De la elegancia al pintar

El tapete afelpado y sordo donde hacen carambola nuestras ideas es una maquinaria perfecta, ingrávida, donde la sucesión y la sinapsis siempre tienen final feliz. El batir y chocar de las esferas es mudo pero elocuente, y en nuestro fuero íntimo nos parecen fulgurantes, sí señor. Nuestras ideas se merecen un aplauso, una ovación. Es la pólvora, es la rueda… es un retrato.

Creo que nunca dejamos de ser niños, y ahora en lugar de correr a mostrarle a mamá el resultado, lo subimos a las redes. Vivimos en la fantasía de la propia película.

No sé a ustedes, pero a mí me pasa que en las películas nunca les creo a los actores cuando se hacen los que pintan. No importa si es de forma furiosa u ordenada, a grandes brochazos o meticulosamente. Siempre veo la impostura, y me digo, No, no es así. Ni siquiera la forma en que toman el pincel me resulta creíble… No sé, será una deformación profesional la que me impide desprenderme de ciertos pruritos, dejarme de joder y mirar la película tranquilo.

Yo creo que la culpa la tiene mi mujer (conmigo la culpa siempre la tiene otro, voy avisando). Ella, que es médica, está harta de ver en las películas errores concernientes a su profesión. La más grosera, la más burda, una escena donde se discutía una radiografía que ostentaba el corazón a la derecha. Detalles, detalles.

Pero no hay caso, yo veo a un actor pintando y no dejo de notar una fluidez ficticia, una cadencia que no es veraz.

¿De dónde salió esa idea de que el pintor pinta del mismo armonioso modo en que el director mueve su batuta?

¿O que lo hace como Van Helsing clavando estacas?

En fin, el cine y las publicidades están destinadas a ganar la batalla. Y llega el día donde nos vemos en un espejo imaginario y ponderamos esa manera única en que esgrimimos el pincel, esa coreografía grácil y dinámica.

Sí, vivimos inmersos en un mundo donde lo que impera es la publicidad. Son las publicidades las que nos hacen reflexionar en medio de la jornada, Caramba qué bien luce ese corpiño y cosas así.

Pero luego vamos a una muestra de arte y pretendemos que el cuadro nos sacuda del mismo modo, como ese corpiño, y no le perdonamos al artista tanta chatura.

A veces pareciera que hay más ideas y creatividad en una muestra de publicidad que en una de Arte. Hasta más oficio e ingenio.

Probablemente sea una suerte de uroboros; ustedes saben, ese ser fabuloso que mordía su propia cola.

Terminamos midiendo el arte desde patrones publicitarios y de diseño, y de allí que la reflexión sosegada e intimista que suele proponer el arte ya no nos parece adecuada. En cambio cuando surge un artista que se vale de los mismos recursos que las publicidades aplaudimos y pataleamos porque claro, ¡este tipo sabe! (y en realidad lo que festejamos es nuestra propia tranquilidad; la de reconocer terrenos familiares).

Pero para qué mentir… Muchas veces he cedido a la tentación de hacer trabajos que se valgan de lo publicitario, sabiendo que es un gancho perfecto para capturar la atención del espectador.

Si no puedes contra ellos, úneteles, dicen. Ya llegará el día donde me vean fingiendo la pose, duro como un yeso, el pincel en alto, haciendo de cuenta que pinto. “Ahí lo tenés al artista”, dirá el epígrafe, emulando la frase de “Esperando la carroza”…

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