De lo verde de la tela en blanco

Jerry Seinfeld asegura que pasada la medianoche los anuncios de la televisión se tornan infalibles. Es entonces cuando reconocemos la practicidad, por ejemplo, de un cuchillo que corte zapatos.

En mi caso, a esa misma hora y quién sabe si bajo el mismo influjo, suelo convencerme de que el trabajo que estoy pergeniando será rutilante. Por la mañana todo tendrá otro gusto, el de la amarga decepción, pero durante la noche todavía es posible combinar lo soñado con lo intuido, tornar lo nebuloso en prometedor, y hacer de todo ello un menjunge que se las trae.

Ahora bien, Roux dijo muy sabiamente que hay que darse cuenta de que no podemos pintar cualquier cosa… Y es cierto. Una vez que uno lo reconoce, que se es consciente del propio y exiguo repertorio de figuras y técnicas, es más sencillo aderezar a gusto, pulir limitaciones, sacarles jugo (porque ya habrá tiempo para ponerse un taxi).

Y sin embargo, dentro de ese reducido abanico de soluciones y estrategias, dentro de ese arsenal de lo conocido, uno sueña con el arma perfecta, el filo letal, aquella que siempre brinde una sorpresa. En pocas palabras, la que corte zapatos.

Ocurre que lejos del taller es fácil soñar con aciertos. El artista es como un torero de salón: cuanto más lejos mejor combina las verónicas y las fintas, sin abandonar la sonrisa, a sabiendas de que en el ruedo las cosas se pondrán negras, cuando menos, y por qué no algo tristes también. Pero ya habrá tiempo para eso, ahora no me distraigan que esto me sale de mil amores -pensamos, añadiendo maravillas a esa tela imaginaria.

Tal vez haya una ecuación escondida en alguna parte, una que multiplique la distancia al taller con lo prometedor del cuadro imaginado. Y en cuanto nos vamos acercando ese sueño se disipa. Salimos de casa con la apoteósis en la solapa y llegamos al taller arrastrando y pateando la sombra de una idea.

En cuanto cerramos la puerta y confrontamos el espacio familiar, la paleta expectante, los pomos dormidos, comprendemos que será uno de esos días. Esperando al señor sensible, podríamos llamarlo.

Es momento de tomarse un té, abrir la puerta del jardín, pegarse un tiro imaginario. Y empezar de nuevo.

Ahora sí, suenan los acordes del Zaratustra de Strauss…

A veces, sólo a veces, uno oficia de amo y señor en este universo que es el taller. En la mayor parte de los casos son los elementos los que nos traen de las pestañas.

Pero finjamos por un rato que con aquello del macrocosmos y el microcosmos el taller se torna en un símil del universo.

(Vuelve a sonar Strauss. Una saeta de luz cruza la sala…)

Resulta que en un rincón tenemos la creación, que vendría a ser el primer día. Y en el polo opuesto el sofá cama, que vendría a ser el séptimo.

Cuando todo sale como es debido, yo me encuentro más bien en el sexto y por la tarde, que según cuentan es cuando nació Eva.

Ese es el clima a generar, la alquimia necesaria. Y uno necesita jugar al científico loco, entre retortas y alambiques, destilando gota a gota un elixir imaginario, para darle de beber esa pócima al muñeco de turno, al cuadro todavía gris, deseando que cobre vida.

En fin, con estas fantasías candorosas vamos por la vida, la sempiterna sonrisa en los labios, la galera llena de conejos, y mirando embobados un rosado horizonte de algodón de azúcar…

Hasta que, como es de esperar, abrimos los ojos y descubrimos que todavía estamos en casa. Y con los zapatos intactos.

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De las palabras 

El mercado chino de la vuelta de casa se llama Victoria. El de más allá, Amor. 

Recién arribados a nuestro idioma, los extranjeros no se andan con volteretas para bautizar las cosas. Nada de guiños ni retruécanos. Tal vez para ellos todo huele a fresco y con gusto a novedad y cada palabra es un cristal y un monumento.

A los demás en cambio nos cuesta nombrar el mundo. Hasta el horizonte nos parece transitado, un palimpsesto.

El gato en casa de mi madre, por ejemplo, no tiene nombre. Nunca hubo acuerdo en cómo llamarlo y cada quien tiene una versión distinta. Él es democrático y desoye todas. Si hubo un momento donde el bautismo era posible, ese momento ya pasó.

La verdad es que si a Adán le hubieran dado más tiempo para amasar el lenguaje, vaya uno a saber cómo le diríamos hoy a las manzanas…

Como pueden adivinar, me encuentro en el duro trance de titular una obra.

No es raro que sueñe con recuperar la inocencia en las palabras, paladearlas y sorberlas hasta el carozo de su sonido. 

Pero confundo el camino y las estrujo inútilmente. Se me tornan duras como lajas, pesadas como piedras. Las froto, ásperas, y se desgranan en terrones yermos, todo polvo y arena.

A veces pareciera que el rol del artista es hacerse un poco el extranjero de su propio lenguaje (sea éste la música, la danza o los colores).

Confesaré una artimaña: tal y como nuestros antepasados cazadores-recolectores, yo vivo juntando migajas desprendidas de la literatura. Anoto veloz alguna frase sugerente, porque en el mejor de los casos esa poesía me hará vislumbrar imágenes con las que luego trabajar. Si eso no ocurre, no desespero y guardo las líneas, como un as o un comodín. Ya aparecerá la obra que las precise.

Por fortuna y regla general, nos germina el cuadro y en su natural crecimiento, ¡Plop!, cae como fruto maduro la frase justa que servirá de nombre.

A veces, claro, ese juego queda vacante y nos sale algo que no encastra con ningún epíteto. Nos brota un trabajo de incubadora, de invernadero, sin nombre ni atisbo de.

Es para esos casos cuando quisiera un título que fuera un haiku de luz y sabiduría, pero está visto que no he nacido para poeta.

Hay que contentarse entonces con algo somero, apenas sugerente (porque “el título debe confundir las ideas, no regimentarlas”, dice Eco).

Cuando eso no sale, que es casi siempre, recurrimos a nuestros comodines. Lo que sirve para un libro sirve para un cuadro -me digo- y por eso hay mucho título de obra literaria acompañando mis trabajos, como un párvulo que lleva en andas a su tutor y lo exhibe como santo y seña. Una suerte de apuntalamiento basado en la autoridad que dan los otros.

Creo que es Banksy quien dice que los graffiti sólo le interesan a los grafiteros y a la policía.

Yo sospecho que la fijación con los títulos me ancla en otra época. Por eso trato de evitar las frases delatoras, al estilo “los que saben de bebidas, piden cognac Hennessy”. 

Pero busco algo más contemporáneo y no lo encuentro.

Tal vez contrate a un extranjero para que me titule los trabajos. 

Eso sería muy actual.

De los ayudantes

En ocasiones pareciera que la obra exige para su correcta concreción facetas insospechadas de uno mismo. Aparece entonces un Yo carpintero, otro ingeniero y así…

Al tópico manido del cara y cruz de la personalidad habría que contraponerle la sospechada verdad, acaso más atinada, de nuestra naturaleza multifacética. No conozco a nadie que vaya por la vida siendo siempre el mismo, salvo en el documento. Nos movemos y actuamos con un sinfín de rostros.

Yo tengo todo un repertorio: inventor frustrado, asmático vocacional, vago a secas -por citar algunos. Hay facetas que se despiertan en soledad y otras que las incita el contacto con terceros. Esas son las peores. Tienen la costumbre de esfumarse cuando las papas queman. Me quedo solo frente al mundo y así me va: nunca gano una discusión ni un regateo.

Aquí en la intimidad del taller cargo con un bromista, una suerte de enano de corte o bufón de palacio, esos que ni al monarca respetan y se manejan con una franqueza y un descaro que en el fondo ya nadie les aguanta. Lo malo de su compañía es que no deja espacio para solemnidades, porque el bromista, precisamente, se encarga de pintarle caries y bigotitos a cualquier seriedad que nos propongamos presentar.

El único fiel, persistente y callado es un Yo lírico y sensible, tañidor de arpa, que viste togas y suspira, algo transido de dolor, cuando se le marchitan los rosales. Un poeta hecho y derecho.

Lo tengo bajo llave en el taller, como Segismundo en la torre, porque no está para la calle. Tiene el oído afinado al violín de los cuadros, pero en lo demás se me torna sensiblero y cursilón. Es de llorar mucho y sin motivo, y en cuanto puede se escapa a ver la plaza o el río, que llama por otros nombres, todos rimbombantes.

En el taller está lo más bien, se entiende que el encierro lo aplaca. Lee mucho a Bécquer y Rubén Darío, mira telenovelas, escribe versos. Y por suerte siempre está cerca cuando el trabajo se empantana.

Más a menudo de lo deseado llega un punto en que el retrato se nos queda en una mueca. Ni los identik de la policía tienen tanta vocación de robot. Lo intentamos todo para insuflar vida en la materia, pero no hay caso. 

Cuando estamos al borde de la frustración y empañada la esperanza con ansias de abismo, si nos resta un ápice de lucidez y antes del desguace, clamamos desahuciados por ayuda.

Nuestro Chapulín, lo habrán adivinado, es el poeta antedicho.

Lo suelo encontrar en el patio, entre los geranios, tarareando coplas, mariposas al hombro, gorriones a sus pies. En la mirada le titila siempre una lágrima temblona. Tiene un dejo de místico.

Lo llamo en susurros, para no cortarle el trance, y cuando entra parece que flota. Me tiene de verdad admirado. Le señalo la obra y lo dejo solo.

Uno lo ve tan etéreo y pacífico que no esperaría de sus manos otra cosa que campos de nomeolvides y colores apastelados. Pero resulta que no, carga con una efervescencia soterrada que a mi pesar habrá que adjudicar al mucho encierro. 

Al principio con embadurnar un poco las caras parecía alcanzarle, pero con el tiempo se me ha tornado más sombrío (dicen que lee a Ciorán) y le ha dado por tachones y chorreados. Una cosa más violenta, un despliegue de brochazos afiebrados, salpicones que vuelan como esquirlas y espatulazos coléricos y tajantes.

Pareciera que así hace unas catarsis misteriosas, que lo dejan arrebolado y feliz.

Cuando le pregunto el por qué de esos rumbos, se extravía en palabras que intentan ser coherentes, pero está claro que lo de él es el sentimiento, no las instrucciones. Trata de amasar un lenguaje abstracto y le salen colibríes. No es hombre de argumentos.

El día menos pensado juntará sus petates (sus dos o tres libros, su televisor) y ya no volverá. Los retratos me quedarán duros como turrones y yo me iré al río o a la plaza, que empezaré a llamar con otros nombres. Aquí en el taller, por cierto, campeará a sus anchas el bromista.

De algunos materiales

La carbonilla es una herramienta tan elemental y tan rústica que casi no es una herramienta. En realidad no es mucho más compleja que un palo, y para mí la inventó aquel mono que todos tenemos por ancestro, ese que apenas andaba erguido y que aún asoma en lugares insospechados, como boletas electorales. Aquel antropoide tomó una ramita todavía ardiente del fogón tribal y partió corriendo a la caverna más cercana. “Chita te amo”, puso entre chispas -palabras más, palabras menos. Luego sucumbió al lirismo y le dio por dibujar.

Las cosas siguieron su curso, el antropoide aprendió otras gracias y así llegamos al presente…
Cuando yo termino un dibujo difícil, de esos que exigen muchas horas de labor y detalle, me acomete cierta ansiedad. 

La experiencia me obliga a dejar para la mañana siguiente el cierre final, porque con la vista despejada es fácil advertir errores omitidos. 

Esa noche donde queda la obra sin fijar me resulta complicada. Temo algún tipo de degradación mágica de las líneas, cual si fueran alas de mariposa a merced de quién sabe qué amenaza. 

Manías que uno tiene.

De modo que a la mañana siguiente, al llegar la hora del fijador, hay un dejo de alivio, un rastro de satisfacción y un poquitín de orgullo, de calmo y rosado orgullo.
El ficticio Paul Sheldon se sirve una copa de champán y enciende un único cigarrillo cuando termina de escribir sus novelas. Se reserva el placer de fumar para tales ocasiones.

A mí siempre me gustaron esos ritos, porque más allá de su teatralidad vienen a confirmar que lo producido tiene cierto tinte extraordinario, que estaba un poco por fuera de nuestras manos el resultado y que si terminó bien, hay que festejarlo.

Lo de ponerle fijador, que a primera vista parece un paso automático y pobretón, no deja de tener su cuota simbólica, que lo emparenta con lo antedicho. Es mucho más elemental y menos triunfalista, pero de todas formas es un dorado acto inaugural: la obra está lista para el mundo. 

Y miren ustedes, sólo se necesitaba un poco de fijador para ungirla.
Según lo expuesto, la verdad es que el fijador debería oler a gloria. Pero no.

Huele a peluquería.

Rociamos el trabajo y la sala se nos llena de señoras, de revistas de farándula, de murmullos y de pelo.
¿Cómo debería oler un taller?

Lo busco en las guías al uso, y no lo encuentro.

¿Qué hacer?

Vaporizo un poco de trementina, froto algo de óleo contra la paleta, abro los frascos de tinta. A ver si todavía las musas siguen de largo. Al cabo que nadie sabe qué las orienta, capaz es el olfato.
Por supuesto que hay fijadores producidos para el mercado del arte que huelen como es debido. La diferencia está en el precio (y es una gran diferencia). Sacando eso el producto imagino que es el mismo. Cualquiera diría que lo que a uno le están cobrando es el perfume.

‘No señor, lo que usté está pagando es la salud’, nos dirán. La nobleza de los materiales. Es verdad que antiguamente había menos control y así nos iba. El plomo de algunos colores podía producir locura, impotencia y demás delicias.

Cada tanto nos recuerdan que Van Gogh en realidad estaba intoxicado. Y que si usamos la misma cantidad de amarillo que usaba él, tarde o temprano nos cortaremos la oreja.

Hay una tendencia a reducir lo extraordinario a cuestiones fisiológicas. Resulta que Mozart era nada más que hepático, El Greco sólo tenía astigmatismo, etc. (Materialismo médico, le llama William James. Lo refuta al comienzo de su libro).
Se me ocurre que habría que mirar en la letra menuda del envase de ese otro fijador, y saber algo de química. Capaz podría sintetizarse el perfume. Y acaso con ese aroma flotando en el aire ya ni haga falta el retrato de Leonardo, la calavera, el maniquí y los tachos con pinceles viejos, en fin, toda la escenografía que hay que montar porque el taller nos huele a peluquería.

Yo incluso podría abandonar la pose, quitarme las vendas de la oreja, afeitarme los bigotitos puntiagudos…

De los retratos 

A todo artista figurativo tarde o temprano le encargan un retrato. A mí me gustan los retratos. Son complicados. Cuando no me salen, pienso en Velázquez.

Según Ortega, todo lo que hacía Velázquez eran retratos; incluso sus bodegones. Yo no sé si es para tanto, pero los retratos le salían la mar de bien. Y apuesto que no le resultaban complicados. (Es cualidad del virtuoso resolver con gracia los obstáculos que los demás encontramos insuperables).
Cuando me pongo a pintar me acometen ideas así. Pintar es terreno fértil para la reflexión. Uno cree estar ensimismado en un tema de colores y pinceladas, pero no. En realidad estamos ahí para pensar… o para recordar que se está acabando la trementina, que nunca compramos el rojo de cadmio, que justo hoy hay descuento en la artística, y esas cosas en las que siempre estamos pensando cuando hacemos de cuenta que pintamos.

Y si lo que pintamos es un retrato, tanta cavilación es peligrosa, porque pronto descubrimos que la señora que estamos haciendo no se parece en nada a quien debería parecerse y en realidad nos está saliendo igualita a Rintintín o al “Petiso orejudo”. 

Me pasa siempre: sobre la tela el retratado tiene la costumbre de parecerse a un montón de gente antes que a sí mismo. Y si exageramos las cejas, si agrandamos la sombra de la nariz, tal semejanza podría abandonar la sugerencia y tornarse manifiesta. Para deleite de unos pocos, claro está.
Mejor volvamos atrás. Hay que avanzar con mucho tacto en esto del retrato, que no se evapore el parecido, que no se espante la presa, podríamos decir. (El parangón cinegético es apropiado: la señora tiene algo de “sauvage”. Ella lo adjudica a sus ojos felinos -su marido a los bigotes).
Espinoso, lo del parecido. A veces surge de entrada, a veces da un trabajo de preso… Confieso que a mí me gusta captar el parecido. No creo que sea un tema secundario, en lo que a retratos se refiere. Pero dar con él puede llevar muchas horas de labor. Si el retrato lo hiciéramos a la vieja usanza, serían infinitas sesiones de modelado. Y eso desarma al más paciente. Ya sabemos cómo son hoy las cosas: queremos todo de inmediato, levantar el teléfono y que lo traigan a la puerta. Por eso se trabaja con fotos. Se sacan dos o tres instantáneas, y a la pista.
Aunque esto también tiene sus bemoles: la gente, como el perro de Funes, viene muy cambiada, según la veamos de frente o de perfil. En algunos casos hasta parecen personas diferentes, qué quieren que les diga. Y miramos las fotos, y es como si en una viéramos al enano Pertusato, y en la otra a Felipe IV -por continuar con lo de Velázquez. ¿Quiere decir esto que la foto con la que pensamos trabajar miente? Si uno no conoce al retratado sino a través de esa misma imagen, ¿cómo podemos estar seguros de lograr el parecido?
En fin, allí el dilema. Por eso terminamos proclamando que no, qué va, no es el parecido lo que buscamos ¿¡A quién le importa el parecido!? ¡Por favor! Tenía razón Picasso cuando les decía a sus modelos “no se preocupe, ya se parecerá usted”.
Y hablando de Picasso: se supone que hay que dotar al cuadro de la impronta que nos es propia, el estilo personal. Si el parecido deja de ser excluyente, tal vez la satisfacción del reconocimiento opere de forma sesga, incluso inversa. Podríamos aventurar que el retratado busca el placer de verse reflejado en ojos de otro. Y entonces la gran paradoja: ¿Quién es en realidad el retratado?, ¿el artista o el modelo?

Tiene mucha miga la pregunta. Una vuelta de tuerca muy actual, muy actual. Calamos hondo esta tarde. 

Como digo, esto de pintar es una suerte de tobogán de reflexiones por el que uno se va deslizando.
Pero yo no sé si Velázquez se planteaba estas cosas, cuando salía a cazar enanos.

De los desengaños 

Al pintor figurativo le gustan las cosas tangibles: lo que pesa, huele y tiene sabor, como diría Umbral.

Eso me repito al empezar un trabajo, no sea cosa me salga torcido el muy taimado.

Creo que es Antonio Saura quien confiesa necesitar el anclaje figurativo para construir sus obras plásticas.

Yo necesito el ancla, el barco, el ancho mar y un poco más también.

Pero el mundo, que es muy chúcaro, no hace más que ponernos a prueba. Constantemente.
Ayer, sin ir más lejos.

El día había comenzado de la forma usual, o sea entonando himnos de salutación a las musas, que es lo que hacen todos los artistas cuando comienzan su día. Las musas, parece increíble, necesitan estas cosas. Son de otra época, qué se le va a hacer. 

Igual se ve que del mundo griego nos falta algún otro dato, porque las musas vienen, cómo que no. El problema es que no se quedan. Tienen la costumbre de hacer mutis por el foro, disimulando. Con suerte, te dejan un recuerdo. Que a veces puede ser un caballo de madera.

En fin. Continuemos.

Era un atardecer apacible. La lucha contra los elementos había sido favorable. Allí estaba la obra, mudo testigo del batallar. Podía oír los vítores (curiosamente iguales a los ruidos de siempre, desde el piso de arriba).

Orondo, me dispuse a limpiar la paleta. 

Silbaba, era feliz.
La paleta, miren ustedes, puede ser muy elocuente.

Todo el mundo lo sabe: con amarillo y negro formamos verde oliva, con verde y rojo, tierra tostada, y con todos ellos una mugre de novela. La manera de lidiar con tal engorro es uno de esos asuntos que suelen mostrar claramente la idiosincrasia de cada individuo. Tal vez por eso es tópico obligado en charlas banales, blanco fácil para la observación y la curiosidad.

“¿Y usté, cómo limpia su paleta?”.

Respuesta: están los que no la limpian nunca y trabajan como si nada sobre una costra calamitosa, sobre una verdadera lasaña de pasados menjunjes, y luego están los cirujanos, los fanáticos de la pulcritud y la asepsia, que retornan frenéticos a lo inmaculado tan pronto como pueden.

(En medio quedo yo: los que la limpian un poco nomás, los que usan paletas descartables. Pero no nos interesan).
La paleta es uno de los ítems por antonomasia que se asocian con el “disfraz” del pintor. Tal vez por eso nuestra primera paleta es siempre la clásica, la de madera, de silueta renal y sitio para el pulgar. Se la elige, aquella primera vez, desde el candor, un tanto para ir sobre seguro, pero un poco también para vestir lo antes posible la piel que tanto deseamos. Porque suponemos que al adoptar la forma adoptamos también su contenido. Así descubrimos que la paleta es una expresión de deseo.
Pero en nada de eso pensaba ayer. En realidad quedé contemplando el mandala que se había formado con los colores sobrantes.

Ahora bien, el día que en la paleta dejamos de ver un borrón y nos demoramos en cambio en la belleza de sus manchas, ese día hay que anotarlo: despacio, solapadamente, se ha introducido en nosotros una nota celeste.
Pareidolia, nos sugiere el diccionario. Que viene a ser esa capacidad que tenemos todos para ver formas en las nubes -por ejemplo.

Algo común y silvestre, que pertenece más bien a la infancia. 

Aquí es distinto, no es esto lo que ha ocurrido, no. La verdad es que en la paleta en ningún momento dejamos de ver las manchas. Están ahí y son tan notorias como irrefutables. La diferencia es que ahora las encontramos bonitas. No intentamos hallarles una forma, una reminiscencia o perfume del mundo que habitamos: las disfrutamos por lo que son.

Y entonces volvemos a la definición de pareidolia, porque sí comparte con ella algo, y es el asombro.

Pareciera que encontrar la belleza en las manchas es semejante a descubrir un rostro en las nubes. Nos asombra.

Y luego nos deleita.
El artista pronto comprende que aquí se ha presentado, por azar, lo que tanto busca sobre la tela. Esa chispa.

Lo malo, lo terrible, es que la chispa quedó fuera, como excedente del trabajo. 

Todo el día fatigándose y resulta que lo mejor, sobraba.
Entonces un sudor frío nos recorrió la espalda. Igual que Bruce Willis en Sexto Sentido, nos apiolamos de todo, de un saque: se habían ido las musas.
Y a veces, cuando se van, te dejan un presente. Son griegas, ya se sabe.

De los viajes

 Todos saben que pintar es una labor ardua, titánica, una tarea ciclópea, un emprendimiento quijotesco reservado a unos pocos valientes. La tela en blanco obnubila y acobarda, marchita a los mejores y trunca a los más aptos.
Para mí, está a medio camino entre la repostería y la arquitectura, o sea que, dependiendo de nuestro estado de ánimo, lo que nos proponemos cocinar puede ser un panqueque o una catedral gótica, pero basta una pincelada de más y el aparato sale desinflado, incapaz ya de elevarse, destinado a venirse al suelo con el mayor de los estrépitos, sumergiéndonos en la más horrenda vergüenza y quedando, en el mejor de los casos, como una ruina decorosa o un vestigio prometedor.

Como dijimos entonces: una tarea ciclópea. Pero no vayan a pensar que hablo de mí.

Para luchar contra estos gigantes y molinos es necesario tener una rutina eficaz, una que allane la marcha en su momento crucial, que es la partida.
A tal efecto es bueno contar con el ambiente propicio, creando una atmósfera cautivante. Una que cuanto menos invoque a los dioses lares. Sahumerios de sándalo, entonación de mantras, toga, babuchas -para estar más cerca de la tierra y sus númenes-, música ambiental, orientación correcta del atril. Desde luego apagamos el celular, tomamos agua sin gas.

Lo primero es el dibujo. 

Se elije la carbonilla, cuidadosamente. No tiene que ser corta, y tiene que ser delgada. El largo suficiente, bah, para que al tomarla de un extremo, al apoyarla siquiera sobre la superficie a trabajar, y sin hacer apenas presión, aparezca el trazo, el tizne, el registro.

La carbonilla con el largo justo, aquel que permite soltura para el arabesco, para el gesto puntual que marca carácter, el latigazo estilístico: esa carbonilla es la que necesitamos. De proporción exacta y delgadez exquisita, la que se siente como una prolongación de la mano.

La encontramos y es un flechazo, una invitación al vals.

El dibujo fluye, con sus énfasis, sus cambios de ritmo, sus contoneos y sugerencias.

Seguimos la música en nuestra mente y vemos desarrollarse, atronadora, la magia. Llegamos al éxtasis.
Y justo ahí se nos parte la carbonilla.
Maldita la hora, al diablo con el mantra, al cuerno con las babuchas, pueden irse todos a la… 

En momentos así, uno duda. Y hasta se pregunta por qué no habrá elegido contaduría.

Aquel chasquido ominoso se lleva para siempre lo mágico y etéreo y aquí quedamos, disfrazados de Melchor.

Es momento de hacer una pausa y reflexionar.
Resulta que la concentración inherente al trabajo es un arma de doble filo, un juego delicado entre lo que vemos y lo que buscamos. Y es necesario pellizcarse a cada segundo, no sea cosa que tomemos por oro las baratijas.

El trabajo exige una presencia plena y segura, estar aquí en cuerpo y alma, pero resulta que el alma, como esos globos de helio, tiende a irse para arriba, muy lejos, y en cuanto uno se descuida allá la vemos volando. 

Nuestra mano es el anclaje físico a la factura gestual, sí, pero nuestra imaginación siempre divaga más lejos. Empezamos a dibujar y enseguida nos vamos, flotando por el éter, soñando con lejanías. 

Y el chasquido nos baja de un hondazo.

Lo malo es que en realidad lo que buscamos es justamente aquel rapto, ese vuelo extático. Y cuando nos damos cuenta de haberlo conseguido suele ser ya muy tarde: enloquecidos por el viaje perdimos contacto con lo terrenal, y la catedral con la que soñábamos es apenas una choza. A medio hacer. Y fea.

Pero la verdad es que no siempre el quiebre de la carbonilla viene a romper la magia. A veces es un accidente más, indistinto, superfluo, olvidable.

Sólo cuando el chasquido suena a cachetazo es efectivo, porque nos muestra que estábamos volando, que pudimos hacerlo.

Entonces es bienvenido, es una suerte de abracadabra inverso: nos trae de vuelta a la realidad, pero plenamente conscientes de nuestra fantasía. Una invitación a pensar en lo que estábamos haciendo.

No hay duda, soy un optimista. 

Deben ser los sahumerios.