De los paseos artísticos

Estábamos el otro día con una artista amiga, mirando el mundo desde un atalaya imaginario, quiero decir con esa lejanía necesaria para juzgar impunes el producto que se desplegaba a nuestros ojos, esto es, una feria de arte.

Feria que habíamos recorrido si no largamente, al menos hasta cansarnos, lo suficiente en fin para constatar que bueno, seguramente no habría quedado mucho por ver, y si lo había ya no valía la pena el esfuerzo: era demasiada la gente dando vueltas.

Junto a ese río humano que desfilaba, como si río verdadero fuera, la reflexión parecía obligada, porque la contemplación de un fluir siempre promueve la reflexión, es un hecho.

Y de lo que hablamos, desde luego, tenía que ver con lo recién visto, era consecuencia de ello, de la desazón producida al constatar, al corroborar el pálpito de que nada habría de ofrecer la feria, el recorrido, hasta el flujo humano si me permiten.

Por ende nos deprimimos. Y decidimos bajar de las alturas y seguir a la multitud. Porque parecía lo más sensato. Porque no había otra cosa para hacer.

Y resulta que la gente lo que quería, más que ver la feria, era trocar sus vales por bebidas. Fue así que boyamos hasta las mesas de espumante.

Tras la ingesta, acicateado el intelecto por el devenir del arte, y espoleada el alma por tan bravos espíritus, me permití exponer un par de ideas que no son nuevas ni originales pero siempre consuela tenerlas, para no sentirse luego tan tenue y ligero.

(Algunos con el alcohol se ponen puteadores. A mi me da por la sanata).

Dije entonces… Primero -¡y con un dedo en alto! Que la inclinación de los artistas hacia un arte de apariencia conceptual obedece a la siguiente ley: es más fácil pergeñar algo que reclame explicación que algo que propicie emociones.

(O dicho de otro modo: el trabajo que nos emociona es el inolvidable).

-La feria está mejor este año -nos interrumpe un colega al pasar-, hay menos “cositas” tiradas.

Esa es la suerte del arte actual, al menos la de este, cuando presenta obras que en el mejor de los casos sólo sirven para producir un guiño.

Y esto en buena medida lo adjudico a un asunto coyuntural, porque el tenor de la vida moderna excluye la capacidad y el tiempo necesarios para pulir o educar la sensibilidad (se los digo yo, que uso monóculo y fumo en boquilla). El artista no tiene tiempo para ampliar su lirismo. Y el espectador tampoco, vamos. Por eso pactan ambos, tácitamente. Se contentan con una obra sin espacio para sensibilidades, porque la sensibilidad requiere empeño. Y como decía recién, no hay tiempo para eso.

El consumidor, al no tener tiempo para formar su paladar, se deja convencer por las virtudes intelectuales del objeto presentado, porque esas virtudes son fáciles de explicar y sencillas de entender. En cambio la ligazón sensible con el material es otro cantar, y requiere interminables sesiones de paladeo.

Claro que la culpa no es del chancho. Lo que nos deja en el segundo punto -y mostré los dedos índice y mayor: Dos, grité.

Como bien dice Félix de Azúa, el arte se ha orientado hacia su reflexión y no hacia su goce. Y sus abanderados lo han hecho, en un principio, acuciados por la necesidad de comprender la obra, sí, pero luego han promovido meros entuertos, donde el desciframiento es obligado, y eso nomás para mantener su nicho de trabajo.

Quiero decir que los mediadores -críticos, curadores, galeristas, el vecino, usted- en buena medida promueven un arte que lisa y llanamente los torna a ellos mismos necesarios, por no decir indispensables.

Y cuando la paranoia alcanzaba su cúspide y el grito de ¡Revolución! casi podía oírse, se nos acabó el espumante.

Como por arte de magia la gente buscó otros rumbos.

-¿Eso recién lo terminan? ¿Están sirviendo de nuevo? Nos preguntó alguien en franco deterioro.

Era hora de irnos.

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