De las artísticas

Yo suelo pintar sobre madera o mdf, y será por eso que a la hora de trabajar sobre papel prefiero mucho gramaje, casi cartones.

Cuando es en formato pequeño -y si no tengo algo mayor para fraccionar-, lo más seguro es papel para acuarela. Tiene el peso adecuado. Sólo es cuestión de encontrar la textura conveniente.

Me apersoné entonces en la artística y me puse a mirar los blocs. El empleado no se hizo esperar. ¿Te ayudo en algo? Me alcé de hombros y le dije que estaba buscando papeles, de 300 gramos o más. ¿Para qué técnica? “Dibujo” contesté y casi pude a adivinar la respuesta: Ah, pero esos no te van a servir. Son para acuarela.

Como no quería hacer una escena tipo Capusotto (agarrarlo de las solapas y sacudirlo, al grito de “¡¿y qué te importa a vos para qué quiero usar el papel, a ver?!”), le dije Está bien, lo llevo igual.

A todos nos ha pasado: vamos a comprar X y nos quieren vender Z. No importa lo que pensemos al respecto, acá el que sabe es el vendedor.

Yo me creía un comprador de propósitos claros, y pensaba que esas seguridades, aunque solapadas tras mi elegante mutismo, de todas formas se manifiestan en el lenguaje tácito de la mirada obsesiva y el dedo acusador. Pero no, resulta que no, para el ojo ajeno yo debo lucir como un idiota. “No sé qué hago acá” es el rótulo que llevo en la frente. Por suerte este noble muchacho me va a ilustrar con lo que de verdad necesito. Que no es ese papel, desde luego. Y mejor que la carbonilla es un marcador. Hoy los tenemos de oferta.

Perspicaz como soy, sospecho una estrategia comercial tras esa conveniencia, pero no digo nada, para no importunar.

Durante largo tiempo dejé de ir a una de las principales artísticas de la ciudad porque la suerte estaba en mi contra y siempre terminaba atendiéndome un fulano que tenía la mala costumbre de querer venderme muchas más cosas de las que yo venía a comprar. Este hombre tenía un propósito en la vida, sólo uno, y era que yo comprara más. Poseía una vehemencia que asustaba. O repelía. Y para no darle el gusto de ver el pánico en mis ojos arribé a la conclusión de buscar mis implementos en otro sitio.

Esas dos variantes, la del vendedor convencido de saber más que su cliente, y el que nos insiste con compras suplementarias, en el fondo hablan de lo mismo… pero no quiero indagar aquí en el delicado asunto de la idiosincrasia nacional y la atención al cliente, dupla que, como cualquiera habrá comprobado, suele ser dinamita. Eso quedará para otro artículo o para otro autor.

Hoy en cambio el sondeo pasa por otro lado: la fantasía de creer que teniendo la herramienta encontraremos el hacer. Esa ensoñación subyace y esplende como una promesa segura mientras examinamos colores, pomos, pinceles, cuadernos. Ya casi podemos imaginarnos la obra terminada, todo aciertos y sorpresas. Y eso explica un poco el aire estólido que uno adopta, maravillado ante el abanico de opciones, los ojos tras una neblina, la de la obra que ya se vislumbra, atronadora y feliz. Con esos colores carísimos y esos pinceles de lujo nada puede salir mal. Contienen la llave hacia el éxito rotundo.

(Algo así me pasa en las librerías. La fascinación de las opciones que se despliegan en nuestra mente nos hace olvidar lo que veníamos a buscar).

Muchos años atrás, frente a la casa de mis padres, un vecino se apareció con una flamante bicicleta de montaña, con todo y atuendo para el Giro d’Italia: ya saben, calzas, gorrita, botellín de plástico, remera 3 talles por debajo del recomendable. La ropa -el disfraz- iba llena de publicidades, aunque no de la parrilla de la esquina, como esa cintura hacía sospechar. Lo del muchacho no era el ciclismo, vamos. (Con ese porte y así vestido a lo sumo podía hacer de simpática mascota).

Pero lo traigo a cuento porque cualquiera de nosotros alguna vez ha sucumbido a la tentación de munirse de todo el bagaje posible. Y del imposible también.

Supongo que el imposible es el que nos permite soñar, el que nos delata como soñadores.

(Esto me dijo aquel vendedor, y yo me llevé los marcadores).

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