De la modelo

Trabajar con modelo tiene sus bemoles. Quienes lo hacen de forma regular van acumulando un rosario de anécdotas de lo más entrañables, qué duda cabe.

Resulta que los artistas, tras hablar de su propia obra, suelen recalar en la periferia que la acompaña. Ustedes saben, el clima, el alquiler del taller, la impertinencia de tal o cual alumno. Y la modelo, desde luego.

Hay quienes la eligen por su garbo, su estatura, su delgadez, su exuberancia o su turgencia. Pero eso sí, donde todos están de acuerdo, lo único que se le pide a la modelo, lo primero que se espera de ella, es que se quede quieta. Y en esa cualidad le va su reputación. Se intercambian teléfonos los artistas y les basta una mirada de entendimiento para saberlo. Hay una cabeza que asiente y otra que calla. Nada que agregar.

Lo paradójico es que la modelo, precisamente, está ahí para moverse, fingiendo que se queda quieta. Y se moverá como lo hacen todos los mortales, que cuando les pica se rascan.

Por eso, a menos que los movimientos deriven en convulsiones, nadie debería preocuparse. Todo lo contrario. Hay que dar la bienvenida a lo inestable. En ello radica parte de la dificultad, del desafío. No solo el operativo de pasar a dos dimensiones lo que acontece en tres, sino también el cambio constante del punto de mira y la sábana mutable de la piel al desnudo.

Claro que si frente al trabajo terminado nos reclaman mal desempeño, ausencia de gracia o falta de parecido, siempre podemos argumentar que la modelo se nos movió justo entonces.

Yo he tenido mis rachas de trabajo con modelo, pero siendo sincero diré que es una labor con más problemas que soluciones, y por una cuestión de comodidad sigo prefiriendo la sesión fotográfica. Me incomoda tener a alguien ejecutando torsiones, sosteniendo posturas. Me impide pintar tranquilo, la comunión íntima entre el pincel, los colores y yo. No necesito compañía para eso, muchas gracias.

La fotografía del modelo en cambio nos brinda lo indispensable y nos reduce al mínimo el contacto humano, que andando el tiempo, ustedes saben… Houellebecq lo resumió más o menos así: “Uno se conoce a sí mismo en el contacto con los demás, y por eso el contacto con los demás es insoportable”.

De forma que trabajar con modelo saca a la luz, en última instancia, nuestra cintura social, que siempre ha sido inexistente.

Por eso las fotos.

Vale aclarar también que yo no suelo trabajar el desnudo como tópico. Parece que me intrigan más los dobleces del vestido que los de la piel.

Pero como digo, si la confrontación con el otro afecta de alguna manera nuestros sentidos, hay algunas variantes para sortear el escollo, además de la fotografía. Y son alternativas que pueden resultar muy útiles. Hablo de la estatuaria, o del famoso maniquí. Un avatar de modelo, si se quiere.

Como mencioné en otro apartado, yo tengo un maniquí de confección propia, articulado, casi de dimensiones naturales. Me tomó sus buenos meses realizarlo, tornear la madera, esculpir el rostro, confeccionar las articulaciones. Pasado ese período el trabajo dejó de interesarme. Nunca realicé con él las pinturas imaginadas, los dibujos soñados. Todavía no será su momento, digo yo. Paciencia.

Ahora está en el baño, y me mira. Tiene algo siniestro, sin duda, esto del maniquí en tamaño natural. Por suerte ya estoy grande, y más me asustan otras cosas, como el contacto social.

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