De las quimeras

A primera vista el almacén “Alegría” no parece diferenciarse de los demás. Tiene las mismas góndolas atestadas de productos importados y el mismo tufo inclasificable que emanan también los otros locales del llamado “Barrio chino”. Incluso tiene un par de curiosos que parecen los mismos de los otros sitios, y hasta la cajera es como un clon.

La única diferencia está en las enormes peceras del fondo del local: la de la izquierda con cangrejos, la de la derecha con sirenas.

La verdad es que me cansé de buscar excusas para ir a verlas, y ya no simulo revolver artículos o comparar precios, paseando alrededor de las góndolas, haciendo círculos que se van cerrando, que me acercan al final del pasillo central. No, ya ni siquiera tomo un carrito, simplemente voy al fondo y las miro. Son dos niñas de ojos verdes y cabellera ensortijada que se aburren de hacer piruetas en el agua salada.

No soy el único que pierde su tiempo contemplándolas. He visto a más de uno marcharse con media sonrisa, la cabeza muy lejos, pensando tal vez en aquellos sueños, los que vamos olvidando, ocupados en lo urgente.

Siempre viví a la vera del Barrio Chino, y a través de los años me he habituado a sus rarezas -por ejemplo la casa con el televisor oculto entre la hiedra, las 24 hs encendido en un canal propio, bucle de imágenes dispares (ovejas en un prado, elaboración de caramelos, todo en blanco y negro).

Pero el premio se lo llevan estas chicas escamadas, no hay duda. La sorpresa que generan. La fascinación que despiertan.

Desde hace unos días hay que codearse un poco para hacerse lugar, pero eso era esperable. El día menos pensado habrá que sacar número. Raro es que todavía no le encuentren una veta comercial. Gente no falta. En alguna charla con los curiosos ha salido el tema, qué harán con ellas, de dónde las habrán traído. Pero mayormente es una contemplación muda, la función se realiza en silencio.

Una vez alguien sacó una cámara. La idea me pareció buena, casi obvia, cómo no se me había ocurrido. A las sirenas, en cambio, no les gustó ni medio. El flash las espantó, se revolvieron bruscas hacía el lado más oscuro. Uno de los empleados fue a botonear adelante y vino el patrón, en ojotas. “No foto”, dijo. Eso fue todo.

Les dan de comer pescado dos veces por día. Y es un espectáculo aparte, porque uno jamas diría que tales encantos tuvieran un lado salvaje. Parece contradictorio. Como unicornios carnívoros. Tal vez demuestra que en este nuestro mundo todos están devorándose entre sí, incluso los seres de fábula.

Un buen día me iluminé y decidí que lo mejor era dibujarlas, tomar bocetos para un cuadro mayor.

Hablé brevemente con el dueño, que no quiso saber nada. Le expuse mis razones, le argumenté, le imploré, pero como toda respuesta recibí un movimiento rotundo de cabeza, una negación enfática que se entiende en cualquier idioma. El hombre no quería oírme, la respuesta era no.

Lo que terminé haciendo fue lo mismo que hacía antes, quedarme parado mirando a las niñas, esta vez munido de un pequeño bloc y un set de acuarelas. Que me echaran si querían. Después de media hora me compraba una gaseosa, un vaso con fideos secos, cualquier cosa. Y así estuve algunas semanas. Porque era difícil captar el movimiento ondulatorio, casi hipnótico, los brillos de las escamas, el perlado, la flotación ingrávida del cabello.

Creo que lo logré. Me costó lo suyo, pero lo logré. ¿O no?

Me sigue pareciendo que cierta magia quedó afuera.

Lo sospecho cuando la gente al ver el cuadro me dice, por compromiso, “lindas las anguilas”.

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