De las cartas de intención 

No hay caso, con los años nos ponemos reflexivos.

Atrás quedan el atropello y el frenesí. Cada vez nos tomamos más tiempo para meditar las cosas -y ahora las cosas nos atropellan a nosotros.
En realidad desde que era chiquito el asunto venía mal barajado. 

Ya entonces quería ser artista.

Claro que mi padre no compartía mi optimismo. No me lo decía, pero se le notaba en el semblante, en la manera de estrujarse las manos y mesarse los cabellos…
Por aquel tiempo en casa de mi abuela paterna había un objeto de lo más curioso: un zapatito infantil que lo habían sumergido en bronce. El resultado era un bodoque de apariencia inocente que pesaba lo que un adoquín. Imagino que su propósito era inmortalizar el recuerdo de la efímera infancia (y convertirse en toda una metáfora sobre los recuerdos).
Pues bien, a mí con las palabras me sucede algo parecido: tiendo a verlas en bronce, en mármol. Tienen la mala costumbre de solemnizar todo lo que tocan, si uno se descuida.

Para evitarlo hay que tomarlas de las patitas, a las palabras, mirarlas a trasluz y sacudirlas un poco, para que descarguen algo de tinta, se suelten el moñito y el monóculo, y luego se paseen por la hoja ya menos acartonadas.
De modo que si vamos a hablar de arte, que es lo que intentaré hacer aquí -de tanto en tanto-, trataremos de evitar las recetas y los preceptos, los decálogos y dogmas. Más bien serán apuntes y anécdotas, a modo de juego y ejercicio…
Hay una escena en ‘Blade Runner’ donde el personaje llamado Sebastian -sin acento- llega a su casa y lo recibe una comparsa de enanos, androides, sus propias creaciones, sus juguetes.

Un poco así me siento al llegar cada día a mi taller.
Si voy a ser franco, a mí me genera una muy mesurada satisfacción la compañía de mis juguetes, de mis obras.

(Como el zapatito del que hablaba, uno trabaja con cierto anhelo de trascendencia. Y ambiciona que el cruce de líneas y colores creen una cobertura, una confitura donde atrapar la chispa de lo inefable).

Suelo tener siempre algunas obras colgadas, recientes, para testimonio de lo que me propongo hacer en el trabajo de turno. 

Ayer era una silueta. Brazos al desnudo, remera naranja. Me quedaba un brazo por pintar. Y será una cuestión de impurezas en el pincel, de mala orientación del eje terrestre y cosas así, sobre las que no tengo injerencia, pero el tema es que la piel de ese brazo no había modo que quedara igual a la anterior.

Hay personas con singular habilidad para remedar el tinte justo, la combinación exacta de colores, pero no es mi caso, no. Tengo una ligera intuición al respecto, y nada más. 

Dados a elegir, suelo preferir lo que venga del pomo. Pero la piel, por más que he revisado catálogos y folletos, no hay marca que la ofrezca, y uno está condenado a tener que armarla.

¡La de tiempo que habré pasado en la mansa labor de amasar ese magma!

Tiene algo de alquimista, esto de los colores. Una pizca de blanco de titanio, una cucharadita de aceite de lino. Salpimentar a gusto. 

Pero ayer no había manera.
En casos así yo entro a mirar la paleta, para ver si entiendo lo que estoy haciendo mal. Y la miro, y la miro… 

Si estoy con suerte, de golpe comprendo que me está faltando naranja, o verde, o un trago.
Al Sebastian ya citado sus enanos le servían una copa, ni bien llegaba a casa. Mis juguetes, lamento decir, son sólo de pared.

La vida en el taller tiene esas frustraciones.

Y de eso también intentaré escribir. De los avatares y las delicias que la pintura genera aquí, entre estas cuatro paredes. 
Ojalá el resultado quede como para sumergirlo en bronce.