De los sueños

A Borges parecía gustarle la posibilidad de recibir mientras dormimos las pautas de una obra.

Al respecto destacaba, por ejemplo, los casos del “Vathek” de William Beckford y el poema de Coleridge, “Kubla Khan”.

En mi opinión, yo creo más bien que esos autores adjudicaban a los sueños la autoría de sus obras porque así ahondaban la pátina romántica del perfil que se habían creado.

Veleidades del artista. Qué le vamos a hacer.

Pero bajemos de las alturas…

Si bien yo he soñado muchas veces con la realización de ciertas pinturas, nunca las llevé a cabo porque siempre, al despertar, podía discernir que el dictamen de la almohada era más bien malo, incluso malísimo.

Será cosa de orientar mejor los muebles, me digo, me decía. Fengshui y todo eso.

Como fuere, he soñado demasiadas veces con trabajos muy felices que a la luz del día no pasaban de ridículos.

Es curioso cómo podemos dorarnos la píldora, cuánto candor podemos cargar al dormir.

Claro que a veces no hace falta despertar para comprender el error. Llevamos la frustración hasta el mismo terreno de Orfeo, porque incluso en el sueño nos damos cuenta de que tanto la idea como la obra son horribles.

A esa hora de la noche donde todos los pensamientos se agrandan (diría Martín Kohan), soñamos disparates, pero unos disparates tan pedestres y transitados que ni siquiera entonces logra la fantasía levantar vuelo.

O sea que ni en sueños se nos ocurre algo digno.

A lo sumo en el limbo onírico me desahogo, y confieso mis frustraciones ante esa obra que no sale.

Sí, tengo un tema con las musas. No parecen darme bola.

Yo me consuelo pensando que bueno, que Grecia queda muy lejos, que estarán de vacaciones las pobres, cosas así.

Y miren que he probado de todo para llamarlas.

Lo último y desesperado fue comprar una tabla “ouija”. Ustedes saben, ese adminículo para las sesiones espiritistas.

Diré que el encuentro salió muy bien, más allá del jabón que tales conciliábulos despiertan.

Mis amigos llegaron puntuales. Conseguimos una mesa redonda, medianoche, velas. Nos tomamos de las manos.

El problema es que no estoy seguro de haber invocado al ser correcto.

Tras los golpes en la mesa y las luces parpadeantes, todos sentimos que algo nos rozaba las piernas… nadie quizo confesar pavura, pero la sesión se levantó en el acto, los presentes se despidieron, y yo quedé solo.

Bueno, solo, no.

Como dije antes, para mí que estamos muy lejos del Olimpo, porque lo que tengo viviendo ahora en el taller es algo de la mitología local, no me jodan.

Tal vez un híbrido entre Pombero y ‘Chancha con cadenas’: un ser bajito y jorobado, de gran pilosidad, casi diría un carpincho. La mar de simpático, no hay duda. Los alumnos contentísimos.

Pero de Musa no tiene nada, vamos: si me ve pintar y bosteza.

Por lo general lo dejo en el patio, tomando sol.

Lo manguereo a diario, le doy medialunas, le acaricio la panza. Nos llevamos bien, no hay duda…

Ayer, mientras retozaba entre las plantas, me pidió un cigarrillo.

Y en ese momento desperté.

Me pregunto qué querrá decir el sueño.

Según Artemidoro, según Sinesio, según Freud -depende el caso-, tendré que rever mi pasado, mi presente o mi futuro.

Según la quiniela le tengo que jugar al 90 o al 72.

Pero no se extrañen si el día de mañana me ven pintando carpinchos.

Y además citando a Borges, para autorizar el engendro.

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