De las recompensas

“Todos se equivocan como se equivoca uno. Pero nadie acierta como yo”.
Eso se lo escuché decir el otro día a mi Alter ego, ese que llevamos al hombro y nos susurra al oído aforismos de Narosky y eslóganes publicitarios. Un personaje agrandado, petulante, insoportable en pocas palabras.
Todos lo tenemos.
Pero hay que saber esconderlo.
Porque espanta, no lo vamos a negar.
Dibujamos un retrato más duro que un turrón, y el tipo se las arregla para destacar un detalle insospechado. La pintura no convence, el color sale chato, pero él alaba esa misma chatura, evocando a Kenneth Noland, a Still, a Barnett Newman. Es encantador cuando quiere.
Este mismo fulano es el que, si lo dejan, toma las riendas y da directivas. Siempre tuvo alma de jefe. A veces se apiada y me da terroncitos de azúcar, palmaditas en el hombro, frases de superación personal. Un caso típico es que tras dos o tres pinceladas acertadas, con alma, se da por satisfecho y me deja el día libre. “Eso es todo por hoy”, me dice magnánimo. Y yo le hago caso, para qué discutirle.

La verdad es que me gusta recompensarme tras esa pincelada justa, ese color atinado, ese gesto que por unas horas nos dejará un gusto a victoria, que es una sensación muy agradable, sí.
Digo, hay que disfrutarlo porque dura poco y es lo opuesto a lo usual, cuando las cosas nos salen horribles. Ahí te quiero ver.

Leía ayer un texto de César Aira, donde comparaba -o pensaba que era posible hacerlo- a los artistas con los deportistas de alto rendimiento. Lo que decía es curioso y es cierto: en la actualidad del hacer la vara está muy alta, y hay que estar en guardia permanente. El artista necesita entrenarse día a día, como el deportista de quilate, que debe controlar su dieta y saltar la soga, hacer lagartijas y saltar la soga, correr de acá para allá y saltar la soga.
Bueno, yo me compré una bicicleta fija.
Y pedaleo como un hámster.
Me puse una fotocopia de un cuadro de Sorolla (“Triste herencia”) a modo de zanahoria, pero no pasa nada. Solo termino cansado y sin ganas de pintar. Es entonces cuando me pongo a escribir. Claro que en ese estado lo que nos sale es lastimero:

“Muchas veces notamos cierto rechazo hacia la obra figurativa. Digamos que uno confiesa que pinta gente y llueven los huevazos. No sé si sigue viva la agorera noción de que la pintura es una lengua muerta, pero lo indudable es que la quieren matar. O que no la dejan vivir.
A la pintura que se vale de imágenes del mundo que nos rodea se la cataloga con desdén, mientras las visiones de la abstracción ganan adeptos y simpatía.
Y eso es una injusticia, hay que decirlo…”

Presiento que tal desazón es un síntoma muy actual, como el monopatín y las selfies.

Pintar fue siempre así, se comienza por algo tangencial, urgente, actualísimo, la novedad de un color, una técnica, un recurso que acaba de ocurrírsenos, y ya después nos vamos deslizando hacia el pasado, el de nuestras emociones, nuestros gustos, nuestras limitaciones. Por eso salen así las cosas.

No quiero pecar de falsa humildad, pero con el tiempo uno comprueba que tras la ejecución de un cuadro ponderable, esos raros trabajos que nos dejan un alto grado de optimismo ante la vida, la mejor recompensa que acompaña al cuadro del milagro es las ganas de hacer otro.
Y así vivimos en la eterna fantasía de pasar alegres de obra en obra, como caminando sobre el agua, todo sonrisas.
Y aforismos de Narosky.

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