De las estrategias

Alguna vez leí que dentro del plan general de modernización de los zoológicos un ítem importante es la nueva dinámica de alimentación: se les esconde la comida a ciertos animales, incitándolos a su búsqueda, para paliar así el sedentarismo y la apatía del encierro forzado…

Yo cada tanto me escondo un cuadro, aquí en el taller.

Me dejo algunas pistas, pinceles sucios, pomos abiertos, y me pongo a buscar. Revuelvo cosas, finjo no ver lo que he escondido y saco a la luz obras inconclusas, olvidadas. Me entretengo, en pocas palabras.

Con suerte algún trabajo largo tiempo descartado nos parece ahora fulgurante, porque comprendemos que viene de perillas para hacer sobre él la nueva idea que estábamos rumiando.

(Es un poco como la exploración del Pacífico: uno termina siempre descubriendo la tierra que no estaba buscando).

Me gusta trabajar sobre obras descartadas, le suman un sustrato caótico a lo nuevo (y ni hablemos de la satisfacción que genera el reciclaje). Creo que por más soltura que uno invoque, los trabajos siempre presentan constantes racionales: simetría, ejes, equilibrio… de modo que uno tiene que contentarse con cualquier migaja que introduzca un poco de aire fresco. Si la obra la hacemos sobre un trabajo pretérito, el cruce de lenguajes (lo nuevo sobre lo viejo) crea una grilla original, por fuera de nuestros patrones usuales.

Y a eso le damos la bienvenida.

Bien mirado, esto de contar con un ingrediente confundidor pareciera mostrar cierta necesidad de trabajar borrando nuestras huellas. Así descubrimos que el reconocimiento del propio trazo es rechazado… Lo cual parece un juego de espejos o cajas chinas: Primero nos escondemos la obra, luego a nosotros mismos.

Claro que a veces todo el esquema fracasa, no encuentro ninguna obra descartada y el mundo apesta. Me voy de un portazo. Camino hasta la galería más cercana, que es bastante lejos. Lo suficiente para hacerme olvidar por qué salí en un principio. Y eso suele ser lo primero que me pregunto al llegar a cualquier lado.

Aquí, por ejemplo.

La sala está vacía.

Cada vez es más corriente ir a una muestra y descubrir que la obra no está y en su lugar nos enseñan vestigios y fragmentos, más algún texto que ilumina el asunto.

A mí no me gusta, hay que decirlo. A riesgo de huevazos y silbatina.

Soy por naturaleza desconfiado, y todo esto me deja pensando en la estrategia zoológica que mencioné al principio. Aquí hay gato encerrado…

Como prefiero no pensar que me tratan de animal, busco otro origen al asunto.

Tal vez sea una influencia del género policial (tanto por parte del autor, sugiriendo mediante pistas la obra faltante, como por parte del público, que en seguida piensa en encontrar al criminal del artista).

¿Por qué gusta tanto el género policial? Porque plantea un enigma a resolver con el mero uso de la razón. Los enigmas sentimentales, en cambio, dejan a todos deshechos.

Eso sí, la sensibilidad plástica requiere mayor empeño. O como decía Martínez, un profesor del Bellas Artes: se necesitó un montón de tiempo para que llegaran los Impresionistas y nos mostraran que las sombras eran azules.

En el fondo no sé por qué me indigno, si aquí han llevado hasta las últimas consecuencias lo que yo mismo me propuse antes.

Esto de la ausencia es muy enriquecedor, digo al fin. Pienso en la divisa y acertijo medieval, ese que decía “cuánto más me quitan, más grande soy” (respuesta: los agujeros). Así se ha tornado un poco el arte.
Como dije antes, nos han ido acostumbrando a contar con un texto que brinde cierta luz a la obra, porque la obra no está.

“Gracias, Jorge Larco”, diría Borges.

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De los talles

De pequeños tenemos la juguetería como la meta de los sueños y los anhelos. La única zanahoria posible para bancarnos la maratón de vidrieras, mercerías, farmacias y zapateros a los que nos sometían periódicamente.

La de marchas que habré soportado, estoico, porque tenía prometida una escala entre los juguetes. Mi madre pronto aprendió que había que dejar aquello para el cierre, porque con la recompensa antes de tiempo Alancito se ponía de verdad inbancable.

Por suerte ya de grandes tenemos la ferretería… y todo sigue igual. Soporto cualquier cosa si al final me dejan pegar la ñata contra el vidrio y mirar las varillas roscadas, las mechas de vidia.

En ese émulo del edén suelo pedir los ítems por su aspecto, prescindiendo de su verdadero uso. Un poco como Adán en el principio. Claro que eso complica el asunto con el ferretero, que suele ser hombre de absolutos. Un destornillador no puede usarse para otra cosa que para destornillar. Cuando le digo que lo necesito en otro color, lo veo sufrir en su desconcierto. Así no llegamos a buen puerto, pero tampoco puedo andar tachando ferreterías -no hay tantas en el barrio-, y entonces lo pienso mejor y pido un puñado de tornillos, que siempre hacen falta.

Creo que en general en este nuestro rubro usamos las cosas corridas de lugar. Como dije antes, muchos ítems los preferimos por su brillo y forma y no por su función. (Felix de Azúa pone como ejemplo lo de ver en el broche de ropa un caimán…)

Hace un tiempo fui a comprar una jaulita para pájaros, lo más pequeña posible. Me ofrecieron una trampera. Como en algunos comercios no se desprenden de la mercadería sin reclamar detalles, me preguntaron para qué pájaro era la jaula. Para ninguno, contesté; la necesito para un cuadro. Me miraron con resignación, quien sabe si esperando que entrara alguien de guardapolvo a dar explicaciones, “no tomó la pastilla, mil perdones”. Así descubrí que lo del cuadro no es esclarecedor. Pero no me di por vencido y lo repetí varias veces.

Por ejemplo con unas botas para lluvia, infantiles. Tenía una vaga idea del tamaño que precisaba, pero al no contar con un número de talle, la pobre vendedora me creyó un perdido o un degenerado, o las dos cosas a la vez. Me tendría que haber acompañado más tarde a conseguir el tutú de niña que necesitaba para el maniquí que tengo por modelo…

En mi caso hay un extraño lazo entre el arte y la escala. Casi diría entre el arte y los juguetes.

A ojos de un adulto los segundos son inútiles -y quién sabe si lo primero también.

Es verdad que el tamaño pequeño quiebra la solemnidad. Tal vez simplemente por su relación con la infancia. Los niños sueñan casitas para sus juegos porque lo diminuto es una forma de la fantasía; los adultos contemplan la miniatura como si ya fuera metáfora de algo.

Incorporar objetos fuera de escala, a mi modo de ver, funciona como quiebre, como un salto en el hilo de la propuesta.

Esas rupturas, en este ambiente, tienen un nombre:

Licencia poética.

Como un comodín para seguir jugando.

De la ética

Tal y como vaticinara Britto García, un buen día descubrimos que donde solíamos tener la conciencia ahora hay publicidades. Cierro los ojos y descubro todo un canal de telecompras.

Uno siempre flaquea de algún lado, qué se le va a hacer. Las mujeres con los zapatos. Yo con todo lo demás.

Lo último que adquirí fue un proyector, porque estaba seguro que después del bolsillo era el mejor invento del hombre.

Vi abrirse ante mis ojos un horizonte venturoso: primero el proyector, después los ayudantes, finalmente la isla en el Caribe. Ahora no me para nadie, me dije.

Pero hagamos un rodeo…

Generalizando, me animo a decir que las obras me salen más o menos en un mismo formato. Hay una escala donde me muevo con comodidad, y esa escala es casi el tamaño natural. Siempre ha sido así.

El problema viene cuando las circunstancias me obligan a ejecutar otro encuadre, ligeramente más grande o más pequeño del usual. Me empeño vanamente en modificar las dimensiones, intentando llevar adelante una obra predestinada al fracaso. Si es mínima o gigante poco importa. Más pronto o más tarde, y a fuerza de borrones, el dibujo habrá ido modificando su escala hasta llegar a esa proporción que nos es familiar y que no debería haber sido puesta en crisis.

Claro que esto, históricamente, siempre ha tenido remedio.

La solución actual y que justifica estas líneas se enchufa y es bastante pequeña, cosa que redobla su practicidad. 

Las pretéritas las he ensayado sin éxito. Primera y principal, la insidiosa cuadrícula -completamente desestimada en mi caso, dada mi repulsa a las matemáticas. Tendrían que ver cómo sudo ante una vulgar resta, imaginen con ese asunto de escalas. He estado al borde de la meningitis de tanto cavilar, para descubrir de todas formas que la proporción venía errada.

La otra es un artefacto conocido como pantógrafo. Una suerte de brazo mecánico que en un extremo repasa las líneas y en el otro las amplía. Nunca he visto uno.

En fin, que nos decidimos por el proyector, ¿me explico?

Y me las prometía muy felices, para qué mentir.

Lo malo -porque siempre hay un punto negativo-, es la culpa que acompaña su uso. No figura eso en las instrucciones, pero sin duda es un accesorio más, como los cables y la batería.

Ahora bien, ¿por qué la culpa?, ¿de dónde salió?

Estamos en pleno siglo XXI, con un montón de Freud en el camino, con artistas como Baldessari o Koons que hasta se jactan de no pintar sus propios cuadros… ¿y yo tengo que sentir culpa por usar un proyector? ¿Es esto justo, señores?

Descubro así que nuestra vertiente figurativa viene acompañada de una serie de supuestos tácitos. El no uso de artefactos que asistan a la mano es uno de ellos. 

Pareciera que calcar un contorno, seguir la línea ya demarcada por una imagen proyectada, es un demérito.

Para los retorcidos como yo, usar un proyector es como hacer trampa. Lisa y llanamente.

Nada que hacer, ahí el dilema. 

Ahora me valgo del proyector lo mínimo indispensable y hasta pido disculpas. Lo reservo para casos muy puntuales, de una particularidad tan evidente que torna superfluas las justificaciones.

El único corolario afortunado es que ahora, y más que nunca, nos despachamos con unos dibujos a la más antigua usanza, para dar ejemplo al alumnado y escarmiento al enemigo, ese censor rencoroso que llevamos sobre los hombros, que gusta desdeñar al prójimo en cuanto percibe los supuestos piolines del camelo…

-¿Te gusta el cuadro?

-Nah, ¿no ves la cuadrícula?

De la higiene 

El artista suele ser más atribulado y taciturno que dicharachero y burlón. Le quitan el sueño algunos misterios, lo aquejan penas dispares. Le desazonan las terribles insidias de los pequeños detalles, le preocupan las consecuencias insospechadas de los actos banales. Un día son las carbonillas que se parten, otro los pinceles que se quedan tiesos…

Antes pasaba a menudo. La vida de los pinceles era corta. Tenían una severa vocación de puntero, de varita. Como se compraban de oferta, duraban lo que tenían que durar, y nadie chillaba. Si se limpiaban, se limpiaban mal.

Pero llega el día en que sibilinamente nos confían el secreto del jabón blanco, y todo cambia para siempre.

Resulta que el artista además de taciturno tiene que ser muy desconfiado, porque tras la más humilde labor descansan las rapaces garras de la disipación. Permítanme explicarlo…

Por aquello de la higiene los pinceles entran a sobrevivirse, a perdurar. Eso nos lleva a admitir que es hora de invertir en otros mejores, con el subsiguiente tanteo de marcas y modelos, precio y calidad. Esto de limpiar repercute, repercute mucho. Además de dinero pierdo también el tiempo, y siempre he sospechado un talón de Aquiles en esta suerte de obsesión ante detalles que a la postre sólo nos alejan de Lo Importante. Perder demasiada energía eligiendo pinceles parece un ejemplo absurdo, pero no, es el puntapié inicial del llamado efecto dominó y lo demás vendrá en tropel: el mejor médium para el óleo, los secretos de la confección casera del gesso, las mejores técnicas para tensar bastidores, etc, etc.

Lo peligroso de estas rutinas periféricas es obsesionarse, hacer del desvío un oficio… Empezamos a sospechar una clara tendencia a esquivar el grave asunto de pintar. Y nos preguntamos por qué.

(Debe haber muchas explicaciones para esto, y al momento se me ocurren dos; pero sólo hablaremos de una.)

Según entiende el artista, algunas obras se construyen con partes iguales de sensibilidad y lógica, otras con mucha pretensión y poco fundamento, pero todas con más suerte que empeño. De lo último nada tiene que agregar, y lo primero viene envuelto en misterio. El problema es transmitir la sensibilidad, se anima a decir. Pareciera que el lirismo acontece en lugares insospechados: la sinuosidad de una línea, el matiz de un color. A lo largo de los años, harto ya de buscarlo, el artista ha concluido que muchas veces la manera más segura de invocar al elusivo Yeti del lirismo es dejando espacio para el azar y lo caótico: borrones, tachados, espatulazos, salpicaduras. Allí el abominable se descuida y aparece.

Lo malo, lo terrible, es el esfuerzo que implica. El capricho que parece regir la floración de una mancha o un borrón nos agota, nos apabulla, y nos retiramos extenuados. El azar, por definición, no se comporta como esperado. Por eso tiramos la toalla y nos refugiamos en la trinchera de cualquier tarea con atisbos de orden. Limpiar obsesos los pinceles es una de ellas. Uno necesita la tranquilizadora orilla de lo racional y previsible. Una rutina banal que nos permita un momento de bovina mansedumbre, abstraernos por un instante en un nirvana sin tiempo ni lugar.

(Otra manera de dominar la indomitable energía del azar es hacer como los pintores chinos: sentarse durante horas a imaginar esas pinceladas para que al momento de ejecutarlas se hagan a la perfección, obedeciendo a un plan.

Lo he intentado. Cuando me despierto no sé dónde estoy. No sé si soy una pincelada, un chino o qué.)

En fin, conviene nunca olvidar que el trabajo cerebral necesita las cimbreantes aguas del lirismo para ver si se mantiene a flote.

Claro que la única manera de insuflarle sentimiento a la obra es obrar con sentimiento. Y eso no siempre es posible, porque la mayor parte de las veces, como ven, nos quedamos soñando con pinceles.

De lo verde de la tela en blanco

Jerry Seinfeld asegura que pasada la medianoche los anuncios de la televisión se tornan infalibles. Es entonces cuando reconocemos la practicidad, por ejemplo, de un cuchillo que corte zapatos.

En mi caso, a esa misma hora y quién sabe si bajo el mismo influjo, suelo convencerme de que el trabajo que estoy pergeniando será rutilante. Por la mañana todo tendrá otro gusto, el de la amarga decepción, pero durante la noche todavía es posible combinar lo soñado con lo intuido, tornar lo nebuloso en prometedor, y hacer de todo ello un menjunge que se las trae.

Ahora bien, Roux dijo muy sabiamente que hay que darse cuenta de que no podemos pintar cualquier cosa… Y es cierto. Una vez que uno lo reconoce, que se es consciente del propio y exiguo repertorio de figuras y técnicas, es más sencillo aderezar a gusto, pulir limitaciones, sacarles jugo (porque ya habrá tiempo para ponerse un taxi).

Y sin embargo, dentro de ese reducido abanico de soluciones y estrategias, dentro de ese arsenal de lo conocido, uno sueña con el arma perfecta, el filo letal, aquella que siempre brinde una sorpresa. En pocas palabras, la que corte zapatos.

Ocurre que lejos del taller es fácil soñar con aciertos. El artista es como un torero de salón: cuanto más lejos mejor combina las verónicas y las fintas, sin abandonar la sonrisa, a sabiendas de que en el ruedo las cosas se pondrán negras, cuando menos, y por qué no algo tristes también. Pero ya habrá tiempo para eso, ahora no me distraigan que esto me sale de mil amores -pensamos, añadiendo maravillas a esa tela imaginaria.

Tal vez haya una ecuación escondida en alguna parte, una que multiplique la distancia al taller con lo prometedor del cuadro imaginado. Y en cuanto nos vamos acercando ese sueño se disipa. Salimos de casa con la apoteósis en la solapa y llegamos al taller arrastrando y pateando la sombra de una idea.

En cuanto cerramos la puerta y confrontamos el espacio familiar, la paleta expectante, los pomos dormidos, comprendemos que será uno de esos días. Esperando al señor sensible, podríamos llamarlo.

Es momento de tomarse un té, abrir la puerta del jardín, pegarse un tiro imaginario. Y empezar de nuevo.

Ahora sí, suenan los acordes del Zaratustra de Strauss…

A veces, sólo a veces, uno oficia de amo y señor en este universo que es el taller. En la mayor parte de los casos son los elementos los que nos traen de las pestañas.

Pero finjamos por un rato que con aquello del macrocosmos y el microcosmos el taller se torna en un símil del universo.

(Vuelve a sonar Strauss. Una saeta de luz cruza la sala…)

Resulta que en un rincón tenemos la creación, que vendría a ser el primer día. Y en el polo opuesto el sofá cama, que vendría a ser el séptimo.

Cuando todo sale como es debido, yo me encuentro más bien en el sexto y por la tarde, que según cuentan es cuando nació Eva.

Ese es el clima a generar, la alquimia necesaria. Y uno necesita jugar al científico loco, entre retortas y alambiques, destilando gota a gota un elixir imaginario, para darle de beber esa pócima al muñeco de turno, al cuadro todavía gris, deseando que cobre vida.

En fin, con estas fantasías candorosas vamos por la vida, la sempiterna sonrisa en los labios, la galera llena de conejos, y mirando embobados un rosado horizonte de algodón de azúcar…

Hasta que, como es de esperar, abrimos los ojos y descubrimos que todavía estamos en casa. Y con los zapatos intactos.

De las palabras 

El mercado chino de la vuelta de casa se llama Victoria. El de más allá, Amor. 

Recién arribados a nuestro idioma, los extranjeros no se andan con volteretas para bautizar las cosas. Nada de guiños ni retruécanos. Tal vez para ellos todo huele a fresco y con gusto a novedad y cada palabra es un cristal y un monumento.

A los demás en cambio nos cuesta nombrar el mundo. Hasta el horizonte nos parece transitado, un palimpsesto.

El gato en casa de mi madre, por ejemplo, no tiene nombre. Nunca hubo acuerdo en cómo llamarlo y cada quien tiene una versión distinta. Él es democrático y desoye todas. Si hubo un momento donde el bautismo era posible, ese momento ya pasó.

La verdad es que si a Adán le hubieran dado más tiempo para amasar el lenguaje, vaya uno a saber cómo le diríamos hoy a las manzanas…

Como pueden adivinar, me encuentro en el duro trance de titular una obra.

No es raro que sueñe con recuperar la inocencia en las palabras, paladearlas y sorberlas hasta el carozo de su sonido. 

Pero confundo el camino y las estrujo inútilmente. Se me tornan duras como lajas, pesadas como piedras. Las froto, ásperas, y se desgranan en terrones yermos, todo polvo y arena.

A veces pareciera que el rol del artista es hacerse un poco el extranjero de su propio lenguaje (sea éste la música, la danza o los colores).

Confesaré una artimaña: tal y como nuestros antepasados cazadores-recolectores, yo vivo juntando migajas desprendidas de la literatura. Anoto veloz alguna frase sugerente, porque en el mejor de los casos esa poesía me hará vislumbrar imágenes con las que luego trabajar. Si eso no ocurre, no desespero y guardo las líneas, como un as o un comodín. Ya aparecerá la obra que las precise.

Por fortuna y regla general, nos germina el cuadro y en su natural crecimiento, ¡Plop!, cae como fruto maduro la frase justa que servirá de nombre.

A veces, claro, ese juego queda vacante y nos sale algo que no encastra con ningún epíteto. Nos brota un trabajo de incubadora, de invernadero, sin nombre ni atisbo de.

Es para esos casos cuando quisiera un título que fuera un haiku de luz y sabiduría, pero está visto que no he nacido para poeta.

Hay que contentarse entonces con algo somero, apenas sugerente (porque “el título debe confundir las ideas, no regimentarlas”, dice Eco).

Cuando eso no sale, que es casi siempre, recurrimos a nuestros comodines. Lo que sirve para un libro sirve para un cuadro -me digo- y por eso hay mucho título de obra literaria acompañando mis trabajos, como un párvulo que lleva en andas a su tutor y lo exhibe como santo y seña. Una suerte de apuntalamiento basado en la autoridad que dan los otros.

Creo que es Banksy quien dice que los graffiti sólo le interesan a los grafiteros y a la policía.

Yo sospecho que la fijación con los títulos me ancla en otra época. Por eso trato de evitar las frases delatoras, al estilo “los que saben de bebidas, piden cognac Hennessy”. 

Pero busco algo más contemporáneo y no lo encuentro.

Tal vez contrate a un extranjero para que me titule los trabajos. 

Eso sería muy actual.

De los ayudantes

En ocasiones pareciera que la obra exige para su correcta concreción facetas insospechadas de uno mismo. Aparece entonces un Yo carpintero, otro ingeniero y así…

Al tópico manido del cara y cruz de la personalidad habría que contraponerle la sospechada verdad, acaso más atinada, de nuestra naturaleza multifacética. No conozco a nadie que vaya por la vida siendo siempre el mismo, salvo en el documento. Nos movemos y actuamos con un sinfín de rostros.

Yo tengo todo un repertorio: inventor frustrado, asmático vocacional, vago a secas -por citar algunos. Hay facetas que se despiertan en soledad y otras que las incita el contacto con terceros. Esas son las peores. Tienen la costumbre de esfumarse cuando las papas queman. Me quedo solo frente al mundo y así me va: nunca gano una discusión ni un regateo.

Aquí en la intimidad del taller cargo con un bromista, una suerte de enano de corte o bufón de palacio, esos que ni al monarca respetan y se manejan con una franqueza y un descaro que en el fondo ya nadie les aguanta. Lo malo de su compañía es que no deja espacio para solemnidades, porque el bromista, precisamente, se encarga de pintarle caries y bigotitos a cualquier seriedad que nos propongamos presentar.

El único fiel, persistente y callado es un Yo lírico y sensible, tañidor de arpa, que viste togas y suspira, algo transido de dolor, cuando se le marchitan los rosales. Un poeta hecho y derecho.

Lo tengo bajo llave en el taller, como Segismundo en la torre, porque no está para la calle. Tiene el oído afinado al violín de los cuadros, pero en lo demás se me torna sensiblero y cursilón. Es de llorar mucho y sin motivo, y en cuanto puede se escapa a ver la plaza o el río, que llama por otros nombres, todos rimbombantes.

En el taller está lo más bien, se entiende que el encierro lo aplaca. Lee mucho a Bécquer y Rubén Darío, mira telenovelas, escribe versos. Y por suerte siempre está cerca cuando el trabajo se empantana.

Más a menudo de lo deseado llega un punto en que el retrato se nos queda en una mueca. Ni los identik de la policía tienen tanta vocación de robot. Lo intentamos todo para insuflar vida en la materia, pero no hay caso. 

Cuando estamos al borde de la frustración y empañada la esperanza con ansias de abismo, si nos resta un ápice de lucidez y antes del desguace, clamamos desahuciados por ayuda.

Nuestro Chapulín, lo habrán adivinado, es el poeta antedicho.

Lo suelo encontrar en el patio, entre los geranios, tarareando coplas, mariposas al hombro, gorriones a sus pies. En la mirada le titila siempre una lágrima temblona. Tiene un dejo de místico.

Lo llamo en susurros, para no cortarle el trance, y cuando entra parece que flota. Me tiene de verdad admirado. Le señalo la obra y lo dejo solo.

Uno lo ve tan etéreo y pacífico que no esperaría de sus manos otra cosa que campos de nomeolvides y colores apastelados. Pero resulta que no, carga con una efervescencia soterrada que a mi pesar habrá que adjudicar al mucho encierro. 

Al principio con embadurnar un poco las caras parecía alcanzarle, pero con el tiempo se me ha tornado más sombrío (dicen que lee a Ciorán) y le ha dado por tachones y chorreados. Una cosa más violenta, un despliegue de brochazos afiebrados, salpicones que vuelan como esquirlas y espatulazos coléricos y tajantes.

Pareciera que así hace unas catarsis misteriosas, que lo dejan arrebolado y feliz.

Cuando le pregunto el por qué de esos rumbos, se extravía en palabras que intentan ser coherentes, pero está claro que lo de él es el sentimiento, no las instrucciones. Trata de amasar un lenguaje abstracto y le salen colibríes. No es hombre de argumentos.

El día menos pensado juntará sus petates (sus dos o tres libros, su televisor) y ya no volverá. Los retratos me quedarán duros como turrones y yo me iré al río o a la plaza, que empezaré a llamar con otros nombres. Aquí en el taller, por cierto, campeará a sus anchas el bromista.