De las lecciones de la historia

Yo pregunté, ¿tiene usted ayudantes?

Y pensaron en una época legendaria donde esa ayuda era un aprendizaje y ser aprendiz era asunto serio y encomiable, una promesa de gloria que se regía por los más estrechos escalafones del sacrificio.

En aquel entonces hacer carrera de discípulo era sobrevivir a elusivos protocolos, oscuros ceremoniales y misteriosos abandonos. Un sendero tan plagado de claudicaciones como jalonado de esperanzas.

Cuando el maestro asentía, ¡cuanta emoción! El corazoncito del bisoño aleteaba de alborozo. Esa brizna de aprobación bien valía los cuantiosos esfuerzos, y ante el más sutil elogio el pequeño saltamontes caminaba por las nubes.

Se trataba de una vida de abnegación y estoicismo, a qué dudarlo. Cargando la renuncia en la solapa, viviendo en la zozobra del rechazo.

El aprendiz transitaba los interminables pasillos del besamanos y la paciencia, confiando que tras la empinada escalera del aprendizaje técnico un fragmento escueto de la dignidad del maestro le estaría reservado.

Y aunque tantos y tan seguros sinsabores le arrinconaran y amenazaran desde todos los flancos, el sendero estaba, a decir verdad, alfombrado de certezas, como así lo estaba también el horizonte entero de la existencia. (En aquel entonces Dios todavía flameaba en lo alto y nada podía salir mal).

Había, por supuesto, que demostrar aptitudes, hacer alarde de virtuosismo, incluso pavonearse.

Y así y todo muchas veces las aptitudes no bastaban, opacadas por otras figuras de talento.

Por eso, si tras tanto empeño el horizonte continuaba incierto, el aprendiz debía deslumbrar con el engaño, demostrarse taimado y ladino, ensuciar el terreno de los contrincantes, sembrar cizaña, malediciente y viperino.

Porque el título de discípulo se ganaba a dentelladas y codazos, palmo a palmo, cuidando la baldosa, cortando de raíz las promesas ajenas, todas aquellas sombras que amenazaran con empañar la lejana y ansiada victoria.

Claro que además había que preparar muchos bastidores, lustrar paletas, limpiar pinceles, mezclar colores, destilar aceites y sobre todo, principalmente, apuntalarle muy bien el ánimo al maestro, porque esa pátina de bronce de la posteridad todos sabían que era muy fina, apenas un polvillo decantado casi al azar sobre la figura, y por ende siempre a punto de esfumarse ante los usuales movimientos bruscos de cualquier existencia.

El maestro de entonces era un ser de gloria, sí, una torre ejemplar, un cúmulo de saber y erudición, pero frágil y delicado, una rara avis. Respiraba un éter más sutil que el ventarrón donde andaban envueltos, en desorden y tumulto, aquellos por fuera de su gloria, pero ese mismo vendaval era el que ponía perpetuamente en riesgo su enclenque casilla de mimbre.

Por eso sus palabras, ¡sus sentencias! eran siempre paladeadas y aguardadas con fervor, la puesta en acto de una visión suprema.

Emularlo era el desafío, la búsqueda y la razón de ser.

Sorteadas todas las instancias, y cuando tras tanta zalema el reconocimiento por fin ocurría, el ayudante recibía como maná del cielo la gloria inmarcesible de su mentor.

Veía abrirse ante sí el abanico indiscutible del edén prometido, la fanfarria ensordecedora del parnaso del arte.

Todo servido, y al alcance de su mano.

Hoy en cambio… ahí lo tenemos al maestro, cansado, arrastrando los pies, desdeñado, con caspa y maldormido, siempre fuera de foco.

En las tertulias del ambiente se le nombra con cabeceos reprobadores y se bisbisea por lo bajo, se sospecha, ya casi se asegura, que el discípulo es el verdadero autor de las obras del tan cacareado maestro.

¿Maestro de qué, me quieren decir?

Ya podemos oír el estruendo de la fractura, el estallido de las añosas maderas del milenario árbol del arte. Un baluarte más, echado por tierra, otra victoria del desparpajo y la improvisación. ¡O tempora, o mores!

-No, no tengo ayudantes.

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