De ciertos matices de añil

No sé si a todos les habrá pasado, pero sin duda me ocurre a mí.
A esta provecta edad de 46 años cualquier situación me dispara hacia otra época, hacia algún rincón de la memoria, recordando situaciones inconexas, en cierto modo reviviéndolas. A veces un sonido, un aroma, una pequeña anomalía en el tejido temporal y me encuentro paladeando algún hecho pretérito.
Los alumnos tratan de traerme de nuevo al orden, pero es en vano, yo sigo trepado a los árboles de mi pasado.
Como la pintura se nutre del espectro completo de nuestro perfil, entiendo si cada tanto le toca a la nostalgia, a ese nebuloso ayer, servir de acicate para pintar, incluso de borrador, hasta de idea, por qué no.
Lo malo viene cuando el rapto acontece en el momento menos propicio, por ejemplo cuando estamos a mitad de una obra, concentrados en nuestro dilema usual de colores. En la paleta nos falta azul. Lo buscamos y de repente estamos en una noche de verano del año 2001. A la vuelta de una esquina encontramos con mi pareja de entonces, tirado en un volquete, una suerte de biblioteca, un mueble antiguo, gigante, todo madera, cajones y persianas. Tomamos cuantos cajones podemos. Y no mucho mas tarde, en mi primer arrebato de carpintero, son esos mismos cajones los que terminan incorporados a mi actual mesa de trabajo, este simple carrito de televisor que tras tanto trajín parece más bien una navaja suiza: estantes rebatibles y plegables, rueditas, frascos, broches multifunción. En ese tumulto descansan mi paleta y mis pinceles. Y en los cajones guardo los óleos. El tercero es para los azules: ftalo, cobalto, ultramar, prusia, manganeso, indantreno… Ahora es el año 1998. Al terminar el Bellas Artes emprendí un viaje por algunos museos europeos. El llamado viaje de estudios. En una artística de Amsterdam, con el periplo concluyendo, me decidí a cargar con algunos implementos, entre ellos ese pomo de azul indantreno. Un poco por curiosidad -no conocía el pigmento-, y otro tanto por simple anhelo. La compra era una suerte de promesa. Ya lo tengo dicho, los materiales que nos miran en las artísticas terminan encarnando nuestras aspiraciones. “Con ese pincel bellísimo sólo pueden salir maravillas” y otras expectativas así.
En ese respecto aquella compra fue ejemplar.
El viaje había comenzado desde la decepción. Por circunstancias largas de explicar, a pesar de estar recién recibido (¿o debido a eso?), el horizonte no me parecía promisorio. Yo diría que lucía incierto, casi negro. La frase de Marguerite Duras me hubiera ido al dedillo: “Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde”. Así me sentía yo. Inconmensurable mi abatimiento. Infinita la tristeza. Adiós Pampa mía.
De modo que el viaje tenía cierto gusto a despedida, el romántico adiós a una profesión con más de sueño irrealizable que de meta prometida.
Por fortuna en las peripecias del recorrido había recuperado buena parte del optimismo (una muestra en Santiago de Compostela del grabador José Hernández merece los laudos) y para cuando llegué a Holanda y sus canales las ganas de pintar habían retornado. Por eso la compra de aquel azul era importante, porque era la puesta en acto de mi renovada motivación, de mi fe.
O algo así.
Y aunque nunca tuve el dichoso pomo en un marquito ni en un pedestal, no deja de ser cierto que no hubo ocasión, al usarlo, en que no sintiera un estremecimiento, el de mis viejas expectativas retorciéndose, pujando por salir y haciendo preguntas.
Pintar, lo tengo dicho, es campo fecundo para todo tipo de reflexiones que poco tienen que ver con el trabajo de turno. De modo que era exprimir aquel tubo y sentir ansiedad, incertidumbre.
Como esas cajitas de música, cuya melodía nos evoca un pasado ficticio, así parecía sonar ese color azul. Cargaba de melodrama mis pinceles. Pero eso no era todo, o era lo de menos. El pomo era también como un reloj de arena que va desgranando sus promesas, un talismán que va perdiendo sus virtudes, una suerte de lámpara de Aladino, pero en lugar de un genio, el que asomaba era ese enano aguafiestas y negativo que se nos instala al hombro y nos susurra al oído: “¿Están saliendo bien los trabajitos? ¿No te estarás achanchando?” Cosas así. Una delicia.

Que nadie se extrañe si fui escatimando el azul. Yo creo que me mareaba.
Luego temí que ocurriera lo mismo con los otros colores, y dejé de usarlo.

Pero sigue ahí.

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