De los caminos posibles

Cuando miro las tantísimas imágenes que tengo de archivo y referencia, naturalmente llega el día donde la número 5 mil cobra relación con la 356.

Luego entro a ver la dupla como hermanos separados al nacer, aunque de genealogía más misteriosa.

Tal hermandad puede brotar del absurdo, de la contradicción o del asombro, pero lo importante es encontrar ese punto de contacto.

Por ejemplo un desnudo y una tabla de planchar.

Hoy día los objetos vienen cargados de bibliografía. Y la tabla de planchar en cuanto la vemos erguida adquiere un carácter totémico indiscutible, al punto que desaparece cualquier connotación de servidumbre doméstica y sólo su erecta naturaleza tribal prevalece.

El artista que aquí suscribe relaciona tótem con ciertos parajes del Pacífico, con algunos animales y con la plaza Canadá, en Retiro, frente a la cual partía el ómnibus a La Plata, cuando era niño -por citar algunas cosas.

Además quien dice tótem dice tabú y dice Freud.

Todo eso viene prendido en la imagen. Podríamos decir que se pasea para siempre con ella.

Esta técnica, esta costumbre de encontrar un parentesco fortuito entre dos elementos disímiles, siendo pretencioso podemos llamarla surrealista. Una suerte de cadaver exquisito. Pero eso es forzar un poco las cosas, darles una chapa de dignidad mediante lo santificado por la historia.

Supongo que en el fondo no es el caso. Además no llega a ser un verdadero método de trabajo, porque no alcanza la categoría de hábito. Sólo sucede de vez en cuando, y nunca deja de ser un evento afortunado.

Lo seguro es que una vez establecido el binomio resulta mucho más fácil buscarle otros ingredientes que refuercen o perturben la lectura. Esos aditamentos no siempre se mueven en la bidimensión, claro está, a veces también son otros objetos los que se le añaden: etiquetas, rueditas, etc.

Puede ocurrir igual que tanto bagaje incomode, se interponga, y volvemos atrás, quitamos el añadido, porque la lectura queda forzada hacia un rumbo que no nos interesa.

De modo que no siempre es un asunto de ejes o equilibrio lo que decide la inclusión o exclusión de los objetos, también puede tratarse de una economía de connotaciones, un ajuste de referencias.

Rothko dice que el artista necesita de mucho tiempo de reflexión o ensimismamiento para realizar la obra. Yo sigo al dedillo la técnica y paso horas y horas mirando el cielo raso. En general no se me ocurre nada. Me acuerdo de Serrat, desde ya, pero no mucho más. Lo que ocurre esencialmente es que después de andar por las nubes bajamos a tierra y lo que nos hacía ruido en la obra, aquello que molestaba y no podíamos puntualizar, de repente se delata y refulge como algo obvio. Rothko sabe.

Los trabajos que mayor confianza me despiertan a la hora de su realización son los que están apoyados o construidos mediante la utilización de más de un par de estos binomios a los que aludía al principio.

La lógica es que si una idea nos parecía buena, dos tienen que ser infalibles. (Algo así decía Fontanarrosa).

A partir de allí, francamente, la realización no es más que un juego de encastre, poner o sacar distintos ingredientes.

El corazón del asunto está en realidad en la primera elección, en esa hermandad que aludía al comienzo, donde ciertas imágenes se emparentan, y al hacerlo se manifiestan como la puesta en acto de un cuadro aún difuso, apenas intuido.

Desconozco qué decide mi preferencia, por qué la tabla de planchar y no otra cosa.

Incluso para mí es un misterio, y es lógico que así sea.

Porque hacer la obra es el intento por revelarlo.

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