Del combustible creativo

Cuando tendría 9 años me pasé un verano entero armando una casa en el ciruelo de mi abuela.

Estoy seguro que a ojos adultos aquello debía lucir de lo más enclenque. Para mí era una fortaleza y allí arriba todo era aventura.

Aquí abajo, en cambio…

Qué increíble era esa época donde perdíamos todo rastro del tiempo y ya no sabíamos en qué día de la semana nos encontrábamos.

Creo que es parte imborrable del bagaje que torna la infancia en terreno soñado, y añorado también.

De adulto sólo durante un corto lapso de tiempo he vuelto a vivir tal estado de excepción. Y siempre lo tomo como clara muestra de felicidad.

Será por eso que persiste la fantasía de alcanzar más a menudo tal rapto. A fin de lograrlo ya no miro televisión ni leo los diarios, pero el trance me elude. Ya no sé qué probar. Siempre he sospechado, o casi diría comprobado, que a fin de trabajar a gusto debo aislarme un poco del entorno. No sé si tan lejos y arriba como la famosa torre de marfil, pero sí por lo menos a cierta distancia de lo corriente y cotidiano. Se genera así un estado diferente del usual, donde parece anidar más a gusto la creación, nombre al que adhiero a falta de uno mejor; me molestan las connotaciones que asocio a la palabra, que la tornan, a mis ojos, algo pretenciosa y grandilocuente. Cuando se la usa así, la referencia a Adán y al séptimo día me deja un poco pasmado. Creo que prefiero asociarla a la infancia, o en todo caso asociarla a la infancia la desprende de otras connotaciones más pesadas, porque más allá de los lugares comunes, es cierto que la niñez es el terreno más fértil para la invención despreocupada y lúdica, que es la que siempre me ha interesado.

En fin, perder toda referencia de cronogramas y almanaques suele ser la más clara muestra del grado de inmersión logrado, y por eso no es raro que lo ponga como norte y, a hecho consumado, como parámetro del disfrute que me generó la gestación de tal o cual obra.

Dentro del hacer cotidiano, considero una suerte cuando el trabajo logra abstraerme de ese modo, liberándome de los vaivenes terrenales y exigiéndome una concentración y goce que elimina el entorno y lo torna borroso. Cada tanto, y esto es más raro aún, me ocurre que alguna pintura me coloca durante varias jornadas en ese trance, y el resultado es que nos tornamos algo etéreos, comprobamos que levitar es posible, y abandonamos el lenguaje usual para comunicarnos mediante parábolas. De noche emanamos luz.

Pero como digo, son raras esas ocasiones.

Este anhelo de abstraerse, de sumergirse de tal modo en la concentración del trabajo que borre todo registro de lo circundante, me deja pensando…

A veces me gustaría ser como esos artistas que se sientan horas de horas frente a sus cuadernos y dibujan y dibujan, y en base a esas pocas opciones van construyendo un mundo propio y coherente.

Lo mío, según he comprobado demasiadas veces, va por otro lado, pero no cejan las frustraciones, por no poder hacerlo, por no poder tomar aquella dirección, no importa cuánto empeño le pongamos.

Y si por uno de esos reveses tenemos suerte, el hechizo dura un par de obras como mucho, porque tarde o temprano volvemos a nuestra natural manera de trabajar, que es cediendo el timón al capricho y las pulsiones, para ser víctimas de nuestras ocurrencias, aplaudirlas si cabe, e irnos a la cama ilusionados, soñando que mañana al fin comenzaremos ese trabajo redentor.

En diálogo con la almohada, por un rato mirará hacia otro lado el censor que llevamos dentro. Ese que no descansa nunca, el único en fin que parece trabajar en serio, el adulto que habita en mí, que me patea los juguetes siempre que puede y me obliga a llevar la cuenta de los días.

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