De la verdad sobre los mitos

A veces lo hago con los ojos abiertos, y otras veces sólo sueño que escribo, pero, despierto o dormido, no es raro que al final del camino me aguarde una sorpresa: la de llenar una carilla con algo que tenga coherencia.

Al comienzo puede ser sólo una línea de concepto intuido, puede ser una anécdota, un atisbo fugaz. Pero luego de muchas vueltas le vamos encontrando la forma, el rabo a la idea, y así vamos tirando de ella, hasta traerla a este lado de las tinieblas.

Ayer el desafío estribaba en poner en palabras la misma certeza que a veces atisbo en mis trabajos más ambiciosos, esos donde uno o varios personajes se asoman sobre un ruido en forma de manchas, borrones y brochazos, despliegue que es para mí la puesta en acto del sustrato abisal donde anida nuestro perfil verdadero, el fuego y enigma de nuestra personalidad.

Y así como Todorov nos explica que la novela intenta decir con palabras lo que las palabras no pueden decir, en la pintura pasa otro tanto, pasa lo mismo, y el menjunje de los colores y el mareo de los brochazos vienen a contar eso que de otro modo siempre vamos callando.

Pero si al escribir todo esto me vence el sueño, tal vez desde un trasfondo de terciopelo negro se alce la voz de un discurso distinto, donde se dice lo mismo, pero se dice oblicuo, se dice en un sesgo.

Son las menos, pero las que más valen, las ocasiones donde la intuición no se deja vestir a gusto con el traje gris de lo racional, y pese a mi naturaleza estructurada la poesía gana la partida y me deja el discurso un poco más allá de lo convencional y estipulado. Para mí es ahí donde se esconde el mensaje, porque así como el cuadro se nutre de un fondo enigmático, también la escritura puede flotar y moverse sobre aguas que, a la postre, se descorren o descubren un instante, al amparo de los renglones, la ortografía y lo rutinario, para que la manta de lo cotidiano deje asomar ese magma secreto sobre el cual construimos nuestro paisaje. Ese transfondo atávico, mitológico y trascendente no tiene por qué ser grandilocuente ni ominoso, le basta con ser auténtico, y esa realidad sospechada por sobre la que flota la nuestra, puede al fin ser tímida y sigilosa, como una presa huidiza y saltarina, que un segundo está aquí y parece comer de nuestra mano, y al segundo siguiente se escabulle y desaparece.

Como esas efímeras visiones, danzantes y caleidoscópicas, que nos quedan en la retina tras fijar la atención en objetos brillantes, la memoria de nuestros ojos internos nos ofrece por algunos instantes la visión de ese submundo de pulsiones, y la sed de captura nos lleva al engaño, al extremo cruel de dejarnos montar la escenografía completa de nuestro juego de atril, paleta y colores, antes de caer en la cuenta de que la visión se ha desvanecido, como esos sueños lúcidos donde al abrir los ojos ya no hay más que cenizas.

Así y todo no perdemos la fe ni la calma, bueno, la calma un poco sí, y confiamos algo embobados en que claro, más adelante, seguro que sí, tendremos la suerte que ahora nos elude.

Por eso esperamos ansiosos el próximo desvelo, confiados en que, aturdidos por la falta de sueño, por una vez el sempiterno censor del Yo caerá en descuido, y ahora sí, amanuenses de Orfeo, podremos anotar minuciosos las doradas migajas de la visión adquirida.

Desfila entonces ante los ojos dormidos de nuestra afiebrada fantasía la panoplia entera de los mitos difuntos, la geografía lunar de esos seres ancestrales, la botella al mar con la misma historia de otros tantos Minotauros, Edipos y elegías.

Porque ese ruido de fondo, cuando tiene rostro, es un rumor de lejanías, y sus metáforas tienen cuernos y sus alas son serpientes.

No mucho después, ensoberbecidos de tan despiertos, nos juramos que esa sima de espejismos y misterio podrá llevarse a la tela como relato fidedigno y la llenamos de carbón y la llenamos de máscaras, palacios rotos, vórtices, huevos primigenios.

Pero luego desconfiamos de tanto argumento, y volvemos a la certeza de que eso puede contarse también como fuerza y pulsión, y que la mejor forma de expresarlo, qué digo la mejor, la única que nos sale -ojalá fuera la mejor-, es en una batalla de borrones y brochazos y salpicaduras y cortes y sucesivas capas de pintura que acaso vienen a emular, pobremente, esa arqueología atisbada, esa mazmorra donde enterramos vivos nuestros oscuros sentimientos, que son los de todos y son eternos, ese ruido sin fin que nos tiembla a veces en la voz, un océano sin orillas que precisa del salvataje de la silueta y de la trama, de la estructura del título y el tema, o a veces solo necesita de esa fiebre de colores, para que el descenso en el maelstrom no se nos quede en el intento.

Y de repente esos tres o cuatro peldaños entrevistos, que descienden más y más, nos colocan por debajo de nuestra línea de apoyo, y esa sorpresa nos enseña que nuestra conocida, repetida, aturdida y aun así abrumadora realidad era, miren ustedes, mucho menos segura, y mucho más compleja.

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De la descripción de las islas

Me invitaron a dar una charla. A veces pasa. La gente imagina que los artistas tenemos algo para decir.

Bueno, no lo voy a negar, yo tengo cosas para decir. Pero son mayormente olvidables.

Cuestión que entre el público estaba mi madre. Y a veces mi madre no es el mejor público.

Al día siguiente le pregunté su parecer sobre la famosa charla.

Me dijo que muy bien, pero que había revelado demasiadas cosas sobre mi hacer, disipando el velo de misterio que debe llevar el trabajo.

La frase me sirvió para entenderla más a ella que a mi obra.

Por sus silencios, digo, por su mutismo. Mi madre es un misterio.

La cosa es que a mí me tiran de la lengua y después quedo con ganas de seguir andando, o por lo menos de pulir lo expuesto, decirlo mejor. Y para decirlo mejor hay que hacerlo por escrito, claro, con tiempo para considerar cada una de nuestras palabras, pulirlas hasta que se rompan o nos queden brillantes -brillantes de gastadas, se entiende.

Por eso yo comenzaría diciendo lo mismo que intenté decir en la charla, esto es, aclarando que no hago casi nunca bocetos de mis obras porque creo que ese cálculo previo le resta frescura al trabajo final. Una de las tantas manías personales, no lo voy a discutir, porque las dos o tres veces que realicé bocetos el trabajo igual tomó las usuales desviaciones sobre la marcha que me hacen disfrutar el recorrido. O sea que puedo equivocarme, lo reconozco.

Otra manera de comenzar esta versión de la charla sería repitiendo a Stephen King, quien ante la pregunta sobre el origen de sus ideas aclaró, con total franqueza, que no lo sabía. Y si me permiten el pretencioso parangón, diré que yo tampoco, y que además no hago ningún esfuerzo por averiguarlo. Como el Lucas de Cortázar, yo cada tanto pongo una idea. Y eso es todo.

Creo que era Borges (¿o era Bioy?) quien comparaba la gestación de ciertos cuentos con la aparición de islas en el horizonte, que se van acercando y perfilando. En ocasiones es así, no hay duda, pero la mayor parte de las veces la isla se nos aparece de pronto, y contundente. Es como si nos tiraran la isla encima, con todo y arena y palmeras. ”La idea es tal, y para hacerla necesito esto y lo de más allá”.

Lo malo es cuando esa aparición nos llega envuelta en tinieblas, como si encalláramos en la isla de noche. Sabemos que está ahí, sentimos su presencia. Lo malo es que no sabemos su aspecto.

Ese tipo de isla es una pulsión, un afán de hacer, de dibujar, de pintar, de cortar y de ponerle rueditas. Pero no sabemos a qué.

Entonces, para encontrar ese cuadro, para entender su contorno, me pongo a ver fotos. Como si fuera un identikit que uno tiene que repasar hasta que aparece la figura que sospechamos, que nos ronda por la mente aun sin definir. Vamos pasando revista al sinfín de imágenes que tenemos guardadas, recortes, capturas de pantalla, cuanta cosa nos llamó la atención, sospenchando que el día de mañana haríamos esto que hacemos ahora, mirarlas hasta encontrar la que encastra con esa idea que nos ronda la mente pero no podemos definir.

Más o menos así.

(Y no digo más, mamá).

De los errores afortunados

Tal vez el único aprendizaje que nos deja la temible experiencia de pintar bajo encargo es valorar la propia libertad creativa. Al fin y al cabo, como con tantas otras cosas, hace falta que nos birlen algo para comprender su importancia…

Pero olvidemos los disgustos y hablemos un poco de la labor usual, la tranquila rutina donde nuestro capricho se solaza a su antojo sobre el horizonte de lo posible y lo imposible.

En esos casos lo común es comenzar la pintura enamorados de la imagen que tenemos en mente. Para aquellos que trabajamos con referencias del mundo tangible, en buena medida el flechazo es previo a la obra… digamos que nos fascina determinada postura y queremos plasmarla en la tela. Lo digo por experiencia: durante mucho tiempo una simple figura sentada me bastaba como estimulante punto de partida. Y si era en un sillón ni hablar, el arrebato era completo ¡Denme ya mismo un bastidor! El sillón era mi tema predilecto, sí. Luego uno le encuentra asidero verbal y hasta conceptual al asunto, pero vamos, al principio, bien al principio, lo que debe haber es una obsesión, una urgencia por capturar una pose, un encuadre, algunos colores. Y no mucho más.

Esas posturas nos parecían la mejor excusa para disparar la plasticidad, creíamos que las posibilidades de la forma y el color se encontraban más a gusto bajo esos ropajes. Como dice Saura, eran el anclaje necesario o indispensable para probar nuestras herramientas.

Claro que el trabajo tiene otros planes para nosotros, planes que suelen implicar parejas dosis de sufrimiento y espejismos. Tras lo cual sobreviene la desazón.

Eso sí, con el tiempo nos habituamos, porque uno se acostumbra a todo -hasta a lo malo, diría Inodoro.

No sé en el otro, pero en el mundo del arte las cosas rara vez terminan bien. El secreto está en apañárselas, en dejarse llevar por la ola, en ver hasta dónde nos lleva.

Hoy por hoy, a mi juicio, mis trabajos más logrados son aquellos en los que no me reconozco.

Lo he mencionado en algún artículo previo. Y al respecto leía hace poco unas reflexiones de Juan Villoro:

”No hay garantía de que lo que escribimos tenga calidad certificada. Recuerdo una conversación con Roberto Bolaño en la que llegamos a la siguiente conclusión: la única prueba confiable de que un texto «estaba bien» ocurría cuando nos parecía escrito por otro. Esta repentina despersonalización permite la autonomía necesaria para que una obra respire por cuenta propia. Al mismo tiempo, nos priva de la posibilidad de sentirnos orgullosos de ella, pues su mayor virtud consiste en parecer ajena. Escribir significa suplantarse, ser en una voz distinta.»

Capaz ocurre lo mismo en la pintura. Lo de la voz ajena. Pero no es lo primero que me viene a la cabeza, no. Yo tiendo a ser pragmático. Y ese extrañamiento que nos ocurre sirve, creemos, para juzgar más fríos el resultado. Imaginarnos imparciales. Lo cual es una ilusión, desde luego. Pero uno vive de ellas.

En mi experiencia, ese extrañamiento ocurre en la medida en que las dificultades inherentes al trabajo fueron sorteadas con mucho más azar que habilidad.

Ocurre que al trabajar bajo encargo le cerramos la puerta al azar. En esos casos es contraproducente despegarse de la propuesta previa, del boceto inicial, de lo ya acordado. Y el azar siempre quiere alejarnos de lo pautado.

Para mí el trabajo es un recorrido que comienza en A y no sabemos dónde concluye. De modo que deshacer cada una de las sorpresas que nos depara la marcha, para llevar una y otra vez el trabajo a los cauces acordados… la verdad que me aburre.

En algún lado leí que el estilo no es más que la muy personal forma de equivocarse. A lo que habría que agregar la frase de Quino, último consuelo: “Y si errar es humano, nadie podrá negarnos un nivel de humanidad realmente asombroso”.

De los rebusques

Como suele suceder, de golpe y porrazo tenemos las fiestas encima y con ello la vorágine de compras de fin de año.

En ascensores y demás espacios de tertulia las acres observaciones sobre el clima se han visto reemplazadas por los lloriqueos ante la falta de tiempo y la abundancia de precios.

Quien suscribe no es ajeno al revuelo ni al lamento, pero dado su ánimo soñador y evasivo, tiende a imaginar que otros mundos son posibles.

Por todo esto, tras mucha cavilación y dos o tres disgustos, se propone aquí una humilde alternativa, una tibia solución al entuerto: lanzar una línea de juguetes.

20 muñecos 20 donde estén representados los diferentes estamentos que conforman este bello mundo del arte. Perfectamente articulados y en variedad de sexos.

Piénsenlo… Todos tenemos un amigo que pinta, u otro que no lo hace pero su hija sí, o la clásica tía que aburre a media familia con sus fotos por museos y galerías.

Imaginemos entonces qué lindo sería para cada caso contar con un regio juguete alusivo. Para nuestro amigo, el muñeco del “Estudiante de arte”, para la tía el del “Diletante” y para la criatura… para la criatura una pelota (que tome aire, se está poniendo verde).

Pero esto recién empieza. Además de los personajes ya citados estarían los muy simpáticos muñecos del curador, del coleccionista, del crítico, del galerista, y hasta el del mozo que sirve bebidas en las inauguraciones.

En pocas palabras, el universo entero del arte.

Sin olvidar al marquero, la secretaria de la galería, la modelo, el fotógrafo de obras, el vendedor de la artística.

Y desde luego el público en general, y hasta en tres versiones: el colado de las inauguraciones, el que colecciona folletos y la tía antes mencionada.

Cada muñeco deberá incluir un par de accesorios, atuendo correspondiente y por supuesto dos o tres líneas de texto que suenen presionando un botón.

Tal vez lo difícil sea decidir frases y prendas, porque en esos atributos se define el personaje.

El artículo principal, el Artista propiamente dicho, podría venir en diferentes perfiles, por ejemplo el conceptual, el bohemio, el depresivo. Y por supuesto el Artista a secas. Tal vez de jeans y remera blanca, los pantalones plagados de manchas y salpicaduras, para que quede claro que es la versión de fajina y taller la que estamos viendo (ya habrá tiempo para lanzar el modelo “vernissage”: las mismas prendas, una copa en la mano).

En lo que a frases se refiere, lo ideal es que fuera más de una, pero convengamos que esto no es fácil. Nadie imagina al galerista diciendo algo memorable, ni al curador algo interesante, ni al artista algo coherente.

El crítico sólo haría preguntas, al estilo “¿Dónde están las bebidas?”.

El galerista probablemente no diga otra cosa que el ya clásico “no se vendió nada; me voy al campo”.

Y el artista por su parte podría emitir un balbuceo o repetir en bucle “¡La belleza!”.

Luego estarían los accesorios, que en muchos casos vendrán a reforzar o propiciar las líneas de cada muñeco.

Al artista lo veremos con su atril y su bastidor, a la modelo con su kimono (“¿dónde lo dejo?”), al mozo con la bandeja (“¿tinto o blanco?”), al galerista con su barriga.

Y todos con una palanquita escondida en la espalda para accionar el brazo, ponerlo en alto y sacarse una selfie.

El set completo de personajes estará disponible en kioscos, artísticas y jugueterías lo antes posible, en material hipoalergénico y a precios módicos.

Reserve el suyo.

De los paseos artísticos

Estábamos el otro día con una artista amiga, mirando el mundo desde un atalaya imaginario, quiero decir con esa lejanía necesaria para juzgar impunes el producto que se desplegaba a nuestros ojos, esto es, una feria de arte.

Feria que habíamos recorrido si no largamente, al menos hasta cansarnos, lo suficiente en fin para constatar que bueno, seguramente no habría quedado mucho por ver, y si lo había ya no valía la pena el esfuerzo: era demasiada la gente dando vueltas.

Junto a ese río humano que desfilaba, como si río verdadero fuera, la reflexión parecía obligada, porque la contemplación de un fluir siempre promueve la reflexión, es un hecho.

Y de lo que hablamos, desde luego, tenía que ver con lo recién visto, era consecuencia de ello, de la desazón producida al constatar, al corroborar el pálpito de que nada habría de ofrecer la feria, el recorrido, hasta el flujo humano si me permiten.

Por ende nos deprimimos. Y decidimos bajar de las alturas y seguir a la multitud. Porque parecía lo más sensato. Porque no había otra cosa para hacer.

Y resulta que la gente lo que quería, más que ver la feria, era trocar sus vales por bebidas. Fue así que boyamos hasta las mesas de espumante.

Tras la ingesta, acicateado el intelecto por el devenir del arte, y espoleada el alma por tan bravos espíritus, me permití exponer un par de ideas que no son nuevas ni originales pero siempre consuela tenerlas, para no sentirse luego tan tenue y ligero.

(Algunos con el alcohol se ponen puteadores. A mi me da por la sanata).

Dije entonces… Primero -¡y con un dedo en alto! Que la inclinación de los artistas hacia un arte de apariencia conceptual obedece a la siguiente ley: es más fácil pergeñar algo que reclame explicación que algo que propicie emociones.

(O dicho de otro modo: el trabajo que nos emociona es el inolvidable).

-La feria está mejor este año -nos interrumpe un colega al pasar-, hay menos “cositas” tiradas.

Esa es la suerte del arte actual, al menos la de este, cuando presenta obras que en el mejor de los casos sólo sirven para producir un guiño.

Y esto en buena medida lo adjudico a un asunto coyuntural, porque el tenor de la vida moderna excluye la capacidad y el tiempo necesarios para pulir o educar la sensibilidad (se los digo yo, que uso monóculo y fumo en boquilla). El artista no tiene tiempo para ampliar su lirismo. Y el espectador tampoco, vamos. Por eso pactan ambos, tácitamente. Se contentan con una obra sin espacio para sensibilidades, porque la sensibilidad requiere empeño. Y como decía recién, no hay tiempo para eso.

El consumidor, al no tener tiempo para formar su paladar, se deja convencer por las virtudes intelectuales del objeto presentado, porque esas virtudes son fáciles de explicar y sencillas de entender. En cambio la ligazón sensible con el material es otro cantar, y requiere interminables sesiones de paladeo.

Claro que la culpa no es del chancho. Lo que nos deja en el segundo punto -y mostré los dedos índice y mayor: Dos, grité.

Como bien dice Félix de Azúa, el arte se ha orientado hacia su reflexión y no hacia su goce. Y sus abanderados lo han hecho, en un principio, acuciados por la necesidad de comprender la obra, sí, pero luego han promovido meros entuertos, donde el desciframiento es obligado, y eso nomás para mantener su nicho de trabajo.

Quiero decir que los mediadores -críticos, curadores, galeristas, el vecino, usted- en buena medida promueven un arte que lisa y llanamente los torna a ellos mismos necesarios, por no decir indispensables.

Y cuando la paranoia alcanzaba su cúspide y el grito de ¡Revolución! casi podía oírse, se nos acabó el espumante.

Como por arte de magia la gente buscó otros rumbos.

-¿Eso recién lo terminan? ¿Están sirviendo de nuevo? Nos preguntó alguien en franco deterioro.

Era hora de irnos.

De las inauguraciones

Hay días donde el artista se amanece pensando en Baudelaire y se decide a ser sublime sin interrupción. Brinca de la cama y pasa a la acción. Piensa en esos cuadros todavía por hacer y poco a poco se sumerge en la obra… ¡tan iluso, tan temprano!

El artista se imagina poseso de un dinamismo furioso, pero el espejo nos devuelve una imagen más parecida a “El despertar de la criada”: una mole semoviente, meditabunda -aunque ya quisiéramos tener tanto pecho para las balas.

Enredados en el sueño, nos movemos como un caracol. Buscamos los pantalones, la remera.

De madrugada somos más poetas que de costumbre. Le vemos la vertiente plástica y lírica a todo lo que nos rodea: el olor de las medias, el pelo que se nos cae.

Queremos vivir intensamente.

Y no nos dejan.

Primero es el artista contra el despertador. Después es el artista contra la tostadora eléctrica, el artista contra el ascensor, el artista contra el mundo.

Salimos a la calle. La gente nos señala, pero el artista se mueve impertérrito, y acostumbrado como está a nadar contra la corriente, se evade hacia sus mundos ficticios, al mejor estilo del Quijote.

Otra jornada de gigantes y molinos.

Ahora pensamos en Belmondo. Se decía que no usaba dobles de acción.

Yo tampoco los uso, y cada tanto pienso que sería bueno tener uno.

Lo mandaría a las inauguraciones…

Allí hay que sonreír hasta que nos tiembla la quijada, fingir naturalidad mientras tomamos demasiado, y hablar todo lo que no hemos hablado en los últimos seis meses.

Por eso ni bien llego tengo ganas de irme.

Saludamos a la concurrencia, y esto varias veces. Damos una ronda y descubrimos que es breve, porque estamos de nuevo hablando con la persona a evitar, esa que no recordamos cómo se llama -un “aburridor de peso”, diría Borges.

Nos salva la llegada de un desconocido que fingimos estar esperando.

-Si me disculpa…

Algunas estrategias todavía salen bien, pero el lugar está plagado de trampas: nos detiene alguien que pregunta por el artista y yo señalo el fondo del local. Allá, allá.

Hora de correr.

Pero no hay caso, nos atrapan de nuevo…

Hablamos, o casi. Balbuceamos más bien. Cuando hice este cuadro estaba muy cansado, ¿se nota?

La persona se ríe, por compromiso, pero ríe tanto que puedo contar molares. Me quiero ir.

La copa de espumante está tibia, me transpiran las manos, algo no está bien. En las fotos termino ostentando una mueca lamentable, a medio camino entre el rictus guasónico y el cartel de “buscado”.

No hay caso, en mi mente me veo sorteando los mil obstáculos que nos presenta la jornada, para caer finalmente -y con estrépito- en la fricción social.

“Es que ante a la obra se despiertan asociaciones y ensueños inefables, y es rara la capacidad para poner en palabras lo que nos acontece”, dice alguien que no conozco y parece más a gusto con mi obra que yo mismo.

De mi boca sólo salen monosílabos: sí, no, perdón, auxilio.

Puedo ver en los ojos que me interrogan la expectativa por un discurso interesante. Y eso no va a ocurrir, no.

Para evitarme el espectáculo de esa decepción, aumento la ingesta de alcohol.

A partir de entonces es la temida espiral de desinhibición y franqueza.

La realidad entra como en un bucle, se repite a sí misma…

Cuando el interlocutor me aburre, grito “¡Gutiérrez!” y me alejo alzando la mano hacia un recién llegado imaginario. Es un éxito.

(Con el alcohol uno adquiere una elegancia de anguila de lo más admirable, no hay duda).

Pero entre el gentío nos acecha todavía el demonio de la adversidad, disfrazado esta vez con su más fino envoltorio de simulación y candor: una niña de trenzas y ojos claros. Que nos pregunta por tal cuadro, y quiere llevarnos a él. Es una trampa, lo sabemos. El mefítico olor a azufre la delata. Ya vislumbro una escena al mejor estilo de “Boogie el aceitoso”: zarandear a la mocosa hasta que confiese su inspiración luciferina… un revuelo de pecas y cabellos ensortijados, chillidos, espanto.

Tengo que aflojar con el champán.

Dejo la copa y me escabullo. Y entre tanto ruido y besamanos termino frente al embajador de no sé dónde, que comprende que somos dos los que no hablamos español.

Aquí me quedo, al fin tranquilo.

Y pensar que hay días donde el artista se amanece pensando en Baudelaire y se decide a ser sublime sin interrupción…

De las greguerías

Pese a la impresión que producen tantas muestras y exhibiciones, los artistas no andan escasos de ideas, no. Lo que ocurre es que al pobre espectador lo cansan primero con la cola para las entradas, con el guardarropa, con los textos dilucidantes y por qué no con la opinión nunca bienvenida del aspirante a crítico, en la fila, en el guardarropa, y por supuesto junto al cuadro en cuestión.

Así es que al confrontar la obra tan postergada no es raro que sólo veamos un montoncito de mugre, un barullo de alambres o un enchastre de colores, pero nunca la cumbre que nos han prometido en algún lado, alguien.

Yo tengo un amigo que haría un excelente crítico de arte. Escucharlo disertar es asistir a un evento único… Posee la sutileza de un cirujano, la persuasión de un barrabrava, la sensibilidad de un callo. Una rara mezcla de eminencia y guarango. Un caramelo.

Lo raro es que sus opiniones, casi siempre lapidarias, parecen la única cura posible contra el almíbar que nos quieren hacer beber, ese que de todas formas no logra tapar el miasma que impera en el ambiente.

Dice mi amigo:

Hay dos o tres mitos insidiosos que terminan por dar mal nombre al Arte. Uno es creer que el artista se maneja con reglas diferentes al resto de los mortales…

En algún lado escuché que los abogados tapan con papeles sus errores, y que los médicos los tapan con tierra.

El artista no, el artista es distinto.

El artista puede tildar de “experimental” su obra y que además lo feliciten, le quedó divino el bodrio, ¿nos sacamos una foto?

Pues no. Cuando el trabajo sale mal, se lo guarda en casa y a lo sumo que sirva, como decía Diderot, “para asustar a los nietos”.

Nuestro amigo va a una muestra.

Damos una vuelta, me dice, miramos la obra. Es lógico que nuestra atención se desplace de las paredes a la sala, para encontrar al culpable.

¿Será aquel de la remera fucsia con la cara del Che? ¿O la señora de la cartera dorada? ¿O el adolescente cuarentón con la copa de espumante?

Se podría aventurar una clasificación de los sospechosos, al mejor y más retrógrado estilo Lombrosiano, como si hubiera ciertas constantes ineludibles. Creo que el material es tan jugoso que amerita una reseña aparte.

-¿Le gustan los cuadros?

-Bueno, dicen que un chimpancé ante una máquina de escribir, con el tiempo suficiente, podría escribir un soneto…

-¿Perdón?

-También dicen que el asesino siempre comete algún error. Aquí yo veo 14, pero no estoy seguro; ¿ese interruptor cuenta como cuadro?

Ahora el arte es un guiño y una selfie. Y si tiene gusto a poco para eso está el prospecto. Página 3, o Cómo distinguir un Duchamp de otro (urinario).

El arte solía requerir tiempo y empeño, y hoy no estamos para esas cosas.

¿El Kemble está al revés?

Y por eso, repito, tanto trabajo que apela al mismo y breve asombro que produce una curiosidad, una anécdota.

Qué gracioso, sí, el Kemble está al revés.

¿Me explico?

Hasta la próxima.