De los programas musicales

Keith Jarrett, pese a sus colerones, ínfulas y veleidades, tiene indiscutibles momentos de gloria inmarcesible.

Mi preferido es el concierto de Viena.

Allí llevó a niveles magistrales su propuesta de solista, interpretando ante la afortunada y estupefacta multitud que colmaba el Vienna Staatsoper -aquel 13 de julio de 1991-, una proeza en dos actos, una apoteosis de lirismo descalabrante, un rayo de poesía diáfana y majestuosa. En pocas palabras, demolió el piano hasta dejarlo al rojo vivo.

“Esta música habla el lenguaje de las llamas”, resumiría él mismo más tarde con proverbial modestia.

Como uno vive de ilusiones, yo enciendo el reproductor, busco el concierto de marras y trato de hacerme el loco por un rato. Me sale mal, desde luego.

Mientras el viejo Keith aporrea las cuerdas, llenando la sala con el canto de su piano, yo afilo los pinceles, los empuño como estacas y me doy a la lucha.

El comienzo luctuoso y pausado hace buen paralelo con mis tímidos tanteos. Y así como el motivo musical poco a poco se acerca al martilleo, nuestro ímpetu choca, se atora y tropieza contra las piedras de la frustración. A Keith desde luego le salen mejor las cosas, y mientras nosotros quedamos atrapados en el laberinto, él desenvuelve su monólogo y justo cuando su fantasía amenaza con asfixiarse, las notas se le desanudan, brincando y cantando hacia las aguas del cierre, donde el torrente y la turbulencia dan paso a una melodía majestuosa y de ecos clásicos que parece temblar entre la victoria y la nostalgia.

Yo me rindo ante la evidencia, extasiado como melómano pero perdido como pintor.

Guardo mis petates y hago de cuenta que aquí no ha ocurrido nada. Disimulo.

Sumado a la música, lo que me maravilla del concierto es el carácter irrepetible de su improvisación, que torna el virtuosismo deslumbrante en un vértigo de azar, desborde y mesura. Un número de equilibrismo sin red que corta el aliento. Prodigio, adrenalina, lirismo y misterio.

Dejando de lado esas bagatelas, digamos que traigo al ruedo el asunto para buscar un parangón, un pretencioso paralelo en la búsqueda denodada de un chispazo que cuando ocurre no sólo nos justifica, si no que además nos deja tiesos de la sorpresa.

Cuando un trabajo sale de verdad redondo resulta irrepetible. Poco importa si pertenece a una serie, si hay partes de su estructura que por repetidas se automatizan. Cuando de verdad está logrado hay ingredientes que sólo allí aparecen.

No hay nada que hacer, en la concentración, víctima de un descuido, alguien dejó una puerta abierta y por allí pasaron las musas… Ocurrió lo que siempre deseamos que ocurra: la música se nos metió bajo la piel, como una especie de banda de sonido autobiográfica y fingida.

Resulta que hasta las memorias mienten. Escuchamos la melodía y nos transporta a una época lejana, por momentos desconocida y por momentos muy próxima, dónde no existíamos pero que igual recordamos. Y quedamos en un limbo imaginario, mitad nostálgico, mitad soñado.

Entonces la asimilación y la creatividad se construyen en la arquitectura de esas evocaciones musicales, entre los ecos que se adivinan, y suponemos que el chispazo no se esconde en la apoteosis del piano final, que nunca podré emular, si no más bien en las tristezas del comienzo. Tal vez ahí está la fuente. Y de eso se nutre. De tristezas.

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