De la mano izquierda

Según parece, hoy 13 de agosto es el día internacional del zurdo, por extraño que eso suene.

Alguna vez leímos que sólo el 10 por ciento de la humanidad es zurda. Esa exclusividad nos daba cierta alcurnia, creíamos de jóvenes, acaso porque a esa edad se busca furiosamente algo que nos destaque, que nos haga olvidar por un rato al fulano del espejo, ese que de tan esmirriado daba pena. Claro que después levantábamos la vista, prestábamos atención, y los ejemplos que nos salían al encuentro, los animales zurdos que uno iba conociendo, desmentían cualquier barrunto de excelencia.

Como diría César Vallejo, uno no era más que un mamífero que tosía, y luego se complacía de su pecho colorado.

Aún así, bastaba que alguien señalara la gastada filiación de la mano izquierda con el lado creativo del cerebro y nos esponjábamos de orgullo, machacando frenéticos la hoja hasta dejar el marcador al rojo vivo, con la punta mocha -que como todos saben es la única manera de dar por terminado un garabato.

En etapas inciciales pareciera que la desteridad, según el clásico dualismo, se trajera a cuento como pronóstico de seguros dones y no como corroboración de hechos comprobables. Hoy por hoy a lo sumo nos ocurre que alguna herramienta o algún objeto nos resulta incómodo, y lo único que comprobamos es que el mundo está construido para los demás, que son todos diestros.

Nada que hacer, de nuevo es henchirse y saberse un héroe difuso. No tenemos remedio.

En mi época de estudiante me sentía misteriosamente halagado cuando me enteraba que tal o cual artista era zurdo. Como si esa similitud -lo dicho- brindara jerarquía o augurara talento.

(“A mí las cosas me van a salir mejor, porque la birome la agarro con esta mano”).

Como ven, es una atávica añoranza del redil, la sed de pertenecer a un grupo, contradicha de inmediato por esa absurda voluntad de distinción.

Sarah Gallardo decía que “no hay adulación que halague tanto como aquella que nos atribuye habilidades de las que carecemos”.

Resulta que la mano izquierda es algo así. Es un consuelo magro, un espejismo. Y de todas formas, a decir verdad, ni zurdo auténtico me siento. Las tijeras y los cubiertos me demuestran tan diestro como los demás. Para peor, luego nos enteramos que Leonardo era ambidiestro, que es una cualidad “muy común en los zurdos”…

¡A mí no me pasa! ¡¿Qué clase de zurdo a medias soy, entonces?!

Una estafa es esto, a qué dudarlo.

Y eso que ni siquiera nos han hecho padecer los rigores de antaño, donde al zurdo se lo boicoteaba, se le llegaba a atar la mano para aplacarle tanta zurdera. (Por suerte hoy ser zurdo es un derecho).

No hay caso. No somos especiales. Miramos con desdén la mano culpable y un retintín de reproche nos tuerce la boca y nos marca el ceño. Pse!

Sólo nos queda el cobijo de los signos del zodíaco. Buscar amparo en esa hermandad y creer por un instante en el determinismo, porque nuestro color es el celeste, nuestra piedra la amatista.

Pero el pensamiento científico nos trae de nuevo al orden, y por eso sostenemos, muy democráticos, que diestra o siniestra poco importa: somos todos igual de inútiles. Es más, a muchos de nosotros casi no pueden distinguirnos de un mono. (He visto monos tomar herramientas con mayor gracia que yo, sí señor).

Ahora bien, si la diferencia hombre/mono está en el famoso pulgar oponible (derecho o izquierdo), lo que destaca al artista del resto de los antropoides es el mejor uso de esos pulgares.

En ninguna otra profesión se usa con tal distinción el pulgar, si vamos a creer en las películas.

Ahí lo vemos al pintor: boina ladeada, una sola oreja y el pulgar en alto, como un César.

Creemos que mide a la modelo, pero no, es su vaticinio a la posteridad.

Y hablando de posteridades, según recientes estudios, el 77% de los pintores rupestres eran diestros.

La misma cantidad que ahora.

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