De las carilinas

Lo primero que me molesta en las películas que veo sobre artistas plásticos es que casi siempre se trata de un prócer en la materia, nunca es la historia de un perfecto desconocido y su rutinario oficio de pintar, los descubrimientos que ello implica, la vida que elige. No, en esta época eso no vende. Hoy el personaje nos muestra más temprano que tarde su escalada al éxito, un éxito que siempre se mide en billetes y nunca en obra. Se ilumina la pantalla y ya podemos adivinar que seremos testigos de mil tropiezos, escollos y un sinnúmero de botellas vacías, frustraciones que de todas formas no lograrán disipar el prometido horizonte de gloria y redención social que son las ventas arrolladoras y el resonante aplauso del público.

En esos casos, a pesar de la pintura en la cara, el artista no puede esconder al superhombre que es, bien lo sabe, y por eso precisa todos esos primeros planos. Lo que se nos cuenta con tanto metraje suele ser un redescubrimiento, alguna arista no menos emblemática del ya aclamado astro de los pinceles. Resulta que era diabético. Resulta que era negro. Resulta que era manco.

Un bodrio, en pocas palabras.

Y hablando de palabras, no faltan las de elogio. Usualmente en boca de personajes secundarios que estudian al protagonista no sabemos si con desdén o con envidia, y en ese espejo de miradas comprendemos que estamos ante la estatua viva de un prócer esencial. El pintor es un valiente, nos quieren hacer creer. Mezcla trementina con su whisky. Y además fuma. Pero es una valentía que a nosotros nos deprime, seamos francos. Yo preferiría que fuera menos valiente y más pintor, el fulano.

Es el desarrollo del personaje lo que debería llevarnos a la conclusión de que se trata de alguien genial, y no el camino inverso, donde al minuto se nos advierte que el señor es extraordinario y luego todo lo que vemos son matices del gris más pedestre y rutinario porque el perfil nunca levanta vuelo, nunca deja de ser chato. A pesar de tanta advertencia de genialidad, la genialidad no aparece por ningún lado.

Por eso mismo, si me permiten, si lo mediocre es el parámetro, yo me postulo como excelente candidato para un film.

Y olvídense de la pintura, a mí lo que me destaca del resto de los artistas, sin duda alguna, son mis alergias. En eso tendría que centrarse la trama. Ver al artista luchando ya no contra la bebida o contra el fisco, sino contra ese flagelo que son los sarpullidos, el pecho que nos silba. He allí una lucha despiadada y desigual.

Ser alérgico es algo tan demandante como el arte, no es joda. Hay que serlo a tiempo completo.

Yo por ejemplo mido las estaciones por la gravedad de mis alergias. Hay quienes las miden por otros parámetros, pero a mí no me sirven, no me atan a la realidad. A mí me basta con recordar la intensidad de mis estornudos y ya me sitúo en el calendario. Ese abril de la gripe, aquel junio de la fiebre, etc.

A veces creo que si me curara de mis brotes ni la familia me reconocería. Algo así confesó Stephen Hawkins: “No me reconozco sin mis gafas y mi corte de pelo. La silla de ruedas la puedo regalar”.

En fin, imagino que aquellos que apenas me conocen suelen suponer que me comunico mediante estornudos, pataletas y otros guiños crípticos, pero no es tan así. Si bien mi estado gripal tiende a ser perpetuo, la verdad es que hay días donde las nubes se disipan y logro hilar una frase sin sonarme la nariz. Eso no quiere decir que lo que se diga entonces sea memorable o tenga carácter de sentencia, no. Es igual de insípido que el resto de los días, sucede que lo digo con voz menos nasal. Digamos que compensa en sonoridad lo que escatima en trascendencia.

Munido entonces con mi sempiterna caja de carilinas, mi paleta, mis colores, el espectador me vería partir a la aventura. Y lo que sigue es un desparramo, porque los estornudos no me dejan en paz y se arma la de San Quintín, la de San Pollock. Un ataque de patinazos y salpicaduras.

Lógico que la película debería tener otros guiños, otros giros, otros momentos estelares. Las primeras ventas, la difícil relación con los galeristas, la modelo que se nos mueve. Cosas así. Y pastillas, y carilinas.

Yo creo que la gente se iría muy contenta, sí.

O se iría, simplemente.

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