De los botones y cuántos bastan

Pese a que año tras año las circunstancias me demuestran la escasa idoneidad de realizar obras que no caben bajo el brazo, o en un taxi, o en un auto, persisto en la realización de engendros desmedidos y frágiles que me obligan al uso de terceros para su transporte.
Sí, mis alas de mariposa requieren vehículos amplios, cojines de terciopelo, manos atentas, paredes acolchadas.
Pero es muy caro.
El flete de la vuelta de casa, en cambio, es una ganga, aunque hay que hacer la vista gorda ante un par de detalles: óxidos, mugre, manijas faltantes, loneta penosa. Y no hablemos del chofer.
El fletero promedio, seamos francos, siempre quiso ser camionero, y ve todo bulto por igual, sean cajones de verdura o candelabros de cristal. Si no fuera por el aspecto desvalido del artista y los repetidos clamores de delicadeza que solicita para sus trastos, el fletero arrojaría al voleo los cuadros que le dejamos.
De allí que no quitamos un segundo los ojos de nuestras obras cuando partimos con el motorista en su bólido.
El viaje es toda una experiencia.
La camioneta traquetea, tiembla, se encabrita y amenaza con apagarse para siempre en cada frenada y semáforo. En las curvas, mientras tanto, incluso en las más abiertas y benignas, la caja y su jaula de lona insisten con seguir el rumbo previo, escorándose cual velero en vendaval, nueva torre de Pisa. Yo miro horrorizado, pero Fangio no se inmuta, escucha mensajes de audio, masculla imprecaciones y mira con el rabillo del ojo el volante y el camino, mientras su atencion la vuelca en las mujeres que le cruzan y le gustan, que son todas.
Eso sí, nunca pasamos de los 30 kilometros por hora.

¿Por qué someterse a tanto vértigo, dirán ustedes?
Porque estamos por hacer una muestra.
Y hacer una muestra, está visto, requiere de unas profundas reservas de energía y recursos que tornan al artista en un verdadero hombre orquesta, ejemplo de versatilidad y paciencia.
Resulta que la postrer instancia de la realización plástica no es el cristalino barniz de la cobertura final, o los datos al reverso, los pitones y el alambre, no; para muchos, casi todos, la cereza de la torta creativa es la ansiada muestra individual, pero para dar con ella todavía nos aguarda, insidiosa y ladina, esta suerte de ordalía, este calvario donde sólo los valientes salen ilesos.
Los demás, claro está, perdemos la salud en el intento.

Porque además del flete…
Hay que pensar en un texto que acompañe a las obras. Se sabe, las obras no bailan bien solas. Ya es un tópico corriente, todo el mundo espera que al llegar a la muestra haya un texto. Dios nos libre y nos guarde si no fuera así. Yo creo que la gente correría espantada, como si hubieran soltado a Godzilla.
De modo que hay que tener un texto. ¿Pero de dónde lo sacamos? Debo confesar que probé en varios lados y por distintos autores, y ya cansado de molestar a la gente pidiendo esa suerte de limosna verbal, me lancé a escribir yo mismo mis líneas. Creo estar autorizado para hacerlo, conozco bastante bien al artista. De modo que un buen día dije Basta, de ahora en más los textos los escribo yo. Y así estamos.
Pero la odisea no terminá ahí, no. Hay que pensar también en el folleto pertinente, llámese tríptico, díptico, tarjetón o postal. Llamesé como se quiera, pero hay que hacerlo. Porque si no lo hacemos ya se sabe, otra vez la gente corriendo despavorida, lo más lejos posible de esos cuadros.
De modo que hay que diseñar la tarjeta.
A fuerza de disgustos, con no pocas frustraciones, el artista también se ha forjado cierta opinión sobre cómo deben lucir esas tarjetas.
Encontrar a la persona idónea para realizar esos trabajos tampoco es moco de pavo. Pero dí con esa persona. Merezco la medalla.
De modo que ya tenemos el texto y el papel donde presentarlo.
Llega el momento de pensar en la ingesta, en las bebidas del evento. Que son, bien se sabe, lo que de verdad mueve al público. Nadie va a prestar atención a las obras, de eso hay que olvidarse, lo que la gente quiere es tomar algo, abanicarse con la postal y charlar con el espectador más cercano.
No sé de dónde saqué otra idea.
De modo que hay que peinar el mercado en busca de esa botella preciada, la que ostente el precio justo y todavía sepa a vino. Un punto por arriba del vinagre, sí señor, pero con etiqueta sofisticada.

Así que ya ven, son muchas las instancias de lucha, muchos los obstáculos a sortear.
Y por si eso fuera poco, cuando al fin tenemos los cuadros embalados, las cajas de vino y los panfletos pertinentes, no va que me dicen que hay que mantener la distancia, no sacarse el barbijo, y entrar de a uno a la galería.

En fin, nadie va a ver los cuadros.
Pero quien sabe, capaz eso sea bueno.

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