De los aquelarres

Ayer fui a ver una muestra…

Todos los que alguna vez han incurrido en el error de tener una discusión en materia de arte habrán comprobado que allí ocurre lo mismo que en todas las demás discusiones: No importa de qué lado se tome partido, la parte opuesta esquiva cualquier bala. Los argumentos se rebaten como reveses de tenis y no hay finta que haga mella.

Hasta hace poco lo usual, lo característico, era una oposicion entre los partidarios de lo clásico (y entiéndase por esto cualquier cosa anterior a las vanguardias) y los empujadores de lo moderno, sea esto lo que fuere.

Disculpe el estimable la burda generalización, pero la intención es hacer un injusto resumen, meter en una misma bolsa las cosas, manga por hombro. Al cabo de lo que hablamos es de una charla de café. Una discusión de café.

De ser sincero, por más que ahora me haga el tolerante y pretenda bogar por una postura de amplitud de miras, lo cierto es que en esa guerra de trincheras solían encontrarme parapetado entre los partidarios de los más rancios abolengos, enarbolando enloquecido el estandarte de los paladines del pasado. Qué se le va a hacer. Hay tiempo para todo, incluso para cambiar de bando.

El punto igual es que no importa de qué lado uno se sitúe, es más o menos lo mismo lo que puede observarse.

Y lo que se observa es lo siguiente: que los argumentos en pro y en contra son intercambiables, nadie escucha a nadie, todos a sí mismos.

Si me empujan un poco, les diré que hay un parangón entre la antigua caza de brujas y las actuales estrategias en esta discusión.

Claro que la equivalencia es intelectual, de estructura. Y el orden es inverso.

Por aquel entonces a la pobre infortunada no le cabía subterfugio para librarse de la condena, porque cualquier palabra era desvirtuada hasta tornarla incriminatoria.

Pues bien, en sus manifestaciones contemporáneas los malos artistas suelen presentar o defender su obra con sofismas equivalentes a los esgrimidos antes por los jueces inquisitoriales, pero con el ardid y la astucia de hacerse primero los acusados de brujería.

Claro que el problema con las brujas, como sagazmente señaló Baroja, no es la convicción de las susodichas, si no la credulidad de sus acusadores.

Y con el artista pasa igual. La culpa no es del chancho, qué va. ¡Qué culpa tiene él si le creen todo lo que dice!

De allí que un fragmento de plástico deviene en alegato de la sociedad de consumo, una mata de pelo se torna en la más cabal representación de la cosificación sexual, etc, etc.

(Hace tiempo le pasaron la pelota al espectador, y ahora todo el trabajo lo tiene que hacer él).

Y al que señala la impostura se lo descarta con el “usté no entendió la obra”, cosa que oblitera cualquier reproche.

En los viejos tiempos el artista tenía algo de brujo. Hoy en cambio, más gordo y más astuto, ha aprendido del juez sus estrategias.

Es Baroja también, el que cuenta de ese pueblo en la vascongada, donde una niña juraba tener un ojo capaz de reconocer a las brujas. Y pasaba revista, tapándose el otro, señalando a las culpables.

Yo creo que hoy, muchas veces, dan ganas de taparse los ojos a la hora de ir a una muestra.

Y que se cuide el artista si en un descuido lo reconocen.

En fin, parece que uno ya no cree en los artistas.

Pero que los hay, los hay.

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