De las malas palabras

Mi artículo anterior culminaba con el refrán que da inicio a la novela “Un mundo para Julius”, del peruano Bryce Echenique.

Al pobre Bryce, uno de mis autores favoritos, con el tiempo lo han venido acusando de plagio, acusación que en el ambiente artístico es anatema: por un lado entraña maldición y por el otro acarrea -de algún modo- excomunión del seno creativo.

Acaso Bryce Echenique, de pequeño, cuando aún lo llamaban Alfredito, no llegó a aprender las diferencias entre autoría y plagiar (“copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”).

Yo tendría 6 años cuando descubrí el diccionario. Lo primero que hice fue buscar las palabras prohibidas, que no eran las recién mencionadas, desde luego, sino las más llanas y pedestres de culo, teta, concha y pedo, si me permiten el exabrupto y la franqueza. Quedé boquiabierto al constatar que el libro de verdad las consignaba. Era para morirse de risa. (A los 6 años todo mueve a risa -y así seguimos hasta la mayoría de edad; luego nos lo quitan con el sufragio universal. Desde entonces los que se ríen son los otros).

Pero volvamos a lo nuestro. Aquel chiste dura poco (se lo bisbisea en la fila del colegio, se comparte en conciliábulo el hallazgo, se lo festeja y ya), pero igual comprendemos que sigue siendo útil el mamotreto.

Cada disciplina va vertiendo allí su léxico específico.

Desde el diccionario secreto de San Camilo, hasta el “Suplemento” de Bruno Munari, sin olvidar el de Bioy Casares ni mucho menos el de Félix de Azúa, los diccionarios gozan de mi simpatía e interés. Es natural entonces que dedique un pequeño espacio a pensar en ciertas palabras.

Me interesan las marcadas, las subrayadas en rojo, las denostadas.

Mi breve lexicón debería contener las que usan contra nosotros, las que usamos contra el resto, y las curiosidades, aquellas que el tiempo ha tornado inocuas o sobre las que no entendemos los reparos ajenos.

De las primeras, si hubiera que establecer una tabla de posiciones sospecho que el podio lo llevaría “ilustración”.

A los artistas figurativos tarde o temprano los tildan de ilustrativos. (Porque a los ilustradores jamás los tildan de artistas. Brad Holland señala con amargura esa ley en un párrafo destacado).

Llamar ilustrativo al artista suele tener una intención peyorativa.

De modo que ilustrativo puede ser una mala palabra, tal y como puede serlo “animal”, dependiendo de la intención del hablante.

Y hablando de animales, yo tuve una profesora en el Bellas Artes que nos decía que estaba mal hablar de influencias, y en realidad había que decir que el artista “abrevaba” en la obra de otro. Como un caballo, sí.

Vaya uno a saber por qué le dolía aquella palabra y no esta última, a mi juicio más incómoda. Estoy seguro que el artista en cuestión estaría más contento con el léxico corriente. Si uno toma algo de la obra ajena es por clara afinidad con ella y no para saciar necesidades fisiológicas. (“El plagio es un homenaje”, afirma Bryce Echenique).

Pero bueno, yo también tengo un glosario de palabras y expresiones en entredicho (el nombre de esa docente, por ejemplo).

Muchas de esas frases y palabras fueron acuñadas demasiado tiempo atrás, cuando la cerrazón y el dogmatismo trataban de camuflar la inseguridad o la ignorancia.

Claro que en muchos casos esa condena se ha levantado, y palabras como “abstracto” y “conceptual” gozan ahora de la misma libertad que sus pares.

Otras en cambio continúan dando que hablar.

La primera es aquello del “sin título”.

Yo tenía una guerra declarada contra el “sin título”. La verdad es que no podía concebir la existencia de tamaño vocablo, me parecía una aberración.

Con el tiempo he ido aceptando que a veces es posible -aunque nunca inevitable- renunciar a nuestros mandatos bautismales y convenir que lo inefable tiene derecho a existir, mayormente en obras abstractas o conceptuales.

(Claro que muchas veces el “sin título” es simple y natural consecuencia de la afasia del artista.

Y otras veces es forzoso concluir que allí no hay nada, que ni nombre cabría ponerle a la obra. En esos casos el “sin título” queda bien, sí).

Otro término memorable es “duro”.

Vemos un dibujo donde al modelo le han birlado el cuello, o la postura general tiene la rigidez de un turrón, y por no contrariar al autor, que lo tenemos al lado y orgulloso, decimos que está un poquitito “duro” el trabajo.

Había otro docente en el Bellas Artes que para evitar este término, frente a obras como la aludida, hablaba de trabajos “pre renacentistas”.

En fin, a veces el eufemismo es peor que la franqueza. Y esto pone en evidencia otra cosa.

En materia artística, cuando decimos que nos gusta una obra lo que estamos diciendo es que nos gusta el autor. Por el contrario, «decir que no nos gusta una obra es hacer una declaración de enemistad. Se cree que el juicio recae sobre lo que hacen los autores. Pues no: recae sobre lo que son» (C. Roy).

Y si no pregúntenle al pobre Bryce Echenique.

De la enseñanza

A mi me contaron que el grafólogo era un señor que podía trazar el perfil psicológico de una persona basándose en el mero análisis de su escritura. Digamos que si usted escribía “mi casa” de puño y letra, la forma del punto de la i o el tamaño de las a lo delataban, dejaban en claro que usted es demasiado posesivo y que cuando era chico… bueno, mejor ni acordarse de cuando era chico. El asunto es que a mí todo eso me olía a superchería, qué quieren que les diga. Pero mayor fue mi sorpresa al saber que había un paso más, una macabra vuelta de tuerca -ya de franca coerción si me permiten-, que se proponía enmendar ese perfil mediante la corrección de aquella escritura. Resulta que eliminando el puntito de las i usted se volvía a casa lo más pancho, porque ahora ya no era un tipo posesivo y le daba lo mismo esa casa como cualquier otra.

(Como digo, superchería).

Pero mejor cambiemos de rubro. Leamos a Mircea Eliade.

En “Herreros y alquimistas”, además de sorprendernos con los intríngulis de la minería en ciertos pueblos originarios, Mircea nos revela también que el alquimista real no cuadra exactamente con el fulano de la versión novelesca, ese que se pasaba la vida entre retortas y alambiques, escribiendo fórmulas ilegibles en amarillos pergaminos y quemando todo lo que encontraba a su paso porque tenía la idea fija con aquello del oro.

La verdad que el alquimista estaba un poquitín perdido, desde luego, pero así y todo con mucha curiosidad científica. Lo malo es que a pesar de tanto empeño reivindicatorio al pobre se lo habrá siempre de recordar con algo más de brujo que de doctor y, obviamente, por esa quimérica búsqueda suya de la piedra filosofal.

Decían ellos que el oro es el metal perfecto y maduro y que el resto de los metales, con tiempo suficiente, se transformarían en oro. El trabajo del alquimista era acelerar ese proceso. Lo interesante es que en el camino de esa transmutación, de ese perfeccionamiento, se iba trazando una equivalencia en el perfil del alquimista. O sea que las operaciones sobre la materia tenían un trasunto personal.

Tal y como nos lo proponía antes el grafólogo, mediante la manipulación de la materia se operaba también un mejoramiento en el hombre.

Todo esto me recuerda al cuento “El acercamiento a Almotásim”. Allí Borges relata la búsqueda de un ser luminoso, un santo, un sabio, cuya existencia se sospecha a través del reflejo que esa luz deja en los otros. El protagonista deambula por toda la India, siguiendo las elusivas pistas de esa presencia. Y en las peripecias y reflexiones poco a poco comprendemos que ese “acercamiento” implica un ascenso espiritual, y acaso la confrontación final, que no vemos, es la del protagonista con sí mismo.

Ahora bien, la corrección permanente del artista sobre su obra, sobre su “escritura” -al fin y al cabo suponemos que así de personal es su trabajo-, ¿no tendrá un correlato en su propia persona?

(Si nos remitimos a las pruebas es probable que la respuesta sea un NO rotundo y una sonora carcajada.

Es cierto que a muchos artistas les agarra la veta mística, todo sahumerios y mandalas, pero ¿será realmente porque sienten una relación demasiado intensa entre lo que son y lo que hacen? Los escépticos dirán que son los vapores de la trementina, y los demás que son otros los humos, pero lo unánime es que algo se les subió a la cabeza).

El artista está siempre tratando de enmendar su labor, puliendo limitaciones, esquivando el error, acercándose, paulatino, a esa inalcanzable idea de obra. Esa meta cuasi filosófica. Esa piedra filosofal.

Me atrevo a decir entonces, y aunque suene pretencioso, que algo así subyace en cualquier búsqueda. Y que todo aprendizaje tiene una mira excelsa. Incluso en el arte.

De modo que cuando corrijo mi hacer estoy aproximándome, poco a poco, a una mejor versión de mi mismo.

Y ni hablar cuando corrijo al alumnado.

“Lo que Juanito no aprende, no lo sabrá nunca Juan”, les digo en tono maternal. Luego les hago escribir “mi casa”…

De las charlas de café

Desde que inventaron el psicoanálisis nos han acostumbrado a buscar en la infancia y los padres la justificación de nuestra biografía, privándonos de achacar a los astros o a las vidas pasadas nuestras actuales obsesiones y metidas de pata. Una verdadera lástima. (Aunque endilgar todo error a los padres no está nada mal tampoco, eh).

Yo juraría haber sido un egipcio altivo y tostado, frénetico constructor de pirámides, o un soñador de pabellones en la China imperial, y resulta que no, que la realidad es mucho más gris y pedestre: De chico no me compraron el mecano. Eso es todo.

Por eso hay tanta carpintería en mis trabajos.

Y aunque hoy de verdad me entretengo con tornillos y maderas -en clara actitud compensatoria-, en realidad no hay estructura que llene el vacío formado hace una punta de años, allá lejos y hace tiempo, cuando me tuvieron que jalar entre 3 empleados para que largara la tan preciada caja y me fuera de una vez de la juguetería.

34 años después, sólo nos queda el diván y la caladora, pero a veces me gustaría ser más proclive a la superchería y excusar mis desbarros en Júpiter o piscis o mi encarnación previa.

Pensar que en otra época el artista podía confesarse inspirado nada menos que por la divinidad, y si la divinidad estaba ocupada ahí lo teníamos a Lucifer. Qué tiempos aquellos.

Hoy en cambio el único antepasado que se nos permite traer a cuento es al Australopiteco o al hombre de Neandertal. Y convengamos que su mención rara vez es buena, si de parangones estamos hablando.

Imagine usted que en lugar de apelar a un glorioso pasado renacentista para justificar sus garabatos, el artista sólo puede esgrimir la sombra cavernaria de algún melenudo antropoide con cierto aire a Chewbacca, o sea el animal más parecido al hombre.

Entre Sigmund y Darwin hemos salido todos perdiendo, me parece a mí.

 Por eso al hablar de mi trabajo aburro al público a fuerza de recuerdos y fotos, ese soy yo a los 3 años con mi serrucho de plástico, cuando en realidad mucho más glamoroso sería confesar con un guiño que Aquí donde me ven yo alguna vez estuve pintando mosaicos en la remota Alejandría, iluminando manuscritos en la corte del Gran Khan, o sacándole punta al tótem más alto de la costa del Pacífico.

La gente me mira torcido, desde ya, y sospecho que a la hora de establecer comparaciones piensan más bien en el cocinero de los Muppets.

En fin, cambiamos de táctica, carraspeamos fuerte, y muy solemnes decimos que en mis obras hay una muy clara referencia a Velázquez, ya que al lado de él todos somos enanos. 

Los demás asienten, qué duda cabe.

Es que en esta era racional el artista sólo puede hacerse el loco sobre la tela, después tiene que comportarse como un señorito.

Hoy por hoy el artista ya no escucha voces, el artista ya no habla solo, a lo sumo el artista “dialoga” con los grandes maestros, lo que es una suerte de licencia poética, y eso es una suerte.

Ahora el artista habla de Hegel, Danto y Nietzsche, pero en el fondo se aburre de tanto Danto y cuando llega a casa prende la tele.

En mi caso, si bien paladeo tramas y personajes en cuentos y novelas, a duras penas recuerdo los conceptos y abstracciones de los ensayos. No quiere decir esto que no disfrute ni busque la compañía de este tipo de libros, pero los vericuetos de la ficción me resultan imborrables y en cambio en los otros casos rara vez ocurre lo mismo. A esta falla puedo adjudicar numerosos borchornos (el último Adorno no es el piercing, vine a descubrir), pero así y todo sospecho que me defiendo. 

Lo cierto es que aunque el artista se pasa la vida generando ficciones, a la hora de hablar de ellas todo el mundo espera el ensayo y las instrucciones, nada de magia o fantasía.

Eso estuvo muy bien pero ahora hablemos en serio, ¿qué quiso decir con ese color rojo?

“Yo elijo rojo porque me place”, digo con mi mejor acento castizo, emulando al carpintero Fabio Alberti, pero la cita pasa desapercibida y el humor se disipa. 

Y así es mejor. Las bromas -y muchos cuadros- no pueden explicarse.

De los tachados

Creo que es en “La conquista de América” donde Todorov explica que al otro, al extraño, es inevitable verlo primero bajo la forma de nuestros prejuicios y fantasías.

Nos choca antes que nada por desconocido, y por eso lo vamos llenando con lo que dentro de nuestro universo mejor le sienta.

Lo vestimos un poco a la ocasión y desde nuestra ignorancia. Como en el Hollywood de Oro, donde un gaucho más parecido a Aladino bailaba el tango.

Salvando las distancias, con los cuadros ocurre algo semejante pero inverso: no es lo desconocido, lo ignorado, lo que precisamos arropar con nuestros prejuicios, sino que necesitamos la orilla de lo transitado para atisbar, invocar y propiciar mejor lo desconocido. De él, de lo nuevo, sólo sabemos que no habrá de parecerse a lo demás, y tal vez por eso en el borde del retrato, nuestro campo usual, violentamos las formas, introduciendo el borrón, la mancha, cualquier gesto que no parezca pertenecernos, que no nos sea familiar.

Borges dice que no sabemos qué forma tiene el unicornio, y por eso lo reconstruimos con lo conocido más a mano, con lo que, según creemos, más habrá de parecérsele.

Y donde esa manta queda corta, ahí sospechamos que habrá de asomar el unicornio verdadero.

Ahora bien, cuando en los retratos invade poco a poco la mancha, podemos vislumbrar en ello tanto la psicología del retratado como el afán plástico de forzar el lenguaje hacia algo nuevo. 

Si creemos en la magia de la imagen, en el ícono, veremos ganar la batalla a la psicología, adueñándose de ese gesto. Si en cambio creemos en el cuadro como superficie plana donde conviven colores, será lo plástico quien se lleve los laudos.

Creo que lo interesante, al obrar, es hacerlo en ese filo de la navaja entre ambas acepciones. Escila y Caribdis. 

Si tomamos partido por una corremos el riesgo de acercarnos a la caricatura, a lo grotesco. Si es la otra vertiente por quien nos inclinamos, allá lejos estará la abstracción.

Por eso en muchos de mis trabajos, cuando lo fotográfico o lo cándido amenazan con tornar el relato en un campo librado a lo ya reconocible, se oblitera la imagen mediante el tachado brutal.

Y ese gesto propicia otra reflexión.

En esta época donde parecen superadas la magia y las supersticiones, todos ríen si alguien confiesa temor a que le roben el alma con las fotografías, pero intuyo que en el fondo a todos les pone la piel de gallina la idea de romper una imagen de alguien querido (de sus padres, pongamos por caso). Ese prurito pone al descubierto que el poder sigue latente y que sólo ha cambiado de lugar.

Tiene algo de sagrado, intocable, el rostro. Por eso si el tachado opera en cualquier otra parte del cuerpo no hay registro emocional, el asunto es fácilmente clasificable como gesto pictórico. 

Sobre la cara, en cambio, siempre es algo más.

En esa ganancia, en ese recuento de monedas, el artista hace su juego.

Ocurre luego lo inevitable, y es que a fuerza de repeticiones se torna uno estetizante, empezamos a verle un lado bello a todas las cosas. Incluso a los tachados y salpicaduras.

Umbral habla de la belleza como una yapa, como un plus. Y estoy de acuerdo.

Así como algunos necesitan del televisor para orientar los muebles, yo necesito de la belleza para darme por satisfecho, para decir basta, hasta acá llegamos, ya quedó bien el borrón, el tachado. Y tanteamos y probamos hasta que la magia aparece. 

Por eso, aunque la operación más arriba descripta parezca racional, es esa búsqueda de lo bello, esa caza del unicornio -que no puede apoyarse más que en la intuición-, lo que subyace constantemente, y torna todo el ajedrez en un juego de azar.

Del dibujo al garabato

He leído en algún lado que muchas veces para aprender a dibujar el niño copia historietas, y hasta que no se sabe al dedillo la sonrisa boba de Tribilín o Larguirucho no está contento (lo leí hace años, sí).
Yo tuve una etapa semejante, o semejante etapa, pero creo que de verdad aprendí a dibujar más tarde, cuando copiaba como podía las ilustraciones de Norman Rockwell en las revistas norteamericanas que juntaban polvo en casa de mi abuela. O tal vez aprendí después, cuando me propuse dibujar de memoria a mi compañera de banco en el colegio secundario, ansiando el día donde en pleno alarde adolescente le mostraría que de la hoja de carpeta y como por arte de magia brotaba su rostro diáfano de quinceañera. O acaso aprendí mucho más tarde, ya en el Bellas Artes, donde me sometí a una rutina de registro de estatuaria que a la postre no tendría provecho alguno.

Lo que seguro se transparenta, lo que se evidencia, es que por entonces mi comprensión de un buen o mal dibujo lo definía la fidelidad a la referencia. Alguien con mayor olfato hubiera pronto intuído que ese no era el rumbo, no al menos el único rumbo, y que la magia de la línea podía acontecer por sí sola y sin apego a referencia alguna.
En esa época el dibujo debía ser mi única certeza. Siempre fui un poco escuálido y azorado, redoxón y cataplasmas. Entre otros miedos, uno vivía con el pánico a perder la mano, la facilidad. Buena parte del deleite de dibujar era constatar que la destreza seguía intacta, que el cuerpo respondía, que no era cuestión de suerte. Y encarábamos el dibujo tanto para sacarnos de encima el afán de hacer como para disipar esa duda corrosiva.

Luego uno comprende que es el ojo y no la mano lo que se entrena, y al cabo tenía razón aquel profesor, en el primer año de la Pueyrredón, que nos decía a todos -en tono maternal-, que no dibujábamos mal, sólo “mirábamos mal”. Y bueno. Puede ser.

Lo que uno va asumiendo, a puras frustraciones, es que en realidad nunca aprenderemos a dibujar. Como el caldero al final del arco iris, siempre habrá una meta más lejana. Los que dibujan bien son los otros. Y punto. 

El parámetro con el que definimos esa capacidad ajena fue mutando a lo largo del tiempo. Ya dijimos que la fidelidad al modelo ha dejado de ser excluyente. La verdad es que se puede ser buen dibujante sin importar el asunto dibujado, tal y como se puede ser buen escritor desde el más banal de los temas. El asunto está en transmitir pasión, incluso por ese tema banal.

Lo malo es que andando el tiempo han terminado por engañar al espectador y hasta lo han convencido de la existencia de aquella pretendida pasión, incluso cuando el cuadro a todas luces lo desmiente y parece más bien una de las más cuadradas formas del tedio.
Podríamos decir que del público de artes plásticas se espera un perfil opuesto al del lector de novelas policiales, que está siempre desconfiando del autor. El espectador de artes plásticas en cambio tiene que ser muy crédulo, tiene que aceptar caramelos de los extraños, y por eso termina por aplaudir la presencia del lampazo junto a la salida de emergencia en la sala de exposiciones -olvidado por el personal de limpieza-, tomándolo como un guiño genial del autor.
(Yo sospecho que esto es así porque es mayor el miedo del público a que lo pesquen haciendo el ridículo, desdeñando lo que luego, a fuerza de retruécanos, podría ser la última y excelsa elucubración de la plástica (hablo del lampazo)).
Al espectador lo han mareado tanto que a todo dice que sí y prefiere sonreír cuando no sabe de qué se trata. Ese esquema propicia abusos, desde luego. Muchos artistas dan por sentado que la cosa más insípida que ofrezcan será aplaudida y celebrada, y que en última instancia a fuerza de interpretaciones se le puede sacar agua a las piedras.
Con el sistema ya santificado y funcionando, al público no le queda otra que continuar con la farsa y ovacionar de pie cuando lo piden los anuncios, ¡qué bien lo de fulano!  Incluso cuando fulano dibuja como Tribilín y tiene menos luces que Larguirucho…

De los ensayos para La Victoria

Cuando decidí ser artista me propuse un montón de cosas que por suerte olvidé. La principal de ellas, la de ser artista, pronto comprendí que no podía decidirse, y con eso saldado me resultó mucho más fácil proponerme las otras cosas que había olvidado. Esta vez lo primero que hice fue anotarlas. Taché lo de ‘artista’ y escribí ‘pintura’.

La pintura, de creer en las noticias, lleva tanto de muerta y resucitada que parece una película de zombis. La vuelan con pólvora, la cosen a cuchillazos, la muelen a mazazos y la pobre todavía se las apaña.

Yo, de temple romántico, no dudé un instante: sería pintor.

Luego, intoxicado por el riesgo, redoblé la apuesta: ¿Por qué no pintor ‘figurativo’?

Verán, en la actual familia del arte el pintor figurativo viene a ser la mosca blanca o la oveja negra (eso va en gustos). Un aristócrata empobrecido y algo quijotesco al que todavía se lo invita a la mesa, pero cada vez más lejos de la cabecera y en una silla que no casa con las restantes.

Parafraseando a Borges, diremos que ser pintor, figurativo, sudamericano, lo transformaría a uno en una suerte de Llanero Solitario.

No necesitaba más. En muy esmerada caligrafía anoté ‘figurativo’.

Sólo restaba comenzar a pintar… ¿pero pintar qué?

Anoté “ideas” y me quedé esperando.

Pasaron los días.

Rauschenberg dice que para realizar un buen cuadro hay que hacer de cuenta que se tiene una idea.

Aquello se dice muy fácil, y parece al alcance de todos, pero lo último no es tan sencillo, no. A veces esa idea no aparece ni aunque hagamos de cuenta.

Es bueno rememorar frases ajenas cuando nadamos en el lodo de la frustración -por si nos tiran una línea que nos ponga de nuevo a flote.

Recordé entonces las palabras de Macedonio y pensé que con lo que ignoro del tema “ideas” se podrían escribir varios libros…

Ahora bien, Stephen King justifica la abultada extensión de los suyos señalando que los cuentos infantiles, aunque resumibles a un solo párrafo, pierden en la operación la mucha miga que brindan los detalles.

A mí me gustan los cuentos infantiles. Allí suelen ocurrir las cosas más grotescas y descabelladas. Los zapatos bailan solos, los conejos toman té. Por un momento todo parece patas arriba… pero no: lo que en otros ámbitos es absurdo aquí en el arte se da por válido y pertinente.

Llegados entonces al reino del carnaval, resulta incluso muy fácil comprenderlo todo desde la negativa, porque ¿quién necesita ideas a la hora de pintar? La operación se torna en una suerte de “batalla naval”, trazando un mapa a fuerza de intentos fallidos y frustraciones.

Y cuando damos en la tecla es natural que sepa a victoria.

Zombis, Llanero Solitario, Stephen King…

“Tengo que ver menos televisión”.

Eso fue lo último que anoté.

De las estrategias

Alguna vez leí que dentro del plan general de modernización de los zoológicos un ítem importante es la nueva dinámica de alimentación: se les esconde la comida a ciertos animales, incitándolos a su búsqueda, para paliar así el sedentarismo y la apatía del encierro forzado…

Yo cada tanto me escondo un cuadro, aquí en el taller.

Me dejo algunas pistas, pinceles sucios, pomos abiertos, y me pongo a buscar. Revuelvo cosas, finjo no ver lo que he escondido y saco a la luz obras inconclusas, olvidadas. Me entretengo, en pocas palabras.

Con suerte algún trabajo largo tiempo descartado nos parece ahora fulgurante, porque comprendemos que viene de perillas para hacer sobre él la nueva idea que estábamos rumiando.

(Es un poco como la exploración del Pacífico: uno termina siempre descubriendo la tierra que no estaba buscando).

Me gusta trabajar sobre obras descartadas, le suman un sustrato caótico a lo nuevo (y ni hablemos de la satisfacción que genera el reciclaje). Creo que por más soltura que uno invoque, los trabajos siempre presentan constantes racionales: simetría, ejes, equilibrio… de modo que uno tiene que contentarse con cualquier migaja que introduzca un poco de aire fresco. Si la obra la hacemos sobre un trabajo pretérito, el cruce de lenguajes (lo nuevo sobre lo viejo) crea una grilla original, por fuera de nuestros patrones usuales.

Y a eso le damos la bienvenida.

Bien mirado, esto de contar con un ingrediente confundidor pareciera mostrar cierta necesidad de trabajar borrando nuestras huellas. Así descubrimos que el reconocimiento del propio trazo es rechazado… Lo cual parece un juego de espejos o cajas chinas: Primero nos escondemos la obra, luego a nosotros mismos.

Claro que a veces todo el esquema fracasa, no encuentro ninguna obra descartada y el mundo apesta. Me voy de un portazo. Camino hasta la galería más cercana, que es bastante lejos. Lo suficiente para hacerme olvidar por qué salí en un principio. Y eso suele ser lo primero que me pregunto al llegar a cualquier lado.

Aquí, por ejemplo.

La sala está vacía.

Cada vez es más corriente ir a una muestra y descubrir que la obra no está y en su lugar nos enseñan vestigios y fragmentos, más algún texto que ilumina el asunto.

A mí no me gusta, hay que decirlo. A riesgo de huevazos y silbatina.

Soy por naturaleza desconfiado, y todo esto me deja pensando en la estrategia zoológica que mencioné al principio. Aquí hay gato encerrado…

Como prefiero no pensar que me tratan de animal, busco otro origen al asunto.

Tal vez sea una influencia del género policial (tanto por parte del autor, sugiriendo mediante pistas la obra faltante, como por parte del público, que en seguida piensa en encontrar al criminal del artista).

¿Por qué gusta tanto el género policial? Porque plantea un enigma a resolver con el mero uso de la razón. Los enigmas sentimentales, en cambio, dejan a todos deshechos.

Eso sí, la sensibilidad plástica requiere mayor empeño. O como decía Martínez, un profesor del Bellas Artes: se necesitó un montón de tiempo para que llegaran los Impresionistas y nos mostraran que las sombras eran azules.

En el fondo no sé por qué me indigno, si aquí han llevado hasta las últimas consecuencias lo que yo mismo me propuse antes.

Esto de la ausencia es muy enriquecedor, digo al fin. Pienso en la divisa y acertijo medieval, ese que decía “cuánto más me quitan, más grande soy” (respuesta: los agujeros). Así se ha tornado un poco el arte.
Como dije antes, nos han ido acostumbrando a contar con un texto que brinde cierta luz a la obra, porque la obra no está.

“Gracias, Jorge Larco”, diría Borges.

De los talles

De pequeños tenemos la juguetería como la meta de los sueños y los anhelos. La única zanahoria posible para bancarnos la maratón de vidrieras, mercerías, farmacias y zapateros a los que nos sometían periódicamente.

La de marchas que habré soportado, estoico, porque tenía prometida una escala entre los juguetes. Mi madre pronto aprendió que había que dejar aquello para el cierre, porque con la recompensa antes de tiempo Alancito se ponía de verdad inbancable.

Por suerte ya de grandes tenemos la ferretería… y todo sigue igual. Soporto cualquier cosa si al final me dejan pegar la ñata contra el vidrio y mirar las varillas roscadas, las mechas de vidia.

En ese émulo del edén suelo pedir los ítems por su aspecto, prescindiendo de su verdadero uso. Un poco como Adán en el principio. Claro que eso complica el asunto con el ferretero, que suele ser hombre de absolutos. Un destornillador no puede usarse para otra cosa que para destornillar. Cuando le digo que lo necesito en otro color, lo veo sufrir en su desconcierto. Así no llegamos a buen puerto, pero tampoco puedo andar tachando ferreterías -no hay tantas en el barrio-, y entonces lo pienso mejor y pido un puñado de tornillos, que siempre hacen falta.

Creo que en general en este nuestro rubro usamos las cosas corridas de lugar. Como dije antes, muchos ítems los preferimos por su brillo y forma y no por su función. (Felix de Azúa pone como ejemplo lo de ver en el broche de ropa un caimán…)

Hace un tiempo fui a comprar una jaulita para pájaros, lo más pequeña posible. Me ofrecieron una trampera. Como en algunos comercios no se desprenden de la mercadería sin reclamar detalles, me preguntaron para qué pájaro era la jaula. Para ninguno, contesté; la necesito para un cuadro. Me miraron con resignación, quien sabe si esperando que entrara alguien de guardapolvo a dar explicaciones, “no tomó la pastilla, mil perdones”. Así descubrí que lo del cuadro no es esclarecedor. Pero no me di por vencido y lo repetí varias veces.

Por ejemplo con unas botas para lluvia, infantiles. Tenía una vaga idea del tamaño que precisaba, pero al no contar con un número de talle, la pobre vendedora me creyó un perdido o un degenerado, o las dos cosas a la vez. Me tendría que haber acompañado más tarde a conseguir el tutú de niña que necesitaba para el maniquí que tengo por modelo…

En mi caso hay un extraño lazo entre el arte y la escala. Casi diría entre el arte y los juguetes.

A ojos de un adulto los segundos son inútiles -y quién sabe si lo primero también.

Es verdad que el tamaño pequeño quiebra la solemnidad. Tal vez simplemente por su relación con la infancia. Los niños sueñan casitas para sus juegos porque lo diminuto es una forma de la fantasía; los adultos contemplan la miniatura como si ya fuera metáfora de algo.

Incorporar objetos fuera de escala, a mi modo de ver, funciona como quiebre, como un salto en el hilo de la propuesta.

Esas rupturas, en este ambiente, tienen un nombre:

Licencia poética.

Como un comodín para seguir jugando.

De la ética

Tal y como vaticinara Britto García, un buen día descubrimos que donde solíamos tener la conciencia ahora hay publicidades. Cierro los ojos y descubro todo un canal de telecompras.

Uno siempre flaquea de algún lado, qué se le va a hacer. Las mujeres con los zapatos. Yo con todo lo demás.

Lo último que adquirí fue un proyector, porque estaba seguro que después del bolsillo era el mejor invento del hombre.

Vi abrirse ante mis ojos un horizonte venturoso: primero el proyector, después los ayudantes, finalmente la isla en el Caribe. Ahora no me para nadie, me dije.

Pero hagamos un rodeo…

Generalizando, me animo a decir que las obras me salen más o menos en un mismo formato. Hay una escala donde me muevo con comodidad, y esa escala es casi el tamaño natural. Siempre ha sido así.

El problema viene cuando las circunstancias me obligan a ejecutar otro encuadre, ligeramente más grande o más pequeño del usual. Me empeño vanamente en modificar las dimensiones, intentando llevar adelante una obra predestinada al fracaso. Si es mínima o gigante poco importa. Más pronto o más tarde, y a fuerza de borrones, el dibujo habrá ido modificando su escala hasta llegar a esa proporción que nos es familiar y que no debería haber sido puesta en crisis.

Claro que esto, históricamente, siempre ha tenido remedio.

La solución actual y que justifica estas líneas se enchufa y es bastante pequeña, cosa que redobla su practicidad. 

Las pretéritas las he ensayado sin éxito. Primera y principal, la insidiosa cuadrícula -completamente desestimada en mi caso, dada mi repulsa a las matemáticas. Tendrían que ver cómo sudo ante una vulgar resta, imaginen con ese asunto de escalas. He estado al borde de la meningitis de tanto cavilar, para descubrir de todas formas que la proporción venía errada.

La otra es un artefacto conocido como pantógrafo. Una suerte de brazo mecánico que en un extremo repasa las líneas y en el otro las amplía. Nunca he visto uno.

En fin, que nos decidimos por el proyector, ¿me explico?

Y me las prometía muy felices, para qué mentir.

Lo malo -porque siempre hay un punto negativo-, es la culpa que acompaña su uso. No figura eso en las instrucciones, pero sin duda es un accesorio más, como los cables y la batería.

Ahora bien, ¿por qué la culpa?, ¿de dónde salió?

Estamos en pleno siglo XXI, con un montón de Freud en el camino, con artistas como Baldessari o Koons que hasta se jactan de no pintar sus propios cuadros… ¿y yo tengo que sentir culpa por usar un proyector? ¿Es esto justo, señores?

Descubro así que nuestra vertiente figurativa viene acompañada de una serie de supuestos tácitos. El no uso de artefactos que asistan a la mano es uno de ellos. 

Pareciera que calcar un contorno, seguir la línea ya demarcada por una imagen proyectada, es un demérito.

Para los retorcidos como yo, usar un proyector es como hacer trampa. Lisa y llanamente.

Nada que hacer, ahí el dilema. 

Ahora me valgo del proyector lo mínimo indispensable y hasta pido disculpas. Lo reservo para casos muy puntuales, de una particularidad tan evidente que torna superfluas las justificaciones.

El único corolario afortunado es que ahora, y más que nunca, nos despachamos con unos dibujos a la más antigua usanza, para dar ejemplo al alumnado y escarmiento al enemigo, ese censor rencoroso que llevamos sobre los hombros, que gusta desdeñar al prójimo en cuanto percibe los supuestos piolines del camelo…

-¿Te gusta el cuadro?

-Nah, ¿no ves la cuadrícula?

De la higiene 

El artista suele ser más atribulado y taciturno que dicharachero y burlón. Le quitan el sueño algunos misterios, lo aquejan penas dispares. Le desazonan las terribles insidias de los pequeños detalles, le preocupan las consecuencias insospechadas de los actos banales. Un día son las carbonillas que se parten, otro los pinceles que se quedan tiesos…

Antes pasaba a menudo. La vida de los pinceles era corta. Tenían una severa vocación de puntero, de varita. Como se compraban de oferta, duraban lo que tenían que durar, y nadie chillaba. Si se limpiaban, se limpiaban mal.

Pero llega el día en que sibilinamente nos confían el secreto del jabón blanco, y todo cambia para siempre.

Resulta que el artista además de taciturno tiene que ser muy desconfiado, porque tras la más humilde labor descansan las rapaces garras de la disipación. Permítanme explicarlo…

Por aquello de la higiene los pinceles entran a sobrevivirse, a perdurar. Eso nos lleva a admitir que es hora de invertir en otros mejores, con el subsiguiente tanteo de marcas y modelos, precio y calidad. Esto de limpiar repercute, repercute mucho. Además de dinero pierdo también el tiempo, y siempre he sospechado un talón de Aquiles en esta suerte de obsesión ante detalles que a la postre sólo nos alejan de Lo Importante. Perder demasiada energía eligiendo pinceles parece un ejemplo absurdo, pero no, es el puntapié inicial del llamado efecto dominó y lo demás vendrá en tropel: el mejor médium para el óleo, los secretos de la confección casera del gesso, las mejores técnicas para tensar bastidores, etc, etc.

Lo peligroso de estas rutinas periféricas es obsesionarse, hacer del desvío un oficio… Empezamos a sospechar una clara tendencia a esquivar el grave asunto de pintar. Y nos preguntamos por qué.

(Debe haber muchas explicaciones para esto, y al momento se me ocurren dos; pero sólo hablaremos de una.)

Según entiende el artista, algunas obras se construyen con partes iguales de sensibilidad y lógica, otras con mucha pretensión y poco fundamento, pero todas con más suerte que empeño. De lo último nada tiene que agregar, y lo primero viene envuelto en misterio. El problema es transmitir la sensibilidad, se anima a decir. Pareciera que el lirismo acontece en lugares insospechados: la sinuosidad de una línea, el matiz de un color. A lo largo de los años, harto ya de buscarlo, el artista ha concluido que muchas veces la manera más segura de invocar al elusivo Yeti del lirismo es dejando espacio para el azar y lo caótico: borrones, tachados, espatulazos, salpicaduras. Allí el abominable se descuida y aparece.

Lo malo, lo terrible, es el esfuerzo que implica. El capricho que parece regir la floración de una mancha o un borrón nos agota, nos apabulla, y nos retiramos extenuados. El azar, por definición, no se comporta como esperado. Por eso tiramos la toalla y nos refugiamos en la trinchera de cualquier tarea con atisbos de orden. Limpiar obsesos los pinceles es una de ellas. Uno necesita la tranquilizadora orilla de lo racional y previsible. Una rutina banal que nos permita un momento de bovina mansedumbre, abstraernos por un instante en un nirvana sin tiempo ni lugar.

(Otra manera de dominar la indomitable energía del azar es hacer como los pintores chinos: sentarse durante horas a imaginar esas pinceladas para que al momento de ejecutarlas se hagan a la perfección, obedeciendo a un plan.

Lo he intentado. Cuando me despierto no sé dónde estoy. No sé si soy una pincelada, un chino o qué.)

En fin, conviene nunca olvidar que el trabajo cerebral necesita las cimbreantes aguas del lirismo para ver si se mantiene a flote.

Claro que la única manera de insuflarle sentimiento a la obra es obrar con sentimiento. Y eso no siempre es posible, porque la mayor parte de las veces, como ven, nos quedamos soñando con pinceles.