De los errores afortunados

Tal vez el único aprendizaje que nos deja la temible experiencia de pintar bajo encargo es valorar la propia libertad creativa. Al fin y al cabo, como con tantas otras cosas, hace falta que nos birlen algo para comprender su importancia…

Pero olvidemos los disgustos y hablemos un poco de la labor usual, la tranquila rutina donde nuestro capricho se solaza a su antojo sobre el horizonte de lo posible y lo imposible.

En esos casos lo común es comenzar la pintura enamorados de la imagen que tenemos en mente. Para aquellos que trabajamos con referencias del mundo tangible, en buena medida el flechazo es previo a la obra… digamos que nos fascina determinada postura y queremos plasmarla en la tela. Lo digo por experiencia: durante mucho tiempo una simple figura sentada me bastaba como estimulante punto de partida. Y si era en un sillón ni hablar, el arrebato era completo ¡Denme ya mismo un bastidor! El sillón era mi tema predilecto, sí. Luego uno le encuentra asidero verbal y hasta conceptual al asunto, pero vamos, al principio, bien al principio, lo que debe haber es una obsesión, una urgencia por capturar una pose, un encuadre, algunos colores. Y no mucho más.

Esas posturas nos parecían la mejor excusa para disparar la plasticidad, creíamos que las posibilidades de la forma y el color se encontraban más a gusto bajo esos ropajes. Como dice Saura, eran el anclaje necesario o indispensable para probar nuestras herramientas.

Claro que el trabajo tiene otros planes para nosotros, planes que suelen implicar parejas dosis de sufrimiento y espejismos. Tras lo cual sobreviene la desazón.

Eso sí, con el tiempo nos habituamos, porque uno se acostumbra a todo -hasta a lo malo, diría Inodoro.

No sé en el otro, pero en el mundo del arte las cosas rara vez terminan bien. El secreto está en apañárselas, en dejarse llevar por la ola, en ver hasta dónde nos lleva.

Hoy por hoy, a mi juicio, mis trabajos más logrados son aquellos en los que no me reconozco.

Lo he mencionado en algún texto previo. Y al respecto leía hace poco unas reflexiones de Juan Villoro:

”No hay garantía de que lo que escribimos tenga calidad certificada. Recuerdo una conversación con Roberto Bolaño en la que llegamos a la siguiente conclusión: la única prueba confiable de que un texto «estaba bien» ocurría cuando nos parecía escrito por otro. Esta repentina despersonalización permite la autonomía necesaria para que una obra respire por cuenta propia. Al mismo tiempo, nos priva de la posibilidad de sentirnos orgullosos de ella, pues su mayor virtud consiste en parecer ajena. Escribir significa suplantarse, ser en una voz distinta.»

Capaz ocurre lo mismo en la pintura. Lo de la voz ajena. Pero no es lo primero que me viene a la cabeza, no. Yo tiendo a ser pragmático. Y ese extrañamiento que nos ocurre sirve, creemos, para juzgar más fríos el resultado. Imaginarnos imparciales. Lo cual es una ilusión, desde luego. Pero uno vive de ellas.

En mi experiencia, ese extrañamiento ocurre en la medida en que las dificultades inherentes al trabajo fueron sorteadas con mucho más azar que habilidad.

Ocurre que al trabajar bajo encargo le cerramos la puerta al azar. En esos casos es contraproducente despegarse de la propuesta previa, del boceto inicial, de lo ya acordado. Y el azar siempre quiere alejarnos de lo pautado.

Para mí el trabajo es un recorrido que comienza en A y no sabemos dónde concluye. De modo que deshacer cada una de las sorpresas que nos depara la marcha, para llevar una y otra vez el trabajo a los cauces acordados… la verdad que me aburre.

En algún lado leí que el estilo no es más que la muy personal forma de equivocarse. A lo que habría que agregar la frase de Quino, último consuelo: “Y si errar es humano, nadie podrá negarnos un nivel de humanidad realmente asombroso”.

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