De las pipas

El cuadro es como un espejo, dicen algunos.
Otros, más agresivos, los corrigen y afirman que el cuadro es un martillo.
Queda bien la enmienda: “El cuadro no es un espejo, es un martillo”. Funciona, tiene mucha miga.
Pero hay más, hay quienes dicen que el cuadro es una ventana.
Siempre es otra cosa el cuadro. Y eso es raro.
“La interpretación esconde la voluntad de suplantar la obra por otra cosa”, señalaba Sontag. Algo de eso habrá, no tengo duda.

Pero todas esas interpretaciones las despierta el cuadro terminado. Mientras lo pintamos el cuadro todavía es un cuadro, y eso siempre tranquiliza. Que no se cambie mientras lo estamos haciendo, por favor. Creemos tener un cuadro delante y resulta que tenemos una ventana, tenemos un espejo, tenemos un martillo.

Más allá de la fantasía y la suplantación, en general lo que tenemos delante es un cuadro que no está saliendo bien, un mero fantasma de aquella obra que pensábamos hacer, fantasma que aún así funciona como norte y como guía, una visión que se delata y que se aleja con cada pincelada.
Claro que tarde o temprano dejamos de ver el espejismo y nos confrontamos con la realidad. La desazón se adueña de nosotros. Pero sacamos fuerzas de la flaqueza. Nos juramos rescatar el engendro. Prestar atención al programa, si lo hubo, de líneas y planos y color y tratar de entender dónde se nos torció el rigor, por qué lo que tenemos delante es tan horrible. Habíamos empezado con un plan, eso es seguro, y ahora es un mamarracho.

¿Qué dice de nosotros este fracaso?
Podemos tirar la toalla y gritar que no nos sale nada, que estamos meados por los perros y demás ocurrencias fatalistas. Pero no es así. O no es tan así. Algo de verdad esconde el desahucio, sí. Y el lloriqueo también. Es una constante, nunca estamos haciendo la obra soñada, siempre nos resignamos ante lo que suplanta nuestro plan. Y eso porque no sabemos muy bien cómo debería ser la obra. En realidad no sabemos nada, ni siquiera sabemos cómo somos. Eso sí, todos juran que la obra tiene algo autobiográfico, lo que de algún modo es volver al principio y decir que el cuadro es un espejo.

Habría que hacer un poco de análisis introspectivo con los cuadros, confesarse un poco ante la obra, gracias a la obra.
Yo podría decir que tengo un tema con las responsabilidades, que esa es mi confesión. Las evado, a las responsabilidades, para qué decirlo de otro modo. Tal vez por eso tengo la sana costumbre de no tomarme muy en serio las cosas. Ni siquiera los cuadros, que son de lo más importante para mí. Y una manera de hacer esto, bastante patente diría yo, es apelando al humor, forma esencial de tomarse en solfa cualquier asunto. Con ese recurso el cuadro pierde un poco de su solemnidad, no hay duda. Da menos miedo encararlo. Hasta ya no lo vemos como un cuadro.
Y luego hay otra forma de no verlo así, más evidente tal vez, y es recortándolo.
Sí señor, lo que tenemos delante ya no es cuadro, porque lo hemos recortado.

Otro método eficaz es evitar los materiales santificados por la costumbre: dibujar en papeles berretas, en materiales rescatados, en el reverso de viejos dibujos y pinturas. Porque encarar un dibujo en un papel de calidad, con el gramaje requerido, puede ser un poco intimidante también.
Tal vez por eso me resultan inconvenientes los libros de bocetos: no puedo llenarlos. Garabateo un poco en uno, luego en otro, y no termino ninguno.

(Tienen algo paradojal ese tipo de cuadernos. Hoy se los suele presentar casi como libros de artista, válidos por sí mismos, autónomos. Como obra terminada. Cosa que contradice su mismo propósito.
Creo que hay algo muy contemporáneo en esa “validación del andamiaje”).

En fin, en otra época (dijo Diderot), esos bocetos sólo demostraban los que al artista le faltaban por hacer.
Pero un libro de bocetos no deja de ser un libro, y está visto que cualquier cosa encuadernada tiene carácter sagrado para mí. Me los tomo demasiado en serio a los libros. Incluso los que son para bocetar.

Hasta aquí las confesiones.

Pero yo no creo que el cuadro sea un espejo.

De las lecciones de botánica

Lo que quiero, lo que me sale, lo que me gusta.
Estas tres instancias parecen controlar y definir la realización de cada uno de mis trabajos.
Se comienza por el primer ítem, sobrado es decirlo, por aquello que pretendemos hacer. Parece una obviedad, pero no es tan sencillo. El manantial de las ideas brota a capricho, de nada sirve sentarse a esperarlo. Por eso cuando la idea surge, hay que correr a plasmarla.

Empezamos a dibujar, y caramba, muy pronto comprobamos que aquello que trazamos no se parece mucho a nuestro plan. Si estamos con suerte igual el trabajo nos gusta, y por eso miramos atrás y modificamos un poco aquella idea original. Un poco nomás.

Ante estos casos lo mejor es marcharse, darse el día libre, no tentar a las musas. Pero como se habrá sospechado, esto rara vez pasa, lo normal es que no nos guste lo que dibujamos. Y desde esa frustración es mucho más difícil corregir y enmendar el punto de origen.
Claro que el artista es muy insistidor, y además el artista es muy ladino.
Cambiamos de plan, decidimos hacer otra cosa. Nos juramos que queríamos hacer otra cosa.
Y eso me recuerda la lección que pretendió darnos, allá en el Bellas Artes, uno de sus tantos profesores. Un fulano de manos relamidas y actitud petulante, pañuelito al cuello, perfume francés. El tipo había armado una mesa larga, ubicándose en el justo medio como amo y señor. Tenía un hablar un poco altanero, y solía pavonearse frente al sempiterno corro de alumnos, ante su imaginaria orquesta de señoritas. Ahora esgrimía el pincel en el aire, decidiendo por dónde comenzar la tan cacareada lección de acuarela. “Vamos a hacer un rostro”, nos dijo a todos muy ufano, muy solemne. Y a eso procedió. Garabateó un poco, mojó el pincel, hizo acopio de algún color. Tal vez su propio boato terminó por jugarle en contra, porque todos vimos claro que el boceto no marchaba, que la cara no aparecía. Al buen hombre se le ranció el perfume, el pañuelito le dio calor. “Mejor hagamos un árbol”, decidió tajante. Total para qué complicarse.

Y bueno, algo de eso hago yo ahora, tantos años más tarde. Eso sí, por suerte no tengo testigos. (O eso quisiera. Ya lo he dicho en algún apartado, aquí en el taller uno convive con su bromista, con su propio bufón. Él se encarga de derribar nuestras torres de marfil, moler a carcajadas la obra de turno, señalar los piolines de nuestras pueriles intenciones).
Hay que volver a empezar, me digo, enmendar el error.
Como no nos gusta el resultado, pretendemos querer otra cosa. Y así vamos barajando ideas hasta encontrar una que case con nuestras limitaciones.
Hacemos palotes y garabatos, esquivamos el bulto. A veces la idea hay que asediarla de forma sesga, nos juramos, nos mentimos. El que la persigue la consigue, decía Vargas Llosa. Cosas así.

Seinfeld suele imaginar que los doctores, encerrados en su despacho, pasan revista al vademécum hasta dar con una respuesta para el caso desconcertante que los espera del otro lado de la puerta.
Así de extraviado me siento a veces ante lo hecho. Y dejo el trabajo a sus aires y me pongo a recorrer la biblioteca, para encontrar un hilo en el laberinto.

Luego, insuflados con tanta imagen, volvemos al ruedo con entusiasmo, el yelmo de Mambrino reluciente, dispuestos a hacerle frente a las temibles aspas del arte.
Y de a poco aparece fulgurante el trabajo ideal, aquel con el equilibrio exacto de lirismo y lógica, narración y misterio.
Muy lindo, sí. Lo malo es que ya lo hizo Fulano, nos susurra al oído nuestro aguafiestas.
Ufa.

Así que, resumiendo, si un buen día entran a ver árboles en mi obra, sospechen otros motivos.

De la verdad sobre los mitos

A veces lo hago con los ojos abiertos, y otras veces sólo sueño que escribo.
Al comienzo puede ser una línea el concepto esbozado, una anécdota, un destello fugaz. Pero luego de muchas vueltas le vamos encontrando la forma, el rabo a la idea, y así vamos tirando de ella, hasta traerla a este lado de las cosas.
Ayer el desafío estribaba en poner en palabras la misma certeza que a veces atisbo en mis trabajos más ambiciosos, esos donde uno o varios personajes se asoman sobre un ruido en forma de manchas, borrones y brochazos, despliegue que es para mí la puesta en acto del sustrato abisal donde anida nuestro perfil verdadero, el enigma que somos todos.
Y así como Todorov nos explica que la novela intenta decir con palabras lo que las palabras no pueden decir, en la pintura pasa otro tanto, pasa lo mismo, y el menjunje de los colores y el mareo de los brochazos vienen a contar eso que de otro modo siempre vamos callando.

Pero si al escribir me vence el sueño, tal vez desde un trasfondo negro se alce la voz de un discurso distinto, donde se dice lo mismo, pero se dice oblicuo, se dice en un sesgo.
Son las menos, pero las que valen, las ocasiones donde la intuición no se deja vestir a gusto con el traje gris de lo racional, y pese a mi naturaleza estructurada la poesía gana la partida y me deja el discurso un poco más allá de lo convencional y estipulado. Para mí es ahí donde se esconde el mensaje, porque así como el cuadro se nutre de un fondo enigmático, también la escritura puede flotar y moverse sobre aguas que, a la postre, se descorren un instante, al amparo de los renglones, la ortografía y lo rutinario, para que la manta de lo cotidiano deje asomar ese magma secreto sobre el cual construimos nuestro lenguaje. Ese transfondo atávico, mitológico y trascendente no tiene por qué ser grandilocuente ni ominoso, le basta con ser auténtico, y esa realidad sospechada por sobre la que flota la nuestra puede al fin ser tímida y sigilosa, como una presa huidiza y saltarina, que un segundo está aquí y parece comer de nuestra mano, y al segundo siguiente se escabulle y desaparece.
Como esas efímeras visiones, danzantes y caleidoscópicas, que nos queman la retina tras fijar la atención en objetos brillantes, la memoria de nuestros ojos internos nos ofrece por algunos instantes la visión de ese submundo de pulsiones, y la sed de captura nos lleva al engaño, al extremo cruel de dejarnos montar la utilería completa de nuestro juego de atril, paleta y colores, para caer luego en la cuenta de que la visión se ha desvanecido.
Así y todo no perdemos la fe ni la calma, bueno, la calma un poco sí, y confiamos algo embobados en que claro, más adelante, seguro que sí, tendremos la suerte que ahora nos elude.
Por eso esperamos ansiosos el próximo desvelo, confiando que, aturdidos por la falta de sueño, por una vez el sempiterno censor del Yo caerá en descuido y ahora sí, amanuenses de Orfeo, podremos anotar minuciosos las doradas migajas de la visión adquirida.
Desfila entonces ante los ojos dormidos de nuestra afiebrada fantasía la panoplia entera de los mitos difuntos, la geografía lunar de esos seres ancestrales, la botella al mar con la misma historia de otros tantos Minotauros, Esfinges y elegías.
Un ruido de fondo que cuando tiene rostro es un rumor de lejanías, y sus metáforas son serpientes y tienen alas.

No mucho después, ensoberbecidos de tan despiertos, nos juramos que esa sima de espejismos y misterio podrá llevarse a la tela como relato fidedigno y la llenamos de carbón y la llenamos de máscaras, palacios rotos, vórtices, huevos primigenios.
Pero luego desconfiamos de tanto argumento, y volvemos a la certeza de que eso puede contarse también como fuerza y pulsión, y que la mejor forma de expresarlo, qué digo la mejor, la única que nos sale -ojalá fuera la mejor-, es en una batalla de borrones y brochazos y salpicaduras y cortes y sucesivas capas de pintura que acaso vienen a emular, pobremente, esa arqueología atisbada, esa mazmorra donde enterramos vivos nuestros oscuros sentimientos, que son los de todos y son eternos, ese ruido sin fin que nos tiembla a veces en la voz, un océano sin orillas que precisa del salvataje de la silueta y de la trama, de la estructura del título y el tema, o a veces solo necesita de esa fiebre de colores, para que el descenso en el maelstrom no se nos quede en el intento.
Y de repente esos tres o cuatro peldaños entrevistos, que descienden más y más, nos colocan por debajo de nuestra línea de apoyo, y esa sorpresa nos enseña que nuestra conocida, repetida, aturdida y aun así abrumadora realidad era, miren ustedes, mucho menos segura, y mucho más compleja.

De los peligros dentro del palacio

Yo creía ser un experto en esto de no hacer nada. Tan orgulloso estaba de mi manejo del ocio que hubiera podido escribir volúmenes al respecto, detallando mis rutinas.

Ya lo decía Rothko: “El artista debe disponer de mucho tiempo, tiempo libre, para no hacer nada, simplemente sentarse y dejar que las ideas sobrevengan”.

A mí lo de sentarse y dejar que las cosas acudan siempre se me dio con facilidad, es un don que tengo, no me cuesta nada seguir el precepto. Las ideas no sé si llegan, pero yo las espero. Todo el día si hace falta.
Así y todo, últimamente me aburro de chequear la hora del microondas, de comprobar su sincronía con la del teléfono, de mirar al vecino, de espiar al portero.
Es entonces cuando descubro azorado que soy una víctima más de este encierro forzado.
Seguro que a Rothko no le pasaba.

Convencido de poder hacer algo al respecto, me voy al balcón con un libro, a matar unas cuantas horas, a batir un récord.
Y entonces escucho un golpecito en la puerta ventana.
Claro, no estoy solo. En esta casa ahora somos dos los presos, y de allí que mis ocios han quedado en evidencia.
“¿Esto hacés todos los días?” me dicen cuando me ven todavía en la cama, todavía en el balcón, todavía en el sofá. Es una frase que viene sonando mucho acá, y hasta con un retintín de reproche, les diré.
El bendito encierro me está dejando expuesto, estoy revelando mi modus operandi.

Mi madre me cuenta que allá por su barrio se escucha un megáfono que les anuncia a todos que se aburre.
Yo no tengo megáfono.
Yo pinto, yo dibujo. O lo hacía.
Y cuando no me queda otra, también escribo.

Pero es más difícil de lo que parece, esto del ocio.

El punto, claro, la parte amarga, está en la obligatoriedad. Eso es lo que torna ríspido el asunto. Y no me refiero a la obligación de quedarnos adentro, eh, no. Eso es una orden impuesta, no cuesta tanto seguirla. El drama viene cuando cerramos la puerta.
Lo usual es que las circunstancias nos obliguen a realizar algo puntual (trabajar incluso) y que no tengamos demasiadas opciones. Tan acostumbrados estamos a esto que no sabemos para qué lado correr cuando se trata de “no hacer nada”.
Por eso en cierto modo el desafío actual es como el de la tela en blanco: Un espacio definido, y mil soluciones para atacarlo, soluciones que obedecerán todas a nuestro propio mandato. Ante este dilema muchos sucumben, porque lo que intoxica y nubla el entendimiento es la amplitud de caminos posibles y la ausencia de coartadas. Es mirar al abismo de nuestro yo y darse cuenta de que nos aburrimos con él, y mucho.
“Decirme que puedo hacer lo que quiera es como sacar el tapón de la bañera y luego decirle al agua que vaya donde le plazca. Inténtenlo y vean qué ocurre”, decía Nick Hornby.
Por eso es normal que a mí me encuentren en el sofá, en el balcón, en la cama. Uno es presa de la debilidad y cae en los vórtices usuales. Luego vemos 6 veces la misma serie y paseamos los mismos libros por todos los ambientes de la casa, sin poder terminarlos, y se va tornando claro que no sabemos muy bien qué hacer. Para evadirnos miramos el celular -está nevando en algún lado-, le meamos la puerta al del tercero, incluso hacemos tareas domésticas, pero no hay caso, es la tela en blanco del aburrimiento la que se cierne ominosa sobre nosotros. (Eso sí, cuando me agarren ganas de hacer gimnasia es cuando de verdad empezaré a preocuparme).

En un arrebato de lirismo intento dibujar una figura y lo único que logro garabatear son campos y horizontes, porque las ganas de salir son acuciantes, impostergables, urgentísimas.
En una época decían que el arte, que el cuadro, era una ventana. Luego dijeron que no, que era un martillo. Ojalá fuera una ventana, pienso actualmente. Me vendría bien una ventana más.

Yo creo que tal vez esta inclinación sedentaria y soñadora es hereditaria. Ya dije que conmigo la culpa siempre la tiene otro.
Empiezo a sospechar que la anécdota de mi madre es un disfraz.
Recuerdo que en casa había un megáfono.

De las quimeras

A primera vista el almacén “Alegría” no parece diferenciarse de los demás. Tiene las mismas góndolas atestadas de productos importados y el mismo tufo inclasificable que emanan también los otros locales del llamado “Barrio chino”. Incluso tiene un par de curiosos que parecen los mismos de los otros sitios, y hasta la cajera es como un clon.

La única diferencia está en las enormes peceras del fondo del local: la de la izquierda con cangrejos, la de la derecha con sirenas.

La verdad es que me cansé de buscar excusas para ir a verlas, y ya no simulo revolver artículos o comparar precios, paseando alrededor de las góndolas, haciendo círculos que se van cerrando, que me acercan al final del pasillo central. No, ya ni siquiera tomo un carrito, simplemente voy al fondo y las miro. Son dos niñas de ojos verdes y cabellera ensortijada que se aburren de hacer piruetas en el agua salada.

No soy el único que pierde su tiempo contemplándolas. He visto a más de uno marcharse con media sonrisa, la cabeza muy lejos, pensando tal vez en aquellos sueños, los que vamos olvidando, ocupados en lo urgente.

Siempre viví a la vera del Barrio Chino, y a través de los años me he habituado a sus rarezas -por ejemplo la casa con el televisor oculto entre la hiedra, las 24 hs encendido en un canal propio, bucle de imágenes dispares (ovejas en un prado, elaboración de caramelos, todo en blanco y negro).

Pero el premio se lo llevan estas chicas escamadas, no hay duda. La sorpresa que generan. La fascinación que despiertan.

Desde hace unos días hay que codearse un poco para hacerse lugar, pero eso era esperable. El día menos pensado habrá que sacar número. Raro es que todavía no le encuentren una veta comercial. Gente no falta. En alguna charla con los curiosos ha salido el tema, qué harán con ellas, de dónde las habrán traído. Pero mayormente es una contemplación muda, la función se realiza en silencio.

Una vez alguien sacó una cámara. La idea me pareció buena, casi obvia, cómo no se me había ocurrido. A las sirenas, en cambio, no les gustó ni medio. El flash las espantó, se revolvieron bruscas hacía el lado más oscuro. Uno de los empleados fue a botonear adelante y vino el patrón, en ojotas. “No foto”, dijo. Eso fue todo.

Les dan de comer pescado dos veces por día. Y es un espectáculo aparte, porque uno jamas diría que tales encantos tuvieran un lado salvaje. Parece contradictorio. Como unicornios carnívoros. Tal vez demuestra que en este nuestro mundo todos están devorándose entre sí, incluso los seres de fábula.

Un buen día me iluminé y decidí que lo mejor era dibujarlas, tomar bocetos para un cuadro mayor.

Hablé brevemente con el dueño, que no quiso saber nada. Le expuse mis razones, le argumenté, le imploré, pero como toda respuesta recibí un movimiento rotundo de cabeza, una negación enfática que se entiende en cualquier idioma. El hombre no quería oírme, la respuesta era no.

Lo que terminé haciendo fue lo mismo que hacía antes, quedarme parado mirando a las niñas, esta vez munido de un pequeño bloc y un set de acuarelas. Que me echaran si querían. Después de media hora me compraba una gaseosa, un vaso con fideos secos, cualquier cosa. Y así estuve algunas semanas. Porque era difícil captar el movimiento ondulatorio, casi hipnótico, los brillos de las escamas, el perlado, la flotación ingrávida del cabello.

Creo que lo logré. Me costó lo suyo, pero lo logré. ¿O no?

Me sigue pareciendo que cierta magia quedó afuera.

Lo sospecho cuando la gente al ver el cuadro me dice, por compromiso, “lindas las anguilas”.

De la modelo

Trabajar con modelo tiene sus bemoles. Quienes lo hacen de forma regular van acumulando un rosario de anécdotas de lo más entrañables, qué duda cabe.

Resulta que los artistas, tras hablar de su propia obra, suelen recalar en la periferia que la acompaña. Ustedes saben, el clima, el alquiler del taller, la impertinencia de tal o cual alumno. Y la modelo, desde luego.

Hay quienes la eligen por su garbo, su estatura, su delgadez, su exuberancia o su turgencia. Pero eso sí, donde todos están de acuerdo, lo único que se le pide a la modelo, lo primero que se espera de ella, es que se quede quieta. Y en esa cualidad le va su reputación. Se intercambian teléfonos los artistas y les basta una mirada de entendimiento para saberlo. Hay una cabeza que asiente y otra que calla. Nada que agregar.

Lo paradójico es que la modelo, precisamente, está ahí para moverse, fingiendo que se queda quieta. Y se moverá como lo hacen todos los mortales, que cuando les pica se rascan.

Por eso, a menos que los movimientos deriven en convulsiones, nadie debería preocuparse. Todo lo contrario. Hay que dar la bienvenida a lo inestable. En ello radica parte de la dificultad, del desafío. No solo el operativo de pasar a dos dimensiones lo que acontece en tres, sino también el cambio constante del punto de mira y la sábana mutable de la piel al desnudo.

Claro que si frente al trabajo terminado nos reclaman mal desempeño, ausencia de gracia o falta de parecido, siempre podemos argumentar que la modelo se nos movió justo entonces.

Yo he tenido mis rachas de trabajo con modelo, pero siendo sincero diré que es una labor con más problemas que soluciones, y por una cuestión de comodidad sigo prefiriendo la sesión fotográfica. Me incomoda tener a alguien ejecutando torsiones, sosteniendo posturas. Me impide pintar tranquilo, la comunión íntima entre el pincel, los colores y yo. No necesito compañía para eso, muchas gracias.

La fotografía del modelo en cambio nos brinda lo indispensable y nos reduce al mínimo el contacto humano, que andando el tiempo, ustedes saben… Houellebecq lo resumió más o menos así: “Uno se conoce a sí mismo en el contacto con los demás, y por eso el contacto con los demás es insoportable”.

De forma que trabajar con modelo saca a la luz, en última instancia, nuestra cintura social, que siempre ha sido inexistente.

Por eso las fotos.

Vale aclarar también que yo no suelo trabajar el desnudo como tópico. Parece que me intrigan más los dobleces del vestido que los de la piel.

Pero como digo, si la confrontación con el otro afecta de alguna manera nuestros sentidos, hay algunas variantes para sortear el escollo, además de la fotografía. Y son alternativas que pueden resultar muy útiles. Hablo de la estatuaria, o del famoso maniquí. Un avatar de modelo, si se quiere.

Como mencioné en otro apartado, yo tengo un maniquí de confección propia, articulado, casi de dimensiones naturales. Me tomó sus buenos meses realizarlo, tornear la madera, esculpir el rostro, confeccionar las articulaciones. Pasado ese período el trabajo dejó de interesarme. Nunca realicé con él las pinturas imaginadas, los dibujos soñados. Todavía no será su momento, digo yo. Paciencia.

Ahora está en el baño, y me mira. Tiene algo siniestro, sin duda, esto del maniquí en tamaño natural. Por suerte ya estoy grande, y más me asustan otras cosas, como el contacto social.

De los deseos postergados (fuera de programa)

Dicen que es bueno reflexionar con la llegada del nuevo año.

Pero creo que conviene hacerlo tras un lapso de tiempo prudencial, despegándose un poco de la vorágine social y la comilona del 31.

Suele ser una noche memorable, la de fin de año. El vitel toné, la mesa larga, el calor, la televisión de fondo…

Cuando llegan las doce, ahora que nos han privado de la pirotecnia, lo único que queda para coronar la velada es descorchar el champán. Cosa que bien mirada hace un efecto similar a la dinamita, si la sumamos al vino, la cerveza, la sidra y todo lo que estuvimos tomando para tapar el ruido de los sobrinos, los ronquidos del tío que colapsó antes de tiempo, o el bodrio de las anécdotas de siempre, esas que se repiten año tras año en boca de los mayores.

(No dejamos de observar, pasmados, que estamos cada vez más parecidos a ellos. Luego sospechamos que la edad de los comensales es directamente proporcional a su permanencia en la mesa y para entonces la alarma roza el pánico).

Mi tío, extrañamente lúcido, me guiña un ojo y sonríe. Parece al tanto de mis cavilaciones. Le falta un diente.

Mi madre es proclive a la superchería. Cuanto rito prometa buenos augurios, ella lo incorpora. Así, con la medianoche, además de las copas flauta aparecen unos misteriosos puñados de uvas pasas. 12 uvas pasas, para ser exactos. Cada una representando un deseo.

La ingesta, claro está, se hace con premura, que nos corre el reloj y el año se nos acaba. Con tal prisa, a decir verdad, que no sabemos muy bien si prometimos cosas coherentes, si repetimos consignas, si son nuestros los deseos. Es que doce es mucho, y más con tanto alcohol en sangre. Lo bueno es que en ese estado, que tiende a ser lamentable, uno está en tren de prometerse cualquier cosa, y da lo mismo si el cuarto deseo se parece demasiado al décimo, que de por sí era similar al segundo, tras el tamiz del primero.

Y hablando de deseos, en el año 98 estuve en la famosa Fontana di Trevi tirando la clásica moneda por sobre el hombro. No recuerdo qué pedí. Han pasado más de veinte años, difícil sería que me acordara. Pero quien sabe, capaz la burocracia celestial lleva registro de todo ello.

Ahora bien, si la burocracia humana es lenta, la celestial imagino habrá de ser eterna.

Por eso a no asustarse si el día menos pensado el deseo se nos cumple.

Y pese a lo que cabría suponer, no sé si es tan malo no recordar cuál debía ser el premio.

Capaz era algo humilde, y se cumple en cosas sencillas y banales. Eso le da un tinte distinto a la jornada, y de allí que andamos en puntas de pie, para no espantar a la fortuna. Sonreímos un poco más. Ya no nos irrita el vecino. Los zorzales cantando a las 4 de la matina son bienvenidos. Los bocinazos, el tipo que se cuela en la fila, el billete falso, todo nos resbala.

Ese debería ser el deseo.

Pero capaz la rueda de la fortuna tiene un ciclo incluso más amplio, y recién ahora comienzan a cumplirse los deseos de la infancia.

Un chocolate Jack, los kalkitos.

Dios mío, estoy todavía en la mesa, contando las mismas anécdotas del año pasado, y del anterior, y el anterior. Solo la incontinencia logrará levantarme.

¿Cuántas pasas van? ¿Diez, once?

De las carilinas

Lo primero que me molesta en las películas que veo sobre artistas plásticos es que casi siempre se trata de un prócer en la materia, nunca es la historia de un perfecto desconocido y su rutinario oficio de pintar, los descubrimientos que ello implica, la vida que elige. No, en esta época eso no vende. Hoy el personaje nos muestra más temprano que tarde su escalada al éxito, un éxito que siempre se mide en billetes y nunca en obra. Se ilumina la pantalla y ya podemos adivinar que seremos testigos de mil tropiezos, escollos y un sinnúmero de botellas vacías, frustraciones que de todas formas no lograrán disipar el prometido horizonte de gloria y redención social que son las ventas arrolladoras y el resonante aplauso del público.

En esos casos, a pesar de la pintura en la cara, el artista no puede esconder al superhombre que es, bien lo sabe, y por eso precisa todos esos primeros planos. Lo que se nos cuenta con tanto metraje suele ser un redescubrimiento, alguna arista no menos emblemática del ya aclamado astro de los pinceles. Resulta que era diabético. Resulta que era negro. Resulta que era manco.

Un bodrio, en pocas palabras.

Y hablando de palabras, no faltan las de elogio. Usualmente en boca de personajes secundarios que estudian al protagonista no sabemos si con desdén o con envidia, y en ese espejo de miradas comprendemos que estamos ante la estatua viva de un prócer esencial. El pintor es un valiente, nos quieren hacer creer. Mezcla trementina con su whisky. Y además fuma. Pero es una valentía que a nosotros nos deprime, seamos francos. Yo preferiría que fuera menos valiente y más pintor, el fulano.

Es el desarrollo del personaje lo que debería llevarnos a la conclusión de que se trata de alguien genial, y no el camino inverso, donde al minuto se nos advierte que el señor es extraordinario y luego todo lo que vemos son matices del gris más pedestre y rutinario porque el perfil nunca levanta vuelo, nunca deja de ser chato. A pesar de tanta advertencia de genialidad, la genialidad no aparece por ningún lado.

Por eso mismo, si me permiten, si lo mediocre es el parámetro, yo me postulo como excelente candidato para un film.

Y olvídense de la pintura, a mí lo que me destaca del resto de los artistas, sin duda alguna, son mis alergias. En eso tendría que centrarse la trama. Ver al artista luchando ya no contra la bebida o contra el fisco, sino contra ese flagelo que son los sarpullidos, el pecho que nos silba. He allí una lucha despiadada y desigual.

Ser alérgico es algo tan demandante como el arte, no es joda. Hay que serlo a tiempo completo.

Yo por ejemplo mido las estaciones por la gravedad de mis alergias. Hay quienes las miden por otros parámetros, pero a mí no me sirven, no me atan a la realidad. A mí me basta con recordar la intensidad de mis estornudos y ya me sitúo en el calendario. Ese abril de la gripe, aquel junio de la fiebre, etc.

A veces creo que si me curara de mis brotes ni la familia me reconocería. Algo así confesó Stephen Hawkins: “No me reconozco sin mis gafas y mi corte de pelo. La silla de ruedas la puedo regalar”.

En fin, imagino que aquellos que apenas me conocen suelen suponer que me comunico mediante estornudos, pataletas y otros guiños crípticos, pero no es tan así. Si bien mi estado gripal tiende a ser perpetuo, la verdad es que hay días donde las nubes se disipan y logro hilar una frase sin sonarme la nariz. Eso no quiere decir que lo que se diga entonces sea memorable o tenga carácter de sentencia, no. Es igual de insípido que el resto de los días, sucede que lo digo con voz menos nasal. Digamos que compensa en sonoridad lo que escatima en trascendencia.

Munido entonces con mi sempiterna caja de carilinas, mi paleta, mis colores, el espectador me vería partir a la aventura. Y lo que sigue es un desparramo, porque los estornudos no me dejan en paz y se arma la de San Quintín, la de San Pollock. Un ataque de patinazos y salpicaduras.

Lógico que la película debería tener otros guiños, otros giros, otros momentos estelares. Las primeras ventas, la difícil relación con los galeristas, la modelo que se nos mueve. Cosas así. Y pastillas, y carilinas.

Yo creo que la gente se iría muy contenta, sí.

O se iría, simplemente.

Del combustible creativo

Cuando tendría 9 años me pasé un verano entero armando una casa en el ciruelo de mi abuela.

Estoy seguro de que a ojos adultos aquello debía lucir de lo más enclenque. Para mí era una fortaleza y allí arriba todo era aventura.

Aquí abajo, en cambio…

Qué increíble era esa época donde perdíamos todo rastro del tiempo y ya no sabíamos en qué día de la semana nos encontrábamos.

Creo que es parte imborrable del bagaje que torna la infancia en terreno soñado, y añorado también.

De adulto sólo durante un corto lapso de tiempo he vuelto a vivir tal estado de excepción. Y siempre lo tomo como clara muestra de felicidad.

Será por eso que persiste la fantasía de alcanzar más a menudo tal rapto. A fin de lograrlo ya no miro televisión ni leo los diarios, pero el trance me elude. Ya no sé qué probar. Siempre he sospechado, o casi diría comprobado, que a fin de trabajar a gusto debo aislarme un poco del entorno. No sé si tan lejos y arriba como la famosa torre de marfil, pero sí por lo menos a cierta distancia de lo corriente y cotidiano. Se genera así un estado diferente del usual, donde parece anidar más a gusto la creación, nombre al que adhiero a falta de uno mejor; me molestan las connotaciones que asocio a la palabra, que la tornan, a mis ojos, algo pretenciosa y grandilocuente. Cuando se la usa así, la referencia a Adán y al séptimo día me deja un poco pasmado. Creo que prefiero asociarla a la infancia, o en todo caso asociarla a la infancia la desprende de otras connotaciones más pesadas, porque más allá de los lugares comunes, es cierto que la niñez es el terreno más fértil para la invención despreocupada y lúdica, que es la que siempre me ha interesado.

En fin, perder toda referencia de cronogramas y almanaques suele ser la más clara muestra del grado de inmersión logrado, y por eso no es raro que lo ponga como norte y, a hecho consumado, como parámetro del disfrute que me generó la gestación de tal o cual obra.

Dentro del hacer cotidiano, considero una suerte cuando el trabajo logra abstraerme de ese modo, liberándome de los vaivenes terrenales y exigiéndome una concentración y goce que elimina el entorno y lo torna borroso. Cada tanto, y esto es más raro aún, me ocurre que alguna pintura me coloca durante varias jornadas en ese trance, y el resultado es que nos tornamos algo etéreos, comprobamos que levitar es posible, y abandonamos el lenguaje usual para comunicarnos mediante parábolas. De noche emanamos luz.

Pero como digo, son raras esas ocasiones.

Este anhelo de abstraerse, de sumergirse de tal modo en la concentración del trabajo que borre todo registro de lo circundante, me deja pensando…

A veces me gustaría ser como esos artistas cerebrales que se sientan horas de horas frente a sus cuadernos, corrigen y enmiendan, le ponen coto a sus fantasias, y en base a unas pocas opciones, muy controladas, van construyendo un mundo propio y coherente.

Lo mío, según he comprobado demasiadas veces, va por otro lado, pero no cejan las frustraciones, por no poder hacerlo, por no poder tomar aquella dirección, no importa cuánto empeño le pongamos.

Y si por uno de esos reveses tenemos suerte, el hechizo dura un par de obras como mucho, porque tarde o temprano volvemos a nuestra natural manera de trabajar, que es cediendo el timón al capricho y las pulsiones, para ser víctimas de nuestras ocurrencias, aplaudirlas si cabe, e irnos a la cama ilusionados, soñando que mañana al fin comenzaremos ese trabajo redentor.

En diálogo con la almohada, por un rato mirará hacia otro lado el censor que llevamos dentro. Ese que no descansa nunca, el único en fin que parece trabajar en serio, el adulto que habita en mí, que me patea los juguetes siempre que puede y me obliga a llevar la cuenta de los días.

De las teorías

Leemos a García Montero y queremos que nuestros trabajos tengan la elegancia de las ruinas clásicas.

Después leemos a Todorov y deseamos que nuestras pinturas oscilen entre lo extraño y lo maravilloso.

Luego leemos a Huizinga y queremos que el juego gobierne nuestro trabajo.

Por fin nos cansamos de leer y es entonces cuando la obra crece…

Algo contradictorio anida en nosotros; las cosas parecen salir mejor cuando menos lo esperamos.

Yo vivo en la fantasía de que esos órdenes, leer y pintar, resulten compatibles, pero una y otra vez salta a la vista que en realidad son excluyentes: cuando hacemos uno, no hacemos el otro.

Escribir, en cambio, parece un remedo de ambos, un tibio consuelo. Porque los consuelos, claro, siempre esconden una tristeza. Crear o contemplar. Hacer o soñar.

Según parece, tanto Hemingway como Dos Passos reconocían en la pintura una importante influencia sobre su devenir de escritores.

Lo traigo a cuento porque siempre es bueno contar con alguien de bien ganada reputación para dar una pizca de respeto a lo que se intenta decir.

A mí me gusta tomar prestadas de la literatura cosas que adaptar a la pintura, de allí que descubrir que el camino puede ser inverso, que algunos escritores encontraron en la pintura un campo fecundo, resulta invaluable.

Mencionaba antes a Todorov…

La definición sobre literatura fantástica que él brinda siempre me ha interesado. La literatura fantástica se mueve en un filo, nos dice, en la estrechez de dos posibilidades. El relato pende de un hilo, oscilando entre lo extraño y lo maravilloso.

Esa presentida alternancia, mientras permanece, sostiene el relato y genera ese tercer ingrediente, lo “fantástico”.

Y aunque el hechizo se desvanece porque el tiempo en la literatura es sucesivo y tarde o temprano llega el desenlace, mientras dura la magia es manifiesta esa presencia.

En la pintura no existe tal cosa como un desenlace, el tiempo es estático, un eterno presente.

Habria que ver cuáles podrían ser los ingredientes que, en su oscilar, generen el tercero y mayor. Lo maravilloso y lo extraño como garantes del Arte.

Una pintura suspendida entre opciones, frágiles instancias que propicien esa tercera, elusiva e intangible, que es el Arte.

Resulta que el todo es mayor a la suma de sus partes.

Tras tanto cavilar, naturalmente, tomamos la caladora, los tornillos, las carbonillas. Ansiamos poner en obra esas ideas.

Nos sale mal, qué duda cabe. El trabajo es confuso, pretencioso, tibio. Un engendro, o lo que en términos plásticos se conoce como mamarracho.

Aun así, me evado pensando que si fuera este un retrato como la gente me interesaría llevarlo a un punto semejante al del planteo de Todorov, y que la obra oscile entre la identidad y la expresión plástica, soñando con que ese pivote genere lo artístico, el Arte.

Pero hay más. En algún apartado previo consigné mi idea de que el borrón y los tachados pueden tener también una lectura temporal. Si el borrón es el presente (o el presente como un borrón), la cara que se adivina detrás sería el pasado. La obra oscila en el tiempo.

Yo miro el cuadro, que no refleja nada de esto. Tal vez lo único fantástico es mi incapacidad para sacar adelante el trabajo.

En fin, volviendo a aquello de pedir a la literatura definiciones e ideas, hay un tipo de pintura que, como las novelas, parece una pieza de ficción, es narrativa. Hay una pintura novelada, novelesca. Pinturas donde vemos personajes, hasta una trama.

Yo tengo la eterna tentación de caer en ellas.

De la novela contemporánea me interesan las voces que la narran, ese coro de voces que muchas veces es difícil identificar, porque en ese trabajo que se le pide al lector está el meollo, el asunto, la mucha miga. La novela nos confronta una y otra vez con su propia estructura. Y es en ese andamiaje donde parece estar la aventura y el deleite, ya no en las peripecias y avatares de sus protagonistas.

No es raro entonces que tras tantas novelas al artista le apasionen más los ropajes que el retratado.

Y agarramos más fuerte la caladora, nos auguramos éxito y le damos duro al pobre trabajo, poniendo el énfasis en las zonas huecas, en el vacío, en lo imposible que son esos retratos. Cualquier retrato.

Y este más que ninguno.

Ahora nos preguntamos dónde se ha ido la identidad. O si esa identidad es la expresión plástica.

Las siluetas hablan de la ausencia. Ausencia de tiempo, de identidad, de entorno (¿de norte, de propósito?).

Un esquema semejante, bajo un matíz lúdico, podría sugerir que el cuadro es un juego permanente y simultáneo, que no necesita de comienzo alguno y que está allí, eterno, jugándose a sí mismo…

Estamos cada vez más extraviados. Parece que ya no hay autor, solo hay personajes, o que la autoría es un trabajo mancomunado entre el hacedor, el público y la obra.

Cualquiera diría que no sabemos qué hacer.

Cansado, vuelvo a pensar en García Montero, que pedía para sus poemas la elegancia de las ruinas clásicas.

Yo miro el cuadro…

No sé si será clásico, pero sin duda es una ruina.