De los caminos posibles (2)

Es llamativo cómo andando el tiempo comprendemos, pese a la decepción constante y el acumulado escepticismo, que uno a ha vivido muchas vidas. Lo sabemos cuando por asomo recordamos algo que en el pasado nos tuvo obsesionados, que capturó nuestro horizonte de forma completa durante un buen lapso de tiempo y sin embargo cayó luego en el olvido. En mi caso lo primero que recuerdo es que durante mi infancia y hasta que despuntó mi adolescencia yo estaba obsesionado con la naturaleza. Quería ser guardaparque, naturalista, algo por el estilo. El rapto me duró sus buenos años.

Ahora, a la distancia, reconozco que la inmersión era completa, y supongo que clara muestra de ello es que soñaba con hacer de ese afán una profesión.

(De adolescentes somos tan “millonarios de tiempo” -como decía Marechal- que no sabemos muy bien qué hacer con él, y todo lo importante lo medimos con esa cuota. Le adjudicamos una promesa de tiempo a las otras promesas, y así las sentimos más reales).

La madre de Mafalda, haciendo orden en la casa, encuentra sus viejas partituras de piano y recuerda los ejercicios que hacía con su profesora, que le decía que tenía futuro, que debía dedicarle tiempo al piano. Aquella ilusión de la profesora le vale un suspiro. “Pobre”, masculla. Y luego, ya más pesimista: “¿Pobre ella?”.

Con esto sucede algo semejante. Logro entrever que en caso de haber continuado por aquel sendero de vocaciones hoy mi presente sería otro, y esa hipotética realidad paralela me hace proferir ayes y exclamaciones, para preguntarme por último yo también: “¿Pobre él?”.

Y aunque el aguafiestas que llevo dentro me jura que todo sería lo mismo, idéntico horizonte de inquietudes, disgustos y frustraciones, aún así las preguntas acuden. ¿Estaba pautado que este de hoy era mi camino ineludible?, la pregunta no sé si es filosófica o trascendente, si toca el manido tema del libre albedrío o simplemente es muy tarde y cuando me pongo a escribir a esta hora me salen preguntas incómodas.

La verdad entonces sospechamos que se asemeja un poco a la observación de Umbral, cuando caminando por Madrid descubría, ante el espectáculo de una mujer hermosa, cuánto puede cambiarnos la vida una mujer, en caso de seguir uno con ella. Bueno, es indudable que la compañía nos cambia la vida, la persona que elegimos nos cambia la vida, nos la cambia tanto como la profesión.

Y yo hace mucho que elegí la pintura. Supongo que me habrá cambiado. Lo que no sé es si para bien.

Claro, los pintores, los artistas, suelen ser tildados de egocéntricos, megalómanos y demás delicias. Mi consuelo es que tales perfiles no son privativos del arte, porque crápulas hay en todos los rubros.

Eso sí, nos quieren hacer creer que el personaje es importante, que es tan importante como el arte que realiza.

Si me permiten, traigo a cuento una frase de Félix de Azúa, que lo dice mucho mejor que yo:

“(…) tendemos a pensar en el artista como alguien autónomo, independiente, libre y genial. Una especie de self-made man. Este error, frecuente y dañino, conduce al desastre a miles de jóvenes bien intencionados que creen poder ser tanto más artistas cuanto más autónomos, independientes, libres y geniales. De resultas de este patinazo una notable cantidad de gente pintoresca es incapaz de hacer aparecer ante el público absolutamente nada que sea ella misma. Pero la contemplación de alguien libre y genial es insuficiente como obra de arte y una lata como obra de caridad.”

En fin, a veces creo que ya estoy viejo para andar pensando en lo que me gustaría ser cuando sea grande, pero en alguna parte leí que Gauguin comenzó a pintar cuando tenía 40 años, o que Rothko encontró su manera de pintar a los 45. ¿Será cierto? Si es así yo todavía puedo mandar al diablo los pinceles, elegir la naturaleza y hacerme guardaparque…

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