De los vademécums

Las dolencias artísticas son de lo peor. Un ruido sordo e inclasificable que sobreviene tras la contemplación desmedida de algún cuadro problemático…
Nuestra mirada aletea contenta sobre la superficie de la tela y de súbito nos llega la alarma: No podemos aún puntualizarlo, pero hay algo podrido en Dinamarca.

Lo malo es que ocultar el cuadrito no parece una solución. Se espera del artista una alta dosis de valentía, que le ponga el pecho a las balas, no que las esquive.
Pero miramos la obra y nos lloran los ojos.

En el “Libro de la cuadratura del círculo” se nos dice que un buen remedio para contrarrestar fatigas oculares es contemplar el follaje, el verde de la fronda. Claro, el librito es árabe, del siglo 8vo, y sospecho que por entonces los oasis eran tan escasos como ahora. O sea que prescribirle al doliente que mirara el verde era como mandarlo a freír churros, elegantemente.

Pensando en eso me voy al patio, a ver si los malvones me quitan la mufa. (Hay que creer que la sanación es posible, que está al alcance de la mano). Por sobre la medianera diviso un muro forrado en hiedras. Ese es todo mi horizonte vegetal. Podría llorar ante tanto encierro, pero luego, volviendo a los árabes y sus recomendaciones, me digo que La Alhambra desde fuera siempre dijo poco, porque las fuentes y los mocárabes solo se disfrutan franqueado el pórtico.
La reflexión me levanta el ánimo, y sueño con hacer una obra así, que se torne en oasis al aproximarnos.
Nos sentimos más fuertes y capaces. La obra maestra está a la vuelta de la esquina.
Por eso lo primero que resolvemos es hacer más pequeños los trabajos, convencidos de minimizar así también sus consecuencias. (El artista es muy ladino, siempre lo he dicho. Y en el fondo lo que buscamos es borrar todo rastro de la obra, del problema).

Se me ocurre que tal vez por eso estos textos no tienen imágenes: queremos consignar por escrito nuestra frustración, sin evidencias del desastre que la genera.

La biografía sin vida que propone Pessoa en el “Libro del desasosiego” (una biografía donde escasean los datos externos y abundan los estados de ánimo) se me viene a la mente cuando pienso en estos escritos sin imágenes, estos “Retratos Imposibles”. Desde lo literal, la dificultad de la ejecución de esos supuestos “retratos” nunca queda demostrada, y sí, probablemente, lo dudoso de su existencia.
Claro que más de una vez estuve tentado de ilustrar estas reflexiones con un cuadro, tanto porque se lo mencionaba con nombre y apellido y en base a él se discutía algún tópico, o lisa y llanamente porque venía a cuento para clarificar algún punto. Pero siempre retuve el impulso, convencido de que esa ausencia sería de algún modo enriquecedora. Medidas que uno cree audaces e inteligentes cuando quiere dorarse la píldora.
Eso sí, con el tiempo vamos concluyendo que la dichosa píldora es apenas un “mejoralito”. Uds saben: rosa, pequeño y perteneciente al lejano mundo de la infancia; lo que se dice un recuerdo.
Claro que en lo que a recuerdos se refiere, tal vez sean esos los mejores: los pequeños y rosados.

Ya ven, con un par de reflexiones siempre se recupera el optimismo. La meta ahora es hacer un cuadro pequeño y rosado. Para qué perder el tiempo sobre grandes superficies que no sabemos cómo llenar y que, aun peor, no sabemos después dónde guardar.
Sí señores, hay que pasar al formato bolsillo urgentemente. Sin perder calidad en la compresión. Hasta diría lo contrario. Porque al fin y al cabo, según otro aforismo árabe, “La perfección no tiene tamaño”.

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