De las búsquedas

Me crié en un tiempo donde la sensibilidad masculina, o mejor dicho, la sensibilidad del niño varón (lindo nombre para un cuadro), era un tanto convencional y estereotipada. Como tantos otros, crecí convencido de que llorar no era cosa de hombres, y que cualquier tipo de manifestación semejante debía sofocarse, relegada como simple “mariconada”. El espectro de gustos e inclinaciones que se nos consideraban propicias no iba mucho más allá de la pelota y las trompadas. Cosas que eran y son, se sabe, de lo más sanas y sensatas… Sobra decir que una parte de mí fue creciendo con el ánimo replegado bajo un disfraz endurecido, de miradas torvas y bigotes imaginarios. Si mi otro yo quería seguir las telenovelas y escribir sonetos, la verdad que ni me enteraba, a tal punto era completo el adoctrinamiento. Y creo que hubiera seguido así, en la ignorancia más cabal, si la suerte no me hubiera acompañado: justo antes de que la coraza se consolidara en callo inextirpable, entré en la Escuela Nacional de Bellas Artes. El cambio operó como un bálsamo. Desde el principio estuvo claro que allí dentro los códigos eran otros y que el grupo de mis compañeros, a primera vista tan homogéneo y compacto, estaba en realidad compuesto por dos tipos de sujetos ligeramente desclasados: moscas blancas y ovejas negras. Así las cosas, poco a poco se me fue ablandando el carácter, perdiendo el pulido granítico de los años previos, dejando crecer primero el pelo, luego la voluntad, finalmente la poesía.

Como es natural, allí conocí varias almas gemelas, e incluso a una media naranja. Ella fue quien me reveló la “Elegía a Ramón Sijé”, de Miguel Hernández.

Y aquí quería llegar, porque ese fue un verdadero momento de ruptura.

Si hablamos de la propia sensibilidad, una cosa es cuánto la notan los demás, y otra muy distinta es cuándo la notamos nosotros. Para muchos habrá sido clarísimo que desde mi más tierna infancia lo mío era la delicadeza y el arte, y que si no crecía para bailarín lo haría para peluquero, pero para mí, cegato e ingenuo, lo único claro era la incomodidad constante ante los ritos brutales de mis amigos del colegio, la incomprensión estólida frente a los códigos marciales de la virilidad incipiente, y las pulseadas constantes de esa fraterna contienda que es la vida diaria del niño varón (otro título para un cuadro).

Sacando dos o tres excepciones, no me sentía a gusto con ningún compañero porque todos, tarde o temprano, caían en la tentación de hacerse el gallito y medir su valía a base de tortazos.

Pero como digo, había siempre alguno que miraba esos comportamientos con la misma distancia en que lo hacía yo -aunque no sé si con la misma aversión.

Esas excepciones fueron las que lograron mantenerme de este lado del optimismo.

Las amistades femeninas también ayudaban, desde luego. Las mujeres de mi infancia parecían mucho más sensatas que mis amigos (las de ahora lo son, no sólo lo parecen). Pero quién sabe si parte del adoctrinamiento inicial era no tomarse muy en serio dichas amistades. Claro que llegaba un punto donde descubríamos que la tendencia usual a hacer de cada mujer una amiga tenía gusto a poco. Lo terrible es que no podíamos romper el hechizo y hacer de la amiga una novia. Cuando lo intentábamos lo hacíamos mal, nos veían de lejos el plan y huían despavoridas.

Por suerte en el Bellas Artes las mujeres eran mucho más pacientes, nosotros dábamos vueltas como un palomo y ellas no se echaban a volar al instante.

(Será también que de tan cansado terminé por perder mis propios remilgos. Uno reconoce, tras tanto diván, que en buena medida las trabas son todas internas).

Pero hablaba de Ramón Sijé y el año de la epifanía.

Podría decir que la lectura de aquella poesía terminó de romper los diques y a partir de ahí llegaron las carilinas.

Desde entonces, por diversión y porque es didáctico, desentierro cada tanto al que fui, desempolvo su noble calavera y le cuento algunas cosas.

Eso sí, no lamento que se haya ido. Creo que estoy mucho mejor sin él. Y en todo caso siempre ronda su fantasma, haciendo el trabajo de todo fantasma, que es asustarnos.

El fantasma del artista varón… (que es el título que andaba buscando. Perdón por tanto rodeo).

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