De las muñecas

Una vez, hace mucho tiempo, le oficié de chaperón o escolta a una amiga que estaba como un tren. Bellísima, quiero decir.
Fuimos a un café. Creo que había un espectáculo, alguien tocando el piano o la guitarra. Para muchos, de todos modos, el espectáculo era mi amiga. Entre pieza y pieza, con cualquier excusa, se acercaban los festejantes, haciendo todo tipo de galanteos y ceremonias, un despliegue de cortejos que intentaba romper el hielo y solamente estorbaba. A mí se entiende que me veían inofensivo, un amigo sin posibilidades, nunca un contrincante. Pero esa es otra historia -la de mi vida.
Cuestión que entre las frases célebres que escuché esa noche hubo una que se repitió varias veces.
Sos como una muñeca, le decían. Te tendría en mi mesita de luz…

!?

A ver. No sé ustedes, pero yo no tengo muñecas en mi mesita de luz. Estos señores tan viriles, sin embargo, hete aquí que soñaban con muñecas en la mesita de luz.
Desde ya que la frase es un eufemismo para el juguete sexual y barrunta todo un horizonte de cosificación de la mujer que… pero para qué meternos en ese berenjenal.

El suceso al que hago referencia, claro, tiene más de 20 años de antiguo y 20 años, miren ustedes, parece que es mucho tiempo… no voy a decir que a los coches los tiraban caballos, pero lo cierto es que en algunas materias el reloj atrasaba más que ahora.
Es muy probable que esos mismos caballeros, de haber sido en la noche de ayer el encuentro, hubieran medido sus palabras, y acaso el acoso hubiera sido menos verborrágico.

En fin, sí, se me ocurre que hubiera sido todo distinto. Y aun así muy similar.

San Camilo, siempre tan ardiente, nos habla de su muñeca hinchable Jacqueline, cosa que encuentro risible, desde ya, pero bastante más lógica en lo que a muñecas se refiere.
Lo que estoy seguro, hablando de Jacqueline, es que su zona de descanso no era la mesita de luz. Tal vez, como el personaje de “Juego sucio”, estuviera escondida en un armario, en un aparador. Porque un aparador resulta mejor destino para esa suerte de lascivia neumática, llámese Jacqueline, Marta, La del tercero o cualquier otro nombre.
Lo interesante es la ubicación de las cosas.
Y aquí en mi taller la muñeca está en el baño.

Hace varios lustros (¿luego de acompañar a mi amiga?) tuve la peregrina idea de construir un maniquí articulado, el clásico figurín de venta en artísticas, pero esta vez en tamaño natural. Pensaba que sería un buen punto de partida para realizar una serie de trabajos en carbonilla, serie que tendría al maniquí como protagonista excluyente, al punto que a la hora de presentar los trabajos, lo harían acompañados de la propia modelo/maniquí, que miraría las obras desde alguna vitrina, sentada en un rincón, o de pie en medio de la sala, en fin, algo por el estilo.
Cuestión que nunca hice los trabajos. Es más, no he hecho ni un solo boceto a partir del dichoso muñeco.
Y eso porque mi único interés, evidentemente, estaba en la construcción del engendro y no en sus terceros disfrutes. A veces dibujar intenta ser la gestación de un universo y en este caso, puestos a crear, se ve que me sentí realizado con el serrucho y la caladora y no con la goma y la carbonilla. Así que una vez hecho el maniquí, ¿para qué dibujarlo?
Cuestión que el armatoste, para deleite de alumnos y visitas, se paseó por todos los rincones del taller, como un pariente lejano o un testigo obsesivo e impertinente hasta encontrar su destino final, algo triste, parado arriba del bidet.

Cosa mucho menos romántica que la mesita de luz, eso lo concedo.

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