Del desfacer entuertos

Hay muchos estereotipos de artista. Supongo que no sorprendo a nadie al decirlo. Algún día hablaremos de ellos, porque la mayoría merece cierto análisis. Suele haber mucha miga en las respuestas. Y parejas dosis de indignación.

Con el correr de los años uno comprende que el abanico de posibilidades que nutría la fauna de la escuela de Bellas Artes era la más cabal representación de lo que acontecía en el tablero de lo real. Y a pesar del pavoneo y de que mamá nos juraba que éramos únicos, lo cierto es que apenas si encarnábamos una de tantas piezas, otro trebejo del mismo y viejo juego.

Aun así, no deja de ser cierto que en mis épocas de estudiante me maravillaba ante ese repertorio de lo posible, esa variedad de opciones para acometer lo mismo, la obra plástica.

Bueno, maravillarme no es exactamente la palabra. En general el espectáculo me sacaba de quicio. Porque si bien todos nos habíamos creado por entonces cierto personaje para apuntalar la obra, a mí me generaba un rechazo visceral cuando veía que la obra era el personaje, cuando el personaje no dejaba ver la obra.

Si la postura era impostura me olía a pantalla de humo, y sospechaba que la actuación era para disimular un vacío, el vacío de la obra que no estaba, porque ahí detrás no había nada, ni pintura, ni instalación, ni objeto. Nada. Solo palabras. Muchas palabras. Que a mis oídos hacían un ruidito irritante.

Y era correr por los pasillos como si me siguieran los zombis. Mamá, mamá.

Claro que hay artistas que de la nada y su circunstancia sacan adelante una obra, eso no lo discuto. Pero son los menos, y yo no los he conocido.

A mí, ya digo, el histrionismo en lo plástico me hace sospechar. Al cabo que es requisito indispensable del buen embaucador la personalidad arrolladora, el perfil simpatiquísimo.

Más temprano que tarde uno siempre se topa con alguno.

Los hay que para hablar de su labor, o de la labor ajena (porque cuando no hay obra propia es mejor hablar de la ajena), se zambullen en un despliegue de lirismo técnico, un puntilloso lenguaje específico que camufla, a mi entender, la esencia banal del discurso. Como si al decirlas con florituras y engoladas esas mismas frases vacías pasaran por sentencias y aforismos.

De vuelta, para mí eso es un intento por rellenar el vacío.

Y hablo del registro oral, no del escrito. En estos últimos, tal vez, lo único a tener presente es aquello de no confundir elevado con retorcido. Saura utiliza un lenguaje a veces árido cuando escribe sobre su obra, no necesariamente complicado en contenidos pero sí de un fraseo que pide oxigeno al lector. En cambio en sus reportajes se expresa de forma llana, nada intrincada.

Lo que ocurre es que a mí ese estilo conversado y coloquial es el que me gusta para la escritura. Y creo que en el fondo lo que nos impulsa a hacer la obra es una pulsión que está muy lejos de las palabras, que se encabrita cuando queremos encasillarla en algún discurso, y siempre se las arregla para desmentir la definición que acabamos de estamparle.

Por eso uno queda medio perdido y asombrado, porque lo que decimos con carbonillas y pinceles no se parece mucho a lo anunciado previamente. Como un mago berreta que nunca sabe del todo qué va a salir de su galera.

Trabajamos con imágenes que parecen corrientes, pero que a fin de cuentas no provienen de la fuente racional que ordena nuestros discursos.

Ese es el cortocircuito esencial.

Creo que por aquel entonces lo presentíamos, todo esto. Y tal vez nos indignaba reconocer que aquellos con facilidad de palabra se perdían de todos modos en un vano intento por sonar más serios de lo que eran. El personaje se me caía en pedazos al descubrir la comodidad del estereotipo. Y no hablo sólo de alumnos, no.

Por eso hoy, cuando pretendemos una obra que se nutra de las mismas fuentes y transite un campo que no sea el aburrido sector de pared que le adjudica la costumbre, creamos objetos que están a medio camino de la pintura de caballete y el caballete propiamente dicho, valiéndonos de objetos cotidianos que traigan nuestro trabajo un palmo más acá de la pared asignada.

Un poco como Pigmalión, luchamos para insuflarle vida a la materia, y cuando los colores no alcanzan nos valemos de la ferretería.

Por eso, bien mirado, podríamos decir que las rueditas en mis cuadros son un gesto de impotencia, ante una obra que a la postre demuestra ser, como todas las demás, un objeto inerte.

Pero ya digo, todo esto es más intuido que explicable.

En alguna entrada previa hablé de las múltiples personalidades que parecen necesarias para llevar adelante una obra. Hoy agregaría al repertorio este locutor frustrado, este remedo de crítico que las circunstancias parecen exigir.

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