De los peligros dentro del palacio

Yo creía ser un experto en esto de no hacer nada. Tan orgulloso estaba de mi manejo del ocio que hubiera podido escribir volúmenes al respecto, detallando mis rutinas.

Ya lo decía Rothko: “El artista debe disponer de mucho tiempo, tiempo libre, para no hacer nada, simplemente sentarse y dejar que las ideas sobrevengan”.

A mí lo de sentarse y dejar que las cosas acudan siempre se me dio con facilidad, es un don que tengo, no me cuesta nada seguir el precepto. Las ideas no sé si llegan, pero yo las espero. Todo el día si hace falta.
Así y todo, últimamente me aburro de chequear la hora del microondas, de comprobar su sincronía con la del teléfono, de mirar al vecino, de espiar al portero.
Es entonces cuando descubro azorado que soy una víctima más de este encierro forzado.
Seguro que a Rothko no le pasaba.

Convencido de poder hacer algo al respecto, me voy al balcón con un libro, a matar unas cuantas horas, a batir un récord.
Y entonces escucho un golpecito en la puerta ventana.
Claro, no estoy solo. En esta casa ahora somos dos los presos, y de allí que mis ocios han quedado en evidencia.
“¿Esto hacés todos los días?” me dicen cuando me ven todavía en la cama, todavía en el balcón, todavía en el sofá. Es una frase que viene sonando mucho acá, y hasta con un retintín de reproche, les diré.
El bendito encierro me está dejando expuesto, estoy revelando mi modus operandi.

Mi madre me cuenta que allá por su barrio se escucha un megáfono que les anuncia a todos que se aburre.
Yo no tengo megáfono.
Yo pinto, yo dibujo. O lo hacía.
Y cuando no me queda otra, también escribo.

Pero es más difícil de lo que parece, esto del ocio.

El punto, claro, la parte amarga, está en la obligatoriedad. Eso es lo que torna ríspido el asunto. Y no me refiero a la obligación de quedarnos adentro, eh, no. Eso es una orden impuesta, no cuesta tanto seguirla. El drama viene cuando cerramos la puerta.
Lo usual es que las circunstancias nos obliguen a realizar algo puntual (trabajar incluso) y que no tengamos demasiadas opciones. Tan acostumbrados estamos a esto que no sabemos para qué lado correr cuando se trata de “no hacer nada”.
Por eso en cierto modo el desafío actual es como el de la tela en blanco: Un espacio definido, y mil soluciones para atacarlo, soluciones que obedecerán todas a nuestro propio mandato. Ante este dilema muchos sucumben, porque lo que intoxica y nubla el entendimiento es la amplitud de caminos posibles y la ausencia de coartadas. Es mirar al abismo de nuestro yo y darse cuenta de que nos aburrimos con él, y mucho.
“Decirme que puedo hacer lo que quiera es como sacar el tapón de la bañera y luego decirle al agua que vaya donde le plazca. Inténtenlo y vean qué ocurre”, decía Nick Hornby.
Por eso es normal que a mí me encuentren en el sofá, en el balcón, en la cama. Uno es presa de la debilidad y cae en los vórtices usuales. Luego vemos 6 veces la misma serie y paseamos los mismos libros por todos los ambientes de la casa, sin poder terminarlos, y se va tornando claro que no sabemos muy bien qué hacer. Para evadirnos miramos el celular -está nevando en algún lado-, le meamos la puerta al del tercero, incluso hacemos tareas domésticas, pero no hay caso, es la tela en blanco del aburrimiento la que se cierne ominosa sobre nosotros. (Eso sí, cuando me agarren ganas de hacer gimnasia es cuando de verdad empezaré a preocuparme).

En un arrebato de lirismo intento dibujar una figura y lo único que logro garabatear son campos y horizontes, porque las ganas de salir son acuciantes, impostergables, urgentísimas.
En una época decían que el arte, que el cuadro, era una ventana. Luego dijeron que no, que era un martillo. Ojalá fuera una ventana, pienso actualmente. Me vendría bien una ventana más.

Yo creo que tal vez esta inclinación sedentaria y soñadora es hereditaria. Ya dije que conmigo la culpa siempre la tiene otro.
Empiezo a sospechar que la anécdota de mi madre es un disfraz.
Recuerdo que en casa había un megáfono.

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1 comentario

  1. Excelente crónica de la cuarentena y aislamiento, querido maestro. En mi casa teníamos una sigla NPVSHN (No puedo verte sin hacer nada) que disparábamos cuando nos interrumpían ese ocio que otros creían absolutamente accidental o involuntario. Por suerte hoy, en este contexto, uno está menos rodeado de seres que nos quieren volver secretarios o auxiliares de cualquier orden. Saludos!

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