Del por qué de los retratos

Uno espera que pintar sea tan sencillo como trazar una línea, comenzar y terminar sin tropiezos y que el resultado final sea de pasmo y orgullo. ¡Ni más ni menos!

Pero el retrato que estamos haciendo, el rostro de turno, se empeña en lucir todos los lugares comunes y ningún acierto.

Tal vez por eso perdemos la compostura. Y dudamos de todo. Hasta de pintar.

La verdad es que demasiadas veces me he preguntado qué me impulsa a pintar. La explicación de la sed de captura y la magia simpatética está muy bien para los bisontes y las cavernas, pero a mí ya dejó de cautivarme.

En esta era de pragmatismo y soluciones, trabajar en un rubro que apela a pulsiones irracionales presenta sus obstáculos. El primero y principal: que uno se mueve contra la corriente, contra el orden establecido, contra los mandatos sociales (Caloi lo resumió muy bien: “Mi padre me dijo: «¡O estudias o trabajás!». Entonces me hice artista”). Ante estas nimiedades el espiritu de rebeldía se siente a sus anchas, claro, pero cada tanto los mandatos ganan la pulseada y nos vemos obligados a brindarnos una respuesta.

Y cuando esa respuesta no aparece, el mejor paliativo es trabajar bajo consigna, que es la única dosis de planificación y responsabilidad que podemos permitirnos.

El problema está en que venimos tan acostumbrados a la anarquía de los caprichos que es casi imposible trabajar bajo consigna.

Según Jung esto ocurre porque la energía creativa es ingobernable, y se obstina en desobedecer el cauce propuesto.

(En mi caso es siempre así, doy fe).

Por eso aquellos artistas metódicos, cuyos trabajos corren prolijos tras su propia teoría, me producen asombro, como mínimo.

Desde la impotencia, vemos como un lastre lo de embarazar de teoría la obra plástica, por aquello de poner el carro antes que los bueyes, o porque sencillamente tan incómodos nos sentimos al pintar tratando de obedecer preceptos que no podemos creer que a los demás no les ocurra lo mismo. (Uno tiende a creer que todos se equivocan como se equivoca uno -pero que nadie acierta como yo).

Así y todo, para evitar la cerrazón y el dogmatismo, hacemos el intento, no vaya a ser que los demás estén en lo cierto. Y claro, nos sale un trabajo derechito como una publicidad, y si tratamos de camuflarlo nos queda aún peor, porque la fórmula de embarrar de ambigüedad las cosas nos huele a truco.

De allí que a pesar de tanto empeño racional uno termina cediendo el timón a las pulsiones. Es el único modo en que nos sentimos sinceros. Y en la sinceridad está el asunto. Podemos adornar las cosas de mil modos, recargarlas con cualquier cobertura, pero si falta ese ingrediente la píldora no la traga nadie.

Claro que nunca cesa el sueño de la obra perfecta.

Lo que ocurre es que la obra perfecta no aparece. Se sospecha que tras la esquina más inane puede pastar el unicornio de la sorpresa. Y aunque no sabemos dónde está el secreto para la acertada combinación de la pócima, mezclamos y mezclamos soñando con encontrar la pólvora -porque en el mejor de los casos haremos algo de humo…

Pero el retrato de turno, desde luego, sigue sin salir.

Eso sí, tras tanto borrón y cuenta nueva, tras tanto espatulazo y pincelada, persiste la idea, la esperanza, de que un rostro, con todos sus vaivenes, con toda su psicología -tácita o evidente-, puede ser la mejor metáfora de la misma pintura, un eterno punto de partida para hacer una y otra vez las mismas preguntas.

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Del orden

Uno tiene la fantasía de un orden futuro, de una pulcritud alcanzable -como una zanahoria distante-, y nos prometemos que alguna vez vamos a comprar frasquitos donde poner esos sobrantes de color que nos van quedando. Da pena desperdiciar los óleos. Pero somos de otra madera y el asunto queda en veremos. Los sobrantes se nos secan, las paletas se tiran.

Ahora vamos a usar un poco de azul para cerrar el teorema excelso que trazamos sobre la tela, esa solución extraordinaria que una vez más hemos encontrado… Uno vive de ilusiones, se entiende. Total ya vendrán los desengaños. Ahora lo inmediato. Y lo inmediato requiere azul de Prusia. Lo malo es que el azul de Prusia se nos ha secado. ¿Qué hacer entonces? Por fortuna en nuestro auxilio acude la tecnología, la más precaria, que es siempre la mejor: una prensa de mano con dos rodillos pequeños entre los que se coloca el pomo problemático y se lo exprime. No hay mucho más.

Pero funciona de mil amores.

Ojalá pintar fuera así de fácil, pensamos por un instante.

El artista además de romántico es soñador, y vive en la perenne ilusión de que el trabajo será un patinaje, un paseo, y que todo saldrá a pedir de boca.

Aunque nos demos la crisma contra el fracaso constante no se nos quita la sonrisa boba. Y miramos estólidos la tela, esperando un milagro.

Entre nuestras fantasías recurrentes se destaca la de imaginar una receta infalible para el trabajo rotundo. Algo tan seguro como los libros para colorear, esos que ahora proponen para adultos (una moda pasajera, pero con su dosis de enseñanza -y una muestra cabal de la regresión e infantilismo en que vivimos. Desde el anuncio nos auguran un efecto terapéutico, relajante… Y ya bordeamos el error: el de suponer que la pintura quita el estrés. A mí no me pasa, la verdad. Yo camino torcido de tanta contractura que me deja esto de pintar. Pero colorear casilleros, mansamente, quita muchas incertidumbres del horizonte, no hay duda).

Pero colorear casilleros, mansamente, quita muchas incertidumbres del horizonte, no hay duda.

Lo malo es que la automatización y la rutina parecen un oasis, pero son sólo un espejismo.

A mí me late que en la repetición muchos artistas buscan una tranquilidad que la labor no tiene. O que no debería tener.

Acaso se busca esa receta que mencioné antes.

Y hablando de recetas, a mí me gustaría dictar un cuadro mediante instrucciones. Una enumeración prolija, burocrática.

Retratos a distancia, podríamos llamarlo.

Supongamos que fuera algo que se recibiera por correo. Un lindo paquete con los implementos indispensables, bastidor, paleta, pinceles, trementina, más un muestrario de colores. Todo acompañado de la papelería pertinente.

El folleto diría más o menos así:

1) Tome Ud la paleta.

Es ese recorte de madera con forma de oreja.

Como podrá ver, tiene un orificio. Es para introducir el pulgar de la mano que no tiene el pincel. (Vuelva a probar, debe ser la otra mano).

Ahora sí.

2) Ponga un poco de color en la paleta -cualquier color sirve.

Coloque otro color más. Y otro. Mézclelos vigorosamente.

Esa suciedad que ha logrado se llama gris de color. En general no sirve para nada, pero hoy estamos de oferta, y con eso podemos empezar:

3) Vamos a trazar un círculo en el bastidor.

Vamos, anímese…

(!!)

Remítase por favor al apartado 9, “Errores”, que dice así:

“Para borrar o corregir puede ud embeber un paño en trementina y frotarlo sobre la parte en entredicho”. En este caso, TODO.

Volvamos a empezar…

Ahora bien, si nota usted que repite en bucle los pasos 1 a 3, le recomendamos dirigirse al anexo, donde se brinda asistencia para sobrellevar las frustraciones. Es ese libro de 500 páginas que acompaña al folleto…

Del trabajo que da el trabajo

Muchos de los textos hasta aquí presentados se apoyan en un supuesto esencial: que los cuadros se hacen poniendo color y líneas en torno de algunas pulsiones, de algunos estados de ánimo (y a veces -las menos-, de algunas ideas).

Dentro de la rutina del taller, las búsquedas, los descuidos y las repeticiones suelen dejar al descubierto ese esquema.

Ahora bien, las cosas importantes, según Stephen King, son las más difíciles de decir porque al ponerlas en palabras se corre el riesgo de tornarlas tangibles, comprobando que lo que parecía inabarcable en nuestro pecho a fin de cuentas cabía en una frase.

Por eso dar un rodeo, bromear al respecto, descomprimir, puede tender un puente y sortear el peligro de la decepción.

El amasijo de sentimientos que impulsa cada obra es difícil de destejer. Es natural que al pensar al respecto, al analizarnos, al mirarnos al espejo, nos desdoblemos y concluyamos que estamos aquí para facilitarle las cosas a ese Yo que pinta. Creemos tener mil ideas para compartir y dirigir la labor, y mientras no pintamos suponemos estar a cargo, pero a la hora de los bifes quien toma las riendas hace lo que quiere. Poco importan los apuntes trascendentes, las brillantes intenciones.

Eso sí, comenzamos a pintar, y aunque pronto nuestras fuerzas flaquean, al comienzo lo hacemos con convicción, entusiasmo, curiosidad, y por supuesto mucho candor.

He comprobado en el Entusiasmo una tendencia a evadirse hacia la promesa del trabajo siguiente, y por lo tanto es difícil que permanezca, se torna volátil. La Convicción, en cambio, es más resignada y laboriosa: siempre está a mano. Claro que de tan humilde uno puede dejar de verla, a riesgo de que nos arrinconen las tristes e insidiosas nociones del “¿para qué?” y el “¿hace falta?”, cosa que no tiene que ocurrir, desde ya. La obra es un cervatillo que se espanta a la primera orden. De modo que sí, antes que nada mucha convicción. Y pocas preguntas.

Así llegamos al Candor, que para muchos es requisito indispensable de la creación. No tengo duda. Un Candor de caramelos, unicornios y nubes de algodón.

Luego entran en acción otras fuerzas. Pueden ser la paciencia, la obsesión, el arrebato. Hay quienes por un proceso alambicado destilan uno de estos ingredientes y lo constituyen en el principal. Pulsiones de segundo orden, como ven. Los primeros, los grandes sentimientos, operan en otro ámbito. Nadie trabaja en una obra por amor, por odio o por envidia (excepto en manifiestos y frente a cámaras). Esas emociones quedan reservadas para uso exclusivo entre congéneres. Ante la obra en cambio sale al ruedo esa otra categoría de sentimientos, menos pretenciosos y tal vez más solipsistas, que no necesitan del otro para ejercitarse.

En mi caso, si bien comienzo las cosas de la mano de la Paciencia, me gustaría creer que tarde o temprano es el Arrebato quien copa la escena. Yo imagino una suerte de Demonio de Tasmania, pero en realidad es algo más parecido a Tandarica, vamos, un Arrebato de utilería, una cosa bastante teatral y calculada.

Así y todo el Arrebato salpica, se agita, destruye. Y ante tamaño despliegue el Candor suele perder la compostura y salir a los gritos, estilo Munch.

Al Entusiasmo, en cambio, todo esto le gusta: aplaude, arenga, zapatea.

No hay duda, el artista es un hombre orquesta. Lo malo es que de vez en cuando, aunque nos vayamos del taller, algún cascabel nos queda encima, y caminamos al ruido de los platillos. Como en esos remates de comedia, decimos algo y suena el redoblante…

Será por eso que nunca me toman en serio.

De las muestras en curso

Cada cierto tiempo, dictado indudablemente por el fatigoso ciclo de exposiciones y muestras de nuestro cronograma -al que nos obliga en primer lugar una deuda moral con la obra realizada y en segundo término bagatelas menos acuciantes como la necesidad de techo y comida-, nos acomete el ansia del borrón y la cuenta nueva. Vemos el taller vacío, libre de trabajos (porque los trabajos están expuestos, colgados en la galería, en otra parte) y soñamos con que no habrán de regresar a estorbarnos. Ojo, no pensamos en su venta (si bien eso nos encantaría), si no simplemente en que no habrán de volver. Es un pensamiento mágico, sí.

Y mientras dura la fantasía, hacemos planes en ese nuevo espacio vacío que es el taller.

De modo que la muestra funciona en dos órdenes: lo que sucede en la galería con el trabajo ya hecho, con la ilusión que eso acarrea. Y lo que ocurre en el taller despojado, que se transforma en una promesa. La promesa del trabajo por hacer, que al empezar de cero, carga con esa riqueza enigmática, de nuevo planteo, cambio de rumbo. Por unos días entonces, mientras la obra sólo es un plan, una elucubración, la fantasía persiste (ya llegará, inexorable, la decepción).

Subyace también, de todas formas, otro pensamiento, otro anhelo, algo más negativo. El de haberse liberado al fin del trabajo, de las cadenas que él genera. Pero esto lo dejaremos para más adelante, para otro artículo (ver abajo).

Con el tiempo uno ansía las muestras a sabiendas de que mediante ese gesto tan simple(?), mediante ese procedimiento, nos generaremos el vacío físico indispensable para el resurgimiento del afán de hacer. Un afán que, como dijimos, carga con la ilusión de un orden diferente, la posibilidad de una obra distinta que sin embargo sea tan personal como la previa. Como en esos sueños donde la máscara no nos impide reconocer el rostro real -más bien lo contrario.

Mircea Eliade tiene la culpa de que vislumbremos una raíz arcaica y mitológica en esta fantasía del orden renovado, de la generación desde cero. Pero en los casos por él retratados el ansia de un nuevo orden hace necesaria la destrucción del anterior. A nosotros en cambio, siempre más sosegados, nos alcanza con tener la obra en otro lado, fuera de la vista. Al menos por ahora.

Desde luego hay quienes sucumben a los más atávicos llamados y proceden a quemar todo vestigio del pasado. Yo no sé si es para tanto, pero entiendo por completo el prurito que lo impulsa, vaya si lo entiendo (ver arriba).

Piromanías aparte, no deja de ser cierto y comprobado que el taller vacío parece el mejor llamado, la invitación más efectiva para la realización de una obra prístina, despojada de los errores y lastres del ayer.

A eso se debe que, cada vez más, tras una inauguración y con la muestra en cartel, yo prolongo y estiro hasta lo indecible el tiempo de ocio, ese tiempo detenido, ese hiato en el hacer. No sólo porque, ejem, el esfuerzo ciclópeo de las muestras nos obliga a la inacción (¡“La fatiga, tu descanso y calma”!), si no también, o más bien, por disfrutar al máximo de ese paréntesis ilusorio donde la obra es una promesa.

Tal vez por eso cuesta tanto empezar de nuevo, porque ante cada pincelada, cada línea y cada tornillo, anulamos la posibilidad de otras miles. Y ese fantasma múltiple que teníamos en mente, ese torbellino de posibilidades se resuelve triste en una sola, que por más feliz que sea, ya no habrá de ser la soñada fantasía.

Al estilo de la obra de Jorge Larco que tanto agradecía Borges, nosotros nos deleitamos ante el taller vacío y disfrutamos de ese cuadro múltiple hasta que llegue la hora de hacerlo.

Por eso cuando me preguntan si estoy contento con la muestra en curso, digo rotundo que sí. Pensando, francamente, en otra cosa.

De los programas musicales

Keith Jarrett, pese a sus colerones, ínfulas y veleidades, tiene indiscutibles momentos de gloria inmarcesible.

Mi preferido es el concierto de Viena.

Allí llevó a niveles magistrales su propuesta de solista, interpretando ante la afortunada y estupefacta multitud que colmaba el Vienna Staatsoper -aquel 13 de julio de 1991-, una proeza en dos actos, una apoteosis de lirismo descalabrante, un rayo de poesía diáfana y majestuosa. En pocas palabras, demolió el piano hasta dejarlo al rojo vivo.

“Esta música habla el lenguaje de las llamas”, resumiría él mismo más tarde con proverbial modestia.

Como uno vive de ilusiones, yo enciendo el reproductor, busco el concierto de marras y trato de hacerme el loco por un rato. Me sale mal, desde luego.

Mientras el viejo Keith aporrea las cuerdas, llenando la sala con el canto de su piano, yo afilo los pinceles, los empuño como estacas y me doy a la lucha.

El comienzo luctuoso y pausado hace buen paralelo con mis tímidos tanteos. Y así como el motivo musical poco a poco se acerca al martilleo, nuestro ímpetu choca, se atora y tropieza contra las piedras de la frustración. A Keith desde luego le salen mejor las cosas, y mientras nosotros quedamos atrapados en el laberinto, él desenvuelve su monólogo y justo cuando su fantasía amenaza con asfixiarse, las notas se le desanudan, brincando y cantando hacia las aguas del cierre, donde el torrente y la turbulencia dan paso a una melodía majestuosa y de ecos clásicos que parece temblar entre la victoria y la nostalgia.

Yo me rindo ante la evidencia, extasiado como melómano pero perdido como pintor.

Guardo mis petates y hago de cuenta que aquí no ha ocurrido nada. Disimulo.

Sumado a la música, lo que me maravilla del concierto es el carácter irrepetible de su improvisación, que torna el virtuosismo deslumbrante en un vértigo de azar, desborde y mesura. Un número de equilibrismo sin red que corta el aliento. Prodigio, adrenalina, lirismo y misterio.

Dejando de lado esas bagatelas, digamos que traigo al ruedo el asunto para buscar un parangón, un pretencioso paralelo en la búsqueda denodada de un chispazo que cuando ocurre no sólo nos justifica, si no que además nos deja tiesos de la sorpresa.

Cuando un trabajo sale de verdad redondo resulta irrepetible. Poco importa si pertenece a una serie, si hay partes de su estructura que por repetidas se automatizan. Cuando de verdad está logrado hay ingredientes que sólo allí aparecen.

No hay nada que hacer, en la concentración, víctima de un descuido, alguien dejó una puerta abierta y por allí pasaron las musas… Ocurrió lo que siempre deseamos que ocurra: la música se nos metió bajo la piel, como una especie de banda de sonido autobiográfica y fingida.

Resulta que hasta las memorias mienten. Escuchamos la melodía y nos transporta a una época lejana, por momentos desconocida y por momentos muy próxima, dónde no existíamos pero que igual recordamos. Y quedamos en un limbo imaginario, mitad nostálgico, mitad soñado.

Entonces la asimilación y la creatividad se construyen en la arquitectura de esas evocaciones musicales, entre los ecos que se adivinan, y suponemos que el chispazo no se esconde en la apoteosis del piano final, que nunca podré emular, si no más bien en las tristezas del comienzo. Tal vez ahí está la fuente. Y de eso se nutre. De tristezas.

De los alumnos

Se nos acabó la trementina. Las opciones son:

a) usar aguarrás.

b) rapiñar material de los alumnos.

c) que no se den cuenta.

d) pintar con acrílico.

La dinámica de cada taller es peculiar. A mí cuando los alumnos me pescan en un desliz le echo la culpa a las toxinas del óleo, al agujero de ozono, al año bisiesto.

-Pero este año no es bisiesto (y esa trementina no es suya)…

Tener alumnos es la mar de agradable, sí. Le cimentan a uno la autoestima, que siempre necesita apuntalamiento. No tiene forma estable, la pobre. Un día la tenemos por las nubes y luego se arrastra como una larva.

-Maestro, ¿no es menor la pintura frente a las otras artes? La danza y la música nos permiten sumergirnos en ellas, mientras que la pintura sólo nos deja contemplarla.

-Querido mío, Dios creó el mar y los prados para que pudiéramos transitarlos, y eso es bueno. Pero también hizo el cielo, para sólo contemplarlo, y esa es su mayor gloria.

(Música celestial, y la imagen funde al blanco).

Lo más difícil es ser profesor de uno mismo, no hay duda. Desde que inventaron el psicoanálisis uno se ha acostumbrado a que la explicación de las cosas sea un poco retorcida, como si el subconsciente nos hiciera hablar sólo en un sentido segundo (dice Umberto), y lo esencial de nuestro discurso estuviera en otro lado.

De modo que antes de poder enseñarle algo a alguien, es necesario conocerse. Pavada de premisa.

Nos tomamos la presión, nos miramos al espejo, pero no sabemos a ciencia cierta si tenemos madera de docente, o somos de madera. La distinción no es sencilla.

Entonces para tapar el bache nos hacemos los interesantes…

Empezamos por traer gente desnuda al taller, que eso siempre gusta.

Luego practicamos la enseñanza budista, con acertijos y respuestas descabelladas, que buscan la iluminación desde el absurdo. No sabemos si lo logramos, porque los pequeños saltamontes no llegan a la segunda clase (es notable la falta de perseverancia en los jóvenes de hoy).

Lo horrible, en todo caso, es cuando nos sale un alumno o una alumna con cualidades, una joven promesa, como gustan decir, y mejor ni pensar en aquello del discípulo superando al maestro. Eso asusta de verdad.

Como decía en algún lado Felix de Azúa, la solución es acusar de plagio al díscolo, a la díscola. Y esto se hace repitiendo en sus inauguraciones, sexta copa en mano, aquello de “le enseñé todo lo que sabe, pero no todo lo que sé”.

Y luego nos vamos (o nos ayudan a irnos).

De los límites

Una de las leyes tácitas de la buena urbanidad es saludar al vecino, Tenga usted sus buenos días.

¿Pero cuántos metros fuera de casa rige esa ley?

Supongo que a todos nos ha pasado: lo cruzamos al del tercero C, algo apartados del ambiente afín, y quedamos tecleando, incómodos. No sabemos si saludar o fingirnos en babia. A veces dejamos el reconocimiento en manos del otro, que es como hacer trampa. Tan tranquilos que estábamos.

En general nos gusta deambular por la ciudad como si estuviera vacía, pasar inadvertidos y soñar, pero la súbita aparición nos trae de nuevo al orden, al protocolo, la rutina, todo lo que queríamos evitar.

Al “flaneur” le gusta vagabundear, le da vida a sus fantasías. Para ciertos ensueños el movimiento del andar es el perfecto acicate. Todo se torna posible. Y esa obra tozuda que se niega a salir lo hará finalmente, llegaremos al taller como una tromba y nos llevaremos el mundo por delante, sí señores. Pero nos topamos con este tipo y es otra vez la lista del supermercado, los impuestos, lavar el auto.

Y claro, el saludo nos sale forzado, ya no es automático, porque lejos de casa le vemos los piolines a cualquier cortesía.

A veces pintar es como ese mismo momento de incomodidad, pero extendido y permanente. Tratamos de irnos de casa, aventurarnos en terreno desconocido, pero de lejos lo vemos venir al muy vecino. Puede ser un gesto que repetimos por demás, un color fuera de lugar, una solución complaciente. Por más vueltas que demos, ese “rostro” familiar nos embosca tras la esquina más inane. Una suerte de Droopy creativo. Su presencia nos desazona. Ponemos empeño, nos creemos lejanos, sumergidos en la más espesa jungla, y zas, siempre nos topamos con él.

¿Será que en realidad no queremos alejarnos?

Con el tiempo aprendemos a convivir con su amenaza, y en vistas de su obstinada permanencia decidimos disfrazarlo un poco, para camuflarlo y que pase las aduanas. Pero sabemos que sigue ahí. Unas pinceladas antes dábamos la obra por terminada, y de repente lo encontramos. Ahora ya no estamos seguros de nada.

¿Cuándo está terminado un cuadro?

Tal vez cuando en su superficie no nos guiña el ojo esa presencia insidiosa. La mácula que tiñe el resto.

Terminar la obra puede ser un problema, sí.

Primero no hay que confundir indefinido con infinito -me susurra Malthus.

Parece una perogrullada pero no. Agregarle pinceladas al cuadro suele entrañar peligro: creemos poder hacerlo eternamente, pero siempre llega un punto donde nos fuimos al diablo. El trabajo queda arruinado y no hay vuelta atrás.

Un límite sutil e invisible.

Ahora bien, en esta nuestra época el límite tiene vocación de fugacidad. Se lo invoca para romperlo, se lo trae a cuento para eliminarlo, es un estorbo, es lo que nos impide realizarnos. Las publicidades así lo reflejan: “Elegí todo”, “¿Hasta dónde podrías llegar?”, etc, etc. La lista es larga, porque el límite ya no es una mera demarcación, es más bien una cárcel, un yugo, una frontera borrosa entre lo gris y transitado y el mundo de la aventura.

El límite tiene mal nombre, es peyorativo.

El problema es que mis siluetas incorporan el límite, lo llevan implícito.

Será por eso que el rebelde de vitrina que anida en nosotros, víctima de tantas publicidades, tacha colérico las siluetas en cuanto lo dejan.

Una muestra más del socavamiento general de la sociedad, acabar con la imagen de autoridad, y demás. La caída de todos los valores, en pocas palabras.

Pero para qué sorprenderse, si ya la gente ni saluda a sus vecinos.