De los desengaños 

Al pintor figurativo le gustan las cosas tangibles: lo que pesa, huele y tiene sabor, como diría Umbral.

Eso me repito al empezar un trabajo, no sea cosa me salga torcido el muy taimado.

Creo que es Antonio Saura quien confiesa necesitar el anclaje figurativo para construir sus obras plásticas.

Yo necesito el ancla, el barco, el ancho mar y un poco más también.

Pero el mundo, que es muy chúcaro, no hace más que ponernos a prueba. Constantemente.
Ayer, sin ir más lejos.

El día había comenzado de la forma usual, o sea entonando himnos de salutación a las musas, que es lo que hacen todos los artistas cuando comienzan su día. Las musas, parece increíble, necesitan estas cosas. Son de otra época, qué se le va a hacer. 

Igual se ve que del mundo griego nos falta algún otro dato, porque las musas vienen, cómo que no. El problema es que no se quedan. Tienen la costumbre de hacer mutis por el foro, disimulando. Con suerte, te dejan un recuerdo. Que a veces puede ser un caballo de madera.

En fin. Continuemos.

Era un atardecer apacible. La lucha contra los elementos había sido favorable. Allí estaba la obra, mudo testigo del batallar. Podía oír los vítores (curiosamente iguales a los ruidos de siempre, desde el piso de arriba).

Orondo, me dispuse a limpiar la paleta. 

Silbaba, era feliz.
La paleta, miren ustedes, puede ser muy elocuente.

Todo el mundo lo sabe: con amarillo y negro formamos verde oliva, con verde y rojo, tierra tostada, y con todos ellos una mugre de novela. La manera de lidiar con tal engorro es uno de esos asuntos que suelen mostrar claramente la idiosincrasia de cada individuo. Tal vez por eso es tópico obligado en charlas banales, blanco fácil para la observación y la curiosidad.

“¿Y usté, cómo limpia su paleta?”.

Respuesta: están los que no la limpian nunca y trabajan como si nada sobre una costra calamitosa, sobre una verdadera lasaña de pasados menjunjes, y luego están los cirujanos, los fanáticos de la pulcritud y la asepsia, que retornan frenéticos a lo inmaculado tan pronto como pueden.

(En medio quedo yo: los que la limpian un poco nomás, los que usan paletas descartables. Pero no nos interesan).
La paleta es uno de los ítems por antonomasia que se asocian con el “disfraz” del pintor. Tal vez por eso nuestra primera paleta es siempre la clásica, la de madera, de silueta renal y sitio para el pulgar. Se la elige, aquella primera vez, desde el candor, un tanto para ir sobre seguro, pero un poco también para vestir lo antes posible la piel que tanto deseamos. Porque suponemos que al adoptar la forma adoptamos también su contenido. Así descubrimos que la paleta es una expresión de deseo.
Pero en nada de eso pensaba ayer. En realidad quedé contemplando el mandala que se había formado con los colores sobrantes.

Ahora bien, el día que en la paleta dejamos de ver un borrón y nos demoramos en cambio en la belleza de sus manchas, ese día hay que anotarlo: despacio, solapadamente, se ha introducido en nosotros una nota celeste.
Pareidolia, nos sugiere el diccionario. Que viene a ser esa capacidad que tenemos todos para ver formas en las nubes -por ejemplo.

Algo común y silvestre, que pertenece más bien a la infancia. 

Aquí es distinto, no es esto lo que ha ocurrido, no. La verdad es que en la paleta en ningún momento dejamos de ver las manchas. Están ahí y son tan notorias como irrefutables. La diferencia es que ahora las encontramos bonitas. No intentamos hallarles una forma, una reminiscencia o perfume del mundo que habitamos: las disfrutamos por lo que son.

Y entonces volvemos a la definición de pareidolia, porque sí comparte con ella algo, y es el asombro.

Pareciera que encontrar la belleza en las manchas es semejante a descubrir un rostro en las nubes. Nos asombra.

Y luego nos deleita.
El artista pronto comprende que aquí se ha presentado, por azar, lo que tanto busca sobre la tela. Esa chispa.

Lo malo, lo terrible, es que la chispa quedó fuera, como excedente del trabajo. 

Todo el día fatigándose y resulta que lo mejor, sobraba.
Entonces un sudor frío nos recorrió la espalda. Igual que Bruce Willis en Sexto Sentido, nos apiolamos de todo, de un saque: se habían ido las musas.
Y a veces, cuando se van, te dejan un presente. Son griegas, ya se sabe.

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De los viajes

 Todos saben que pintar es una labor ardua, titánica, una tarea ciclópea, un emprendimiento quijotesco reservado a unos pocos valientes. La tela en blanco obnubila y acobarda, marchita a los mejores y trunca a los más aptos.
Para mí, está a medio camino entre la repostería y la arquitectura, o sea que, dependiendo de nuestro estado de ánimo, lo que nos proponemos cocinar puede ser un panqueque o una catedral gótica, pero basta una pincelada de más y el aparato sale desinflado, incapaz ya de elevarse, destinado a venirse al suelo con el mayor de los estrépitos, sumergiéndonos en la más horrenda vergüenza y quedando, en el mejor de los casos, como una ruina decorosa o un vestigio prometedor.

Como dijimos entonces: una tarea ciclópea. Pero no vayan a pensar que hablo de mí.

Para luchar contra estos gigantes y molinos es necesario tener una rutina eficaz, una que allane la marcha en su momento crucial, que es la partida.
A tal efecto es bueno contar con el ambiente propicio, creando una atmósfera cautivante. Una que cuanto menos invoque a los dioses lares. Sahumerios de sándalo, entonación de mantras, toga, babuchas -para estar más cerca de la tierra y sus númenes-, música ambiental, orientación correcta del atril. Desde luego apagamos el celular, tomamos agua sin gas.

Lo primero es el dibujo. 

Se elije la carbonilla, cuidadosamente. No tiene que ser corta, y tiene que ser delgada. El largo suficiente, bah, para que al tomarla de un extremo, al apoyarla siquiera sobre la superficie a trabajar, y sin hacer apenas presión, aparezca el trazo, el tizne, el registro.

La carbonilla con el largo justo, aquel que permite soltura para el arabesco, para el gesto puntual que marca carácter, el latigazo estilístico: esa carbonilla es la que necesitamos. De proporción exacta y delgadez exquisita, la que se siente como una prolongación de la mano.

La encontramos y es un flechazo, una invitación al vals.

El dibujo fluye, con sus énfasis, sus cambios de ritmo, sus contoneos y sugerencias.

Seguimos la música en nuestra mente y vemos desarrollarse, atronadora, la magia. Llegamos al éxtasis.
Y justo ahí se nos parte la carbonilla.
Maldita la hora, al diablo con el mantra, al cuerno con las babuchas, pueden irse todos a la… 

En momentos así, uno duda. Y hasta se pregunta por qué no habrá elegido contaduría.

Aquel chasquido ominoso se lleva para siempre lo mágico y etéreo y aquí quedamos, disfrazados de Melchor.

Es momento de hacer una pausa y reflexionar.
Resulta que la concentración inherente al trabajo es un arma de doble filo, un juego delicado entre lo que vemos y lo que buscamos. Y es necesario pellizcarse a cada segundo, no sea cosa que tomemos por oro las baratijas.

El trabajo exige una presencia plena y segura, estar aquí en cuerpo y alma, pero resulta que el alma, como esos globos de helio, tiende a irse para arriba, muy lejos, y en cuanto uno se descuida allá la vemos volando. 

Nuestra mano es el anclaje físico a la factura gestual, sí, pero nuestra imaginación siempre divaga más lejos. Empezamos a dibujar y enseguida nos vamos, flotando por el éter, soñando con lejanías. 

Y el chasquido nos baja de un hondazo.

Lo malo es que en realidad lo que buscamos es justamente aquel rapto, ese vuelo extático. Y cuando nos damos cuenta de haberlo conseguido suele ser ya muy tarde: enloquecidos por el viaje perdimos contacto con lo terrenal, y la catedral con la que soñábamos es apenas una choza. A medio hacer. Y fea.

Pero la verdad es que no siempre el quiebre de la carbonilla viene a romper la magia. A veces es un accidente más, indistinto, superfluo, olvidable.

Sólo cuando el chasquido suena a cachetazo es efectivo, porque nos muestra que estábamos volando, que pudimos hacerlo.

Entonces es bienvenido, es una suerte de abracadabra inverso: nos trae de vuelta a la realidad, pero plenamente conscientes de nuestra fantasía. Una invitación a pensar en lo que estábamos haciendo.

No hay duda, soy un optimista. 

Deben ser los sahumerios.

De las cartas de intención 

No hay caso, con los años nos ponemos reflexivos.

Atrás quedan el atropello y el frenesí. Cada vez nos tomamos más tiempo para meditar las cosas -y ahora las cosas nos atropellan a nosotros.
En realidad desde que era chiquito el asunto venía mal barajado. 

Ya entonces quería ser artista.

Claro que mi padre no compartía mi optimismo. No me lo decía, pero se le notaba en el semblante, en la manera de estrujarse las manos y mesarse los cabellos…
Por aquel tiempo en casa de mi abuela paterna había un objeto de lo más curioso: un zapatito infantil que lo habían sumergido en bronce. El resultado era un bodoque de apariencia inocente que pesaba lo que un adoquín. Imagino que su propósito era inmortalizar el recuerdo de la efímera infancia (y convertirse en toda una metáfora sobre los recuerdos).
Pues bien, a mí con las palabras me sucede algo parecido: tiendo a verlas en bronce, en mármol. Tienen la mala costumbre de solemnizar todo lo que tocan, si uno se descuida.

Para evitarlo hay que tomarlas de las patitas, a las palabras, mirarlas a trasluz y sacudirlas un poco, para que descarguen algo de tinta, se suelten el moñito y el monóculo, y luego se paseen por la hoja ya menos acartonadas.
De modo que si vamos a hablar de arte, que es lo que intentaré hacer aquí -de tanto en tanto-, trataremos de evitar las recetas y los preceptos, los decálogos y dogmas. Más bien serán apuntes y anécdotas, a modo de juego y ejercicio…
Hay una escena en ‘Blade Runner’ donde el personaje llamado Sebastian -sin acento- llega a su casa y lo recibe una comparsa de enanos, androides, sus propias creaciones, sus juguetes.

Un poco así me siento al llegar cada día a mi taller.
Si voy a ser franco, a mí me genera una muy mesurada satisfacción la compañía de mis juguetes, de mis obras.

(Como el zapatito del que hablaba, uno trabaja con cierto anhelo de trascendencia. Y ambiciona que el cruce de líneas y colores creen una cobertura, una confitura donde atrapar la chispa de lo inefable).

Suelo tener siempre algunas obras colgadas, recientes, para testimonio de lo que me propongo hacer en el trabajo de turno. 

Ayer era una silueta. Brazos al desnudo, remera naranja. Me quedaba un brazo por pintar. Y será una cuestión de impurezas en el pincel, de mala orientación del eje terrestre y cosas así, sobre las que no tengo injerencia, pero el tema es que la piel de ese brazo no había modo que quedara igual a la anterior.

Hay personas con singular habilidad para remedar el tinte justo, la combinación exacta de colores, pero no es mi caso, no. Tengo una ligera intuición al respecto, y nada más. 

Dados a elegir, suelo preferir lo que venga del pomo. Pero la piel, por más que he revisado catálogos y folletos, no hay marca que la ofrezca, y uno está condenado a tener que armarla.

¡La de tiempo que habré pasado en la mansa labor de amasar ese magma!

Tiene algo de alquimista, esto de los colores. Una pizca de blanco de titanio, una cucharadita de aceite de lino. Salpimentar a gusto. 

Pero ayer no había manera.
En casos así yo entro a mirar la paleta, para ver si entiendo lo que estoy haciendo mal. Y la miro, y la miro… 

Si estoy con suerte, de golpe comprendo que me está faltando naranja, o verde, o un trago.
Al Sebastian ya citado sus enanos le servían una copa, ni bien llegaba a casa. Mis juguetes, lamento decir, son sólo de pared.

La vida en el taller tiene esas frustraciones.

Y de eso también intentaré escribir. De los avatares y las delicias que la pintura genera aquí, entre estas cuatro paredes. 
Ojalá el resultado quede como para sumergirlo en bronce.