De las teorías

Leemos a García Montero y queremos que nuestros trabajos tengan la elegancia de las ruinas clásicas.

Después leemos a Todorov y deseamos que nuestras pinturas oscilen entre lo extraño y lo maravilloso.

Luego leemos a Huizinga y queremos que el juego gobierne nuestro trabajo.

Por fin nos cansamos de leer y es entonces cuando la obra crece…

Algo contradictorio anida en nosotros; las cosas parecen salir mejor cuando menos lo esperamos.

Yo vivo en la fantasía de que esos órdenes, leer y pintar, resulten compatibles, pero una y otra vez salta a la vista que en realidad son excluyentes: cuando hacemos uno, no hacemos el otro.

Escribir, en cambio, parece un remedo de ambos, un tibio consuelo. Porque los consuelos, claro, siempre esconden una tristeza. Crear o contemplar. Hacer o soñar.

Según parece, tanto Hemingway como Dos Passos reconocían en la pintura una importante influencia sobre su devenir de escritores.

Lo traigo a cuento porque siempre es bueno contar con alguien de bien ganada reputación para dar una pizca de respeto a lo que se intenta decir.

A mí me gusta tomar prestadas de la literatura cosas que adaptar a la pintura, de allí que descubrir que el camino puede ser inverso, que algunos escritores encontraron en la pintura un campo fecundo, resulta invaluable.

Mencionaba antes a Todorov…

La definición sobre literatura fantástica que él brinda siempre me ha interesado. La literatura fantástica se mueve en un filo, nos dice, en la estrechez de dos posibilidades. El relato pende de un hilo, oscilando entre lo extraño y lo maravilloso.

Esa presentida alternancia, mientras permanece, sostiene el relato y genera ese tercer ingrediente, lo “fantástico”.

Y aunque el hechizo se desvanece porque el tiempo en la literatura es sucesivo y tarde o temprano llega el desenlace, mientras dura la magia es manifiesta esa presencia.

En la pintura no existe tal cosa como un desenlace, el tiempo es estático, un eterno presente.

Habria que ver cuáles podrían ser los ingredientes que, en su oscilar, generen el tercero y mayor. Lo maravilloso y lo extraño como garantes del Arte.

Una pintura suspendida entre opciones, frágiles instancias que propicien esa tercera, elusiva e intangible, que es el Arte.

Resulta que el todo es mayor a la suma de sus partes.

Tras tanto cavilar, naturalmente, tomamos la caladora, los tornillos, las carbonillas. Ansiamos poner en obra esas ideas.

Nos sale mal, qué duda cabe. El trabajo es confuso, pretencioso, tibio. Un engendro, o lo que en términos plásticos se conoce como mamarracho.

Aun así, me evado pensando que si fuera este un retrato como la gente me interesaría llevarlo a un punto semejante al del planteo de Todorov, y que la obra oscile entre la identidad y la expresión plástica, soñando con que ese pivote genere lo artístico, el Arte.

Pero hay más. En algún apartado previo consigné mi idea de que el borrón y los tachados pueden tener también una lectura temporal. Si el borrón es el presente (o el presente como un borrón), la cara que se adivina detrás sería el pasado. La obra oscila en el tiempo.

Yo miro el cuadro, que no refleja nada de esto. Tal vez lo único fantástico es mi incapacidad para sacar adelante el trabajo.

En fin, volviendo a aquello de pedir a la literatura definiciones e ideas, hay un tipo de pintura que, como las novelas, parece una pieza de ficción, es narrativa. Hay una pintura novelada, novelesca. Pinturas donde vemos personajes, hasta una trama.

Yo tengo la eterna tentación de caer en ellas.

De la novela contemporánea me interesan las voces que la narran, ese coro de voces que muchas veces es difícil identificar, porque en ese trabajo que se le pide al lector está el meollo, el asunto, la mucha miga. La novela nos confronta una y otra vez con su propia estructura. Y es en ese andamiaje donde parece estar la aventura y el deleite, ya no en las peripecias y avatares de sus protagonistas.

No es raro entonces que tras tantas novelas al artista le apasionen más los ropajes que el retratado.

Y agarramos más fuerte la caladora, nos auguramos éxito y le damos duro al pobre trabajo, poniendo el énfasis en las zonas huecas, en el vacío, en lo imposible que son esos retratos. Cualquier retrato.

Y este más que ninguno.

Ahora nos preguntamos dónde se ha ido la identidad. O si esa identidad es la expresión plástica.

Las siluetas hablan de la ausencia. Ausencia de tiempo, de identidad, de entorno (¿de norte, de propósito?).

Un esquema semejante, bajo un matíz lúdico, podría sugerir que el cuadro es un juego permanente y simultáneo, que no necesita de comienzo alguno y que está allí, eterno, jugándose a sí mismo…

Estamos cada vez más extraviados. Parece que ya no hay autor, solo hay personajes, o que la autoría es un trabajo mancomunado entre el hacedor, el público y la obra.

Cualquiera diría que no sabemos qué hacer.

Cansado, vuelvo a pensar en García Montero, que pedía para sus poemas la elegancia de las ruinas clásicas.

Yo miro el cuadro…

No sé si será clásico, pero sin duda es una ruina.

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