De las inauguraciones

Como decía Umbral, hay días donde el artista se amanece pensando en Baudelaire y se decide a ser sublime sin interrupción. Brinca de la cama y pasa a la acción. Piensa en esos cuadros todavía por hacer y poco a poco se sumerge en la obra… ¡tan iluso, tan temprano!

El artista se imagina poseso de un dinamismo furioso, pero el espejo nos devuelve una imagen más parecida a “El despertar de la criada”: una mole semoviente, meditabunda -aunque ya quisiéramos tener tanto pecho para las balas.

Enredados en el sueño, nos movemos como un caracol. Buscamos los pantalones, la remera.

De madrugada somos más poetas que de costumbre. Le vemos la vertiente plástica y lírica a todo lo que nos rodea: el olor de las medias, el pelo que se nos cae.

Queremos vivir intensamente.

Y no nos dejan.

Primero es el artista contra el despertador. Después es el artista contra la tostadora eléctrica, el artista contra el ascensor, el artista contra el mundo.

Salimos a la calle. La gente nos señala, pero el artista se mueve impertérrito, y acostumbrado como está a nadar contra la corriente, se evade hacia sus mundos ficticios, al mejor estilo del Quijote.

Otra jornada de gigantes y molinos.

Ahora pensamos en Belmondo. Se decía que no usaba dobles de acción.

Yo tampoco los uso, y cada tanto pienso que sería bueno tener uno.

Lo mandaría a las inauguraciones…

Allí hay que sonreír hasta que nos tiembla la quijada, fingir naturalidad mientras tomamos demasiado, y hablar todo lo que no hemos hablado en los últimos seis meses.

Por eso ni bien llego tengo ganas de irme.

Saludamos a la concurrencia, y esto varias veces. Damos una ronda y descubrimos que es breve, porque estamos de nuevo hablando con la persona a evitar, esa que no recordamos cómo se llama -un “aburridor de peso”, diría Borges.

Nos salva la llegada de un desconocido que fingimos estar esperando.

-Si me disculpa…

Algunas estrategias todavía salen bien, pero el lugar está plagado de trampas: nos detiene alguien que pregunta por el artista y yo señalo el fondo del local. Allá, allá.

Hora de correr.

Pero no hay caso, nos atrapan de nuevo…

Hablamos, o casi. Balbuceamos más bien. Cuando hice este cuadro estaba muy cansado, ¿se nota?

La persona se ríe por compromiso y con tanto empeño que puedo contar molares. Me quiero ir.

La copa de espumante está tibia, los cuadros están torcidos, me transpiran las manos, algo no está bien. En las fotos termino ostentando una mueca lamentable, a medio camino entre el rictus guasónico y el cartel de “buscado”.

No hay caso, en mi mente me veo sorteando los mil obstáculos que nos presenta la jornada, para caer finalmente -y con estrépito- en la fricción social.

“Es que ante a la obra se despiertan asociaciones y ensueños inefables, y es rara la capacidad para poner en palabras lo que nos acontece”, dice alguien que no conozco y parece más a gusto con mi obra que yo mismo.

De mi boca sólo salen incordios: sí, no, perdón, auxilio.

Puedo ver en los ojos que me interrogan la expectativa por un discurso interesante. Y eso no va a ocurrir, no.

Para evitarme el espectáculo de tamaña decepción, aumento la ingesta de alcohol.

A partir de entonces es la temida espiral de desinhibición y franqueza.

La realidad entra como en un bucle, se repite a sí misma.

Damos una vuelta, y otra más. En cada ronda tomamos una copa nueva, como si fuera la sortija en la calesita. El mareo es el mismo.

Para detener el ciclo y cortar las náuseas, hacemos un alto repentino. Mala suerte: estamos otra vez ante la persona a evitar, esa que mencioné al principio.

Como el interlocutor me aburre, grito “¡Gutiérrez!” y me alejo alzando la mano hacia un recién llegado imaginario. Es un éxito.

(Con el alcohol uno adquiere una elegancia de anguila de lo más admirable, no hay duda).

Pero entre el gentío nos acecha todavía el demonio de la adversidad, disfrazado esta vez con su más fino envoltorio de simulación y candor: una niña de trenzas y ojos claros. Que nos pregunta por tal cuadro, y quiere llevarnos a él. Es una trampa, lo sabemos. El mefítico olor a azufre la delata. Ya vislumbro una escena al mejor estilo de “Boogie el aceitoso”: zarandear a la mocosa hasta que confiese su inspiración luciferina… un revuelo de pecas y cabellos ensortijados, chillidos, espanto.

Tengo que aflojar con el champán.

Dejo la copa y me escabullo. Y entre tanto ruido y besamanos termino frente al embajador de no sé dónde, que comprende que somos dos los que no hablamos español.

Aquí me quedo, al fin tranquilo.

Y pensar que hay días donde el artista se amanece pensando en Baudelaire y se decide a ser sublime sin interrupción…

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