De las muestras en curso

Cada cierto tiempo, dictado indudablemente por el fatigoso ciclo de exposiciones y muestras de nuestro cronograma -al que nos obliga en primer lugar una deuda moral con la obra realizada y en segundo término bagatelas menos acuciantes como la necesidad de techo y comida-, nos acomete el ansia del borrón y la cuenta nueva. Vemos el taller vacío, libre de trabajos (porque los trabajos están expuestos, colgados en la galería, en otra parte) y soñamos con que no habrán de regresar a estorbarnos. Ojo, no pensamos en su venta (si bien eso nos encantaría), si no simplemente en que no habrán de volver. Es un pensamiento mágico, sí.

Y mientras dura la fantasía, hacemos planes en ese nuevo espacio vacío que es el taller.

De modo que la muestra funciona en dos órdenes: lo que sucede en la galería con el trabajo ya hecho, con la ilusión que eso acarrea. Y lo que ocurre en el taller despojado, que se transforma en una promesa. La promesa del trabajo por hacer, que al empezar de cero, carga con esa riqueza enigmática, de nuevo planteo, cambio de rumbo. Por unos días entonces, mientras la obra sólo es un plan, una elucubración, la fantasía persiste (ya llegará, inexorable, la decepción).

Subyace también, de todas formas, otro pensamiento, otro anhelo, algo más negativo. El de haberse liberado al fin del trabajo, de las cadenas que él genera. Pero esto lo dejaremos para más adelante, para otro artículo (ver abajo).

Con el tiempo uno ansía las muestras a sabiendas de que mediante ese gesto tan simple(?), mediante ese procedimiento, nos generaremos el vacío físico indispensable para el resurgimiento del afán de hacer. Un afán que, como dijimos, carga con la ilusión de un orden diferente, la posibilidad de una obra distinta que sin embargo sea tan personal como la previa. Como en esos sueños donde la máscara no nos impide reconocer el rostro real -más bien lo contrario.

Mircea Eliade tiene la culpa de que vislumbremos una raíz arcaica y mitológica en esta fantasía del orden renovado, de la generación desde cero. Pero en los casos por él retratados el ansia de un nuevo orden hace necesaria la destrucción del anterior. A nosotros en cambio, siempre más sosegados, nos alcanza con tener la obra en otro lado, fuera de la vista. Al menos por ahora.

Desde luego hay quienes sucumben a los más atávicos llamados y proceden a quemar todo vestigio del pasado. Yo no sé si es para tanto, pero entiendo por completo el prurito que lo impulsa, vaya si lo entiendo (ver arriba).

Piromanías aparte, no deja de ser cierto y comprobado que el taller vacío parece el mejor llamado, la invitación más efectiva para la realización de una obra prístina, despojada de los errores y lastres del ayer.

A eso se debe que, cada vez más, tras una inauguración y con la muestra en cartel, yo prolongo y estiro hasta lo indecible el tiempo de ocio, ese tiempo detenido, ese hiato en el hacer. No sólo porque, ejem, el esfuerzo ciclópeo de las muestras nos obliga a la inacción (¡“La fatiga, tu descanso y calma”!), si no también, o más bien, por disfrutar al máximo de ese paréntesis ilusorio donde la obra es una promesa.

Tal vez por eso cuesta tanto empezar de nuevo, porque ante cada pincelada, cada línea y cada tornillo, anulamos la posibilidad de otras miles. Y ese fantasma múltiple que teníamos en mente, ese torbellino de posibilidades se resuelve triste en una sola, que por más feliz que sea, ya no habrá de ser la soñada fantasía.

Al estilo de la obra de Jorge Larco que tanto agradecía Borges, nosotros nos deleitamos ante el taller vacío y disfrutamos de ese cuadro múltiple hasta que llegue la hora de hacerlo.

Por eso cuando me preguntan si estoy contento con la muestra en curso, digo rotundo que sí. Pensando, francamente, en otra cosa.

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