mi paleta, mis colores, el espectador me vería partir a la aventura. Y lo que sigue es un desparramo, porque los estornudos no me dejan en paz y se arma la de San Quintín, la de San Pollock. Un ataque de patinazos y salpicaduras.

Lógico que la película debería tener otros guiños, otros giros, otros momentos estelares. Las primeras ventas, la difícil relación con los galeristas, la modelo que se nos mueve. Cosas así. Y pastillas, y carilinas.

Yo creo que la gente se iría muy contenta, sí.

O se iría, simplemente.

Del combustible creativo

Cuando tendría 9 años me pasé un verano entero armando una casa en el ciruelo de mi abuela.

Estoy seguro de que a ojos adultos aquello debía lucir de lo más enclenque. Para mí era una fortaleza y allí arriba todo era aventura.

Aquí abajo, en cambio…

Qué increíble era esa época donde perdíamos todo rastro del tiempo y ya no sabíamos en qué día de la semana nos encontrábamos.

Creo que es parte imborrable del bagaje que torna la infancia en terreno soñado, y añorado también.

De adulto sólo durante un corto lapso de tiempo he vuelto a vivir tal estado de excepción. Y siempre lo tomo como clara muestra de felicidad.

Será por eso que persiste la fantasía de alcanzar más a menudo tal rapto. A fin de lograrlo ya no miro televisión ni leo los diarios, pero el trance me elude. Ya no sé qué probar. Siempre he sospechado, o casi diría comprobado, que a fin de trabajar a gusto debo aislarme un poco del entorno. No sé si tan lejos y arriba como la famosa torre de marfil, pero sí por lo menos a cierta distancia de lo corriente y cotidiano. Se genera así un estado diferente del usual, donde parece anidar más a gusto la creación, nombre al que adhiero a falta de uno mejor; me molestan las connotaciones que asocio a la palabra, que la tornan, a mis ojos, algo pretenciosa y grandilocuente. Cuando se la usa así, la referencia a Adán y al séptimo día me deja un poco pasmado. Creo que prefiero asociarla a la infancia, o en todo caso asociarla a la infancia la desprende de otras connotaciones más pesadas, porque más allá de los lugares comunes, es cierto que la niñez es el terreno más fértil para la invención despreocupada y lúdica, que es la que siempre me ha interesado.

En fin, perder toda referencia de cronogramas y almanaques suele ser la más clara muestra del grado de inmersión logrado, y por eso no es raro que lo ponga como norte y, a hecho consumado, como parámetro del disfrute que me generó la gestación de tal o cual obra.

Dentro del hacer cotidiano, considero una suerte cuando el trabajo logra abstraerme de ese modo, liberándome de los vaivenes terrenales y exigiéndome una concentración y goce que elimina el entorno y lo torna borroso. Cada tanto, y esto es más raro aún, me ocurre que alguna pintura me coloca durante varias jornadas en ese trance, y el resultado es que nos tornamos algo etéreos, comprobamos que levitar es posible, y abandonamos el lenguaje usual para comunicarnos mediante parábolas. De noche emanamos luz.

Pero como digo, son raras esas ocasiones.

Este anhelo de abstraerse, de sumergirse de tal modo en la concentración del trabajo que borre todo registro de lo circundante, me deja pensando…

A veces me gustaría ser como esos artistas cerebrales que se sientan horas de horas frente a sus cuadernos, corrigen y enmiendan, le ponen coto a sus fantasias, y en base a unas pocas opciones, muy controladas, van construyendo un mundo propio y coherente.

Lo mío, según he comprobado demasiadas veces, va por otro lado, pero no cejan las frustraciones, por no poder hacerlo, por no poder tomar aquella dirección, no importa cuánto empeño le pongamos.

Y si por uno de esos reveses tenemos suerte, el hechizo dura un par de obras como mucho, porque tarde o temprano volvemos a nuestra natural manera de trabajar, que es cediendo el timón al capricho y las pulsiones, para ser víctimas de nuestras ocurrencias, aplaudirlas si cabe, e irnos a la cama ilusionados, soñando que mañana al fin comenzaremos ese trabajo redentor.

En diálogo con la almohada, por un rato mirará hacia otro lado el censor que llevamos dentro. Ese que no descansa nunca, el único en fin que parece trabajar en serio, el adulto que habita en mí, que me patea los juguetes siempre que puede y me obliga a llevar la cuenta de los días.

De las teorías

Leemos a García Montero y queremos que nuestros trabajos tengan la elegancia de las ruinas clásicas.

Después leemos a Todorov y deseamos que nuestras pinturas oscilen entre lo extraño y lo maravilloso.

Luego leemos a Huizinga y queremos que el juego gobierne nuestro trabajo.

Por fin nos cansamos de leer y es entonces cuando la obra crece…

Algo contradictorio anida en nosotros; las cosas parecen salir mejor cuando menos lo esperamos.

Yo vivo en la fantasía de que esos órdenes, leer y pintar, resulten compatibles, pero una y otra vez salta a la vista que en realidad son excluyentes: cuando hacemos uno, no hacemos el otro.

Escribir, en cambio, parece un remedo de ambos, un tibio consuelo. Porque los consuelos, claro, siempre esconden una tristeza. Crear o contemplar. Hacer o soñar.

Según parece, tanto Hemingway como Dos Passos reconocían en la pintura una importante influencia sobre su devenir de escritores.

Lo traigo a cuento porque siempre es bueno contar con alguien de bien ganada reputación para dar una pizca de respeto a lo que se intenta decir.

A mí me gusta tomar prestadas de la literatura cosas que adaptar a la pintura, de allí que descubrir que el camino puede ser inverso, que algunos escritores encontraron en la pintura un campo fecundo, resulta invaluable.

Mencionaba antes a Todorov…

La definición sobre literatura fantástica que él brinda siempre me ha interesado. La literatura fantástica se mueve en un filo, nos dice, en la estrechez de dos posibilidades. El relato pende de un hilo, oscilando entre lo extraño y lo maravilloso.

Esa presentida alternancia, mientras permanece, sostiene el relato y genera ese tercer ingrediente, lo “fantástico”.

Y aunque el hechizo se desvanece porque el tiempo en la literatura es sucesivo y tarde o temprano llega el desenlace, mientras dura la magia es manifiesta esa presencia.

En la pintura no existe tal cosa como un desenlace, el tiempo es estático, un eterno presente.

Habria que ver cuáles podrían ser los ingredientes que, en su oscilar, generen el tercero y mayor. Lo maravilloso y lo extraño como garantes del Arte.

Una pintura suspendida entre opciones, frágiles instancias que propicien esa tercera, elusiva e intangible, que es el Arte.

Resulta que el todo es mayor a la suma de sus partes.

Tras tanto cavilar, naturalmente, tomamos la caladora, los tornillos, las carbonillas. Ansiamos poner en obra esas ideas.

Nos sale mal, qué duda cabe. El trabajo es confuso, pretencioso, tibio. Un engendro, o lo que en términos plásticos se conoce como mamarracho.

Aun así, me evado pensando que si fuera este un retrato como la gente me interesaría llevarlo a un punto semejante al del planteo de Todorov, y que la obra oscile entre la identidad y la expresión plástica, soñando con que ese pivote genere lo artístico, el Arte.

Pero hay más. En algún apartado previo consigné mi idea de que el borrón y los tachados pueden tener también una lectura temporal. Si el borrón es el presente (o el presente como un borrón), la cara que se adivina detrás sería el pasado. La obra oscila en el tiempo.

Yo miro el cuadro, que no refleja nada de esto. Tal vez lo único fantástico es mi incapacidad para sacar adelante el trabajo.

En fin, volviendo a aquello de pedir a la literatura definiciones e ideas, hay un tipo de pintura que, como las novelas, parece una pieza de ficción, es narrativa. Hay una pintura novelada, novelesca. Pinturas donde vemos personajes, hasta una trama.

Yo tengo la eterna tentación de caer en ellas.

De la novela contemporánea me interesan las voces que la narran, ese coro de voces que muchas veces es difícil identificar, porque en ese trabajo que se le pide al lector está el meollo, el asunto, la mucha miga. La novela nos confronta una y otra vez con su propia estructura. Y es en ese andamiaje donde parece estar la aventura y el deleite, ya no en las peripecias y avatares de sus protagonistas.

No es raro entonces que tras tantas novelas al artista le apasionen más los ropajes que el retratado.

Y agarramos más fuerte la caladora, nos auguramos éxito y le damos duro al pobre trabajo, poniendo el énfasis en las zonas huecas, en el vacío, en lo imposible que son esos retratos. Cualquier retrato.

Y este más que ninguno.

Ahora nos preguntamos dónde se ha ido la identidad. O si esa identidad es la expresión plástica.

Las siluetas hablan de la ausencia. Ausencia de tiempo, de identidad, de entorno (¿de norte, de propósito?).

Un esquema semejante, bajo un matíz lúdico, podría sugerir que el cuadro es un juego permanente y simultáneo, que no necesita de comienzo alguno y que está allí, eterno, jugándose a sí mismo…

Estamos cada vez más extraviados. Parece que ya no hay autor, solo hay personajes, o que la autoría es un trabajo mancomunado entre el hacedor, el público y la obra.

Cualquiera diría que no sabemos qué hacer.

Cansado, vuelvo a pensar en García Montero, que pedía para sus poemas la elegancia de las ruinas clásicas.

Yo miro el cuadro…

No sé si será clásico, pero sin duda es una ruina.

De los caminos posibles (2)

Es llamativo cómo andando el tiempo comprendemos, pese a la decepción constante y el acumulado escepticismo, que uno a ha vivido muchas vidas. Lo sabemos cuando por asomo recordamos algo que en el pasado nos tuvo obsesionados, que capturó nuestro horizonte de forma completa durante un buen lapso de tiempo y sin embargo cayó luego en el olvido. En mi caso lo primero que recuerdo es que durante mi infancia y hasta que despuntó mi adolescencia yo estaba obsesionado con la naturaleza. Quería ser guardaparque, naturalista, algo por el estilo. El rapto me duró sus buenos años.

Ahora, a la distancia, reconozco que la inmersión era completa, y supongo que clara muestra de ello es que soñaba con hacer de ese afán una profesión.

(De adolescentes somos tan “millonarios de tiempo” -como decía Marechal- que no sabemos muy bien qué hacer con él, y todo lo importante lo medimos con esa cuota. Le adjudicamos una promesa de tiempo a las otras promesas, y así las sentimos más reales).

La madre de Mafalda, haciendo orden en la casa, encuentra sus viejas partituras de piano y recuerda los ejercicios que hacía con su profesora, que le decía que tenía futuro, que debía dedicarle tiempo al piano. Aquella ilusión de la profesora le vale un suspiro. “Pobre”, masculla. Y luego, ya más pesimista: “¿Pobre ella?”.

Con esto sucede algo semejante. Logro entrever que en caso de haber continuado por aquel sendero de vocaciones hoy mi presente sería otro, y esa hipotética realidad paralela me hace proferir ayes y exclamaciones, para preguntarme por último yo también: “¿Pobre él?”.

Y aunque el aguafiestas que llevo dentro me jura que todo sería lo mismo, idéntico horizonte de inquietudes, disgustos y frustraciones, aún así las preguntas acuden. ¿Estaba pautado que este de hoy era mi camino ineludible?, la pregunta no sé si es filosófica o trascendente, si toca el manido tema del libre albedrío o simplemente es muy tarde y cuando me pongo a escribir a esta hora me salen preguntas incómodas.

La verdad entonces sospechamos que se asemeja un poco a la observación de Umbral, cuando caminando por Madrid descubría, ante el espectáculo de una mujer hermosa, cuánto puede cambiarnos la vida una mujer, en caso de seguir uno con ella. Bueno, es indudable que la compañía nos cambia la vida, la persona que elegimos nos cambia la vida, nos la cambia tanto como la profesión.

Y yo hace mucho que elegí la pintura. Supongo que me habrá cambiado. Lo que no sé es si para bien.

Claro, los pintores, los artistas, suelen ser tildados de egocéntricos, megalómanos y demás delicias. Mi consuelo es que tales perfiles no son privativos del arte, porque crápulas hay en todos los rubros.

Eso sí, nos quieren hacer creer que el personaje es importante, que es tan importante como el arte que realiza.

Si me permiten, traigo a cuento una frase de Félix de Azúa, que lo dice mucho mejor que yo:

“(…) tendemos a pensar en el artista como alguien autónomo, independiente, libre y genial. Una especie de self-made man. Este error, frecuente y dañino, conduce al desastre a miles de jóvenes bien intencionados que creen poder ser tanto más artistas cuanto más autónomos, independientes, libres y geniales. De resultas de este patinazo una notable cantidad de gente pintoresca es incapaz de hacer aparecer ante el público absolutamente nada que sea ella misma. Pero la contemplación de alguien libre y genial es insuficiente como obra de arte y una lata como obra de caridad.”

En fin, a veces creo que ya estoy viejo para andar pensando en lo que me gustaría ser cuando sea grande, pero en alguna parte leí que Gauguin comenzó a pintar cuando tenía 40 años, o que Rothko encontró su manera de pintar a los 45. ¿Será cierto? Si es así yo todavía puedo mandar al diablo los pinceles, elegir la naturaleza y hacerme guardaparque…