Del trabajo que da el trabajo

Muchos de los textos hasta aquí presentados se apoyan en un supuesto esencial: que los cuadros se hacen poniendo color y líneas en torno de algunas pulsiones, de algunos estados de ánimo (y a veces -las menos-, de algunas ideas).

Dentro de la rutina del taller, las búsquedas, los descuidos y las repeticiones suelen dejar al descubierto ese esquema.

Ahora bien, las cosas importantes, según Stephen King, son las más difíciles de decir porque al ponerlas en palabras se corre el riesgo de tornarlas tangibles, comprobando que lo que parecía inabarcable en nuestro pecho a fin de cuentas cabía en una frase.

Por eso dar un rodeo, bromear al respecto, descomprimir, puede tender un puente y sortear el peligro de la decepción.

El amasijo de sentimientos que impulsa cada obra es difícil de destejer. Es natural que al pensar al respecto, al analizarnos, al mirarnos al espejo, nos desdoblemos y concluyamos que estamos aquí para facilitarle las cosas a ese Yo que pinta. Creemos tener mil ideas para compartir y dirigir la labor, y mientras no pintamos suponemos estar a cargo, pero a la hora de los bifes quien toma las riendas hace lo que quiere. Poco importan los apuntes trascendentes, las brillantes intenciones.

Eso sí, comenzamos a pintar, y aunque pronto nuestras fuerzas flaquean, al comienzo lo hacemos con convicción, entusiasmo, curiosidad, y por supuesto mucho candor.

He comprobado en el Entusiasmo una tendencia a evadirse hacia la promesa del trabajo siguiente, y por lo tanto es difícil que permanezca, se torna volátil. La Convicción, en cambio, es más resignada y laboriosa: siempre está a mano. Claro que de tan humilde uno puede dejar de verla, a riesgo de que nos arrinconen las tristes e insidiosas nociones del “¿para qué?” y el “¿hace falta?”, cosa que no tiene que ocurrir, desde ya. La obra es un cervatillo que se espanta a la primera orden. De modo que sí, antes que nada mucha convicción. Y pocas preguntas.

Así llegamos al Candor, que para muchos es requisito indispensable de la creación. No tengo duda. Un Candor de caramelos, unicornios y nubes de algodón.

Luego entran en acción otras fuerzas. Pueden ser la paciencia, la obsesión, el arrebato. Hay quienes por un proceso alambicado destilan uno de estos ingredientes y lo constituyen en el principal. Pulsiones de segundo orden, como ven. Los primeros, los grandes sentimientos, operan en otro ámbito. Nadie trabaja en una obra por amor, por odio o por envidia (excepto en manifiestos y frente a cámaras). Esas emociones quedan reservadas para uso exclusivo entre congéneres. Ante la obra en cambio sale al ruedo esa otra categoría de sentimientos, menos pretenciosos y tal vez más solipsistas, que no necesitan del otro para ejercitarse.

En mi caso, si bien comienzo las cosas de la mano de la Paciencia, me gustaría creer que tarde o temprano es el Arrebato quien copa la escena. Yo imagino una suerte de Demonio de Tasmania, pero en realidad es algo más parecido a Tandarica, vamos, un Arrebato de utilería, una cosa bastante teatral y calculada.

Así y todo el Arrebato salpica, se agita, destruye. Y ante tamaño despliegue el Candor suele perder la compostura y salir a los gritos, estilo Munch.

Al Entusiasmo, en cambio, todo esto le gusta: aplaude, arenga, zapatea.

No hay duda, el artista es un hombre orquesta. Lo malo es que de vez en cuando, aunque nos vayamos del taller, algún cascabel nos queda encima, y caminamos al ruido de los platillos. Como en esos remates de comedia, decimos algo y suena el redoblante…

Será por eso que nunca me toman en serio.

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