De otros peligros más

Supongo que no se sorprenderá nadie si ahora vengo a declarar que nosotros, los seres humanos, estamos mal hechos.

-¿Yo señor?
-Sí, usté también.

Lo veo a diario en multitud de detalles. Y no me refiero a lo coyuntural, animada mi sentencia en la liviana observación de que no podemos sortear un insidioso resfrío. No, no, me refiero a cosas de otro orden.
Pongamos dos casos emblemáticos: no sabemos ni comer ni criar a nuestros hijos.
Y disculpen que lo sostenga de forma tan rotunda pero es así.

Cada cierto tiempo surge una teoría nueva que viene a poner de cabeza los supuestos previos. Se cierra un ciclo y ya no sabemos si hay que comer o no huevos, si dar o no el pecho, si esto, si lo otro.

Pensemos en nuestros hábitos alimenticios. Naturista, vegetariano, vegano, etc.
Yo sospecho que en más de un caso la adopción de estas facetas, de estas reglas del buen comer, obedecen a meros caprichos, a pseudo razonamientos. Para algunos incluso a una extraña sed de pertenecer al redil. Como decía Borges de los comunistas de Recoleta, lo hacen porque “les da reputación y un grupo de amigos”.
En materia de ingesta, para muchos la adopción precede a la edad racional, y cuando el amigo no acepta un plato de chinchulines es en realidad una criatura de 5 años la que nos habla, por más bigotes y calvicie que ostente hoy.
Para qué negarlo, a veces esas decisiones vienen de tan atrás que sólo la arqueología de un buen terapeuta podría desentrañarlas.
No me cuesta nada imaginar a esa pobre criatura a la mesa, con tanta suerte que por comensal inmediato le toca el “tío” Julián, eufemismo bajo el cual los padres de la criatura evitan la larga explicación sobre los intrincados mecanismos de selección afectiva que aquejan a la -ahora sí verdadera-, tía Amalia, y por ende ya que la tía está de vacaciones por qué no invitarlo al pobre Julián que está de vuelta soltero. Al tío Julián. Ese fulano con los mil achaques y la visión más variopinta sobre cualquier tema (faceta que con los años correrá en su contra, al punto que donde vaya será la ultima vez que lo inviten, pobre hombre). Y justamente es este personaje estrambótico el que deja fascinado al querubín, que admira y festeja cada humorada y gesto como si viniera de un clown. En determinado momento, al recibir de la anfitriona la ensalada, el señor Julián, muy solemne, la rechaza mientras decreta que él “no come verde”. Y claro, el experimento de persona que tiene al lado confunde esa negación enfática con un envidiable rasgo de carácter y decide emularlo, para eterno deleite de su madre y abuela, que aunque lo amenacen con la excomunión o la ausencia de postres, no habrá lechuga ni acelga que pase la barrera decretada. Barrera que será defendida con ahínco hasta la edad adulta, donde a costa de proverbiales estreñimientos y largas temporadas en el baño se verá forzado a claudicar en pos de la buena digestión y así pasar al extremo opuesto, a masticar 23 veces de cada lado cada pedazo de apio, con el consiguiente y alarmante “desgaste de las piezas dentales”, según dictaminará apesadumbrado el odontólogo de turno.
Y podríamos seguir así largamente, para qué negarlo.

El otro caso señalado es el de la crianza de los niños. Ahí también surgen parejas y contradictorias visiones sobre el modo correcto de encarar esa larga transformación del infante en un señor de galera y bufanda.

Ahora resulta que el tortazo a tiempo no sirve para nada, que los castigos y prohibiciones mucho menos y que si el niño quiere hablar cuando lo hacen los mayores, hay que callarse y escucharlo.
¡Es la caída de todos los valores, hay que decirlo!
En este caso los tíos Julianes nos atacan de todos los flancos, una catarata de Socolinskys y Borocotós, verdadera fauna de opinólogos destemplados que quieren meterse en su casa, señora, ¡en su casa!, y decirle de qué lado tiene que poner los tenedores.
Apague la tele, hágame el favor.

Lo que nos abruma es el bagaje cultural, que no tiene brújula ni aprende de los errores, sino que flota a la deriva y a capricho de los vientos.

Y todo este preámbulo es para confesar que con esto del encierro estuve leyendo demasiada teoría e historia del arte y cuando vuelva al taller no sé cómo voy a deshacerme de tanta sabiduría.

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