De los aquelarres

Ayer fui a ver una muestra…

Todos los que alguna vez han incurrido en el error de tener una discusión en materia de arte habrán comprobado que allí ocurre lo mismo que en todas las demás discusiones: No importa de qué lado se tome partido, la parte opuesta esquiva cualquier bala. Los argumentos se rebaten como reveses de tenis y no hay finta que haga mella.

Hasta hace poco lo usual, lo característico, era una oposicion entre los partidarios de lo clásico (y entiéndase por esto cualquier cosa anterior a las vanguardias) y los empujadores de lo moderno, sea esto lo que fuere.

Disculpe el estimable la burda generalización, pero la intención es hacer un injusto resumen, meter en una misma bolsa las cosas, manga por hombro. Al cabo de lo que hablamos es de una charla de café. Una discusión de café.

De ser sincero, por más que ahora me haga el tolerante y pretenda bogar por una postura de amplitud de miras, lo cierto es que en esa guerra de trincheras solían encontrarme parapetado entre los partidarios de los más rancios abolengos, enarbolando enloquecido el estandarte de los paladines del pasado. Qué se le va a hacer. Hay tiempo para todo, incluso para cambiar de bando.

El punto igual es que no importa de qué lado uno se sitúe, es más o menos lo mismo lo que puede observarse.

Y lo que se observa es lo siguiente: que los argumentos en pro y en contra son intercambiables, nadie escucha a nadie, todos a sí mismos.

Si me empujan un poco, les diré que hay un parangón entre la antigua caza de brujas y las actuales estrategias en esta discusión.

Claro que la equivalencia es intelectual, de estructura. Y el orden es inverso.

Por aquel entonces a la pobre infortunada no le cabía subterfugio para librarse de la condena, porque cualquier palabra era desvirtuada hasta tornarla incriminatoria.

Pues bien, en sus manifestaciones contemporáneas los malos artistas suelen presentar o defender su obra con sofismas equivalentes a los esgrimidos antes por los jueces inquisitoriales, pero con el ardid y la astucia de hacerse primero los acusados de brujería.

Claro que el problema con las brujas, como sagazmente señaló Baroja, no es la convicción de las susodichas, si no la credulidad de sus acusadores.

Y con el artista pasa igual. La culpa no es del chancho, qué va. ¡Qué culpa tiene él si le creen todo lo que dice!

De allí que un fragmento de plástico deviene en alegato de la sociedad de consumo, una mata de pelo se torna en la más cabal representación de la cosificación sexual, etc, etc.

(Hace tiempo le pasaron la pelota al espectador, y ahora todo el trabajo lo tiene que hacer él).

Y al que señala la impostura se lo descarta con el “usté no entendió la obra”, cosa que oblitera cualquier reproche.

En los viejos tiempos el artista tenía algo de brujo. Hoy en cambio, más gordo y más astuto, ha aprendido del juez sus estrategias.

Es Baroja también, el que cuenta de ese pueblo en la vascongada, donde una niña juraba tener un ojo capaz de reconocer a las brujas. Y pasaba revista, tapándose el otro, señalando a las culpables.

Yo creo que hoy, muchas veces, dan ganas de taparse los ojos a la hora de ir a una muestra.

Y que se cuide el artista si en un descuido lo reconocen.

En fin, parece que uno ya no cree en los artistas.

Pero que los hay, los hay.

De la descripción de las islas

Me invitaron a dar una charla. A veces pasa. La gente imagina que los artistas tenemos algo para decir.

Bueno, no lo voy a negar, yo tengo cosas para decir. Pero son mayormente olvidables.

Cuestión que entre el público estaba mi madre. Y a veces mi madre no es el mejor público.

Al día siguiente le pregunté su parecer sobre la famosa charla.

Me dijo que muy bien, pero que había revelado demasiadas cosas sobre mi hacer, disipando el velo de misterio que debe llevar el trabajo.

La frase me sirvió para entenderla más a ella que a mi obra.

Por sus silencios, digo, por su mutismo. Mi madre es un misterio.

La cosa es que a mí me tiran de la lengua y después quedo con ganas de seguir andando, o por lo menos de pulir lo expuesto, decirlo mejor. Y para decirlo mejor hay que hacerlo por escrito, claro, con tiempo para considerar cada una de nuestras palabras, pulirlas hasta que se rompan o nos queden brillantes -brillantes de gastadas, se entiende.

Por eso yo comenzaría diciendo lo mismo que intenté decir en la charla, esto es, aclarando que no hago casi nunca bocetos de mis obras porque creo que ese cálculo previo le resta frescura al trabajo final. Una de las tantas manías personales, no lo voy a discutir, porque las dos o tres veces que realicé bocetos el trabajo igual tomó las usuales desviaciones sobre la marcha que me hacen disfrutar el recorrido. O sea que puedo equivocarme, lo reconozco.

Otra manera de comenzar esta versión de la charla sería repitiendo a Stephen King, quien ante la pregunta sobre el origen de sus ideas aclaró, con total franqueza, que no lo sabía. Y si me permiten el pretencioso parangón, diré que yo tampoco, y que además no hago ningún esfuerzo por averiguarlo. Como el Lucas de Cortázar, yo cada tanto pongo una idea. Y eso es todo.

Creo que era Borges (¿o era Bioy?) quien comparaba la gestación de ciertos cuentos con la aparición de islas en el horizonte, que se van acercando y perfilando. En ocasiones es así, no hay duda, pero la mayor parte de las veces la isla se nos aparece de pronto, y contundente. Es como si nos tiraran la isla encima, con todo y arena y palmeras. ”La idea es tal, y para hacerla necesito esto y lo de más allá”.

Lo malo es cuando esa aparición nos llega envuelta en tinieblas, como si encalláramos en la isla de noche. Sabemos que está ahí, sentimos su presencia. Lo malo es que no sabemos su aspecto.

Ese tipo de isla es una pulsión, un afán de hacer, de dibujar, de pintar, de cortar y de ponerle rueditas. Pero no sabemos a qué.

Entonces, para encontrar ese cuadro, para entender su contorno, me pongo a ver fotos. Como si fuera un identikit que uno tiene que repasar hasta que aparece la figura que sospechamos, que nos ronda por la mente aun sin definir. Vamos pasando revista al sinfín de imágenes que tenemos guardadas, recortes, capturas de pantalla, cuanta cosa nos llamó la atención, sospenchando que el día de mañana haríamos esto que hacemos ahora, mirarlas hasta encontrar la que encastra con esa idea que nos ronda la mente pero no podemos definir.

Más o menos así.

(Y no digo más, mamá).

De los errores afortunados

Tal vez el único aprendizaje que nos deja la temible experiencia de pintar bajo encargo es valorar la propia libertad creativa. Al fin y al cabo, como con tantas otras cosas, hace falta que nos birlen algo para comprender su importancia…

Pero olvidemos los disgustos y hablemos un poco de la labor usual, la tranquila rutina donde nuestro capricho se solaza a su antojo sobre el horizonte de lo posible y lo imposible.

En esos casos lo común es comenzar la pintura enamorados de la imagen que tenemos en mente. Para aquellos que trabajamos con referencias del mundo tangible, en buena medida el flechazo es previo a la obra… digamos que nos fascina determinada postura y queremos plasmarla en la tela. Lo digo por experiencia: durante mucho tiempo una simple figura sentada me bastaba como estimulante punto de partida. Y si era en un sillón ni hablar, el arrebato era completo ¡Denme ya mismo un bastidor! El sillón era mi tema predilecto, sí. Luego uno le encuentra asidero verbal y hasta conceptual al asunto, pero vamos, al principio, bien al principio, lo que debe haber es una obsesión, una urgencia por capturar una pose, un encuadre, algunos colores. Y no mucho más.

Esas posturas nos parecían la mejor excusa para disparar la plasticidad, creíamos que las posibilidades de la forma y el color se encontraban más a gusto bajo esos ropajes. Como dice Saura, eran el anclaje necesario o indispensable para probar nuestras herramientas.

Claro que el trabajo tiene otros planes para nosotros, planes que suelen implicar parejas dosis de sufrimiento y espejismos. Tras lo cual sobreviene la desazón.

Eso sí, con el tiempo nos habituamos, porque uno se acostumbra a todo -hasta a lo malo, diría Inodoro.

No sé en el otro, pero en el mundo del arte las cosas rara vez terminan bien. El secreto está en apañárselas, en dejarse llevar por la ola, en ver hasta dónde nos lleva.

Hoy por hoy, a mi juicio, mis trabajos más logrados son aquellos en los que no me reconozco.

Lo he mencionado en algún texto previo. Y al respecto leía hace poco unas reflexiones de Juan Villoro:

”No hay garantía de que lo que escribimos tenga calidad certificada. Recuerdo una conversación con Roberto Bolaño en la que llegamos a la siguiente conclusión: la única prueba confiable de que un texto «estaba bien» ocurría cuando nos parecía escrito por otro. Esta repentina despersonalización permite la autonomía necesaria para que una obra respire por cuenta propia. Al mismo tiempo, nos priva de la posibilidad de sentirnos orgullosos de ella, pues su mayor virtud consiste en parecer ajena. Escribir significa suplantarse, ser en una voz distinta.»

Capaz ocurre lo mismo en la pintura. Lo de la voz ajena. Pero no es lo primero que me viene a la cabeza, no. Yo tiendo a ser pragmático. Y ese extrañamiento que nos ocurre sirve, creemos, para juzgar más fríos el resultado. Imaginarnos imparciales. Lo cual es una ilusión, desde luego. Pero uno vive de ellas.

En mi experiencia, ese extrañamiento ocurre en la medida en que las dificultades inherentes al trabajo fueron sorteadas con mucho más azar que habilidad.

Ocurre que al trabajar bajo encargo le cerramos la puerta al azar. En esos casos es contraproducente despegarse de la propuesta previa, del boceto inicial, de lo ya acordado. Y el azar siempre quiere alejarnos de lo pautado.

Para mí el trabajo es un recorrido que comienza en A y no sabemos dónde concluye. De modo que deshacer cada una de las sorpresas que nos depara la marcha, para llevar una y otra vez el trabajo a los cauces acordados… la verdad que me aburre.

En algún lado leí que el estilo no es más que la muy personal forma de equivocarse. A lo que habría que agregar la frase de Quino, último consuelo: “Y si errar es humano, nadie podrá negarnos un nivel de humanidad realmente asombroso”.

De los rebusques

Como suele suceder, de golpe y porrazo tenemos las fiestas encima y con ello la vorágine de compras de fin de año.

En ascensores y demás espacios de tertulia las acres observaciones sobre el clima se han visto reemplazadas por los lloriqueos ante la falta de tiempo y la abundancia de precios.

Quien suscribe no es ajeno al revuelo ni al lamento, pero dado su ánimo soñador y evasivo, tiende a imaginar que otros mundos son posibles.

Por todo esto, tras mucha cavilación y dos o tres disgustos, se propone aquí una humilde alternativa, una tibia solución al entuerto: lanzar una línea de juguetes.

20 muñecos 20 donde estén representados los diferentes estamentos que conforman este bello mundo del arte. Perfectamente articulados y en variedad de sexos.

Piénsenlo… Todos tenemos un amigo que pinta, u otro que no lo hace pero su hija sí, o la clásica tía que aburre a media familia con sus fotos por museos y galerías.

Imaginemos entonces qué lindo sería para cada caso contar con un regio juguete alusivo. Para nuestro amigo, el muñeco del “Estudiante de arte”, para la tía el del “Diletante” y para la criatura… para la criatura una pelota (que tome aire, se está poniendo verde).

Pero esto recién empieza. Además de los personajes ya citados estarían los muy simpáticos muñecos del curador, del coleccionista, del crítico, del galerista, y hasta el del mozo que sirve bebidas en las inauguraciones.

En pocas palabras, el universo entero del arte.

Sin olvidar al marquero, la secretaria de la galería, la modelo, el fotógrafo de obras, el vendedor de la artística.

Y desde luego el público en general, y hasta en tres versiones: el colado de las inauguraciones, el que colecciona folletos y la tía antes mencionada.

Cada muñeco deberá incluir un par de accesorios, atuendo correspondiente y por supuesto dos o tres líneas de texto que suenen presionando un botón.

Tal vez lo difícil sea decidir frases y prendas, porque en esos atributos se define el personaje.

El artículo principal, el Artista propiamente dicho, podría venir en diferentes perfiles, por ejemplo el conceptual, el bohemio, el depresivo. Y por supuesto el Artista a secas. Tal vez de jeans y remera blanca, los pantalones plagados de manchas y salpicaduras, para que quede claro que es la versión de fajina y taller la que estamos viendo (ya habrá tiempo para lanzar el modelo “vernissage”: las mismas prendas, una copa en la mano).

En lo que a frases se refiere, lo ideal es que fuera más de una, pero convengamos que esto no es fácil. Nadie imagina al galerista diciendo algo memorable, ni al curador algo interesante, ni al artista algo coherente.

El crítico sólo haría preguntas, al estilo “¿Dónde están las bebidas?”.

El galerista probablemente no diga otra cosa que el ya clásico “no se vendió nada; me voy al campo”.

Y el artista por su parte podría emitir un balbuceo o repetir en bucle “¡La belleza!”.

Luego estarían los accesorios, que en muchos casos vendrán a reforzar o propiciar las líneas de cada muñeco.

Al artista lo veremos con su atril y su bastidor, a la modelo con su kimono (“¿dónde lo dejo?”), al mozo con la bandeja (“¿tinto o blanco?”), al galerista con su barriga.

Y todos con una palanquita escondida en la espalda para accionar el brazo, ponerlo en alto y sacarse una selfie.

El set completo de personajes estará disponible en kioscos, artísticas y jugueterías lo antes posible, en material hipoalergénico y a precios módicos.

Reserve el suyo.

De los paseos artísticos

Estábamos el otro día con una artista amiga, mirando el mundo desde un atalaya imaginario, quiero decir con esa lejanía necesaria para juzgar impunes el producto que se desplegaba a nuestros ojos, esto es, una feria de arte.

Feria que habíamos recorrido si no largamente, al menos hasta cansarnos, lo suficiente en fin para constatar que bueno, seguramente no habría quedado mucho por ver, y si lo había ya no valía la pena el esfuerzo: era demasiada la gente dando vueltas.

Junto a ese río humano que desfilaba, como si río verdadero fuera, la reflexión parecía obligada, porque la contemplación de un fluir siempre promueve la reflexión, es un hecho.

Y de lo que hablamos, desde luego, tenía que ver con lo recién visto, era consecuencia de ello, de la desazón producida al constatar, al corroborar el pálpito de que nada habría de ofrecer la feria, el recorrido, hasta el flujo humano si me permiten.

Por ende nos deprimimos. Y decidimos bajar de las alturas y seguir a la multitud. Porque parecía lo más sensato. Porque no había otra cosa para hacer.

Y resulta que la gente lo que quería, más que ver la feria, era trocar sus vales por bebidas. Fue así que boyamos hasta las mesas de espumante.

Tras la ingesta, acicateado el intelecto por el devenir del arte, y espoleada el alma por tan bravos espíritus, me permití exponer un par de ideas que no son nuevas ni originales pero siempre consuela tenerlas, para no sentirse luego tan tenue y ligero.

(Algunos con el alcohol se ponen puteadores. A mi me da por la sanata).

Dije entonces… Primero -¡y con un dedo en alto! Que la inclinación de los artistas hacia un arte de apariencia conceptual obedece a la siguiente ley: es más fácil pergeñar algo que reclame explicación que algo que propicie emociones.

(O dicho de otro modo: el trabajo que nos emociona es el inolvidable).

-La feria está mejor este año -nos interrumpe un colega al pasar-, hay menos “cositas” tiradas.

Esa es la suerte del arte actual, al menos la de este, cuando presenta obras que en el mejor de los casos sólo sirven para producir un guiño.

Y esto en buena medida lo adjudico a un asunto coyuntural, porque el tenor de la vida moderna excluye la capacidad y el tiempo necesarios para pulir o educar la sensibilidad (se los digo yo, que uso monóculo y fumo en boquilla). El artista no tiene tiempo para ampliar su lirismo. Y el espectador tampoco, vamos. Por eso pactan ambos, tácitamente. Se contentan con una obra sin espacio para sensibilidades, porque la sensibilidad requiere empeño. Y como decía recién, no hay tiempo para eso.

El consumidor, al no tener tiempo para formar su paladar, se deja convencer por las virtudes intelectuales del objeto presentado, porque esas virtudes son fáciles de explicar y sencillas de entender. En cambio la ligazón sensible con el material es otro cantar, y requiere interminables sesiones de paladeo.

Claro que la culpa no es del chancho. Lo que nos deja en el segundo punto -y mostré los dedos índice y mayor: Dos, grité.

Como bien dice Félix de Azúa, el arte se ha orientado hacia su reflexión y no hacia su goce. Y sus abanderados lo han hecho, en un principio, acuciados por la necesidad de comprender la obra, sí, pero luego han promovido meros entuertos, donde el desciframiento es obligado, y eso nomás para mantener su nicho de trabajo.

Quiero decir que los mediadores -críticos, curadores, galeristas, el vecino, usted- en buena medida promueven un arte que lisa y llanamente los torna a ellos mismos necesarios, por no decir indispensables.

Y cuando la paranoia alcanzaba su cúspide y el grito de ¡Revolución! casi podía oírse, se nos acabó el espumante.

Como por arte de magia la gente buscó otros rumbos.

-¿Eso recién lo terminan? ¿Están sirviendo de nuevo? Nos preguntó alguien en franco deterioro.

Era hora de irnos.

De las inauguraciones

Como decía Umbral, hay días donde el artista se amanece pensando en Baudelaire y se decide a ser sublime sin interrupción. Brinca de la cama y pasa a la acción. Piensa en esos cuadros todavía por hacer y poco a poco se sumerge en la obra… ¡tan iluso, tan temprano!

El artista se imagina poseso de un dinamismo furioso, pero el espejo nos devuelve una imagen más parecida a “El despertar de la criada”: una mole semoviente, meditabunda -aunque ya quisiéramos tener tanto pecho para las balas.

Enredados en el sueño, nos movemos como un caracol. Buscamos los pantalones, la remera.

De madrugada somos más poetas que de costumbre. Le vemos la vertiente plástica y lírica a todo lo que nos rodea: el olor de las medias, el pelo que se nos cae.

Queremos vivir intensamente.

Y no nos dejan.

Primero es el artista contra el despertador. Después es el artista contra la tostadora eléctrica, el artista contra el ascensor, el artista contra el mundo.

Salimos a la calle. La gente nos señala, pero el artista se mueve impertérrito, y acostumbrado como está a nadar contra la corriente, se evade hacia sus mundos ficticios, al mejor estilo del Quijote.

Otra jornada de gigantes y molinos.

Ahora pensamos en Belmondo. Se decía que no usaba dobles de acción.

Yo tampoco los uso, y cada tanto pienso que sería bueno tener uno.

Lo mandaría a las inauguraciones…

Allí hay que sonreír hasta que nos tiembla la quijada, fingir naturalidad mientras tomamos demasiado, y hablar todo lo que no hemos hablado en los últimos seis meses.

Por eso ni bien llego tengo ganas de irme.

Saludamos a la concurrencia, y esto varias veces. Damos una ronda y descubrimos que es breve, porque estamos de nuevo hablando con la persona a evitar, esa que no recordamos cómo se llama -un “aburridor de peso”, diría Borges.

Nos salva la llegada de un desconocido que fingimos estar esperando.

-Si me disculpa…

Algunas estrategias todavía salen bien, pero el lugar está plagado de trampas: nos detiene alguien que pregunta por el artista y yo señalo el fondo del local. Allá, allá.

Hora de correr.

Pero no hay caso, nos atrapan de nuevo…

Hablamos, o casi. Balbuceamos más bien. Cuando hice este cuadro estaba muy cansado, ¿se nota?

La persona se ríe por compromiso y con tanto empeño que puedo contar molares. Me quiero ir.

La copa de espumante está tibia, los cuadros están torcidos, me transpiran las manos, algo no está bien. En las fotos termino ostentando una mueca lamentable, a medio camino entre el rictus guasónico y el cartel de “buscado”.

No hay caso, en mi mente me veo sorteando los mil obstáculos que nos presenta la jornada, para caer finalmente -y con estrépito- en la fricción social.

“Es que ante a la obra se despiertan asociaciones y ensueños inefables, y es rara la capacidad para poner en palabras lo que nos acontece”, dice alguien que no conozco y parece más a gusto con mi obra que yo mismo.

De mi boca sólo salen incordios: sí, no, perdón, auxilio.

Puedo ver en los ojos que me interrogan la expectativa por un discurso interesante. Y eso no va a ocurrir, no.

Para evitarme el espectáculo de tamaña decepción, aumento la ingesta de alcohol.

A partir de entonces es la temida espiral de desinhibición y franqueza.

La realidad entra como en un bucle, se repite a sí misma.

Damos una vuelta, y otra más. En cada ronda tomamos una copa nueva, como si fuera la sortija en la calesita. El mareo es el mismo.

Para detener el ciclo y cortar las náuseas, hacemos un alto repentino. Mala suerte: estamos otra vez ante la persona a evitar, esa que mencioné al principio.

Como el interlocutor me aburre, grito “¡Gutiérrez!” y me alejo alzando la mano hacia un recién llegado imaginario. Es un éxito.

(Con el alcohol uno adquiere una elegancia de anguila de lo más admirable, no hay duda).

Pero entre el gentío nos acecha todavía el demonio de la adversidad, disfrazado esta vez con su más fino envoltorio de simulación y candor: una niña de trenzas y ojos claros. Que nos pregunta por tal cuadro, y quiere llevarnos a él. Es una trampa, lo sabemos. El mefítico olor a azufre la delata. Ya vislumbro una escena al mejor estilo de “Boogie el aceitoso”: zarandear a la mocosa hasta que confiese su inspiración luciferina… un revuelo de pecas y cabellos ensortijados, chillidos, espanto.

Tengo que aflojar con el champán.

Dejo la copa y me escabullo. Y entre tanto ruido y besamanos termino frente al embajador de no sé dónde, que comprende que somos dos los que no hablamos español.

Aquí me quedo, al fin tranquilo.

Y pensar que hay días donde el artista se amanece pensando en Baudelaire y se decide a ser sublime sin interrupción…

De las greguerías

Pese a la impresión que producen tantas muestras y exhibiciones, los artistas no andan escasos de ideas, no. Lo que ocurre es que al pobre espectador lo cansan primero con la cola para las entradas, con el guardarropa, con los textos dilucidantes y por qué no con la opinión nunca bienvenida del aspirante a crítico, en la fila, en el guardarropa, y por supuesto junto al cuadro en cuestión.

Así es que al confrontar la obra tan postergada no es raro que sólo veamos un montoncito de mugre, un barullo de alambres o un enchastre de colores, pero nunca la cumbre que nos han prometido en algún lado, alguien.

Yo tengo un amigo que haría un excelente crítico de arte. Escucharlo disertar es asistir a un evento único… Posee la sutileza de un cirujano, la persuasión de un barrabrava, la sensibilidad de un callo. Una rara mezcla de eminencia y guarango. Un caramelo.

Lo raro es que sus opiniones, casi siempre lapidarias, parecen la única cura posible contra el almíbar que nos quieren hacer beber, ese que de todas formas no logra tapar el miasma que impera en el ambiente.

Dice mi amigo:

Hay dos o tres mitos insidiosos que terminan por dar mal nombre al Arte. Uno es creer que el artista se maneja con reglas diferentes al resto de los mortales…

En algún lado escuché que los abogados tapan con papeles sus errores, y que los médicos los tapan con tierra.

El artista no, el artista es distinto.

El artista puede tildar de “experimental” su obra y que además lo feliciten, le quedó divino el bodrio, ¿nos sacamos una foto?

Pues no. Cuando el trabajo sale mal, se lo guarda en casa y a lo sumo que sirva, como decía Diderot, “para asustar a los nietos”.

Nuestro amigo va a una muestra.

Damos una vuelta, me dice, miramos la obra. Es lógico que nuestra atención se desplace de las paredes a la sala, para encontrar al culpable.

¿Será aquel de la remera fucsia con la cara del Che? ¿O la señora de la cartera dorada? ¿O el adolescente cuarentón con la copa de espumante?

Se podría aventurar una clasificación de los sospechosos, al mejor y más retrógrado estilo Lombrosiano, como si hubiera ciertas constantes ineludibles. Creo que el material es tan jugoso que amerita una reseña aparte.

-¿Le gustan los cuadros?

-Bueno, dicen que un chimpancé ante una máquina de escribir, con el tiempo suficiente, podría escribir un soneto…

-¿Perdón?

-También dicen que el asesino siempre comete algún error. Aquí yo veo 14, pero no estoy seguro; ¿ese interruptor cuenta como cuadro?

Ahora el arte es un guiño y una selfie. Y si tiene gusto a poco para eso está el prospecto. Página 3, o Cómo distinguir un Duchamp de otro (urinario).

El arte solía requerir tiempo y empeño, y hoy no estamos para esas cosas.

¿El Kemble está al revés?

Y por eso, repito, tanto trabajo que apela al mismo y breve asombro que produce una curiosidad, una anécdota.

Qué gracioso, sí, el Kemble está al revés.

¿Me explico?

Hasta la próxima.

De los caminos posibles

Cuando miro las tantísimas imágenes que tengo de archivo y referencia, naturalmente llega el día donde la número 5 mil cobra relación con la 356.

Luego entro a ver la dupla como hermanos separados al nacer, aunque de genealogía más misteriosa.

Tal hermandad puede brotar del absurdo, de la contradicción o del asombro, pero lo importante es encontrar ese punto de contacto.

Por ejemplo un desnudo y una tabla de planchar.

Hoy día los objetos vienen cargados de bibliografía. Y la tabla de planchar en cuanto la vemos erguida adquiere un carácter totémico indiscutible, al punto que desaparece cualquier connotación de servidumbre doméstica y sólo su erecta naturaleza tribal prevalece.

El artista que aquí suscribe relaciona tótem con ciertos parajes del Pacífico, con algunos animales y con la plaza Canadá, en Retiro, frente a la cual partía el ómnibus a La Plata, cuando era niño -por citar algunas cosas.

Además quien dice tótem dice tabú y dice Freud.

Todo eso viene prendido en la imagen. Podríamos decir que se pasea para siempre con ella.

Esta técnica, esta costumbre de encontrar un parentesco fortuito entre dos elementos disímiles, siendo pretencioso podemos llamarla surrealista. Una suerte de cadaver exquisito. Pero eso es forzar un poco las cosas, darles una chapa de dignidad mediante lo santificado por la historia.

Supongo que en el fondo no es el caso. Además no llega a ser un verdadero método de trabajo, porque no alcanza la categoría de hábito. Sólo sucede de vez en cuando, y nunca deja de ser un evento afortunado.

Lo seguro es que una vez establecido el binomio resulta mucho más fácil buscarle otros ingredientes que refuercen o perturben la lectura. Esos aditamentos no siempre se mueven en la bidimensión, claro está, a veces también son otros objetos los que se le añaden: etiquetas, rueditas, etc.

Puede ocurrir igual que tanto bagaje incomode, se interponga, y volvemos atrás, quitamos el añadido, porque la lectura queda forzada hacia un rumbo que no nos interesa.

De modo que no siempre es un asunto de ejes o equilibrio lo que decide la inclusión o exclusión de los objetos, también puede tratarse de una economía de connotaciones, un ajuste de referencias.

Rothko dice que el artista necesita de mucho tiempo de reflexión o ensimismamiento para realizar la obra. Yo sigo al dedillo la técnica y paso horas y horas mirando el cielo raso. En general no se me ocurre nada. Me acuerdo de Serrat, desde ya, pero no mucho más. Lo que ocurre esencialmente es que después de andar por las nubes bajamos a tierra y lo que nos hacía ruido en la obra, aquello que molestaba y no podíamos puntualizar, de repente se delata y refulge como algo obvio. Rothko sabe.

Los trabajos que mayor confianza me despiertan a la hora de su realización son los que están apoyados o construidos mediante la utilización de más de un par de estos binomios a los que aludía al principio.

La lógica es que si una idea nos parecía buena, dos tienen que ser infalibles. (Algo así decía Fontanarrosa).

A partir de allí, francamente, la realización no es más que un juego de encastre, poner o sacar distintos ingredientes.

El corazón del asunto está en realidad en la primera elección, en esa hermandad que aludía al comienzo, donde ciertas imágenes se emparentan, y al hacerlo se manifiestan como la puesta en acto de un cuadro aún difuso, apenas intuido.

Desconozco qué decide mi preferencia, por qué la tabla de planchar y no otra cosa.

Incluso para mí es un misterio, y es lógico que así sea.

Porque hacer la obra es el intento por revelarlo.

De las artísticas

Yo suelo pintar sobre madera o mdf, y será por eso que a la hora de trabajar sobre papel prefiero mucho gramaje, casi cartones.

Cuando es en formato pequeño -y si no tengo algo mayor para fraccionar-, lo más seguro es papel para acuarela. Tiene el peso adecuado. Sólo es cuestión de encontrar la textura conveniente.

Me apersoné entonces en la artística y me puse a mirar los blocs. El empleado no se hizo esperar. ¿Te ayudo en algo? Me alcé de hombros y le dije que estaba buscando papeles, de 300 gramos o más. ¿Para qué técnica? “Dibujo” contesté y casi pude a adivinar la respuesta: Ah, pero esos no te van a servir. Son para acuarela.

Como no quería hacer una escena tipo Capusotto (agarrarlo de las solapas y sacudirlo, al grito de “¡¿y qué te importa a vos para qué quiero usar el papel, a ver?!”), le dije Está bien, lo llevo igual.

A todos nos ha pasado: vamos a comprar X y nos quieren vender Z. No importa lo que pensemos al respecto, acá el que sabe es el vendedor.

Yo me creía un comprador de propósitos claros, y pensaba que esas seguridades, aunque solapadas tras mi elegante mutismo, de todas formas se manifiestan en el lenguaje tácito de la mirada obsesiva y el dedo acusador. Pero no, resulta que no, para el ojo ajeno yo debo lucir como un idiota. “No sé qué hago acá” es el rótulo que llevo en la frente. Por suerte este noble muchacho me va a ilustrar con lo que de verdad necesito. Que no es ese papel, desde luego. Y mejor que la carbonilla es un marcador. Hoy los tenemos de oferta.

Perspicaz como soy, sospecho una estrategia comercial tras esa conveniencia, pero no digo nada, para no importunar.

Durante largo tiempo dejé de ir a una de las principales artísticas de la ciudad porque la suerte estaba en mi contra y siempre terminaba atendiéndome un fulano que tenía la mala costumbre de querer venderme muchas más cosas de las que yo venía a comprar. Este hombre tenía un propósito en la vida, sólo uno, y era que yo comprara más. Poseía una vehemencia que asustaba. O repelía. Y para no darle el gusto de ver el pánico en mis ojos arribé a la conclusión de buscar mis implementos en otro sitio.

Esas dos variantes, la del vendedor convencido de saber más que su cliente, y el que nos insiste con compras suplementarias, en el fondo hablan de lo mismo… pero no quiero indagar aquí en el delicado asunto de la idiosincrasia nacional y la atención al cliente, dupla que, como cualquiera habrá comprobado, suele ser dinamita. Eso quedará para otro artículo o para otro autor.

Hoy en cambio el sondeo pasa por otro lado: la fantasía de creer que teniendo la herramienta encontraremos el hacer. Esa ensoñación subyace y esplende como una promesa segura mientras examinamos colores, pomos, pinceles, cuadernos. Ya casi podemos imaginarnos la obra terminada, todo aciertos y sorpresas. Y eso explica un poco el aire estólido que uno adopta, maravillado ante el abanico de opciones, los ojos tras una neblina, la de la obra que ya se vislumbra, atronadora y feliz. Con esos colores carísimos y esos pinceles de lujo nada puede salir mal. Contienen la llave hacia el éxito rotundo.

(Algo así me pasa en las librerías. La fascinación de las opciones que se despliegan en nuestra mente nos hace olvidar lo que veníamos a buscar).

Muchos años atrás, frente a la casa de mis padres, un vecino se apareció con una flamante bicicleta de montaña, con todo y atuendo para el Giro d’Italia: ya saben, calzas, gorrita, botellín de plástico, remera 3 talles por debajo del recomendable. La ropa -el disfraz- iba llena de publicidades, aunque no de la parrilla de la esquina, como esa cintura hacía sospechar. Lo del muchacho no era el ciclismo, vamos. (Con ese porte y así vestido a lo sumo podía hacer de simpática mascota).

Pero lo traigo a cuento porque cualquiera de nosotros alguna vez ha sucumbido a la tentación de munirse de todo el bagaje posible. Y del imposible también.

Supongo que el imposible es el que nos permite soñar, el que nos delata como soñadores.

(Esto me dijo aquel vendedor, y yo me llevé los marcadores).

De las lecciones de la historia

Yo pregunté, ¿tiene usted ayudantes?

Y pensaron en una época legendaria donde esa ayuda era un aprendizaje y ser aprendiz era asunto serio y encomiable, una promesa de gloria que se regía por los más estrechos escalafones del sacrificio.

En aquel entonces hacer carrera de discípulo era sobrevivir a elusivos protocolos, oscuros ceremoniales y misteriosos abandonos. Un sendero tan plagado de claudicaciones como jalonado de esperanzas.

Cuando el maestro asentía, ¡cuanta emoción! El corazoncito del bisoño aleteaba de alborozo. Esa brizna de aprobación bien valía los cuantiosos esfuerzos, y ante el más sutil elogio el pequeño saltamontes caminaba por las nubes.

Se trataba de una vida de abnegación y estoicismo, a qué dudarlo. Cargando la renuncia en la solapa, viviendo en la zozobra del rechazo.

El aprendiz transitaba los interminables pasillos del besamanos y la paciencia, confiando que tras la empinada escalera del aprendizaje técnico un fragmento escueto de la dignidad del maestro le estaría reservado.

Y aunque tantos y tan seguros sinsabores le arrinconaran y amenazaran desde todos los flancos, el sendero estaba, a decir verdad, alfombrado de certezas, como así lo estaba también el horizonte entero de la existencia. (En aquel entonces Dios todavía flameaba en lo alto y nada podía salir mal).

Había, por supuesto, que demostrar aptitudes, hacer alarde de virtuosismo, incluso pavonearse.

Y así y todo muchas veces las aptitudes no bastaban, opacadas por otras figuras de talento.

Por eso, si tras tanto empeño el horizonte continuaba incierto, el aprendiz debía deslumbrar con el engaño, demostrarse taimado y ladino, ensuciar el terreno de los contrincantes, sembrar cizaña, malediciente y viperino.

Porque el título de discípulo se ganaba a dentelladas y codazos, palmo a palmo, cuidando la baldosa, cortando de raíz las promesas ajenas, todas aquellas sombras que amenazaran con empañar la lejana y ansiada victoria.

Claro que además había que preparar muchos bastidores, lustrar paletas, limpiar pinceles, mezclar colores, destilar aceites y sobre todo, principalmente, apuntalarle muy bien el ánimo al maestro, porque esa pátina de bronce de la posteridad todos sabían que era muy fina, apenas un polvillo decantado casi al azar sobre la figura, y por ende siempre a punto de esfumarse ante los usuales movimientos bruscos de cualquier existencia.

El maestro de entonces era un ser de gloria, sí, una torre ejemplar, un cúmulo de saber y erudición, pero frágil y delicado, una rara avis. Respiraba un éter más sutil que el ventarrón donde andaban envueltos, en desorden y tumulto, aquellos por fuera de su gloria, pero ese mismo vendaval era el que ponía perpetuamente en riesgo su enclenque casilla de mimbre.

Por eso sus palabras, ¡sus sentencias! eran siempre paladeadas y aguardadas con fervor, la puesta en acto de una visión suprema.

Emularlo era el desafío, la búsqueda y la razón de ser.

Sorteadas todas las instancias, y cuando tras tanta zalema el reconocimiento por fin ocurría, el ayudante recibía como maná del cielo la gloria inmarcesible de su mentor.

Veía abrirse ante sí el abanico indiscutible del edén prometido, la fanfarria ensordecedora del parnaso del arte.

Todo servido, y al alcance de su mano.

Hoy en cambio… ahí lo tenemos al maestro, cansado, arrastrando los pies, desdeñado, con caspa y maldormido, siempre fuera de foco.

En las tertulias del ambiente se le nombra con cabeceos reprobadores y se bisbisea por lo bajo, se sospecha, ya casi se asegura, que el discípulo es el verdadero autor de las obras del tan cacareado maestro.

¿Maestro de qué, me quieren decir?

Ya podemos oír el estruendo de la fractura, el estallido de las añosas maderas del milenario árbol del arte. Un baluarte más, echado por tierra, otra victoria del desparpajo y la improvisación. ¡O tempora, o mores!

-No, no tengo ayudantes.